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24 julio 2016

Cisma EPK finales de los setenta (III)

 
En definitiva, la nueva política aprobada por el EPK y refrendada en la elección de su Comité Central, planteaba la fusión entre los comunistas vascos y la formación capitaneada por Mario Onaindía. La batalla la habían ganado los «euskalrenovadores». Ramón Ormazábal y sus más estrechos colaboradores se retiraron a los cuarteles de invierno, reservándose para nuevas confrontaciones.
Eran las cinco de la madrugada del lunes 2 de febrero. Acababa de reunirse por vez primera el nuevo Comité Central que reeligió secretario general a Roberto Lertxundi por 41 votos a favor, 10 en contra y  5 abstenciones; también Ramón Ormazábal era reelegido presidente, con 33 votos a favor, 11 en contra y 14 abstenciones. Cuando abandonaban el Aula Magna de la Universidad de Lejona, algunos oficialistas entonaban el ...y viva España», mientras Ignacio Latierro comentaba su derrota diciendo: «Esto no tiene importancia, lo que cuenta es lo que se decide en Madrid, y allí somos mayoría.».

La unidad de la izquierda sería impulsada por un equipo dirigente homogéneo, partidario de las tesis de Lertxundi. De los 15 miembros del Comité Ejecutivo, 12 se identificaban con el secretario general; tan sólo Ormazábal, Tueros y Francisco Martínez, secretario de CCOO del Metal, constituían la minoría oficialista. Este equipo dirigente, de acuerdo con su planteamiento unitario, propugnaba la introducción del federalismo en la organización estatal del Partido Comunista de España, cuestión que se suscitó con claridad en la Conferencia Nacional que el EPK celebró el 18 de julio de 1981, en vísperas del X Congreso del PCE.
Por estas fechas, el partido de los comunistas vascos estaba ya prácticamente roto. Una vez más, el oficialismo quedó en minoría, pero no se resignó y 105 miembros de esta corriente hicieron público un documento en el que manifestaban no sentirse representados por la delegación vasca que acudiría al X Congreso. Entre los firmantes del comunicado se encontraban Ormazábal, Latierro, Tueros, Camio y Félix Pérez. Sus motivos de desacuerdo se centraban en la composición de los delegados: 33 euskalrenovadores y 12 oficíalistas.
Unas semanas antes de la Conferencia Nacional, el Comité Central asistió a un insólito acontecimiento: durante cinco horas tuvo ocasión de escuchar la grabación de unas conversaciones mantenidas en Madrid entre Santiago Carrillo y una delegación del EPK encabezada por Roberto Lertxundi. El secretario general del PCE no se andaba entonces por las ramas, y en el encuentro solicitó de sus interlocutores que renunciasen formalmente a plantear en el X Congreso la federalización del PCE, y exigió que se incluyese en el Comité Ejecutivo del EPK a hombres de su absoluta confianza, en particular a Ignacio Latierro. En un momento de la entrevista, Santiago Carrillo amenazó a Roberto Lertxundi: «Si no hacéis esto --dijo--, haré caer sobre ti todo mi peso.»


Cuando el IV Congreso del EPK votó mayoritariamente la resolución que planteaba la fusión con Euskadiko Ezkerra, pocos fueron los que dentro y fuera del partido llegaron a tomárselo al pie de la letra. En una primera lectura, el acuerdo fue interpretado como una especie de enunciado de buenas intenciones, una declaración de principios o, simplemente, como una maniobra orientada a transformar la imagen del EPK. Los que, sin embargo, se lo tomaron muy en serio fueron los militantes de la corriente mayoritaria y, en particular, la nueva dirección elegida en el Congreso.
Mientras los oficialistas conspiraban para recuperar las posiciones perdidas, los euskalrenovadores multiplicaron sus contactos con Euskadiko Ezkerra. En este ambiente transcurrió el verano.
El X Congreso del PCE disipó las últimas esperanzas de cambio que aún albergaban los renovadores vascos. Además de rechazar los planteamientos de federalización y democratización interna, la dirección del PCE se alineó decididamente con la tendencia minoritaria. Ormazábal, Tueros, Latierro y Félix Pérez pasaron a formar parte del Comité Central del PCE. De los mayoritarios, sólo dos fueron propuestos para ese organismo: Roberto Lertxundi y Sigfredo Domingo. Los delegados del X Congreso repescaron, sin embargo, a otros dos miembros de esta corriente: Pilar Pérez Fuentes, profesora de BUP, y Txemi Cantera, economista de CCOO, incluidos en la lista anexa.
Roberto Lertxundi y sus partidarios volvieron a Euskadi frustrados y enfrentados a una difícil disyuntiva: seguir como hasta entonces, pero en peores condiciones, dada la manifiesta desconfianza de Madrid hacia ellos, o atenerse a las conclusiones del IV Congreso y acelerar la fusión con Euskadiko Ezkerra.

