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31 julio 2016

Acerca de los mitos de la historia contemporánea vasca. Por Antonio "el alaves"

La historia militante, la historia con «voluntad constructiva de presente», tiene una abundante tradición en el País Vasco. El periodo contemporáneo, en el último cuarto del siglo XVIII, se abre con una auténtica batalla historiográfica, por razones aduaneras, fiscales y, sobre todo, de modificación de los términos forales (de relación entre Provincias y Corona):
de un lado, el Diccionario GeográficoHistórico de 1802 y las obras del canónigo de la catedral de Toledo, Juan Antonio Llorente (Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, 1806-1808, pero terminado en su casi totalidad para 1798) y del archivero de Simancas, Tomás González (Colección de cédulas, cartas-patentes... concernientes a las provincias Vascongadas, 1829); de otro, Francisco de Aranguren y Sobrado (Demostración del sentido verdadero de las autoridades de que se vale el doctor Don Juan Antonio Llorente, 1807-1808) y Zamácola (Historia de las Naciones Bascas) y Pedro Novia de Salcedo (Defensa histórica, 1851, pero escrito en 1829)2 .

 La tentación historicista, de una «historia ad probandum», abiertamente al servicio de una causa, sigue durante el intermedio decimonónico. La historia es la base de la especificidad de las provincias vascongadas, remite a un tiempo original de los fueros que, conforme se interprete, permitía solucionar los retos de aquel presente. Ante la medular cuestión de cómo se incardinaba la tradición / lógica foral vasca en la novedad / lógica constitucional liberal española, los foralistas, constructores de las señas de identidad y de los valores hegemónicos vascos hasta muy tarde, en el ecuador del XIX trabajan hacia el interior y hacia el exterior. Hacia dentro construyeron una identidad interprovincial vascongada, pues sólo desde ella se sentirían fuertes ante la «presión constitucional  liberal española». En esa construcción, la historia es determinante. Se construyó, como en tantos otros sitios en ese momento, una serie de mitos fundacionales (además de los que ya había, a cargo de Garibay, Lope de Salazar...) que hablaban de lo antiguo del pueblo vasco; de la continuidad de éste en el territorio (tomando como difícil prueba la del idioma); del carácter soberano de sus iniciales instituciones y organizaciones sociales; del carácter pactado de sus acuerdos con la Corona hispana; de la singularidad y sentido de los fueros, vistos no sólo en su dimensión normativa sino como representación del ser vasco, con su confusión buscada con el sentido religioso de este pueblo hasta conformar un carácter colectivo indiscutible.... Hacia fuera, además de todo lo anterior, se trataba de explicar sobre todo que, «para Constitución, tenemos la nuestra».

 El lenguaje y la lógica constitucionales resultaban nuevos en el País Vasco, y poco convenientes para las maneras y los intereses de sus grupos dirigentes. En ese momento, a mediados del XIX, estos notables vascos van a prescindir de las funciones y valores esenciales de una Constitución –son ciudadanos los que se someten a una misma ley y por eso son iguales a efectos de derechos y deberes– y se instalan en el nominalismo, alegando que ellos ya tenían una Constitución propia, la foralidad, y que les resultaba innecesaria otra. Se confrontaba así, operativamente, con intención de intercalar una en otra, la Constitución de las provincias vascongadas (en una claro intento de «constitucionalizar el fuero») con la Constitución liberal española. Incluso para las facciones fueristas liberales más avanzadas, se acudía a creer y hacer creer que los derechos de una Constitución liberal ya venían recogidos esencialmente en las Constituciones o Fueros provinciales.

 En definitiva, se hacía más real, operativo y cierto que nunca el aserto de John Stuart Mill sobre la eficacia de este tipo de construcciones (y más cuando resultan hegemónicas en un espacio determinado): «Una alucinación es una opinión errónea, es creer una cosa que no existe. Una ilusión, por el contrario, es asunto exclusivo del sentimiento, y puede existir separadamente de la alucinación. Consiste en extraer de un concepto que se sabe que no es verdadero, pero que es mejor que la verdad, el mismo beneficio para los sentimientos que se derivaría de dicha concepción si ésta fuera una realidad». Javier Corcuera lo llamó en un artículo (así subtitulado): «De la invención de la historia a los derechos que de la historia se derivan».

