31 julio 2016

Acerca de los mitos de la historia contemporánea vasca. Por Antonio "el alaves"

La historia militante, la historia con «voluntad constructiva de presente», tiene una abundante tradición en el País Vasco. El periodo contemporáneo, en el último cuarto del siglo XVIII, se abre con una auténtica batalla historiográfica, por razones aduaneras, fiscales y, sobre todo, de modificación de los términos forales (de relación entre Provincias y Corona):
de un lado, el Diccionario GeográficoHistórico de 1802 y las obras del canónigo de la catedral de Toledo, Juan Antonio Llorente (Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, 1806-1808, pero terminado en su casi totalidad para 1798) y del archivero de Simancas, Tomás González (Colección de cédulas, cartas-patentes... concernientes a las provincias Vascongadas, 1829); de otro, Francisco de Aranguren y Sobrado (Demostración del sentido verdadero de las autoridades de que se vale el doctor Don Juan Antonio Llorente, 1807-1808) y Zamácola (Historia de las Naciones Bascas) y Pedro Novia de Salcedo (Defensa histórica, 1851, pero escrito en 1829)2 .

 La tentación historicista, de una «historia ad probandum», abiertamente al servicio de una causa, sigue durante el intermedio decimonónico. La historia es la base de la especificidad de las provincias vascongadas, remite a un tiempo original de los fueros que, conforme se interprete, permitía solucionar los retos de aquel presente. Ante la medular cuestión de cómo se incardinaba la tradición / lógica foral vasca en la novedad / lógica constitucional liberal española, los foralistas, constructores de las señas de identidad y de los valores hegemónicos vascos hasta muy tarde, en el ecuador del XIX trabajan hacia el interior y hacia el exterior. Hacia dentro construyeron una identidad interprovincial vascongada, pues sólo desde ella se sentirían fuertes ante la «presión constitucional  liberal española». En esa construcción, la historia es determinante. Se construyó, como en tantos otros sitios en ese momento, una serie de mitos fundacionales (además de los que ya había, a cargo de Garibay, Lope de Salazar...) que hablaban de lo antiguo del pueblo vasco; de la continuidad de éste en el territorio (tomando como difícil prueba la del idioma); del carácter soberano de sus iniciales instituciones y organizaciones sociales; del carácter pactado de sus acuerdos con la Corona hispana; de la singularidad y sentido de los fueros, vistos no sólo en su dimensión normativa sino como representación del ser vasco, con su confusión buscada con el sentido religioso de este pueblo hasta conformar un carácter colectivo indiscutible.... Hacia fuera, además de todo lo anterior, se trataba de explicar sobre todo que, «para Constitución, tenemos la nuestra».

 El lenguaje y la lógica constitucionales resultaban nuevos en el País Vasco, y poco convenientes para las maneras y los intereses de sus grupos dirigentes. En ese momento, a mediados del XIX, estos notables vascos van a prescindir de las funciones y valores esenciales de una Constitución –son ciudadanos los que se someten a una misma ley y por eso son iguales a efectos de derechos y deberes– y se instalan en el nominalismo, alegando que ellos ya tenían una Constitución propia, la foralidad, y que les resultaba innecesaria otra. Se confrontaba así, operativamente, con intención de intercalar una en otra, la Constitución de las provincias vascongadas (en una claro intento de «constitucionalizar el fuero») con la Constitución liberal española. Incluso para las facciones fueristas liberales más avanzadas, se acudía a creer y hacer creer que los derechos de una Constitución liberal ya venían recogidos esencialmente en las Constituciones o Fueros provinciales.

 En definitiva, se hacía más real, operativo y cierto que nunca el aserto de John Stuart Mill sobre la eficacia de este tipo de construcciones (y más cuando resultan hegemónicas en un espacio determinado): «Una alucinación es una opinión errónea, es creer una cosa que no existe. Una ilusión, por el contrario, es asunto exclusivo del sentimiento, y puede existir separadamente de la alucinación. Consiste en extraer de un concepto que se sabe que no es verdadero, pero que es mejor que la verdad, el mismo beneficio para los sentimientos que se derivaría de dicha concepción si ésta fuera una realidad». Javier Corcuera lo llamó en un artículo (así subtitulado): «De la invención de la historia a los derechos que de la historia se derivan».

 La historiografía vasca desde el siglo XIX hasta el tiempo de la profesionalización de ésta, en los años setenta del XX, presenta un balance si no pobre, por lo menos limitado. Hay razones para ello: no existió hasta entonces una Universidad propia, una tradición académica ni una profesionalización de los historiadores; no ha habido tampoco una tradición política estatal que lleve a unas historias del país y, a cambio, todo lo más, no ha habido sino retazos de historias locales o provinciales… Esas y otras razones explicarían por qué la mitología y la literatura historizante (literatura histórica, leyendas) han sustituido en el caso vasco a la historia. La voluntad constructora de la historia, la historia militante, dio un paso más (aventurado) con Sabino Arana. Éste retomó algunos puntos de partida de la construcción hegemónica llevada a cabo por los fueristas de mediados del XIX y la fortaleció y modernizó, le dio un sentido en el tiempo. Arana decidió tomar la construcción histórica como simple recurso instrumental para sostener su patriotismo, despreciando explícitamente la función que aquélla tiene como aportación «al edificio de la historia universal» o incluso la propia veracidad de lo que cuenta. Así, la historia quedaba profundamente cuestionada en sus escritos y en los de sus más contumaces seguidores. Y esto en un movimiento profundamente historicista, donde la personalidad histórica es uno de los cinco pilares que definen su idea de la nación (junto a raza, lengua, gobierno y leyes, y carácter y costumbres). Las palabras que sirven de cabecera a este texto, procedentes del discurso oficial del lehendakari Ibarretxe el 25 de octubre de 2004, donde se ligan aquellas efemérides de 1839, de 1979 y de 2003, son una renovada muestra del historicismo de nuestro nacionalismo. Evidentemente, con los nacionalistas vascos y con sus intenciones respecto de la historia no se acaba la producción militante, aunque sí es cierto a la vez que este movimiento ha escrito y editado mucho, marcando con ello el sentido de su aportación. También el de una historiografía contraria, antinacionalista y tan dispuesta políticamente a demostrar utilizando para ello la historia. Fuera de una y otra, la contribución historiográfica más notable al comenzar el siglo XX fue la que proporcionaron autores como Alzola, Guiard, Carreras Candi, Lazúrtegui... sobre aspectos económicos, muy influidos por el fuerte desarrollo industrial vizcaíno en ese instante. Pero, en general, lo escrito hasta la guerra civil remite a los embates de unos y otros, nacionalistas (Estornés Lasa) y antinacionalistas (Balparda), lo que deja en un absoluto yermo la elaboración de una historia del País Vasco. En el momento presente, desde la academización y profesionalización que vive la historiografía vasca a partir de mediados de los setenta del siglo XX, la historia militante ha perdido aparentemente la partida. Pero inmediatamente veremos que esto no es así.

La historia contemporánea desde el nacionalismo vasco pequeño-burgues

 La última versión de esa manera de hacer historia militante la representa la vasta producción editorial del nacionalismo vasco pequeño burgues, y su mejor contemporaneísta y esfuerzo se resumen en el tercer volumen de la Historia de Euskal Herria publicado por Txalaparta en 1995 y a cargo de José M.ª Lorenzo Espinosa, profesor de la Universidad de Deusto. Su autor confiesa abiertamente (en el epílogo de la obra) que su historia, lo que escribe, sólo tiene sentido histórico si el pueblo vasco obtiene la independencia política como Estado. En esa línea es muy coherente su exposición. Formalmente presenta una buena factura histórica en la parte de la información empírica e incluso en el análisis general de los procesos históricos –Lorenzo Espinosa es un profesional de la historia–, que sin embargo se rubrica en el final de cada capítulo con un discurso-resumen en la mejor tradición del panfleto, donde se alecciona con las experiencias pasadas a través de unas consecuencias por lo menos exageradas y ultraideologizadas. La aportación de este autor es interesante como estadio más perfeccionado de una visión histórica, nacionalista vasca, muy penetrada en nuestra sociedad. No es la versión única que sostiene el nacionalismo vasco. De hecho, su intención historiográfica es aportar argumentos históricos y de presente para desautorizar la estrategia política del Partido Nacionalista Vasco y establecer la de la izquierda abertzale como la única con posibilidades y coherente con las lecciones del pasado. La gran diferencia entre esta historia de Lorenzo Espinosa y las que se escriben en la órbita del nacionalismo vasco tradicional es que este historiador piensa que la liberación nacional es indisoluble de un proceso social de carácter anticapitalista, mientras que el grueso del nacionalismo vasco ha sido históricamente interclasista y no ha cuestionado el status quo capitalista en que viene moviéndose en el último siglo y medio, por más que desde el propio Sabino hayan considerado las riquezas de ese origen poco presentables, un tanto en la ambigua línea de la doctrina social de la Iglesia. Pero lo importante es que este autor resume perfectamente el núcleo duro del que sí que bebe todo el nacionalismo vasco, la percepción de la historia de por lo menos los dos últimos siglos que justifica su acción política, al margen de diferencias de estrategia. Veamos algunos de los referentes de esa visión de la historia del país:

Hay un Pueblo Vasco histórico, con continuidad al margen de que tenga o no unidad institucional, o de que haya constituido alguna vez una unidad política (en el sentido de que su identidad nacional haya sido socialmente mayoritaria). Lo que permite la continuidad histórica de esa visión del País Vasco es una referencia cultural fosilizada y no necesitada de someterse a prueba en relación a las elecciones que a cada instante hace la población o la ciudadanía vascas. Ese Pueblo Vasco histórico, según esta percepción, se viene enfrentando a lo largo del tiempo al Estado español, concepto que hace desaparecer la existencia de pobladores o ciudadanos españoles, con sus particulares intereses y elecciones. Una visión ésta que se repite con precisión en dos documentos recientes, distintos pero casualmente coincidentes: en la imagen que reproduce el documental, La pelota vasca, perfectamente ubicada la idea anterior en su subtítulo, La piel contra la piedra (el dinamismo y ductilidad del pueblo vasco frente a la quietud pétrea del Estado español), y a lo largo del texto del proyecto de Tratado de Libre Asociación (Plan Ibarretxe, coloquialmente), donde no existen las ciudadanas y ciudadanos españoles, y todos ellos se subsumen bajo la etiqueta de Estado español. Por supuesto, las ciudadanas y ciudadanos vascos pueblan la parte positiva y propositiva de este proyecto. La utilidad política de la historia, o mejor, la imbricación intrínseca de una y otra se muestran aquí palmarias. Ese Estado español ha contado dentro del País con sectores partidarios. De este modo se incorpora la evidencia de que no hay una única tensión dentro-fuera sino que también ésta es interior. Pero se despacha sobre la base de que los colaboracionistas fueron y son eso, instrumentos egoístas de la política impositiva del Estado, que no se mueven por impulso propio. Así, se contrastan continuamente los términos de pueblo y elites institucionales locales interesadas en el desarrollo del Estado constitucional (y, en ese sentido, liberales, centralistas y capitalistas; luego, antipueblo vasco).

