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13 septiembre 2016

Cantabros y el nacionalismo vasco: fueros, rivalidad, ideología y anexionismo

Para nadie es un secreto que uno de los pilares sobre los que se sustenta la ideología del nacionalismo vasco es la percepción de los habitantes de las otras regiones españolas como portadores de unas características culturales, morales y étnicas distintas de las de los vascos. Gran parte del sentimiento particularista de los nacionalistas nace del rechazo a unas poblaciones a las que, ya desde los primeros escritos de Sabino Arana, se dedicaron palabras poco amables.
La vecindad de la provincia de Cantabria y el estrecho contacto que a lo largo de los siglos ha tenido con las provincias vascas quizá haya sido el motivo por el que muchos autores nacionalistas, tanto hace un siglo como en la actualidad, hayan prestado especial atención a una provincia que, además, se ha mostrado desde siempre particularmente hostil a los planteamientos nacionalistas. Pero no sólo a éstos, sino que, con anterioridad al nacimiento de esta ideología en los años finales del siglo XIX, otros acontecimientos históricos –en concreto, los regímenes forales vascongados– fueron configurando una conflictiva relación entre las citadas provincias que ha influido incluso en los agitados acontecimientos políticos del siglo XX español.
Las primeras reclamaciones antiforales
Ya en las primeras décadas del siglo XVIII los puertos de Santander y Bilbao competían por el comercio con el Norte de Europa y los territorios americanos. El régimen fiscal vizcaíno perjudicaba a unos comerciantes santanderinos –y asturianos– que debían pagar impuestos y aranceles de los que sus vecinos del Este se encontraban exentos; así como a una Corona que, en el caso de las mercancías desembarcadas en puertos vizcaínos, dejaba de ingresar dichos impuestos. Por esta razón desde la Corte se potenció la modernización de las carreteras que enlazaban la meseta con el puerto de Santander, si bien las obras se vieron a menudo obstaculizadas por los influyentes altos funcionarios vizcaínos de Madrid{2}.
En las décadas iniciales del siglo siguiente, tras la Guerra de la Independencia, volvería a agitarse la polémica a propósito de los privilegios vascongados. En 1821, doce años antes de que el ministro Javier de Burgos estableciese la definitiva estructuración provincial que ha llegado hasta nuestros días, la Diputación Provincial de Santander se dirigió al gobierno para denunciar que, a pesar de que con la Constitución de 1812 «se aniquiló con un golpe el envejecido imperio de los privilegios, las cuatro provincias de Vizcaya, Álava, Guipúzcoa y Navarra, antes exentas, debieron someterse por una consecuencia necesaria a todas las cargas de las demás de la monarquía», este principio era sistemáticamente incumplido, principalmente por la introducción en dichos territorios de géneros extranjeros sin pagar aranceles. La Diputación santanderina consideraba que ello provocaba perjuicios al comercio de las demás provincias, criterio que compartió la Diputación de Barcelona, la cual declaró «hallarse pronta a unir sus votos a los de Santander».{3}
1839: primera abolición foral
Poco después, a la muerte del rey Fernando VII en 1833, estallaba la Primera Guerra Carlista, tras la cual cobró la cuestión foral especial relieve. A pesar de la derogación de la mayor parte del régimen de privilegios nacido en los lejanos siglos medievales, la activa burguesía industrial y comercial de los puertos cantábricos sujetos al derecho común contempló con preocupación la pervivencia de algunas exenciones fiscales vascongadas que les situaba en situación desventajosa. Denunciaron, por ejemplo, que muchos comerciantes vascongados se aprovechaban de la ausencia de impuestos para, en vez de dedicar esas mercancías para el autoconsumo, distribuirlas fraudulentamente por el resto del reino en condiciones inalcanzables por los importadores que sí debían pagar impuestos.