 La historiografía vasca desde el siglo XIX hasta el tiempo de la profesionalización de ésta, en los años setenta del XX, presenta un balance si no pobre, por lo menos limitado. Hay razones para ello: no existió hasta entonces una Universidad propia, una tradición académica ni una profesionalización de los historiadores; no ha habido tampoco una tradición política estatal que lleve a unas historias del país y, a cambio, todo lo más, no ha habido sino retazos de historias locales o provinciales… Esas y otras razones explicarían por qué la mitología y la literatura historizante (literatura histórica, leyendas) han sustituido en el caso vasco a la historia. La voluntad constructora de la historia, la historia militante, dio un paso más (aventurado) con Sabino Arana. Éste retomó algunos puntos de partida de la construcción hegemónica llevada a cabo por los fueristas de mediados del XIX y la fortaleció y modernizó, le dio un sentido en el tiempo. Arana decidió tomar la construcción histórica como simple recurso instrumental para sostener su patriotismo, despreciando explícitamente la función que aquélla tiene como aportación «al edificio de la historia universal» o incluso la propia veracidad de lo que cuenta. Así, la historia quedaba profundamente cuestionada en sus escritos y en los de sus más contumaces seguidores. Y esto en un movimiento profundamente historicista, donde la personalidad histórica es uno de los cinco pilares que definen su idea de la nación (junto a raza, lengua, gobierno y leyes, y carácter y costumbres). Las palabras que sirven de cabecera a este texto, procedentes del discurso oficial del lehendakari Ibarretxe el 25 de octubre de 2004, donde se ligan aquellas efemérides de 1839, de 1979 y de 2003, son una renovada muestra del historicismo de nuestro nacionalismo. Evidentemente, con los nacionalistas vascos y con sus intenciones respecto de la historia no se acaba la producción militante, aunque sí es cierto a la vez que este movimiento ha escrito y editado mucho, marcando con ello el sentido de su aportación. También el de una historiografía contraria, antinacionalista y tan dispuesta políticamente a demostrar utilizando para ello la historia. Fuera de una y otra, la contribución historiográfica más notable al comenzar el siglo XX fue la que proporcionaron autores como Alzola, Guiard, Carreras Candi, Lazúrtegui... sobre aspectos económicos, muy influidos por el fuerte desarrollo industrial vizcaíno en ese instante. Pero, en general, lo escrito hasta la guerra civil remite a los embates de unos y otros, nacionalistas (Estornés Lasa) y antinacionalistas (Balparda), lo que deja en un absoluto yermo la elaboración de una historia del País Vasco. En el momento presente, desde la academización y profesionalización que vive la historiografía vasca a partir de mediados de los setenta del siglo XX, la historia militante ha perdido aparentemente la partida. Pero inmediatamente veremos que esto no es así.

La historia contemporánea desde el nacionalismo vasco pequeño-burgues

 La última versión de esa manera de hacer historia militante la representa la vasta producción editorial del nacionalismo vasco pequeño burgues, y su mejor contemporaneísta y esfuerzo se resumen en el tercer volumen de la Historia de Euskal Herria publicado por Txalaparta en 1995 y a cargo de José M.ª Lorenzo Espinosa, profesor de la Universidad de Deusto. Su autor confiesa abiertamente (en el epílogo de la obra) que su historia, lo que escribe, sólo tiene sentido histórico si el pueblo vasco obtiene la independencia política como Estado. En esa línea es muy coherente su exposición. Formalmente presenta una buena factura histórica en la parte de la información empírica e incluso en el análisis general de los procesos históricos –Lorenzo Espinosa es un profesional de la historia–, que sin embargo se rubrica en el final de cada capítulo con un discurso-resumen en la mejor tradición del panfleto, donde se alecciona con las experiencias pasadas a través de unas consecuencias por lo menos exageradas y ultraideologizadas. La aportación de este autor es interesante como estadio más perfeccionado de una visión histórica, nacionalista vasca, muy penetrada en nuestra sociedad. No es la versión única que sostiene el nacionalismo vasco. De hecho, su intención historiográfica es aportar argumentos históricos y de presente para desautorizar la estrategia política del Partido Nacionalista Vasco y establecer la de la izquierda abertzale como la única con posibilidades y coherente con las lecciones del pasado. La gran diferencia entre esta historia de Lorenzo Espinosa y las que se escriben en la órbita del nacionalismo vasco tradicional es que este historiador piensa que la liberación nacional es indisoluble de un proceso social de carácter anticapitalista, mientras que el grueso del nacionalismo vasco ha sido históricamente interclasista y no ha cuestionado el status quo capitalista en que viene moviéndose en el último siglo y medio, por más que desde el propio Sabino hayan considerado las riquezas de ese origen poco presentables, un tanto en la ambigua línea de la doctrina social de la Iglesia. Pero lo importante es que este autor resume perfectamente el núcleo duro del que sí que bebe todo el nacionalismo vasco, la percepción de la historia de por lo menos los dos últimos siglos que justifica su acción política, al margen de diferencias de estrategia. Veamos algunos de los referentes de esa visión de la historia del país:

Hay un Pueblo Vasco histórico, con continuidad al margen de que tenga o no unidad institucional, o de que haya constituido alguna vez una unidad política (en el sentido de que su identidad nacional haya sido socialmente mayoritaria). Lo que permite la continuidad histórica de esa visión del País Vasco es una referencia cultural fosilizada y no necesitada de someterse a prueba en relación a las elecciones que a cada instante hace la población o la ciudadanía vascas. Ese Pueblo Vasco histórico, según esta percepción, se viene enfrentando a lo largo del tiempo al Estado español, concepto que hace desaparecer la existencia de pobladores o ciudadanos españoles, con sus particulares intereses y elecciones. Una visión ésta que se repite con precisión en dos documentos recientes, distintos pero casualmente coincidentes: en la imagen que reproduce el documental, La pelota vasca, perfectamente ubicada la idea anterior en su subtítulo, La piel contra la piedra (el dinamismo y ductilidad del pueblo vasco frente a la quietud pétrea del Estado español), y a lo largo del texto del proyecto de Tratado de Libre Asociación (Plan Ibarretxe, coloquialmente), donde no existen las ciudadanas y ciudadanos españoles, y todos ellos se subsumen bajo la etiqueta de Estado español. Por supuesto, las ciudadanas y ciudadanos vascos pueblan la parte positiva y propositiva de este proyecto. La utilidad política de la historia, o mejor, la imbricación intrínseca de una y otra se muestran aquí palmarias. Ese Estado español ha contado dentro del País con sectores partidarios. De este modo se incorpora la evidencia de que no hay una única tensión dentro-fuera sino que también ésta es interior. Pero se despacha sobre la base de que los colaboracionistas fueron y son eso, instrumentos egoístas de la política impositiva del Estado, que no se mueven por impulso propio. Así, se contrastan continuamente los términos de pueblo y elites institucionales locales interesadas en el desarrollo del Estado constitucional (y, en ese sentido, liberales, centralistas y capitalistas; luego, antipueblo vasco).