 De una manera inteligente –Lorenzo Espinosa es experto en ese tema– advierte que los dirigentes vascos desde finales del siglo XIX (su burguesía) no sólo operaron en el interior del país sino que se proyectaron al conjunto de España, dominando sectores de su economía e influyendo extraordinariamente en su política y en expresiones sociales y culturales diversas. Eso invalidaría la vieja tesis colonialista de Arana (a la que él también se apunta), pero Lorenzo da otra explicación: «Euskal Herria estaba “invadida” por su propia burguesía», lo que ha desdibujado históricamente «la naturaleza política de la ocupación española». Hay una continuidad histórica del Pueblo Vasco representada en lo que podríamos llamar el buen vasco. En el tiempo contemporáneo está personificada en los carlistas (Zumalacárregui, Carlos VII) y luego pasa a Arana; desde ahí a los auténticamente nacionalistas (no a los Sota o a Kizkitza), sobre todo Eli Gallastegi, Gudari, donde él ve el arranque de un nacionalismo vasco anticapitalista y ferozmente independentista. De ahí, lógicamente, sepasa a ETA en los años sesenta del siglo XX. Ésa es la línea de personajes que representan auténticamente al País Vasco; el resto son obviados o considerados históricamente en el error (por ejemplo, el carácter españolista del socialismo vasco y de la mayoría del sindicalismo anterior a la guerra civil). Remacha la tesis tradicional sabiniana de que 1839 representa el inicio del fin de las libertades vascas, que sólo hubieran sido restauradas provisionalmente de haber triunfado Carlos VII, por lo que su historia –el volumen III de Historia de Euskal Herria– comienza significativamente en la salida de Valcarlos y en aquel «Volveré» nunca satisfecho. La fecha del 25 de octubre de 1839 como tótem de lo que se entiende como abolición de las libertades históricas vascas: la misma tesis que  sostiene oficialmente el discurso  Ibarretxe. Una abolición que, curiosamente y siendo rigurosos con la letra y el acontecimiento históricos, fue inspirada con una intención confirmatoria –que no derogatoria– al salir de la primera carlistada y recibida en las localidades vascas con celebraciones festivas. Luego vendría la conspiración de Montes de Oca y las Diputaciones vascongadas y el decreto de Espartero de 1841. Pero lo interesante de estas tesis tan arraigadas es la moderna fusión de independentismo con otros referentes políticos: en concreto, con un vago anticapitalismo, con la defensa ecológica y, sobre todo, con la ensoñación de una anterioridad justa y feliz, donde el pueblo era tal. El autor opone el «equilibrio de una sociedad milenaria» al «empujón desaprensivo de la industrialización caótica» que sumerge al Pueblo Vasco «en su peor momento histórico». Vivimos, según Lorenzo Espinosa, en «el peor momento de nuestra historia». La tesis tiene antecedentes. No se trata sólo de reparar en que constituye una ensoñación milenarista como las que tuvo Arana: agrarista, de orden (en aquel caso, cristiana y conservadora), endogámica y cerrada, estática. Un personaje nada sospechoso de esas inclinaciones, como el socialista Felipe Carretero, en su Crítica del nacionalismo vasco (o Historia compendiada de las causas de la decadencia y desaparición de las leyes forales vascas, Bilbao 1913?), cruzaba la historia de Zamácola (Historia de las Naciones Bascas de una y otra parte del Pirineo septentrional y costas del mar Cantábrico desde su primeros pobladores hasta nuestros días) con el texto de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Según Carretero –se insiste, tipógrafo creador del socialismo vizcaíno con los Perezagua, Orte, Pascual, Merodio, Beascoechea, Varela, Alonso, Perujo, Fermín Zugazagoitia, Turiel, Guinea, Torrijos, Solano y otros–, la esencia de los vascos había que ir a buscarla al momento anterior a la llegada de los romanos. En ese tiempo, los vascos gozaban de la propiedad comunal, sin explotación entre los seres humanos y sin más que una genérica creencia en un Jaungoikoa (dios) al que atribuían, como los demás pueblos primitivos, el origen y mecánica de las cosas. Con los romanos llegó el final de todo ello y la implantación del cristianismo («hoy catolicismo») fue el remache. El resto era una sucesión de estadios que reafirmaban tanto la propiedad privada como su paralela de pérdida de independencia de los vascos en su relación con una organización compleja como iba siendo España, desde la vinculación voluntaria de las provincias a Castilla hasta el envío de diputados a Cádiz que acababa con la tradición legislativa de las Juntas y daba lugar a la aceptación de las leyes españolas.

En ese intervalo, las fuerzas clericales, contraviniendo la tradición original, se habían ido imponiendo. El Fuero había tratado de delimitar su área de influencia y presencia, pero a la altura de 1839 el poder de la Iglesia en la sociedad vasca era muy destacado. Por ese pernicioso influjo clerical, los vascos lucharon tras un rey que nada tenía de vasco, pero en esa causa veían el «resurgir del primitivo estado social suyo». Tras la derrota de ese año y la lógica, para Carretero, pérdida de libertades, en lugar de maldecir a los curas, siguieron sometidos a su dominio y entraron en una segunda guerra con la pérdida definitiva de aquéllas. En esa situación, Sabino Arana venía a defender el carácter racial de los vascos y a reinstaurar su libre condición original. El problema era que si bien al principio Arana formulaba –decía Carretero– su discurso en puridad, no consintiendo intromisiones de la Iglesia, pronto, por razones tácticas, subordinó la intención patriótica al interés clerical, integrista, quintaesencia del nacionalismo vasco. «La idea iniciada por Sabino Arana –decía– de recuperar la plena nacionalidad vasca, que existió hasta la venida de los romanos, ha sido más tarde mixtificada y adulterada, reduciéndola a colocar al pueblo vasco en la situación en que se encontraba al dictarse la ley abolitoria de sus fueros, míseros restos del glorioso pasado, en el año 1839». Ése era el punto principal de discrepancia, la dependencia final de todo el nacionalismo vasco respecto de los intereses clericales. En el resto, Carretero no hacía sino compartir los puntos de partida de Sabino Arana. Pero más allá de la singularidad de Carretero, este otro discurso –que, aunque lo ignore, algo tiene que ver con él y con la tradición que reproduce– mezcla dos conceptos típicos de esta expresión ideológica o militante: la contingencia y un idealismo claramente ahistórico. La contingencia, lógicamente, y bien expuesta, porque las cosas se han producido históricamente de una manera, pero ésa no era inevitable ni la única posible. El historiador explica y da sentido al qué, al cómo y al porqué de lo ocurrido. Sin embargo, en frases como la siguiente, refiriéndose a la abolición foral de 1876: «como si no fuera posible un pacto mercantil o la formación de mercados económicos amplios sin pérdida de soberanía política», se manifiesta una dimensión ahistórica preocupante. Desde luego que 1876 podría haber sido de muy diferentes maneras. Curiosamente, la admiración de Cánovas por las instituciones provinciales vascas y por el particular oasis vivido en la mitad del XIX, o su posición antiigualitarista (que contrastaría con una visión realmente jacobina de lo constitucional), hizo, entre otras razones, que éste acudiera a la fórmula de los Conciertos económicos como, en palabras de Alonso Olea, amortiguador de la teórica centralización estatal. («Intransigencia calculada», lo llama Lorenzo Espinosa, a mucha distancia de lo que explican Castells y Cajal en un  artículo). Ocurrió algo poco previsto en la situación anterior de presión española contra los restos forales, aunque ésta tuviera un antecedente jurídico en Navarra en 1841. Se acudió a la solución de los Conciertos económicos. Pero suponer que, con los ingredientes y con el juego de fuerzas y factores presentes en 1876 en España, las cosas podían haber desembocado en algo diametralmente opuesto, es o una ingenuidad o mera expresión ahistórica. Esto se nota más claramente en la dimensión idealista ahistórica de este autor y de esa corriente o estilo de pensamiento y política. Hay un autor de entre los antigloba, asentador o al menos al que se atribuye el término anarcoprimitivismo. John Zerzan, en su ensayo Futuro de Primitivo, sostiene la tesis de que la civilización acabó con la felicidad del ser humano, de manera que, a cada elección histórica, el hombre se ha empeñado en hacer más compleja su existencia, más abstracta en sus conceptos y, por ende, más autoritaria y privativista en sus comportamientos. El mal, según Carretero, vendría de la civilización romana, «invasora» y destructora del comunismo primitivo en que vivían los vascos. Y luego el cristianismo y las alianzas con Castilla. Para Zerzan, tanto o más radical, cualquier atisbo de civilización ha sido contrario, en progresión ascendente, a la naturaleza humana.