A finales del año 1839, recién concluida la guerra en el frente Norte pero aún activa en Cataluña y el Maestrazgo hasta la derrota de Cabrera algunos meses después, aparecía en Santander el periódico El Vigilante Cántabro, dedicado principalmente a la denuncia del abuso de los fueros vascongados. Durante tres años dedicó sus páginas a publicar los numerosos casos de contrabando y fraudes a la hacienda pública que tanto dañaban a las provincias limítrofes y al Estado, realizados al amparo de las normas forales vascongadas:
«Un acaecimiento grandioso en sí mismo y mayor en sus consecuencias, ha mudado súbitamente la situación de las Provincias Vascongadas, cuna y sede de la fratricida lucha durante el precedente sexenio, volviéndolas a su estado normal y al goce de sus confirmados fueros. Grave este suceso en política y en administración, que enclava un Estado privilegiado en otro sometido a la ley común, habrá de ejercer necesariamente influencia en las transacciones mercantiles, fabriles y agrícolas. Santander, como tan próximo a las provincias aforadas, habrá de sentir más de cerca los resultados, los tiene experimentados de antemano y le pertenece por lo mismo vigilar el primero sus efectos. No son los confirmados Fueros los que podrán hoy, como causa principal, afectar los intereses del comercio de buena fe; es la violación de las leyes fiscales, la de los mismos Fueros; es el inmoral contrabando, son los abusos fomentados al abrigo de aquéllos, los que pueden damnificarle, como general a la agricultura, a la industria, al tráfico del resto de la Monarquía (...) Denunciar tales abusos y las defraudaciones; demostrar sus efectos perniciosos; procurar el remedio a un mal que amenaza secar las fuentes de la producción, y capaz de menoscabar la prosperidad del Reino; tales serán los objetos de las tareas en que va a ocuparse el periódico.»
Pronto recibió este periódico las críticas de los partidarios de la pervivencia de los regímenes forales, a lo que los redactores respondieron en numerosas ocasiones que su intención no era menoscabar los fueros –a pesar de considerarlos un inexplicable anacronismo–, sino denunciar sus infracciones, los abusos que se producían precisamente por incumplir las normas forales invocadas:
«Tan pronto como salió a la luz el Vigilante Cántabro supimos que se le había bautizado de Botafuego, y que se le atribuía llevar el simulado objeto de minar los fueros. Claro es que, viniendo el tiro de manos parciales, nos cuidaríamos poco de tan injusta e infundada acusación, que habían de desmentir nuestros hechos (...) ¿Ni qué nos podría retraer de atacar abierta y directamente los fueros, si tal ánimo tuviésemos? Usaríamos de un derecho indisputable en someterles a nuestra crítica severa para demostrar los vicios y defectos de que adoleciesen, los perjuicios que causasen, y la injusticia que pudiera contaminarles, aspirando a su reforma o desaparición. Y a la verdad, que además de estar en nuestro derecho en usar de la imprenta para expresado fin, sería empresa no muy ardua, sino en demasía fácil demostrar quizás aquella injusticia, perjuicios y defectos: porque ¿quién ignora ya que el origen que se les atribuía fue lanzado al país de las fábulas desde fines del siglo pasado? ¿Que se fundaba en narraciones de autor de cuentos ridículos de duende íncubo, que sacó grávida a una princesa errante, como las hadas, en las altísimas montañas vascongadas, y que las olas habían lanzado a sus costas? En el reinado de Carlos III algunos sabios de la Academia de la Historia desmoronaron este edificio levantado sobre los duendes y las hadas; en el de Carlos IV acabó de venir a tierra; y en las dos restauraciones de Fernando VII brilló sobre sus ruinas la luz de la sana crítica y de la verdad; poniendo fuera de combate las exageradas pretensiones de los que atribuían el origen de los fueros a una soñada e imposible independencia y soberanía»{4}.