 De una manera inteligente –Lorenzo Espinosa es experto en ese tema– advierte que los dirigentes vascos desde finales del siglo XIX (su burguesía) no sólo operaron en el interior del país sino que se proyectaron al conjunto de España, dominando sectores de su economía e influyendo extraordinariamente en su política y en expresiones sociales y culturales diversas. Eso invalidaría la vieja tesis colonialista de Arana (a la que él también se apunta), pero Lorenzo da otra explicación: «Euskal Herria estaba “invadida” por su propia burguesía», lo que ha desdibujado históricamente «la naturaleza política de la ocupación española». Hay una continuidad histórica del Pueblo Vasco representada en lo que podríamos llamar el buen vasco. En el tiempo contemporáneo está personificada en los carlistas (Zumalacárregui, Carlos VII) y luego pasa a Arana; desde ahí a los auténticamente nacionalistas (no a los Sota o a Kizkitza), sobre todo Eli Gallastegi, Gudari, donde él ve el arranque de un nacionalismo vasco anticapitalista y ferozmente independentista. De ahí, lógicamente, sepasa a ETA en los años sesenta del siglo XX. Ésa es la línea de personajes que representan auténticamente al País Vasco; el resto son obviados o considerados históricamente en el error (por ejemplo, el carácter españolista del socialismo vasco y de la mayoría del sindicalismo anterior a la guerra civil). Remacha la tesis tradicional sabiniana de que 1839 representa el inicio del fin de las libertades vascas, que sólo hubieran sido restauradas provisionalmente de haber triunfado Carlos VII, por lo que su historia –el volumen III de Historia de Euskal Herria– comienza significativamente en la salida de Valcarlos y en aquel «Volveré» nunca satisfecho. La fecha del 25 de octubre de 1839 como tótem de lo que se entiende como abolición de las libertades históricas vascas: la misma tesis que  sostiene oficialmente el discurso  Ibarretxe. Una abolición que, curiosamente y siendo rigurosos con la letra y el acontecimiento históricos, fue inspirada con una intención confirmatoria –que no derogatoria– al salir de la primera carlistada y recibida en las localidades vascas con celebraciones festivas. Luego vendría la conspiración de Montes de Oca y las Diputaciones vascongadas y el decreto de Espartero de 1841. Pero lo interesante de estas tesis tan arraigadas es la moderna fusión de independentismo con otros referentes políticos: en concreto, con un vago anticapitalismo, con la defensa ecológica y, sobre todo, con la ensoñación de una anterioridad justa y feliz, donde el pueblo era tal. El autor opone el «equilibrio de una sociedad milenaria» al «empujón desaprensivo de la industrialización caótica» que sumerge al Pueblo Vasco «en su peor momento histórico». Vivimos, según Lorenzo Espinosa, en «el peor momento de nuestra historia». La tesis tiene antecedentes. No se trata sólo de reparar en que constituye una ensoñación milenarista como las que tuvo Arana: agrarista, de orden (en aquel caso, cristiana y conservadora), endogámica y cerrada, estática. Un personaje nada sospechoso de esas inclinaciones, como el socialista Felipe Carretero, en su Crítica del nacionalismo vasco (o Historia compendiada de las causas de la decadencia y desaparición de las leyes forales vascas, Bilbao 1913?), cruzaba la historia de Zamácola (Historia de las Naciones Bascas de una y otra parte del Pirineo septentrional y costas del mar Cantábrico desde su primeros pobladores hasta nuestros días) con el texto de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Según Carretero –se insiste, tipógrafo creador del socialismo vizcaíno con los Perezagua, Orte, Pascual, Merodio, Beascoechea, Varela, Alonso, Perujo, Fermín Zugazagoitia, Turiel, Guinea, Torrijos, Solano y otros–, la esencia de los vascos había que ir a buscarla al momento anterior a la llegada de los romanos. En ese tiempo, los vascos gozaban de la propiedad comunal, sin explotación entre los seres humanos y sin más que una genérica creencia en un Jaungoikoa (dios) al que atribuían, como los demás pueblos primitivos, el origen y mecánica de las cosas. Con los romanos llegó el final de todo ello y la implantación del cristianismo («hoy catolicismo») fue el remache. El resto era una sucesión de estadios que reafirmaban tanto la propiedad privada como su paralela de pérdida de independencia de los vascos en su relación con una organización compleja como iba siendo España, desde la vinculación voluntaria de las provincias a Castilla hasta el envío de diputados a Cádiz que acababa con la tradición legislativa de las Juntas y daba lugar a la aceptación de las leyes españolas.

