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19 julio 2016

Cisma EPK finales de los setenta (I)



En una sociedad rural y desangrada por las guerras carlistas, como era la vasca de finales del siglo xix, irrumpió bruscamente la industrialización. Miles de personas, procedentes de toda España, se trasladaron hacia las minas de hierro vizcaínas como si de un nuevo El Dorado se tratara. De allí surgieron los Primeros núcleos socialistas vascos, enfrentados a muerte con el incipiente nacionalismo. Y de ellos se desprendieron muchos de los primeros dirigentes del comunismo español. Empezando por uno de los fundadores del PCE, Facundo Perezagua; pasando por Bullejos, secretario general de este partido —anatematizado en la historiografía oficial por «aplicar métodos autoritarios, sectarios y erróneos»— y acabando con Dolores Ibárruri, la mítica Pasionaria.

El Partido Comunista de Euskadi (EPK), a pesar del predominio vasco en la dirección del PCE, no nació con entidad propia hasta la primavera de 1935. Entonces, un grupo de dirigentes guipuzcoanos, procedentes en su mayoría del republicanismo federal, se hizo con el control de la organización vasca, desplazando al equipo heredado de Bullejos. Los recién llegados (Larrañaga, Astigarrabía, los hermanos Zapirain. . -) trataron de desmarcarse levemente del PCE y con ello dieron comienzo los primeros enfrentamientos.
Juan Astigarrabía fue el primer secretario general del recién nacido EPK que seguía formando parte del PCE como organización autónoma. En plena Guerra Civil, el líder vasco ocupó la Consejería de Transportes del gobierno autónomo presidido por José Antonio Aguirre. A raíz de la entrada en Bilbao de las tropas de Franco el 19 de junio de 1937, fue acusado de «colaboracionismo» con el PNV y expulsado del PCE. La dirección comunista reprochaba a Astigarrabía haber desoído la política frentepopulista de nacionalizaciones y le acusaba de no haber intentado destruir la industria pesada vasca, para qué no cayese en manos del enemigo. El secretario general del EPK replicaba diciendo que en Euskadi era imposible hacer una política frentepopulista ya que, a diferencia del resto del Estado, allí existía una coalición de todos los partidos vascos en la que predominaba el PNV, es decir, un «frente nacional». Por otro lado, consideraba descabellado desmantelar la industria que fue protegida por fuerzas armadas del Partido Nacionalista Vasco.

Tras la expulsión del dirigente vasco, que se trasladó a Barcelona, donde fue protegido por el PNV de las iras de sus ex camaradas, parecía haber razones más de fondo. Juan Astigarrabía era un destacado candidato a la secretaría general del Partido Comunista de España. Pero sus ideas «renovadoras», su «liberalismo» y sus simpatías por el nacionalismo vasco nunca fueron bien vistas por la dirección del partido y por los delegados de la Internacional Comunista en España. Había comenzado su andadura política como secretario del Sindicato de Pescadores del puerto guipuzcoano de Pasajes; polemizó con pensadores destacados de su época, como Miguel de Unamuno, y se encargó de organizar una nueva central sindical a caballo de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Unión General de Trabajadores (UGT). El sindicato que contribuyó a fundar adoptó el nombre de Confederación General de Trabajadores Unitaria (CGTU) y fue incluido en la Internacional Sindical Roja, en contra de la opinión del líder vasco. Desde Madrid, donde habitualmente desarrollaba entonces su actividad política, Astigarrabía fue desplazado a Euskadi, y con ello apartado de los centros de decisión del partido. José Díaz, un panadero sevillano, accedió a la Secretaría General del PCE.

Al finalizar la guerra, Juan Astigarrabía se refugió en Francia, de donde a raíz de la invasión alemana huyó a Panamá.
Vivió en el país centroamericano gracias a una tienda de ultramarinos, hasta que a principios de la década de los sesenta fue rehabilitado y se trasladó a Cuba, donde permaneció hasta el 15 de enero de 1982, fecha en que regresó a España tras 45 años de exilio y ostracismo para participar directamente en el proceso de convergencia entre los partidos de Mario Onaindía y Roberto Lertxundi, totalmente al margen del PCE.
Kolstov, el corresponsal de Pravda en España durante la Guerra Civil, y agente de la Tercera Internacional, recordaba a Astigarrabía en sus memorias: «Nos ha salido —decía-- con la "ideíta" de que el PCE de Euskadi no es una parte del PCE de España, sino que mantiene con él unas meras relaciones fraternales.» Juan Astigarrabía desapareció de los textos históricos oficiales del partido.
A sus ochenta años, declaraba: «Me siento no sólo marxista sino comunista; pero no me importaría apearme de ese título si eso va en beneficio de la revolución. No tengo complejo de señas de identidad como algunos jacobinos.»
El dirigente histórico regresaba a Euskadi en un momento especialmente grave para los comunistas vascos: el EPK estaba roto, escindido al final de un largo camino jalonado de dificultades. Durante cuatro décadas, el EPK estuvo refugiado en las trincheras del obrerismo; según el propio Carrillo, convertido en «un aguerrido bastión de sindicalistas», concentrado en la zona industrial de la Ría bilbaína y, en gran medida, al margen de los problemas políticos del País Vasco.

A finales de la década de los sesenta, cuando ETA se escindió a raíz de su VI Asamblea, se produjo un curioso fenómeno: jóvenes procedentes del nacionalismo comenzaron a ingresar en el EPK. Por aquel entonces, los comunistas vascos carecían de una dirección estable, y los comités eran desmantelados frecuentemente por la policía; Ramón Ormazábal, un histórico que hacía las funciones de secretario general, estaba encarcelado en la prisión de Burgos y otra parte de la dirección —Manuel Escobedo, Napoleón Olasolo, Leoncio Peña...— se encontraba exiliada en Francia.
En estas circunstancias, Manuel Escobedo, un ingeniero que residió en Francia desde niño y que fue detenido en dos ocasiones en España, se convirtió en el hombre fuerte de la organización. En la escisión de ETA vio el camino para una renovación del EPK: planteó la posibilidad de construir una nueva formación política vasca que aglutinase al sector mayoritario de ETA, en el que se incluían los condenados en el «Proceso de Burgos», celebrado en 1970, y al EPK. Se dieron algunos pasos: EPK, ETA y curas vascos suscribieron un manifiesto llamando a la movilización en defensa de los presos políticos. Dirigentes comunistas y etarras iniciaron conversaciones orientadas a una convergencia de gran alcance, pero aquello no fue visto con buenos ojos por la dirección del PCE. Santiago Carrillo y Ramón Ormazábal, recién salido de la cárcel, se encargaron de desbaratar estos planes en el II Congreso que el EPK celebró en las cercanias de París a principios de 1975. El proyecto inicial de convergencia se redujo a una simple operación de cambio de imagen.



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