Algo de esto hay en la tesis de esta Historia de Euskal Herria III y, sobre todo, en el pensamiento más general que puede representar. Veamos un rotundo párrafo de su prólogo:
 «De la mano de aquel régimen restaurador, la contemporaneidad y la modernización de la sociedad trajeron a los vascos del sur el regalo envenenado del crecimiento económico, del incremento demográfico con inversión espectacular del modelo migratorio, de la revolución industrial y la explosión urbanística. Y con ello, la ruptura de las bases sociales del periodo anterior, la dependencia política legalizada, la amenaza definitiva sobre la lengua, la cultura y la religión, junto a la extensión de los problemas de un desarrollo caótico e irreflexivo a todos los ámbitos de la vida cotidiana».
Toda la obra gira sobre esta endiablada tesis, que no tiene tan fácil recusación. Tiene razón el autor al llevar a cabo una evaluación pesimista de algunos resultados: el monocultivo industrial vizcaíno, la alteración social y cultural debida a una industrialización acelerada, las consecuencias ecológicas, el tipo de capitalismo inhumano de las minas… Pero el problema es si ésa es la función del historiador y de la historia: hacer notar al lector lo dramático de los resultados de un proceso histórico, sobredimensionando hasta lo catastrófico esos efectos, afirmando que el País Vasco vive en su peor momento histórico. Es mucho decir..., sobre todo cuando se está en el pelotón de los ricos, precisamente por empeño productivista mantenido posteriormente hasta la actualidad. El historiador debe explicar y dar coherencia a procesos históricos, utilizando una lógica histórica. Si en paralelo a la tardía industrialización vasca, a finales del XIX, se hubieran dado modelos o situaciones, incluso puntuales, donde un proceso similar se llevaba a cabo conducido por burguesías filantrópicas, cuyo objeto no era la obtención de beneficio inmediato; con Estados no dispuestos a su servicio sino al del conjunto de la comunidad, en una suerte de Welfare System avant la lettre; con proletariados cultos y con condiciones laborales que les invitaran a soluciones mesuradas en caso de conflicto laboral o social; con tecnologías de explotación respetuosas con el medio ambiente… Si en paralelo histórico tuviéramos esas experiencias contrarias, se podría bramar contra lo ocurrido aquí. Pero no es así, sencillamente porque las fuerzas y relaciones históricas de producción, los personajes individuales y colectivos, se comportan en un contexto histórico concreto del que no pueden escapar..., salvo con la argucia del idealismo.

Esto no es afirmar que las cosas son como son, o como se han producido, ni negar un balance incluso moral de lo ocurrido. Eso lo hacen los historiadores aportando datos empíricos y pronunciándose abiertamente luego en ensayos al hilo de sus investigaciones. El problema en este caso es que se confrontan idealmente, fuera del correlato histórico, dos extremos que no se encontraron con semejante puridad: una situación previa de economía comunitaria, con su cultura y religión, respetuosa del medio, opuesta al productivismo, aunque regida por un sistema estamental (que el autor se apresura a señalar como «cada vez más cuarteado y menos rígido»), y un capitalismo a pleno rendimiento. La situación no era la primera ni la segunda: ni se vivía ningún paraíso comunitario al margen del entorno –el inicio de la crisis del sistema productivo vasco se fecha nada menos que en la matxinada de 1766–, ni los brutales «capitanes de la industria» actuaron desde el principio a sus anchas.
Si los discursos apocalípticos –anarcoprimitivistas, del materialismo anticulturalista o como se llamen en cada caso– resultan políticamente poco operativos, toda vez que la única opción es el rechazo sistemático, la negación de lo existente, la oposición a la reforma, el nihilismo destructivo y / o «utopías de regreso», en el caso presente es bastante más peligroso. Al establecerse sobre la base de unos personajes colectivos todavía reconocibles en el presente (el pueblo en su generalidad, determinadas elites capitalistas, sectores urbanos implicados o ligados a la Administración estatal o autonómica…) y, sobre todo, al formularse como una apropiación forzada reciente, como una invasión o como un robo del bienestar anterior, cualquier acción política es justificable para reparar el daño. Se trata de –y se difunde como– una ensoñación colectiva que promete a la sociedad la recuperación de un status perdido por la imposición. Carretero, o Engels, socialistas marxistas los dos, planteaban que la vuelta a lo anterior era una ingenuidad imposible y que sólo cabía la receta de ganar un estadio de superación histórica (el comunismo) donde la igualdad de clases conviviera con un progreso capaz de proporcionar a todos el bienestar. Hasta un anarquista vasco como Isaac Puente creía en la utilidad de la máquina, siempre bajo control, en su diseño futurista del comunismo libertario. Pero, en este caso, el discurso antidesarrollista lo complica todavía más.

  Unamuno denunció esta situación en los tiempos de la eclosión aranista, en 1896:
 «Los adultos nos engañamos respecto a la felicidad que suponemos haber disfrutado en la infancia, confundiendo la inconsciencia con el bienestar. [...]. En todos los pueblos hay gentes que piensan de una manera análoga a como piensan los aquí llamados tradicionalistas, que, víctimas de la ilusión que indicamos, y no muy bien provistos de sentido histórico, fingen un pasado que no ha existido jamás, atribuyendo a pasadas épocas características que desean para ésta y se esfuerzan por aportársela. Aquí mismo, los que se llaman a sí mismos bizkaitarras fantasean una Vizcaya pasada que sólo en su imaginación existe».
Ese recurso a la melancolía, de suponer que podemos prescindir de la historia tal cual se ha producido, sucia, compleja, y aspirar a otra limpia, transparente, resulta poco benéfica en términos civiles, cívicos, sociales…, porque constituye un engaño. Pero es sobre todo un engaño histórico, historiográfico, si se quiere, porque nunca las cosas se han producido como se cuentan. Semejante manera de ver las cosas, de «contar la historia», se apoya en los recursos que antes he señalado y en algunos más:

En la definición de un sujeto histórico, el Pueblo Vasco, articulado, personificado y materializado en este caso a través básicamente de los personajes que no triunfan en su momento (Zumalacárregui y los Don Carlos, el cura Santa Cruz, Arana, Gallastegi, ETA y los Etxebarrieta). En la ignorancia espectacular que se tiene, que tiene la sociedad vasca, de personajes y colectivos que han tenido una importancia singular en nuestra historia reciente: los dirigentes empresariales de la industrialización, los dirigentes obreros socialistas, los fueristas del XIX, los líderes de los partidos monárquicos o carlistas durante la Restauración..., por no hablar de la propia ignorancia de los historiadores sobre la política vasca durante el franquismo… dentro del país y del régimen. Una ignorancia que tiene su reverso en la abundancia de estudios sobre el nacionalismo vasco, pero sobre todo, y más importante, en la percepción tan extendida socialmente de que ese movimiento haya sido protagonista casi único del conjunto de nuestra historia contemporánea. De esta manera la historia del País Vasco acaba confundiéndose no ya tanto con una historia del nacionalismo vasco sino con «historias de nacionalistas», donde, como apuntamos antes, cabe también una memoria selectiva que coloca como tótem a un Zumalacárregui mientras condena al olvido a otro, hermano, con una trayectoria política mucho más densa y expresión de la riqueza familiar de nuestro país. Al fin y al cabo, la memoria es resultado de una construcción y de una elección popular, lo que debería hacernos reflexionar acerca de por qué hay «historias del País Vasco» donde básicamente salen los nacionalistas y su problema: las «historias de nacionalistas» de Estornés Lasa a Lorenzo Espinosa o, antes, de Letamendía. Ese hecho es importante porque desdibuja en la memoria colectiva la idea de pluralidad real en el País Vasco, y la hace aparecer como un invento ideológico reciente que trata de socavar la mayoría social nacionalista.

En la mitigación de la obviedad de que, históricamente, han coexistido con tensión o sin ella sectores que proponían soluciones antagónicas para las grandes decisiones y problemas del país. Para solventar este hecho no basta con demonizar como colaboracionistas a una de las partes o con advertir a cada paso que sus triunfos venían de la mano del peso militar o político español. La asunción de un país tan diverso en sus fuerzas sociales y políticas pone coto a la tendencia a la linealidad histórica y al claro teleologismo que presiden algunas historias y buena parte de la memoria popular vasca. La consideración en la dinámica histórica del momento en que se presentan esos problemas y de las grandes fuerzas sociales internacionales que se encuentran en liza despejaría la tendencia a señalar continuidades en una confrontación que se inventa viniendo desde por lo menos la primera carlistada y que llega hasta hoy mismo, siempre sobre la base de que el problema central es la (mala) relación del País Vasco con España. Muy al contrario, sería más riguroso construir una historia vasca sobre la base de la doble (y muchas veces sin puentes de conexión) corriente histórica de tradicionalismo, vascongadismo, nacionalismo vasco, por un lado, y de liberalismo, doble nacionalidad vasco-española y españolismo más o menos afirmado, por otro, como expresiones dicotómicas internas (por supuesto que conectadas a su modo al exterior). Por encima de todo, como resumen, se necesita afirmar que la historia vasca contemporánea se halla cruzada por una doble línea de tensión (no inevitablemente de fractura) dentro-fuera y desde dentro, en relación básicamente a la manera de organizar y concebir internamente el país, y a la de relacionar éste con el conjunto de España. Una situación en la que en ocasiones cobra mayor protagonismo una que otra, pero que a veces coinciden ambas haciendo más complejo el momento y sus posibilidades de solución.
En la ocultación de que las crisis sociales vascas son en su mayor parte internas y no importadas del exterior, como si de mero sucursalismo se tratase.

En la suavización de las profundísimas diferencias territoriales en que se desenvuelven los grandes procesos históricos vascos (guerras carlistas, industrialización, nacionalismo vasco, adscripciones en la última guerra civil, expresiones políticas y socio-culturales más recientes...). Unas diferencias internas que en ningún caso impiden hablar de la unidad histórica País Vasco, aunque sí obligan a continuas acotaciones para no confundir la parte con el todo, la historia de una provincia y la del conjunto del país.

En la no consideración del hecho de que los tiempos históricos que en la contemporaneidad vive la sociedad vasca son los mismos que los del resto de españoles o franceses, según se trate. Y que esto ocurre sencillamente por la potencialidad de dos factores como son el Estado liberal y toda la trama técnico-material producida desde inicios del ochocientos, que unifica por fuerza los espacios de su jurisdicción y los diferencia necesariamente de los que no son los suyos. La frontera interior vasca de los Pirineos se afirma rotunda a partir de ese instante, y cada parte vasca pasa a vivir historias diferenciadas. En ese contexto explicativo, pueden contemplarse historiografías vascas que buscan o acentúan la similitud o la diferencia respecto de España (o de Francia, en su caso). Lo que resulta harto complicado es abordar en la etapa contemporánea una historia común para los territorios vascos de uno y otro lado del Pirineo.