En ese intervalo, las fuerzas clericales, contraviniendo la tradición original, se habían ido imponiendo. El Fuero había tratado de delimitar su área de influencia y presencia, pero a la altura de 1839 el poder de la Iglesia en la sociedad vasca era muy destacado. Por ese pernicioso influjo clerical, los vascos lucharon tras un rey que nada tenía de vasco, pero en esa causa veían el «resurgir del primitivo estado social suyo». Tras la derrota de ese año y la lógica, para Carretero, pérdida de libertades, en lugar de maldecir a los curas, siguieron sometidos a su dominio y entraron en una segunda guerra con la pérdida definitiva de aquéllas. En esa situación, Sabino Arana venía a defender el carácter racial de los vascos y a reinstaurar su libre condición original. El problema era que si bien al principio Arana formulaba –decía Carretero– su discurso en puridad, no consintiendo intromisiones de la Iglesia, pronto, por razones tácticas, subordinó la intención patriótica al interés clerical, integrista, quintaesencia del nacionalismo vasco. «La idea iniciada por Sabino Arana –decía– de recuperar la plena nacionalidad vasca, que existió hasta la venida de los romanos, ha sido más tarde mixtificada y adulterada, reduciéndola a colocar al pueblo vasco en la situación en que se encontraba al dictarse la ley abolitoria de sus fueros, míseros restos del glorioso pasado, en el año 1839». Ése era el punto principal de discrepancia, la dependencia final de todo el nacionalismo vasco respecto de los intereses clericales. En el resto, Carretero no hacía sino compartir los puntos de partida de Sabino Arana. Pero más allá de la singularidad de Carretero, este otro discurso –que, aunque lo ignore, algo tiene que ver con él y con la tradición que reproduce– mezcla dos conceptos típicos de esta expresión ideológica o militante: la contingencia y un idealismo claramente ahistórico. La contingencia, lógicamente, y bien expuesta, porque las cosas se han producido históricamente de una manera, pero ésa no era inevitable ni la única posible. El historiador explica y da sentido al qué, al cómo y al porqué de lo ocurrido. Sin embargo, en frases como la siguiente, refiriéndose a la abolición foral de 1876: «como si no fuera posible un pacto mercantil o la formación de mercados económicos amplios sin pérdida de soberanía política», se manifiesta una dimensión ahistórica preocupante. Desde luego que 1876 podría haber sido de muy diferentes maneras. Curiosamente, la admiración de Cánovas por las instituciones provinciales vascas y por el particular oasis vivido en la mitad del XIX, o su posición antiigualitarista (que contrastaría con una visión realmente jacobina de lo constitucional), hizo, entre otras razones, que éste acudiera a la fórmula de los Conciertos económicos como, en palabras de Alonso Olea, amortiguador de la teórica centralización estatal. («Intransigencia calculada», lo llama Lorenzo Espinosa, a mucha distancia de lo que explican Castells y Cajal en un  artículo). Ocurrió algo poco previsto en la situación anterior de presión española contra los restos forales, aunque ésta tuviera un antecedente jurídico en Navarra en 1841. Se acudió a la solución de los Conciertos económicos. Pero suponer que, con los ingredientes y con el juego de fuerzas y factores presentes en 1876 en España, las cosas podían haber desembocado en algo diametralmente opuesto, es o una ingenuidad o mera expresión ahistórica. Esto se nota más claramente en la dimensión idealista ahistórica de este autor y de esa corriente o estilo de pensamiento y política. Hay un autor de entre los antigloba, asentador o al menos al que se atribuye el término anarcoprimitivismo. John Zerzan, en su ensayo Futuro de Primitivo, sostiene la tesis de que la civilización acabó con la felicidad del ser humano, de manera que, a cada elección histórica, el hombre se ha empeñado en hacer más compleja su existencia, más abstracta en sus conceptos y, por ende, más autoritaria y privativista en sus comportamientos. El mal, según Carretero, vendría de la civilización romana, «invasora» y destructora del comunismo primitivo en que vivían los vascos. Y luego el cristianismo y las alianzas con Castilla. Para Zerzan, tanto o más radical, cualquier atisbo de civilización ha sido contrario, en progresión ascendente, a la naturaleza humana.

Algo de esto hay en la tesis de esta Historia de Euskal Herria III y, sobre todo, en el pensamiento más general que puede representar. Veamos un rotundo párrafo de su prólogo:
 «De la mano de aquel régimen restaurador, la contemporaneidad y la modernización de la sociedad trajeron a los vascos del sur el regalo envenenado del crecimiento económico, del incremento demográfico con inversión espectacular del modelo migratorio, de la revolución industrial y la explosión urbanística. Y con ello, la ruptura de las bases sociales del periodo anterior, la dependencia política legalizada, la amenaza definitiva sobre la lengua, la cultura y la religión, junto a la extensión de los problemas de un desarrollo caótico e irreflexivo a todos los ámbitos de la vida cotidiana».
Toda la obra gira sobre esta endiablada tesis, que no tiene tan fácil recusación. Tiene razón el autor al llevar a cabo una evaluación pesimista de algunos resultados: el monocultivo industrial vizcaíno, la alteración social y cultural debida a una industrialización acelerada, las consecuencias ecológicas, el tipo de capitalismo inhumano de las minas… Pero el problema es si ésa es la función del historiador y de la historia: hacer notar al lector lo dramático de los resultados de un proceso histórico, sobredimensionando hasta lo catastrófico esos efectos, afirmando que el País Vasco vive en su peor momento histórico. Es mucho decir..., sobre todo cuando se está en el pelotón de los ricos, precisamente por empeño productivista mantenido posteriormente hasta la actualidad. El historiador debe explicar y dar coherencia a procesos históricos, utilizando una lógica histórica. Si en paralelo a la tardía industrialización vasca, a finales del XIX, se hubieran dado modelos o situaciones, incluso puntuales, donde un proceso similar se llevaba a cabo conducido por burguesías filantrópicas, cuyo objeto no era la obtención de beneficio inmediato; con Estados no dispuestos a su servicio sino al del conjunto de la comunidad, en una suerte de Welfare System avant la lettre; con proletariados cultos y con condiciones laborales que les invitaran a soluciones mesuradas en caso de conflicto laboral o social; con tecnologías de explotación respetuosas con el medio ambiente… Si en paralelo histórico tuviéramos esas experiencias contrarias, se podría bramar contra lo ocurrido aquí. Pero no es así, sencillamente porque las fuerzas y relaciones históricas de producción, los personajes individuales y colectivos, se comportan en un contexto histórico concreto del que no pueden escapar..., salvo con la argucia del idealismo.