La situación era insostenible en las filas del EPK. Los enfrentamientos se habían trasladado al plano personal. Si el teléfono del secretario general había sido intervenido en otras épocas por miembros del aparato fieles a Ormazábal, ahora, en la sede central de la calle Jardines, en pleno casco viejo bilbaíno, las ocultaciones de información, la sustracción de documentos o cartas, las murmuraciones, estaban al orden del día.
Durante el mes de agosto, representantes del sector renovador del EPK y de Euskadiko Ezkerra, con Lertxundi y Onaindía a la cabeza, decidieron iniciar formalmente el proceso de convergencia entre ambas organizaciones. Según acordaron en estos contactos secretos, la iniciativa oficial debería tomarla el EPK. Hasta el 12 de septiembre, muy pocos estaban enterados de los preparativos. Ese día, el Comité Central de los comunistas vascos decidió dirigirse al «biltzar Tippia», organismo de dirección de EIA (Partido para la Revolución Vasca), proponiendo la apertura de «negociaciones a las que el EPK acudirá con plena libertad y capacidad de decisión propia. Con la firme voluntad de contribuir a la creación de esa nueva formación política, de ese partido al que aspiramos, que será un partido independiente, de ámbito vasco, plenamente soberano para establecer las necesarias relaciones con las fuerzas políticas afines del conjunto de España y de Europa».

El documento tuvo los efectos de una carta-bomba. Las dos tendencias del comunismo vasco tiraron cada una por su lado. Los partidarios de la fusión se empeñaron en continuar adelante y la vieja memoria no parecía dispuesta a rendirse sin pelea. El grupo de Ramón Ormazábal no se oponía a la letra del mandato aprobado en el IV Congreso y recurrió al espíritu de la fusión para oponerse a ella. Sobre todo, no pasaba por el planteamiento de que el EPK, según rezaba la carta dirigida a EE, «habría de disolver los lazos orgánicos que en la actualidad existan con otras organizaciones», es decir, pura y simplemente desvincularse del Partido Comunista de España.
Los oficialistas habían tratado de obstruir el acuerdo de fusión en el cuarto congreso, diluyéndolo en una política de unidad más amplia que incluyese a los socialistas. Pero para nadie era un secreto que el Partido Socialista de Euskadi no estaba interesado en llegar a un acuerdo con los comunistas. Para esta tendencia, la fusión EPK-EIA sólo tendría sentido si la formación encabezada por Mario Onaindía cediera sustancialmente en sus posiciones y aceptase las tradicionalmente defendidas por los comunistas vascos, incluido el mantenimiento de los lazos organicos del EPK y el PCE.

 En definitiva, propugnaban una absorción y rechazaban la fusión.
La propuesta del Comité Central del EPK se formuló en un momento especialmente favorable a la unidad, dado que Euskadiko Ezkerra se aprestaba a celebrar su congreso fundacional como partido, después de haberse disuelto ETA. Esta formación vasca surgió a raíz de un desdoblamiento experimentado en ETA político-militar en las postrimerías del franquismo. José Moreno Bergareche, Pertur, el militante etarra desaparecido en extrañas circunstancias, fue el inspirador de este proceso por el que una parte de la organización formaría un partido político, en tanto que otra continuaba la acción armada, sin que existieran lazos orgánicos entre ambas. De ahí nació ETA, a la cual se fueron sumando otras gentes no procedentes de ETA. Recién salido de la cárcel, fue elegido secretario general Mario Onaindía, uno de los encartados en el Proceso de Burgos y uno de los tres unicos presos que apoyo la V asamblea en contra de la VI asamblea.
Por otro lado, Euskadiko Ezkerra (Izquierda de Euskadi) nació como una coalición electoral en vísperas del 15 de junio de 1977. De ella formaban parte, además de ETA, personalidades independientes como el abogado donostiarra Juan María Bandrés, que resultó elegido diputado del Congreso. En la primavera de 1980, EIA decidió disolverse para hacer de Euskadiko Ezkerra un nuevo partido. Los euskalrenovadores del EPK decidieron aprovechar estas circunstancias para plantear la fusión; de esta forma los comunistas vascos se integrarían en una nueva formación política en el momento de su nacimiento y, teóricamente, en igualdad de condiciones.
El conflicto había estallado. Argumentos ideológicos, políticos, históricos, culturales y jurídicos salieron a relucir por una y otra parte del comunismo vasco. Los oficialistas atacaron en dos frentes: convocaron reuniones en Euskadi al margen de la dirección oficial y trasladaron el conflicto a Madrid.
La primera de estas reuniones estaba prevista para el 25 de octubre en la localidad vizcaína de Sestao, centro fabril enclavado en el corazón de la Ría bilbaína, donde los oficialistas contaban con mayor arraigo. El Comité Ejecutivo del EPK consideró que se trataba de «un hecho de extrema gravedad que abre una dinámica de escisión y manifiesta expresamente que se ha creado ya una organización dentro de la organización regular del partido». Su reacción fue abrir expedientes disciplinarios a Mikel Camio, Felipe del Corte y Pablo García, miembros del Comité Central y firmantes de la convocatoria. Las sanciones alcanzaron asimismo a Ramón Ormazábal, cesado como presidentes, tomas Tueros y Francisco Martinez.






1 comentario:

Anónimo dijo...

pk euskadi para etxarlapela