También se denunció en las páginas de este periódico la pretensión de mantener los fueros en lo que pudiera ser beneficioso y eliminar las normas que causaran inconvenientes:
«O los fueros, con sus consecuencias económicas y mercantiles, o las leyes comunes, que rigen a todos los españoles; tal es sustancialmente nuestra doctrina y los principios que nos guían en las cuestiones administrativas relativas a las provincias aforadas (...) Gozar de privilegios y franquicias por un lado, que están negadas al resto de los españoles, y por otro concederles los mismos derechos mercantiles que a todos, sería hacerles privilegiados en el ejercicio de la industria, que reclama igualdad absoluta (...) O renuncien a todas las franquicias y privilegios para ser regidos por las mismas reglas que los demás; o no pidan rescisión de algunos fueros, que no les interesan, para igualarse aparentemente con los demás españoles, pero en realidad para obtener una ventaja que les haría de mejor condición. Medidas a medias, reglamentos a medias, aduanas a medias, jamás serán verdaderas aduanas, reglamentos ni medidas, y en este caso la parte peor tocaría sin duda alguna a la generalidad de la nación. País excepcional no puede reclamar el derecho común.»
Un cuarto de siglo después, en 1864, se avivó de nuevo la cuestión foral, esta vez en la cámara alta con el senador liberal andaluz Manuel Sánchez Silva como principal impulsor de la derogación. Durante las largas y minuciosas deliberaciones se denunció, por parte de algunos parlamentarios y periódicos vascongados, que en Santander la prensa estaba publicando artículos antifueristas que tenían soliviantados a los habitantes de las Provincias Vascongadas, quienes incluso habían comenzado a hacer novenas y romerías a los santuarios de Nuestra Señora de Aránzazu y San Antonio de Urquiola. Dichos medios y parlamentarios acusaron a las instituciones provinciales santanderinas de ser «enemigas de Vizcaya».
1876: segunda abolición foral
Los agitados años que siguieron a la caída de la reina Isabel II verían encenderse, por tercera y última vez, la guerra entre españoles por disputas dinásticas. También en esta ocasión el principal escenario bélico serían las Provincias Vascongadas. Pi y Margall escribiría, en su obra capital Las nacionalidades, publicada un año después de terminada dicha guerra, que los vascos se aferraban, más que ninguna otra región de España, a las estructuras del antiguo Régimen:
«Los vascos son para España lo que para Francia los bretones. No siguen el movimiento político del resto de la nación; están por el antiguo régimen. En lo que va de siglo han sostenido dos guerras ya por Don Carlos, que representa el absolutismo y la unidad religiosa»{5}.
En 1876, al concluir la guerra, la cuestión foral volvería a ocupar, por última vez, el epicentro de la vida política española, pues con la derrota carlista muchos partidarios de la derogación de los fueros creyeron llegada por fin la ocasión de zanjar definitivamente una polémica que parecía no poder cerrarse nunca.
La agitación ciudadana, sobre todo en las provincias limítrofes con las Vascongadas, fue más que notable. Los ciudadanos salían a la calle con escarapelas, abanicos e insignias que rezaban ¡Abajo los fueros! Los balcones, ventanas, escaparates, farolas, árboles, fachadas y monumentos fueron decorados con todo tipo de ornamentos y carteles con dicho lema. Así sucedió en muchas de las ciudades por las que pasó el séquito real de regreso a la corte tras su estancia en tierras norteñas, como Santander, Torrelavega, Palencia, Valladolid y, por supuesto, Madrid, donde se pegaron miles de dichos carteles impresos en varios colores. También circularon por la capital unas Aleluyas de la Paz que comenzaban de esta manera:
«Coronas para los vivos,
lágrimas para los muertos,
y una sola voz que diga
¡Abajo, abajo los fueros!»
La Madeja Política, 2 de mayo de 1874
Ilustración de La Madeja Política (2 de mayo de 1874), periódico satírico barcelonés. La figura representa a España talando el árbol de los fueros con rasgos del pretendiente carlista. Cada rama es una de las provincias vascas y sus raíces dicen fanatismo, intolerancia y absolutismo
Al desfilar por la calle Mayor las tropas liberales vascongadas, se gritó desde los balcones ¡Abajo los fueros!, y ante la respuesta por parte de los soldados con un sonoro ¡Abajo!, llovieron sobre ellos flores y coronas.