Esto no es afirmar que las cosas son como son, o como se han producido, ni negar un balance incluso moral de lo ocurrido. Eso lo hacen los historiadores aportando datos empíricos y pronunciándose abiertamente luego en ensayos al hilo de sus investigaciones. El problema en este caso es que se confrontan idealmente, fuera del correlato histórico, dos extremos que no se encontraron con semejante puridad: una situación previa de economía comunitaria, con su cultura y religión, respetuosa del medio, opuesta al productivismo, aunque regida por un sistema estamental (que el autor se apresura a señalar como «cada vez más cuarteado y menos rígido»), y un capitalismo a pleno rendimiento. La situación no era la primera ni la segunda: ni se vivía ningún paraíso comunitario al margen del entorno –el inicio de la crisis del sistema productivo vasco se fecha nada menos que en la matxinada de 1766–, ni los brutales «capitanes de la industria» actuaron desde el principio a sus anchas.
Si los discursos apocalípticos –anarcoprimitivistas, del materialismo anticulturalista o como se llamen en cada caso– resultan políticamente poco operativos, toda vez que la única opción es el rechazo sistemático, la negación de lo existente, la oposición a la reforma, el nihilismo destructivo y / o «utopías de regreso», en el caso presente es bastante más peligroso. Al establecerse sobre la base de unos personajes colectivos todavía reconocibles en el presente (el pueblo en su generalidad, determinadas elites capitalistas, sectores urbanos implicados o ligados a la Administración estatal o autonómica…) y, sobre todo, al formularse como una apropiación forzada reciente, como una invasión o como un robo del bienestar anterior, cualquier acción política es justificable para reparar el daño. Se trata de –y se difunde como– una ensoñación colectiva que promete a la sociedad la recuperación de un status perdido por la imposición. Carretero, o Engels, socialistas marxistas los dos, planteaban que la vuelta a lo anterior era una ingenuidad imposible y que sólo cabía la receta de ganar un estadio de superación histórica (el comunismo) donde la igualdad de clases conviviera con un progreso capaz de proporcionar a todos el bienestar. Hasta un anarquista vasco como Isaac Puente creía en la utilidad de la máquina, siempre bajo control, en su diseño futurista del comunismo libertario. Pero, en este caso, el discurso antidesarrollista lo complica todavía más.

  Unamuno denunció esta situación en los tiempos de la eclosión aranista, en 1896:
 «Los adultos nos engañamos respecto a la felicidad que suponemos haber disfrutado en la infancia, confundiendo la inconsciencia con el bienestar. [...]. En todos los pueblos hay gentes que piensan de una manera análoga a como piensan los aquí llamados tradicionalistas, que, víctimas de la ilusión que indicamos, y no muy bien provistos de sentido histórico, fingen un pasado que no ha existido jamás, atribuyendo a pasadas épocas características que desean para ésta y se esfuerzan por aportársela. Aquí mismo, los que se llaman a sí mismos bizkaitarras fantasean una Vizcaya pasada que sólo en su imaginación existe».
Ese recurso a la melancolía, de suponer que podemos prescindir de la historia tal cual se ha producido, sucia, compleja, y aspirar a otra limpia, transparente, resulta poco benéfica en términos civiles, cívicos, sociales…, porque constituye un engaño. Pero es sobre todo un engaño histórico, historiográfico, si se quiere, porque nunca las cosas se han producido como se cuentan. Semejante manera de ver las cosas, de «contar la historia», se apoya en los recursos que antes he señalado y en algunos más:

En la definición de un sujeto histórico, el Pueblo Vasco, articulado, personificado y materializado en este caso a través básicamente de los personajes que no triunfan en su momento (Zumalacárregui y los Don Carlos, el cura Santa Cruz, Arana, Gallastegi, ETA y los Etxebarrieta). En la ignorancia espectacular que se tiene, que tiene la sociedad vasca, de personajes y colectivos que han tenido una importancia singular en nuestra historia reciente: los dirigentes empresariales de la industrialización, los dirigentes obreros socialistas, los fueristas del XIX, los líderes de los partidos monárquicos o carlistas durante la Restauración..., por no hablar de la propia ignorancia de los historiadores sobre la política vasca durante el franquismo… dentro del país y del régimen. Una ignorancia que tiene su reverso en la abundancia de estudios sobre el nacionalismo vasco, pero sobre todo, y más importante, en la percepción tan extendida socialmente de que ese movimiento haya sido protagonista casi único del conjunto de nuestra historia contemporánea. De esta manera la historia del País Vasco acaba confundiéndose no ya tanto con una historia del nacionalismo vasco sino con «historias de nacionalistas», donde, como apuntamos antes, cabe también una memoria selectiva que coloca como tótem a un Zumalacárregui mientras condena al olvido a otro, hermano, con una trayectoria política mucho más densa y expresión de la riqueza familiar de nuestro país. Al fin y al cabo, la memoria es resultado de una construcción y de una elección popular, lo que debería hacernos reflexionar acerca de por qué hay «historias del País Vasco» donde básicamente salen los nacionalistas y su problema: las «historias de nacionalistas» de Estornés Lasa a Lorenzo Espinosa o, antes, de Letamendía. Ese hecho es importante porque desdibuja en la memoria colectiva la idea de pluralidad real en el País Vasco, y la hace aparecer como un invento ideológico reciente que trata de socavar la mayoría social nacionalista.

En la mitigación de la obviedad de que, históricamente, han coexistido con tensión o sin ella sectores que proponían soluciones antagónicas para las grandes decisiones y problemas del país. Para solventar este hecho no basta con demonizar como colaboracionistas a una de las partes o con advertir a cada paso que sus triunfos venían de la mano del peso militar o político español. La asunción de un país tan diverso en sus fuerzas sociales y políticas pone coto a la tendencia a la linealidad histórica y al claro teleologismo que presiden algunas historias y buena parte de la memoria popular vasca. La consideración en la dinámica histórica del momento en que se presentan esos problemas y de las grandes fuerzas sociales internacionales que se encuentran en liza despejaría la tendencia a señalar continuidades en una confrontación que se inventa viniendo desde por lo menos la primera carlistada y que llega hasta hoy mismo, siempre sobre la base de que el problema central es la (mala) relación del País Vasco con España. Muy al contrario, sería más riguroso construir una historia vasca sobre la base de la doble (y muchas veces sin puentes de conexión) corriente histórica de tradicionalismo, vascongadismo, nacionalismo vasco, por un lado, y de liberalismo, doble nacionalidad vasco-española y españolismo más o menos afirmado, por otro, como expresiones dicotómicas internas (por supuesto que conectadas a su modo al exterior). Por encima de todo, como resumen, se necesita afirmar que la historia vasca contemporánea se halla cruzada por una doble línea de tensión (no inevitablemente de fractura) dentro-fuera y desde dentro, en relación básicamente a la manera de organizar y concebir internamente el país, y a la de relacionar éste con el conjunto de España. Una situación en la que en ocasiones cobra mayor protagonismo una que otra, pero que a veces coinciden ambas haciendo más complejo el momento y sus posibilidades de solución.
En la ocultación de que las crisis sociales vascas son en su mayor parte internas y no importadas del exterior, como si de mero sucursalismo se tratase.

En la suavización de las profundísimas diferencias territoriales en que se desenvuelven los grandes procesos históricos vascos (guerras carlistas, industrialización, nacionalismo vasco, adscripciones en la última guerra civil, expresiones políticas y socio-culturales más recientes...). Unas diferencias internas que en ningún caso impiden hablar de la unidad histórica País Vasco, aunque sí obligan a continuas acotaciones para no confundir la parte con el todo, la historia de una provincia y la del conjunto del país.

En la no consideración del hecho de que los tiempos históricos que en la contemporaneidad vive la sociedad vasca son los mismos que los del resto de españoles o franceses, según se trate. Y que esto ocurre sencillamente por la potencialidad de dos factores como son el Estado liberal y toda la trama técnico-material producida desde inicios del ochocientos, que unifica por fuerza los espacios de su jurisdicción y los diferencia necesariamente de los que no son los suyos. La frontera interior vasca de los Pirineos se afirma rotunda a partir de ese instante, y cada parte vasca pasa a vivir historias diferenciadas. En ese contexto explicativo, pueden contemplarse historiografías vascas que buscan o acentúan la similitud o la diferencia respecto de España (o de Francia, en su caso). Lo que resulta harto complicado es abordar en la etapa contemporánea una historia común para los territorios vascos de uno y otro lado del Pirineo.