En la ocultación de circunstancias esenciales para entender equilibradamente el pasado: que los fueros se mantienen también gracias a que los vascos y navarros eligieron buen partido en la guerra de sucesión española de comienzos del XVIII; que las Provincias pagaban casi regularmente a la Corona con donaciones económicas y hombres; que la coincidencia política de fueristas vascos y moderados españoles favoreció en el ecuador del XIX la continuidad de las esencias forales y el desarrollo institucional de las Provincias; que el antiigualitarismo de Cánovas y sus simpatías por la singularidad vasca explican su solución en 1877-1878 a la definitiva abolición foral, con el recurso a los Conciertos económicos como amortiguación de la centralización estatal; que en el País Vasco fueron asesinados en la represión franquista durante la guerra civil o en el tiempo inmediatamente posterior a ella un número muy inferior de personas que en casi cualquier otro territorio español, otro dato que contribuye a invalidar cualquier lectura de la contienda de 1936 como una disputa entre España y el País Vasco….

En la casi nula intención comparativista con espacios más amplios, por ejemplo el europeo. Así, las tensiones de integración de unos territorios singulares, diferentes, en la unidad constitucional española se entenderían mejor si observáramos que esa crisis coincide con la constitución como Estados de Alemania o de Italia; que la primera guerra civil carlista coincide con una serie europea de conflictos y hasta guerras entre liberales y tradicionalistas; que la crisis de los años treinta del siglo XX es de dimensiones europeas (algunos hablaron de «guerra civil europea») y que lo que la domina en el caso vasco no es sólo el debate por el Estatuto (incluso en algunos sitios, como Álava, fue una cuestión muy marginal o de unos pocos meses).

En la atención puesta en los términos más que en los contenidos (o incluso en atender más a las grandes declaraciones u objetos que a la esquiva y compleja realidad), lo que lleva a no ver situaciones como la de mediados del XIX, cuando las Provincias se fortalecían en la práctica aún a costa de perder formalmente capacidades («foralidad insultante», lo denominó José María Portillo).

Esta manera de contar la historia es común a las diferentes versiones nacionalistas vascas que existen en el país. Si acaso, puede decirse que el nacionalismo institucional lleva años siendo menos productivo que el más independentista y radical. En eso radica la diferencia:el institucional se limita a desdeñar con su ignorancia la producción científica de la historia académica, mientras que el extremista pretende combatir en ocasiones en su mismo terreno y con su mismo lenguaje.

30 julio 2016

El clan Azkuenaga, vizcainos realistas en Buenos aires 1810

Hablar de los Azcuénaga es hablar de lo que algunos historiadores denominan "clan Azcuénaga - Santa Coloma - Basavilbaso", quizá el grupo económico más poderoso de Buenos Aires al momento de la Revolución de Mayo de 1810.

El vizcaíno Vicente de Azcuénaga e Iturbe, nacido en 1706 y comerciante, pasa al Río de la Plata cuando tenía poco más de 40 años. Aquí se asocia con el vasco, más joven que él, Francisco Ignacio de Ugarte. Quizás, a través de este gran comerciante porteño, llega a asociarse con el poderoso Domingo de Basavilbaso.

El bilbaíno Basavilbaso había llegado a Montevideo con tan sólo 18 años para ayudar a un tío suyo en el comercio. Cuando su pariente regresó a la Península, dueño de una decente fortuna, Basavilbaso quedó a cargo y logró desarrollar una exitosa carrera. Pasa a la capital del Virreinato, casa con una criolla y accede así a la vida pública, primero como alcalde ordinario de 1º voto del Cabildo, después síndico y, finalmente, regidor. Se hizo cargo del correo de Buenos Aires con Potosí y Lima, y, eventualmente, se creará para él el cargo de administrador del Correo Marítimo, puesto desde que afianzará su fortuna privada. En 1771 se retiró, dejando sus cargos a su hijo Manuel. Falleció cuatro años después.

Vicente Azcuénaga sellará su alianza con el matrimonio con María Rosa de Basavilbaso Urtubia en 1752, con quien tendrá varios hijos. Miguel, José Bruno, Vicente y Domingo entre los varones. De sus hijas, se recuerda a Flora, que casará con Gaspar de Santa Coloma, y Ana, desposada por el virrey don Antonio Olaguer y Feliú.

Santa Coloma era bastante más joven que Azcuénaga y Basavilbaso, pero aportó un importante podería económico al clan. Por motivos nunca aclarados del todo, este alavés que tenía acceso a la Corte, debió escapar de un día para el otro y recaló en Buenos Aires en 1768. Aquí se dedicó al comercio con bastante éxito y, tras relacionarse familiarmente con los Azcuénaga-Basavilbaso en 1781, se integró a la poderosa empresa.

La notable obra historiográfica Buenos Aires colonial de Enrique de Gandía está basado en las numerosas notas, cartas y diarios de este minucioso comerciante, quien, además, se convertiría en patriarca del clan y protector de jóvenes notables. Alojó en su casa, entre sus numerosos sobrinos, a Martín de Álzaga, un joven vasco (que apenas hablaba un poco de castellano), venido a los 12 años en un buque mercante propiedad de su tío. Santa Coloma percibió en él a su heredero, y lo cobijó bajo su ala durante largos diez años que terminaron con la independencia de éste; cosa que don Gaspar lamentó, pero no tomó a mal.

Tras la Revolución de Mayo de 1810, Santa Coloma fue perseguido, lo mismo que su antiguo protegido Álzaga, perdiendo gran parte de su riqueza en sucesivas oportunidades a manos del gobierno revolucionario, pero, aunque acusado de conspirar contra el Triunvirato como éste, salvó la vida. Falleció a comienzos de 1815, dejando el resto de su fortuna a su único hijo Francisco, casado con su prima Rosa Pascuala de Azcuénaga Núñez.

De los hijos de Vicente Azcuénaga, criados por su cuñado Santa Coloma, se destacaron dos: Miguel y Domingo de Azcuénaga y Basavilbaso. El primero es bastante conocido, el "prócer" de la historia argentina, militar y cabildeante, vocal de la Junta después de la Revolución de Mayo, morenista y directorial, fallecido siendo legislador en Buenos Aires. 




Domingo de Azcuénaga, por su parte, se graduó de abogado en Lima y ejerció en Buenos Aires. Pero parece que su vocación tenía más que ver con la literatura, siendo poeta fecundo y el "primer fabulista argentino". Apoyó a su hermano Miguel y se sumó entusiasta a la Revolución de Mayo.

Sin embargo, desde 1790, Domingo estaba casado con Clara Núñez y Chavarría, hija del notario del cabildo Pedro Núñez Alonso y de Isabel de Chavarría del Castillo (o Echavarría). A pesar de que su marido apoyaba el movimiento revolucionario, Clara era una leal vasalla del Rey. Ayudó a ocultar en su casa de Buenos Aires a más de 100 oficiales y soldados realistas, muchos de ellos fugados del campo de concentración de Las Bruscas, y los asiste para que escaparan a Montevideo, entonces último baluarte de la lealtad. Dueña de un sentido del humor muy particular, en una ocasión, Clara invitó a su casa a una reunión a alvearistas, rodriguistas, patriotas, realistas y portugueses, en un momento de extraña fraternidad. Así se supo de su papel encubriendo realistas, pero no fue molestada. 

Doña Clara colaboró con su hijo, el alférez José Benito de Azcuénaga, también realista, a cruzar a Montevideo. También su hija María Norberta Azcuénaga, casada con el coruñés Francisco Reguera Pérez, capitán veterano de las Invasiones Inglesas y ex secretario de Liniers, era notoriamente adicta a la causa del Rey.

Nacido en 1793, José Benito de Azcuénaga, hijo de Domingo Lino y de Clara Isabel, siendo un jovencísimo cadete del Fijo de Buenos Aires, participó con heroísmo en las Invasiones Inglesas. Pero, tras la Revolución de Mayo, asistido por su madre pasó a la ciudad de Montevideo. 

Siendo alférez, Jacinto de Romarate le encargó la defensa de la isla de Martín García en 1814, ante las incursiones de la flota anglo-argentina del corsario William Brown. Con sólo 70 hombres, la mayoría de ellos vecinos de la isla, y un cañón de 8 lb. (y dos navales de 6 lb., desembarcados más tarde), Azuénaga será un hueso duro de roer. 

La escuadra de Brown estaba integrada por la fragata “Hércules” (de Eliah Smith), la corbeta “Céfiro” (Zephyr, de James King), el bergantín “Nancy” (de Richard Leech), la goleta “Juliet” (de Benjamin Franklin Seaver), la goleta “Fortuna” (de John Nelson), el falucho “San Luis” (de John Handel) y la balandra “Carmen” (de Samuel Spiro). Frente a ellos, resistía la flotilla realista, dirigida por Romarate y compuesta por los bergantines “Belén” (de Ignacio Reguera), “Nuestra Señora de Aránzazu” y “San Julián de Gálvez” (de Pascual de Cañizo), las balandras “Americana” (de Ignacio Flores) y “Murciana”, las cañoneras de río “Perla”, “Lima” (de José Ignacio de Sierra) y “San Ramón”, y un lanchón a remo. 

Romarate consiguió rechazar el ataque anglo-porteño el primer día, quienes tuvieron numerosas bajas, incluyendo a los “patriotas” Benjamin Seaver, Eliah Smith, Martin de Jaume, Robert Stacy, Edward Price, Richard Brook, William Russell y Peter Brown, y entre los heridos a Thomas Richard, James Stone, Henry Harris, Elsey Miller y Anthony O’Donnell. En la segunda jornada, la fragata “Hércules”, destrozada el día anterior, logró escapar de la varadura y retirarse. Erróneamente, Romarate esperaba los refuerzos de Primo de Rivera que jamás llegaron.

Tres días después, Brown regresó con una estratagema: mientras simulaba un ataque naval para alejar a la flotilla realista, hizo desembarcar 240 hombres en Martín García. Tras el desembarco, el avance sobre la plaza iniciado a las 4 a.m. fue detectado y al subir el cerro para acceder al puerto recibieron el fuego de las fuerzas realistas. En el momento en que la defensa se apercibió del ataque, la flota de Brown inició un cañoneo como distracción desde el oeste sobre la escuadra realista. El ataque, efectuado bajo el fuego enemigo y a la carrera por camino fragoso y ascendente, se detuvo brevemente. En ese momento crítico se ordenó al pífano y al tambor tocar la marcha del Ejército Británico "Saint Patrick’s Day in the Morning". Los defensores martinenses se vieron sobrepasados y se rindieron tras veinte minutos de combate, con lo que el Tte. Jones de la “Céfiro” capturó la batería volante, volteó los cañones contra los navíos realistas e izó las insignias de Brown, poniendo fin al combate. 