En la ocultación de circunstancias esenciales para entender equilibradamente el pasado: que los fueros se mantienen también gracias a que los vascos y navarros eligieron buen partido en la guerra de sucesión española de comienzos del XVIII; que las Provincias pagaban casi regularmente a la Corona con donaciones económicas y hombres; que la coincidencia política de fueristas vascos y moderados españoles favoreció en el ecuador del XIX la continuidad de las esencias forales y el desarrollo institucional de las Provincias; que el antiigualitarismo de Cánovas y sus simpatías por la singularidad vasca explican su solución en 1877-1878 a la definitiva abolición foral, con el recurso a los Conciertos económicos como amortiguación de la centralización estatal; que en el País Vasco fueron asesinados en la represión franquista durante la guerra civil o en el tiempo inmediatamente posterior a ella un número muy inferior de personas que en casi cualquier otro territorio español, otro dato que contribuye a invalidar cualquier lectura de la contienda de 1936 como una disputa entre España y el País Vasco….

En la casi nula intención comparativista con espacios más amplios, por ejemplo el europeo. Así, las tensiones de integración de unos territorios singulares, diferentes, en la unidad constitucional española se entenderían mejor si observáramos que esa crisis coincide con la constitución como Estados de Alemania o de Italia; que la primera guerra civil carlista coincide con una serie europea de conflictos y hasta guerras entre liberales y tradicionalistas; que la crisis de los años treinta del siglo XX es de dimensiones europeas (algunos hablaron de «guerra civil europea») y que lo que la domina en el caso vasco no es sólo el debate por el Estatuto (incluso en algunos sitios, como Álava, fue una cuestión muy marginal o de unos pocos meses).

En la atención puesta en los términos más que en los contenidos (o incluso en atender más a las grandes declaraciones u objetos que a la esquiva y compleja realidad), lo que lleva a no ver situaciones como la de mediados del XIX, cuando las Provincias se fortalecían en la práctica aún a costa de perder formalmente capacidades («foralidad insultante», lo denominó José María Portillo).

Esta manera de contar la historia es común a las diferentes versiones nacionalistas vascas que existen en el país. Si acaso, puede decirse que el nacionalismo institucional lleva años siendo menos productivo que el más independentista y radical. En eso radica la diferencia:el institucional se limita a desdeñar con su ignorancia la producción científica de la historia académica, mientras que el extremista pretende combatir en ocasiones en su mismo terreno y con su mismo lenguaje.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

De la GRANJA y De PABLO (2002), en su Historia del
País Vasco y Navarra (Biblioteca Nueva, Madrid), optaron por respetar el mapa y las divisiones administrativas actuales, y fueron espetados como «historiadores perdigueros» que usaban una terminología
que ni Ricardo de la Cierva (textual). El autor de esta crítica, director de la editorial
abertzale Txalaparta, José Mari ESPARZA, confundía los problemas de los dos historiadores para referirse a cada momento a un espacio u otro con su creencia y fe de que «llámenlo como lo llamen, no pueden evitar que haya un mismo sujeto histórico, geográfico, cultural y político al que, obligatoriamente, tienen que referirse» («Historiadores perdigueros», GARA, 15.12.2002). Si se observa, aquel prólogo y esta crítica acababan en el mismo sujeto histórico, predeterminado con alfileres teoréticos o con dogmas ideológicos. Pero de ninguna manera alisaban el camino de los historiadores…, al menos de los contemporaneístas profesionales y académicos. José Luis de la GRANJA, en una entrevista periodística presentando el referido manual se posicionaba claramente al respecto tanto de los espacios territoriales como del «sujeto histórico vasco»; también lo hacía, lógicamente, en la introducción del volumen (pág. 9).

Anónimo dijo...

Es fruto del franquismo y su ideal reaccionario, hoy ya ese relato se va agotando, euskadi sera lo que quieran los vascos de hoy pero dejen ya de manipular la historia porque ningun historiador serio puede justificar que eh es una nacion historica

Anónimo dijo...

euskalherria es un pueblo...y vosotros unos negacionistas de lo obvio...zuen kakan gainetik euskalherriak zutik dirau...y si no preguntale a carlomagno inkulto