Muchos de los defensores, al igual que la mayoría de los pobladores, pudieron refugiarse en los barcos y escapar a Montevideo, sólo algunos fueron copados en una balandra que no tuvo tiempo de huir pese a la protección de los fuegos de la escuadra: "En ella se encontraron algunos soldados enemigos los que hicieron una dura resistencia hasta que fueron pasados a degüello", dice el parte del "patriota" Pedro Oroná, del 18 de marzo. 

Por su heroico comportamiento en la resistencia de Martín García, el joven Azcuénaga fue ascendido a Teniente de los Reales Ejércitos. Prisionero en la rendición de Montevideo, tras su liberación se radicó en la Península Ibérica, abandonando para siempre el Río de la Plata natal. Luego se pierden los detalles de su vida. Lo vemos como "capitán en comisión de los Lanceros destinados a América" en 1816, aunque no llegó a cruzar el Atlántico. Falleció siendo Teniente Coronel de los Reales Ejércitos el 15 de julio de 1843.

27 julio 2016

Situación del PCE-EPK durante la Guerra Civil.



En el Norte y al comienzo de la guerra los comunistas trabajaron de manera independiente en Vizcaya, Santander y Asturias. Posteriormente, el 26 de junio de 1937 fue organizado el Buró del Norte, que funcionó como una suerte de Comité Central para toda la zona.17
Los orígenes del PC en el País Vasco se remontaban a marzo de 1934, cuando se planteó la transformación de la Federación Vasco-Navarra del PCE en el PC de Euskadi. El congreso constituyente se celebró en Bilbao a principios de junio de 1935.18 Tenía entonces 800 miembros. El 18 de julio contaba con 4.000; en octubre su número ascendió a 7.500-8.000; y en febrero de 1937 alcanzó los 12.000.1Su órgano de expresión era el periódico Euskadi Roja, que en marzo de 1937 tiraba entre 45.000 y 48.000 ejemplares diarios. El secretario general del partido, Astigarrabía, desempeñaba la cartera de Obras Públicas en el gobierno vasco.
Partidarios y adversarios de los comunistas vascos creyeron apreciar en su línea política tendencias autóctonas y concomitancias con los nacionalistas vascos, con los que, según algunos, estaban entrando en competencia por atraerse prosélitos entre los campesinos y obreros del PNV. La creencia en esa tendencia y la búsqueda de responsabilidades por la caída del Norte llevó a un proceso de depuración del PC de Euskadi que se llevó a cabo en dos fases. La primera vez fue ante el Buró Político en Valencia el 19 de julio de 1937. Allí, Astigarrabía y Jesús Larrañaga hicieron autocrítica según el modelo estaliniano. Sobre Astigarrabía pesaba negativamente su enfrentamiento con Codovilla y Goriev. Koltsov le retrató como un dictador, falto de talento, que dirigía el partido de forma personalista y desacertada. Por fin, en el Pleno del Comité Central del PCE celebrado en Valencia en noviembre de 1937, se acusó a Astigarrabía de no hacer una política independiente del gobierno vasco y del PNV. Siguiendo los argumentos expuestos por Ángel Álvarez, «Angelín», miembro del Comité Central, se criticó con dureza la actuación del partido en todo el norte, su sectarismo, su incapacidad para superar el aislamiento y el alineamiento, en el caso de Euskadi, con el gobierno autónomo y su «defensa de los intereses de los capitalistas vascos». Se acusó a Astigarrabía, sin fundamento, de «nacionalista». Al final le cayeron encima todas la imputaciones del manual del momento (fraccionalismo, lucha contra la IC y la URSS y trotskismo) y se acordó su expulsión.

Después de la pérdida de sus bases naturales, la actividad política del PC de Euskadi quedó reducida a la convocatoria esporádica de conferencias de activistas en Barcelona. La primera de ellas se reunió los días 12 y 13 de diciembre de 1937 para hacer balance sobre las causas de la derrota y aprobar por unanimidad la expulsión de Astigarrabía. En una deriva que les iba a enfrentar con el resto de las fuerzas republicanas, los comunistas vascos, y en particular Larrañaga, cometieron el error de imputar a sus aliados errores gravísimos. Larrañaga intervino en un mitin en Villaverde Trucíos (Santander), en el que criticó duramente tanto al gobierno vasco como a las autoridades de Santander y Asturias. Gonzalo Nárdiz, consejero de Agricultura del gobierno vasco por ANV, afirmó que «Larrañaga responsabilizó al gobierno vasco de abandonar Bilbao y de haber dejado en pie las industrias de guerra, acusaciones que en aquellos momentos suponían casi incitar a la vindicta a cualquier fanático». En represalia por esas críticas se prohibió la difusión de Euskadi Roja en Santander y Larrañaga fue destituido por Prieto de su puesto de comisario del XIV Cuerpo de Ejército. 

25 julio 2016

Stalin deportó Chechenos injustamente, debía haberlos fusilado!!

En 1943 había alrededor de 450.000 chechenos e ingushes en la República Socialista Soviética Autónoma de Chechenia-Ingush(RSSACHA). Esto debería haber significado unos 40.000-50.000 hombres en edad militar.
 En 1942, en la cumbre de las victorias militares de los nazis, 14.576 hombres fueron llamados al servicio militar, de los cuales 13.560, o 93%, desertaron y o se ocultaron o se unieron a los grupos rebeldes o de bandidos en las montañas.
Hubo colaboración en masa con las fuerzas alemanas de parte de la población chechena e ingusha. En febrero 23 del 2000, Radio Svoboda entrevistó a nacionalistas chechenos quienes se jactaron orgullosamente de una rebelión armada pro alemana antisoviética en febrero de 1943, cuando
la penetración alemana hacia el Cáucaso estaba en su mayor apogeo.
El problema con esta reseña es que miente por omisión. La revuelta en cuestión tuvo lugar, pero bajo bandera nazi, y con el propósito de una alianza nazi.
Las bajas entre los deportados durante la deportación fueron bajas —0,25% de aquellos deportados, según Bugai y Gomov.
Los registros del NKVD dan fe de 180 trenes llevando 493.269 nacionales chechenos e ingushes y miembros de otras nacionalidades detenidos al mismo tiempo. Cincuenta personas fueron asesinadas en el curso de la operación, y 1.272 muertas en el viaje (p. 56).
Puesto que ocurrió en el invierno, y durante la guerra más feroz en Europa, quizás en el mundo, en la historia, esa cifra no parece muy alta.


Stalin y los tártaros de Crimea


Los tártaros de Crimea fueron deportados en masa. Muchos documentos concernientes a su deportación han sido publicados en Rusia, de archivos soviéticos anteriormente reservados. Naturalmente, han sido publicados por investigadores anticomunistas, cuyos comentarios
son muy tendenciosos. ¡Pero los documentos mismos son muy interesantes!
En 1939 había 218.000 tártaros crimeos. Eso deberá significar unos 22.000 hombres en edad militar —alrededor de 10% de la población.
En 1941, según las cifras soviéticas contemporáneas, 20.000 soldados tártaros de Crimea desertaron del Ejército Rojo. Para 1944, 20.000 soldados tártaros de Crimea se habían unido a las fuerzas nazis y estaban combatiendo contra el Ejército Rojo.
Así el cargo de colaboración masiva se mantiene. La cuestión es:
¿Qué deberían haber hecho los soviéticos acerca de esto?
Podrían no haber hecho nada haber hecho —que todos siguieran sin castigo. Bien, ¡no iban a hacer eso!
Podrían haber fusilado a los 20.000 desertores. O, pudieron haber encarcelado-deportado —justo a los jóvenes en edad militar. O habría virtualmente significado el fin de la nación tártara de Crimea, pues no habría habido esposos para la siguiente generación de mujeres jóvenes tártaras.
En vez de ello, el gobierno soviético decidió deportar a la nacionalidad completa al Asia Central, lo cual hicieron en 1944. Se les dieron tierras, y algunos años de exención de impuestos. La nación tártara permaneció intacta, y había aumentado en tamaño hacia finales de la década de 1950.

Cartas de Pablo Iglesias (PSOE) a Engels


Carta de Pablo Iglesias a Friedrich Engels. [Madrid, primeros de abril de 18931.

Querido y respetable amigo Engels:
El Socialista publicará el 10 de mayo un número extraordinario, y para él desearíamos poder contar con algunas líneas del más ilustre representante del Socialismo revolucionario. Sabemos que pesa sobre vos mucho trabajo y que la edad avanzada que tenéis no os permite hacer cuanto vuestra voluntad deseara; pero contamos con vuestra bondad y vuestra abnegación. Unas cuantas líneas vuestras, por pocas que sean, darán a nuestro número del 1° de mayo mucho valor.
Igualmente desearíamos un pequeño escrito de Leonor Marx, Aveling y algún otro de los socialistas ingleses de más fama. Como seguramente los veréis con frecuencia, os rogamos les excitéis a que nos hagan ese favor, enviándonos los escritos en francés.
Hemos hecho igual demanda a Liebknecht, Bebel y Singer, más a fin de que nos sirvan con mayor interés os pedimos les enviéis una corta carta recomendando nuestra pretensión.
El movimiento socialista en España aumenta. En las últimas elecciones legislativas, verificadas a principios de marzo, hemos logrado 2.000 votos más que en las habidas el 91, no obstante habernos hecho una guerra a muerte, empleando toda clase de medios,los partidos republicanos. Estos partidos, esencialmente burgueses, llegan al extremo de poner obstáculos a nuestra propaganda impidiendo la celebración de meetings.
Los anarquistas pierden cada vez más terreno y su descrédito es grandísimo. En su odio al Partido Obrero, hanse convertido en aliados de los republicanos. Su campaña abstencionista preocupa menos a los republicanos que el menor acto de nuestro Partido.
Le escribimos esta carta en castellano o español porque sabemos que lo comprende bien y porque nosotros escribimos muy mal el francés.
Viva muchos años y reciba un fraternal y cariñoso saludo de la Redacción de El Socialista.
Por la Redacción Pablo Iglesias

carta de Friedrich Engels a Pablo Iglesias. [Londres, 13 de abril de 1893
[Londres, 13 de abril, 1893
Querido amigo Iglesias
No puedo contestar a tu carta en primer lugar sin quejarme de que tu me tratas de Ud. No creo haber mentado eso. Somos viejos internacionales habemos peleado el uno al lado del otro [¿entre ?] más de veinte años y en las mismas batallas, y cuando fuí secretario para España, vosotros me hicisteis la honra de tutearme, ahora bien, pido que continues como por el pasado.
Aqui se hallan unas pocas lineas para el vuestro numero de mayo y he escribido a Leonor M.[arx] A.[veling] y a Bebel pregandoles de enviaros contribuciones.
Salud y revolucion.
Tuyo

24 julio 2016

Cisma EPK finales de los setenta (III)

 
En definitiva, la nueva política aprobada por el EPK y refrendada en la elección de su Comité Central, planteaba la fusión entre los comunistas vascos y la formación capitaneada por Mario Onaindía. La batalla la habían ganado los «euskalrenovadores». Ramón Ormazábal y sus más estrechos colaboradores se retiraron a los cuarteles de invierno, reservándose para nuevas confrontaciones.
Eran las cinco de la madrugada del lunes 2 de febrero. Acababa de reunirse por vez primera el nuevo Comité Central que reeligió secretario general a Roberto Lertxundi por 41 votos a favor, 10 en contra y  5 abstenciones; también Ramón Ormazábal era reelegido presidente, con 33 votos a favor, 11 en contra y 14 abstenciones. Cuando abandonaban el Aula Magna de la Universidad de Lejona, algunos oficialistas entonaban el ...y viva España», mientras Ignacio Latierro comentaba su derrota diciendo: «Esto no tiene importancia, lo que cuenta es lo que se decide en Madrid, y allí somos mayoría.».

La unidad de la izquierda sería impulsada por un equipo dirigente homogéneo, partidario de las tesis de Lertxundi. De los 15 miembros del Comité Ejecutivo, 12 se identificaban con el secretario general; tan sólo Ormazábal, Tueros y Francisco Martínez, secretario de CCOO del Metal, constituían la minoría oficialista. Este equipo dirigente, de acuerdo con su planteamiento unitario, propugnaba la introducción del federalismo en la organización estatal del Partido Comunista de España, cuestión que se suscitó con claridad en la Conferencia Nacional que el EPK celebró el 18 de julio de 1981, en vísperas del X Congreso del PCE.
Por estas fechas, el partido de los comunistas vascos estaba ya prácticamente roto. Una vez más, el oficialismo quedó en minoría, pero no se resignó y 105 miembros de esta corriente hicieron público un documento en el que manifestaban no sentirse representados por la delegación vasca que acudiría al X Congreso. Entre los firmantes del comunicado se encontraban Ormazábal, Latierro, Tueros, Camio y Félix Pérez. Sus motivos de desacuerdo se centraban en la composición de los delegados: 33 euskalrenovadores y 12 oficíalistas.
Unas semanas antes de la Conferencia Nacional, el Comité Central asistió a un insólito acontecimiento: durante cinco horas tuvo ocasión de escuchar la grabación de unas conversaciones mantenidas en Madrid entre Santiago Carrillo y una delegación del EPK encabezada por Roberto Lertxundi. El secretario general del PCE no se andaba entonces por las ramas, y en el encuentro solicitó de sus interlocutores que renunciasen formalmente a plantear en el X Congreso la federalización del PCE, y exigió que se incluyese en el Comité Ejecutivo del EPK a hombres de su absoluta confianza, en particular a Ignacio Latierro. En un momento de la entrevista, Santiago Carrillo amenazó a Roberto Lertxundi: «Si no hacéis esto --dijo--, haré caer sobre ti todo mi peso.»


Cuando el IV Congreso del EPK votó mayoritariamente la resolución que planteaba la fusión con Euskadiko Ezkerra, pocos fueron los que dentro y fuera del partido llegaron a tomárselo al pie de la letra. En una primera lectura, el acuerdo fue interpretado como una especie de enunciado de buenas intenciones, una declaración de principios o, simplemente, como una maniobra orientada a transformar la imagen del EPK. Los que, sin embargo, se lo tomaron muy en serio fueron los militantes de la corriente mayoritaria y, en particular, la nueva dirección elegida en el Congreso.
Mientras los oficialistas conspiraban para recuperar las posiciones perdidas, los euskalrenovadores multiplicaron sus contactos con Euskadiko Ezkerra. En este ambiente transcurrió el verano.
El X Congreso del PCE disipó las últimas esperanzas de cambio que aún albergaban los renovadores vascos. Además de rechazar los planteamientos de federalización y democratización interna, la dirección del PCE se alineó decididamente con la tendencia minoritaria. Ormazábal, Tueros, Latierro y Félix Pérez pasaron a formar parte del Comité Central del PCE. De los mayoritarios, sólo dos fueron propuestos para ese organismo: Roberto Lertxundi y Sigfredo Domingo. Los delegados del X Congreso repescaron, sin embargo, a otros dos miembros de esta corriente: Pilar Pérez Fuentes, profesora de BUP, y Txemi Cantera, economista de CCOO, incluidos en la lista anexa.
Roberto Lertxundi y sus partidarios volvieron a Euskadi frustrados y enfrentados a una difícil disyuntiva: seguir como hasta entonces, pero en peores condiciones, dada la manifiesta desconfianza de Madrid hacia ellos, o atenerse a las conclusiones del IV Congreso y acelerar la fusión con Euskadiko Ezkerra.

La situación era insostenible en las filas del EPK. Los enfrentamientos se habían trasladado al plano personal. Si el teléfono del secretario general había sido intervenido en otras épocas por miembros del aparato fieles a Ormazábal, ahora, en la sede central de la calle Jardines, en pleno casco viejo bilbaíno, las ocultaciones de información, la sustracción de documentos o cartas, las murmuraciones, estaban al orden del día.
Durante el mes de agosto, representantes del sector renovador del EPK y de Euskadiko Ezkerra, con Lertxundi y Onaindía a la cabeza, decidieron iniciar formalmente el proceso de convergencia entre ambas organizaciones. Según acordaron en estos contactos secretos, la iniciativa oficial debería tomarla el EPK. Hasta el 12 de septiembre, muy pocos estaban enterados de los preparativos. Ese día, el Comité Central de los comunistas vascos decidió dirigirse al «biltzar Tippia», organismo de dirección de EIA (Partido para la Revolución Vasca), proponiendo la apertura de «negociaciones a las que el EPK acudirá con plena libertad y capacidad de decisión propia. Con la firme voluntad de contribuir a la creación de esa nueva formación política, de ese partido al que aspiramos, que será un partido independiente, de ámbito vasco, plenamente soberano para establecer las necesarias relaciones con las fuerzas políticas afines del conjunto de España y de Europa».

El documento tuvo los efectos de una carta-bomba. Las dos tendencias del comunismo vasco tiraron cada una por su lado. Los partidarios de la fusión se empeñaron en continuar adelante y la vieja memoria no parecía dispuesta a rendirse sin pelea. El grupo de Ramón Ormazábal no se oponía a la letra del mandato aprobado en el IV Congreso y recurrió al espíritu de la fusión para oponerse a ella. Sobre todo, no pasaba por el planteamiento de que el EPK, según rezaba la carta dirigida a EE, «habría de disolver los lazos orgánicos que en la actualidad existan con otras organizaciones», es decir, pura y simplemente desvincularse del Partido Comunista de España.
Los oficialistas habían tratado de obstruir el acuerdo de fusión en el cuarto congreso, diluyéndolo en una política de unidad más amplia que incluyese a los socialistas. Pero para nadie era un secreto que el Partido Socialista de Euskadi no estaba interesado en llegar a un acuerdo con los comunistas. Para esta tendencia, la fusión EPK-EIA sólo tendría sentido si la formación encabezada por Mario Onaindía cediera sustancialmente en sus posiciones y aceptase las tradicionalmente defendidas por los comunistas vascos, incluido el mantenimiento de los lazos organicos del EPK y el PCE.

 En definitiva, propugnaban una absorción y rechazaban la fusión.
La propuesta del Comité Central del EPK se formuló en un momento especialmente favorable a la unidad, dado que Euskadiko Ezkerra se aprestaba a celebrar su congreso fundacional como partido, después de haberse disuelto ETA. Esta formación vasca surgió a raíz de un desdoblamiento experimentado en ETA político-militar en las postrimerías del franquismo. José Moreno Bergareche, Pertur, el militante etarra desaparecido en extrañas circunstancias, fue el inspirador de este proceso por el que una parte de la organización formaría un partido político, en tanto que otra continuaba la acción armada, sin que existieran lazos orgánicos entre ambas. De ahí nació ETA, a la cual se fueron sumando otras gentes no procedentes de ETA. Recién salido de la cárcel, fue elegido secretario general Mario Onaindía, uno de los encartados en el Proceso de Burgos y uno de los tres unicos presos que apoyo la V asamblea en contra de la VI asamblea.
Por otro lado, Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi) nació como una coalición electoral en vísperas del 15 de junio de 1977. De ella formaban parte, además de ETA, personalidades independientes como el abogado donostiarra Juan María Bandrés, que resultó elegido diputado del Congreso. En la primavera de 1980, EIA decidió disolverse para hacer de Euskadiko Ezkerra un nuevo partido. Los euskalrenovadores del EPK decidieron aprovechar estas circunstancias para plantear la fusión; de esta forma los comunistas vascos se integrarían en una nueva formación política en el momento de su nacimiento y, teóricamente, en igualdad de condiciones.
El conflicto había estallado. Argumentos ideológicos, políticos, históricos, culturales y jurídicos salieron a relucir por una y otra parte del comunismo vasco. Los oficialistas atacaron en dos frentes: convocaron reuniones en Euskadi al margen de la dirección oficial y trasladaron el conflicto a Madrid.
La primera de estas reuniones estaba prevista para el 25 de octubre en la localidad vizcaína de Sestao, centro fabril enclavado en el corazón de la Ría bilbaína, donde los oficialistas contaban con mayor arraigo. El Comité Ejecutivo del EPK consideró que se trataba de «un hecho de extrema gravedad que abre una dinámica de escisión y manifiesta expresamente que se ha creado ya una organización dentro de la organización regular del partido». Su reacción fue abrir expedientes disciplinarios a Mikel Camio, Felipe del Corte y Pablo García, miembros del Comité Central y firmantes de la convocatoria. Las sanciones alcanzaron asimismo a Ramón Ormazábal, cesado como presidentes, tomas Tueros y Francisco Martinez.






23 julio 2016

40 años de Pertur

En septiembre de 2012, después de cuarenta años de incógnitas, el juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu tuvo que archivar la causa en la que se investigaba lo que sucedió con Moreno Bergareche. La última persona que le vio con vida fue Francisco Mujika Garmendia, alias Pakito, pero la justicia nunca le ha podido procesar por falta de pruebas.
Pertur desapareció a las nueve de la mañana del 23 de julio de 1976. Salió del apartamento clandestino que ocupaba en la localidad francesa de San Juan de Luz y se dirigió a una cita que había organizado una hora después. Tampoco nunca se ha sabido quién era la persona que le esperaba para celebrar esa cita en Iparralde (en euskera el norte del País Vasco francés). A mitad de camino,  tuvo un encuentro con Miguel Ángel Apalategi, Apala, y con Pakito. Ambos elegían desde la cúpula militar de la organización los objetivos  de la organización. En las antípodas de esos pensamientos, Pertur quería convertir ETA en un partido político al estilo marxista-leninista. Moreno Bergareche era consciente de que su estrategia comenzaba a ser incómoda para sus compañeros. Y lo confirmó días antes de su desaparición, cuando otros miembros de la organización terrorista le retuvieron durante horas en una vivienda para evitar que asistiese a una asamblea de cuadros en la que se iba a debatir el futuro de ETA. Ante el juez Andreu, Pakito reconoció que Pertur les pidió que le llevasen en coche al lugar de la cita. Se subió en el asiento de atrás del vehículo y nadie volvió a saber nunca más de él.
Fue la novia de Moreno Bergareche, Lourdes Auzmendi, quien declaró ante el juez que un exmiembro de ETA que había coincidido con Apala en Nicaragua le contó que fueron ellos «los que le habían secuestrado, le habían matado y le habían tirado al mar». Diferentes medios de comunicación han publicado en varias ocasiones la carta que Pertur envió a su novia días antes de desaparecer:

 Estos bestias han creado un clima tal en la organización que ETA no es un colectivo revolucionario, sino un estado-policía donde cada uno sospecha del vecino y este del otro. Este clima influye no a todos por igual (existen auténticos histéricos que no ven sino conspiraciones por todos los lados). En este sentido te digo que no estoy bien, en el sentido de zafarme de esa dinámica infernal de las conspiraciones, del infundio, de la mentira. De esa dinámica que tiende a eliminar rivales políticos no por medio del debate político, sino a través de sucias maniobras en nombre de la disciplina y la seguridad.

Por qué el Estado Islámico no ha sido derrotado todavía

En fechas recientes, altos cargos civiles y militares estadounidense, incluyendo el propio presidente Obama, han ido informando de que las actuaciones llevadas a cabo contra el autodenominado Estado Islámico (EI) –también conocido comoDaesh, por su acrónimo en árabe-, le han debilitado notablemente. Se han llegado a dar cifras concretas, como que se han disminuido sus capacidades entre un 20 y un 30%, que se han destruido o dañado más de 23.000 objetivos en el territorio controlado por el Daesh en Irak y Siria, o que se ha conseguido eliminar a más de 27.000 de sus milicianos en los mismos escenarios. Y eso sin contar con los datos –desconocidos- de la intervención de Rusia en Siria.
Datos que no deberían sorprender teniendo en cuenta que contra el ISIS está actuando activamente nada menos que las primeras potencias militares del mundo –a excepción de China-, pues a las ya mencionadas de EEUU y Rusia hay que añadir el Reino Unido y Francia; verdaderas monstruosas maquinarias bélicas, dotadas incluso de armamento nuclear. Entre todos estos gigantes de la guerra, junto con países menos involucrados en las operaciones, se calcula que han podido realizar más de 50.000 salidas aéreas contra objetivos del EI en menos de dos años. Sin olvidar la presión ejercida desde tierra por las fuerzas de Al Asad, los kurdos, el ejército iraquí y las milicias chiíes.
Lo que sí sorprende es cómo ha podido resistir el ISIS el embate de semejante colosal conjunto de fuerza militar. Que apenas un grupo de milicianos –sería muy generoso denominarles como ejército-, sin medios aéreos, sin artillería de largo alcance, sin sistemas de misiles, sin medios antiaéreos de alta cota, sin una logística organizada, creado en pocos meses y sin ningún aliado potente en el terreno, siga actuando con relativa impunidad en el amplio territorio sirio-iraquí que controla –en el que vive más de ocho millones de personas-, continúe realizando operaciones de cierta envergadura y, sobre todo, siga imponiendo el miedo no sólo en su escenario natural, sino incluso en Occidente, no deja de llamar la atención, y mucho.
Cierto es que Daesh está debilitado y a la defensiva, con serias dificultades para pagar a sus tropas, proporcionar servicios a la población y aguantar el desgaste de las operaciones –en total, consume unos 50 millones de dólares mensuales-, sobre todo cuando ya no consigue los sonoros éxitos de conquistas como Mosul o Palmira y cada vez tiene más dificultades para vender petróleo. Pero no es menos verdad que está muy lejos de desaparecer.

Militantes del ISIS durante un desfile militar en Raqqa, en junio de 2014 (Reuters)
Militantes del ISIS durante un desfile militar en Raqqa, en junio de 2014 (Reuters)
Sin ningún género de duda, las informaciones que llegan son acusadamente inexactas, cuando no manifiestamente tergiversadas. Tener información precisa sobre la situación concreta del ISIS es muy complicado, pues no hay periodistas que reporten desde su territorio y su vigilancia es extrema para impedir infiltraciones. La poca que llega procede de personas que han escapado de su influencia, tanto civiles como algunos de sus combatientes, pero suele ser tan parcial que no permite hacerse una idea de conjunto, y mucho menos del entramado de poder que dirige a la organización. A eso se suma el proceso dedemonización del adversario propio de todos los conflictos, magnificado a través de medios de comunicación y de informe oficiales, que también desvirtúan la imagen real de Daesh (personal, capacidades, apoyos, moral,…).
Pero hay algunas claves que parecen indudables, aunque suelen pasar desapercibidas, sobre por qué y cómo ha logrado hasta ahora sobrevivir el Daesh sin ser derrotado:

1. Moral

Las tropas del EI disponen de una moral de combate muy superior con respecto tanto a las de las fuerzas locales como a las extranjeras.
Esta voluntad férrea se la proporciona no solo su fanatismo ideológico, sino también el hecho incontestable de que están luchando por lo que consideran su territorio y sus derechos. Se convierte así en un convencimiento absoluto en su cometido que les lleva a no tener ningún miedo a morir.
Dicha fuerza interior de sus integrantes también proporciona al grupo gran capacidad de resilencia -resistencia y recuperación-, como ha demostrado repetidamente a pesar de las derrotas o las muchas bajas sufridas, volviendo a la acción incluso con mayor determinación y tenacidad.
Así mismo, les proporciona gran fortaleza moral el pensar que son los herederos de los que consiguieron expulsar a los estadounidenses de Irak, y de los que en su día arrojaron a los soviéticos de Afganistán, convencidos de que si ya vencieron a los imperios más poderosos de la historia, nada les impedirá conseguirlo de nuevo.

Combatientes peshmerga observan el cadáver de un militante del Daesh en Tel Asof, el 4 de mayo de 2016 (Reuters)
Combatientes peshmerga observan el cadáver de un militante del Daesh en Tel Asof, el 4 de mayo de 2016 (Reuters)
Por el contrario, enfrente tiene a países dubitativos, que han optado desde el principio por no llevar a cabo acciones decisivas –quizá con la parcial excepción de Rusia-, lo que ha sido entendido por Daesh como un síntoma de debilidadconsecuencia de un temor a tener bajas propias, a provocar daños colaterales que puedan ser empleados mediáticamente y desestabilice a sus gobiernos, o a sufrir atentados en su territorio, impulsando al ISIS a defender su causa aún con mayor firmeza.
En tierra se enfrentan a un ejército iraquí –integrado principalmente por chiitas- y a unas milicias chiíes que no están especialmente motivadas en recuperar territorios que tradicionalmente han sido habitados por suníes; distinto sería si tuvieran que defender sus zonas propias. Lo mismo podría decirse de las fuerzas kurdas, tanto de Irak y de Siria, que únicamente persiguen sus propios interesesmuy limitados, aprovechando el apoyo internacional que ahora se les brinda, pero sin gran afán por acabar con el ISIS fuera de sus escenarios habituales.
La situación en Siria es similar, pues aunque en este caso pueda dudarse de que el EI sea visto como un elemento propio por todos los que le apoyan, las fuerzas de Al Asad tampoco le perciben como la principal amenaza que ponga en peligro la supervivencia del régimen, al menos de momento.
Ante esta situación, la historia militar muestra que quien está dispuesto a los mayores sacrificios, a que mueran por la causa hasta el último de sus miembros,termina por ganar el conflicto. La guerra siempre ha sido una pugna entre voluntades, y de momento el más entregado a la lucha es el EI.

2. Inteligencia

Los integrantes del EI se están revelando como grandes maestros en el amplio campo de la inteligencia, desde la estratégica a la táctica, siendo clave para su éxito.
Antes de realizar una operación, envían pequeños grupos de agentes a reconocer el territorio enemigo -posiciones defensivas, medios, fuerzas, rutinas,…-, cuyas informaciones posteriormente confirman con fuerzas ligeras de reconocimiento.

Miembros del Estado Islámico durante un desfile militar en Raqqa, en junio de 2014 (Reuters)
Miembros del Estado Islámico durante un desfile militar en Raqqa, en junio de 2014 (Reuters)
También emplean con profusión células durmientes e infiltrados en las filas enemigas, normalmente personas totalmente afines a la causa, pero también espías pagados.
Al mismo tiempo, dominan la contrainteligencia, para detectar tempranamente agentes enemigos infiltrados, contando para ello con el apoyo de la población, sea por convencimiento o por temor.

3. Táctica

En no pocas ocasiones, se ha ofrecido la imagen de éxitos militares operaciones que en realidad no eran más que repliegues voluntarios del Daesh, pues una de sus tácticas recurrentes es, siendo conscientes de sus limitaciones, ceder aquel terreno que no es clave cuando se sienten presionados, para así no desgastarse inútilmente.
Un ejemplo, tanto de su capacidad como de su perspicacia táctica, fue la batalla para retomar Ramadi llevada a cabo por las fuerzas iraquíes. Éstas eran diez veces superiores en número a las del ISIS y además contaban con el apoyo aéreo de la coalición liderada por EEUU, y aun así no podían expulsar de la ciudad a las milicias de Daesh. Finalmente, fue el propio ISIS quien decidió no empeñarse en la lucha y retirarse, pues no deseaban que aquella fuera su tumba, cuando ese parte de Irak la consideran propia –es parte del denominado “Triángulo suní”- y creen que en cualquier momento la podrán recuperar.
Combinan acciones convencionales con asimétricas, incluyendo acciones suicidas, que no sólo son empleadas para cometer atentados independientes.
Sus acciones de guerrilla con muy exitosas, retirándose, dispensándose, reagrupándose y golpeando objetivos con éxito. Ataca principalmente las líneas de suministros y los puntos más débiles, evitando los centros de gravedad del enemigo.

La ciudad iraquí de Ramadi, destruida por los combates entre el ISIS y el ejército iraquí, en enero de 2016 (Reuters)
La ciudad iraquí de Ramadi, destruida por los combates entre el ISIS y el ejército iraquí, en enero de 2016 (Reuters)
En ocasiones, abandonan rápidamente el territorio, sobre todo en zonas desérticas donde no hay obstáculos naturales en los que apoyarse, sin prácticamente bajas, para luego lanzar potentes contraataques que causan gran quebranto al enemigo.
Ha desarrollado sus propias fuerzas especiales, consistentes en pequeñas unidades de una veintena de miembros, que suelen actuar tras un ataque suicida, causando gran desconcierto y alto número de bajas.
Todo ello requiere liderazgo competente, cohesión, moral y disciplina, de lo que ha dado sobradas muestras.

4. Acciones aéreas

El elevado volumen de acciones aéreas llevadas a cabo contra el ISIS ha vuelto a dejar de manifiesto que éstas solo son verdaderamente eficaces cuando van acompañadas por operaciones efectivas en tierra.
Por otro lado, la precisión de las incursiones aéreas depende de una inteligenciaque posibilite atacar objetivos claros muy definidos, algo que no facilita ni el terreno ni la población.
Además, el ISIS ha aprendido tanto a engañar a los medios aéreos –por ejemplo, quemando neumáticos, no llevando uniforme y empleando vehículos civiles como medio de transporte-, como a evitar los efectos de los bombardeos, para lo que han cavado trincheras, un complejo sistema de túneles en círculos concéntricos y oleoductos subterráneos.

Cazas Rafale y Super Etendard en la cubierta del portaaviones Charles de Gaulle, horas antes del inicio de la misión contra el ISIS, el 18 de noviembre de 2015 (Reuters)
Cazas Rafale y Super Etendard en la cubierta del portaaviones Charles de Gaulle, horas antes del inicio de la misión contra el ISIS, el 18 de noviembre de 2015 (Reuters)

5. Combatientes

Los datos sobre el personal que compone sus fuerzas son muy diferentes dependiendo de las fuentes, yendo desde los 25.000 a los 200.000. Para empezar, habría que distinguir entre los combatientes permanentes, los temporales –los que combaten de forma esporádica o para operaciones concretas, por ejemplo, defensa de zonas más próximas a sus tierras habituales, donde tienen a sus familias e intereses- y los que podrían llegar a movilizar (las personas en edad militar que podrían ser incorporadas a filas).
Quizá la cifra más acertada sea de unos 80.000 milicianos, repartidos entre sirios (algo más de la mitad) e iraquíes. A ellos habría que añadir los extranjeros, que son relativamente pocos –puede que no más de unos 17.000 al mismo tiempo, aunque en algún momento, a lo largo de los últimos cuatro años, haya pasado el doble por Siria e Irak- y la mayoría de la región y aledaños (Túnez, Arabia Saudí, Cáucaso ruso, Jordania, Turquía y Marruecos), pues ha fracasado su llamamiento a la yihad global. De estos combatientes extranjeros, dos terceras partes estarían actualmente luchando en el frente sirio.
Parte de su éxito es contar con una gran cantera de gente joven local entre los suníes de Irak y Siria, de los cuales más del 70% están desempleados y buena parte de ellos deseosos de encontrar un sentido a sus vidas.
Por otro lado, este tipo de grupos ha demostrado gran capacidad para asumir la muerte de sus cabecillas, los cuales son fácil e inmediatamente sustituidos.

6. Medios

Los medios de que dispone el EI son muy variados. Por un lado, ha capturado grandes cantidades de material de todo tipo a los ejércitos sirios e iraquíes, así como a los rebeldes sirios. Además, ha comprado armas de contrabando en Siria, Irak y otros países del entorno.

7. Organización

El EI ha dividido su territorio sirio-iraquí en 12 provincias. Cada provincia tiene su propia fuerza armada, que a su vez se divide en diferentes unidades, incluyendo fuerzas especiales, francotiradores, defensa antiaérea y logística.

Un soldado iraquí golpea a un miembro del Daesh capturado en Tikrit,, en abril de 2015 (Reuters)
Un soldado iraquí golpea a un miembro del Daesh capturado en Tikrit,, en abril de 2015 (Reuters)
En principio, cada fuerza provincial combate solo en su propia provincia, la cual conoce perfectamente. Para combatir allí donde sea preciso en todo el territorio, el ISIS cuenta con una fuerza “califal” de élite, llamada el “Ejército del Califato”, con unos 5.000 milicianos de entre los más experimentados.

8. Terreno

El territorio en el que Daesh opera con relativa facilidad –la mitad de la superficie de España- es básicamente una zona desértica, por lo que los ataques masivos no se pueden llevar a cabo por sorpresa, lo que le proporciona tiempo para reaccionar, modificar sus disposiciones tácticas, retirarse o preparase para actuar.
Además, en este escenario se precisan largas cadenas logísticas, que pueden ser fácilmente atacadas.
En este terreno, para acabar de modo decisivo con el EI sería preciso contar congrandes formaciones mecanizadas y acorazadas, con fuerte apoyo de artillería y aéreo, (como sucediera en la segunda guerra del Golfo), pero, hoy por hoy, ningún país quiere realizar una operación de ese tipo, sin saber con exactitud cuál sería la situación final previsible, y ni el ejército iraquí está preparado para ello ni parece que el sirio tenga la voluntad real de realizarlo.

9. Apoyo población local

Sin la menor duda, si el ISIS es lo que ha sido debido, entre otras cosas, alimportante apoyo que ha encontrado entre la población suní de Siria e Irak. Para muchas de esas personas, la vida es más llevadera bajo el control de Daesh que en su momento lo fue subyugados por los regímenes de Al Asad en Siria o de Maliki en Irak.

Hombres orando fuera de sus tiendas en Raqqa, en abril de 2014 (Reuters)
Hombres orando fuera de sus tiendas en Raqqa, en abril de 2014 (Reuters)
En este sentido, se estima que en Siria puede haber casi 3 millones de personasen el territorio controlado por el EI, y en Irak algo más de 5 millones, con lo que teniendo en cuenta que son poblaciones muy jóvenes, no es fácil que vayan a tener muchos problemas para seguir reclutando combatientes.

10. Geopolítica

Por un lado, da la impresión de que Al Asad no ha actuado con todo su potencial contra el ISIS por dos motivos: ha preferido centrarse en los rebeldes opositores; y no le interesa que desaparezca totalmente la amenaza del ISIS, para aparecer él como más moderado y la mejor solución para el país. Lo previsible es que mientras el Daesh no se haga demasiado fuerte para constituir una gran amenaza, no actuará contra él, al menos mientras no haya plenamente consolidado su poder en todo el país.
Por otro lado, el resto de los países han obrado con gran prudencia y han optado por no implicarse con tropas terrestres. Prefieren actuar desde el aire, en apoyo a acciones llevadas a cabo por fuerzas locales: kurdos, rebeldes, milicias chiitas y ejército iraquí.
Así mismo, la gran inestabilidad política que se vive en Irak, cada vez más acentuada, a lo que se añade el creciente enfrentamiento entre milicias chiíes y kurdos –básicamente por el control de los pozos de petróleo de la zona de Kirkuk-, beneficia de modo notable al ISIS.
A ellos hay que añadir múltiples intereses regionales que parecen haber convertido a Daesh en un muñeco con el que todos juegan en su propio provecho.

Llamas y columnas de humo cerca de la ciudad siria de Kobane tras un bombardeo de la coalicion contra el ISIS (Reuters).
Llamas y columnas de humo cerca de la ciudad siria de Kobane tras un bombardeo de la coalicion contra el ISIS (Reuters).
En conclusión, acabar con el ISIS no es posible simplemente con acciones tácticas, por eficaces que éstas fueran –que hasta ahora tampoco ha sido el caso-. Lo primero es comprender las profundas raíces que han dado origen a su nacimiento, su expansión y su consolidación, que van desde la situación de los suníes en Irak –tras la invasión de 2003- y Siria, así como los enquistados enfrentamientos regionales. Lo siguiente entender que mientras no evolucionen las actuales condiciones de todo orden que se dan cita en Oriente Medio, el concepto del ISIS seguirá existiendo, sea con este nombre o con otro.
A este escenario ya complejo de por sí, se añade el hecho de que el Daesh está demostrando, quizá por primera vez en la historia moderna, que una fuerza árabe puede resistir e incluso vencer a fuerzas muy superiores, causando admiración entre las poblaciones de muchos países del entorno e incluso alejadas, que ven una opción viable para recuperarse de la humillación a la que algunos piensan se ha sometido durante largo tiempo al mundo musulmán en general y al árabe en particular.
Mientras, no se debe olvidar que en este tipo de enfrentamientos asimétricos, para los débiles, no perder es ganar. Y de momento, quien va ganando son los que manejan los hilos del Estado Islámico.