El rey Alfonso XII fue recibido en numerosas ciudades con gran entusiasmo por la terminación de la guerra. En la localidad montañesa de Castro Urdiales, limítrofe con la provincia de Vizcaya, fue objeto de un grandioso homenaje en el que los locales no dejaron de subrayar el hecho, que recogió la prensa, de que «es una población tan eminentemente liberal que ni uno solo de sus hijos ha militado en las filas del Pretendiente». El ayuntamiento castreño elevó a las Cortes el 23 de marzo una exposición avalada por miles de firmas:
«A las Cortes de la Nación: Los que suscriben, vecinos de Castro Urdiales, en la provincia de Santander, verían con honda pena la subsistencia y continuación de los fueros y privilegios de las provincias vascas (...) La permanencia de las instituciones vascas nos asustaría de una manera extraordinaria, convencidos como estamos de que su organización administrativa les facilita esas sublevaciones que tanto desangran a la patria (...) Hagan los representantes de la Nación que concluya de una vez para siempre el organismo y modo de ser de esas provincias y que igualándolas con las demás de España coadyuven a sobrellevar las cargas del estado en la misma proporción (...) La igualdad es la armonía, es la paz, y el cielo bendecirá vuestra obra.»
Políticos, escritores, periodistas, industriales y comerciantes de toda España alzaron su voz de forma casi unánime contra unas instituciones que, según ellos, tantos perjuicios causaban al desarrollo económico de la nación y que tan importante papel habían representado como uno de los motivos de la recién concluida guerra. Si bien por toda España se elevó el clamor antiforal, fueron las provincias más directamente afectadas, sobre todo las limítrofes a los territorios aforados, las que más recia e insistentemente hicieron oír su voz: las ciudades portuarias gallegas, asturianas y montañesas, las provincias de Logroño y Zaragoza, y, una vez más en cabeza, Santander.
Las instituciones provinciales montañesas tomaron la iniciativa de elevar al gobierno de la nación sus propuestas de derogación completa y definitiva de los fueros. La Diputación Provincial de Santander dirigió una circular a las diputaciones del resto de España para que se sumaran a la campaña, consiguiendo contar con el apoyo de todas ellas. Paralelamente, la prensa santanderina dedicó cientos de páginas a tratar la cuestión desde varios puntos de vista: la crítica histórica, la denuncia de los privilegios, la práctica económica y la defensa de la igualdad de todos los españoles sin diferencias provinciales.
En los meses finales de 1875 y primeros de 1876 se publicó en el Boletín de Comercio de Santander una serie de eruditos artículos, firmados por Bartolomé de Bengoa, dedicados a criticar implacablemente unas instituciones jurídicas cuya completa derogación se exigía en nombre de la igualdad constitucional de los españoles. La frase con la que el autor resumió lo que quería probar fue: Los fueros no existen: lo que existen son los abusos.
Se denunció, por ejemplo, que mientras que se apelaba a la normativa foral para no pagar impuestos a los que sí estaban sujetos las demás provincias, se olvidaran otras normas notoriamente perjudiciales –como las que prohibían la salida de metales y de materias comestibles de suelo vascongado, normas que, de haberse aplicado, habrían obligado a los industriales vascos a renunciar a la exportación del producto de sus minas, al comercio de granos, harinas o vinos y al desarrollo de su flota mercante– o se reclamara la prestación de servicios evidentemente no existentes en los medievales tiempos de la redacción foral –ferrocarril, telégrafo, &c.– pero sin contribuir al Estado por ellos. Así lo explicaba elBoletín de Comercio:
«Una de dos: o se les retiran todos estos servicios y vuelven al estado de industria, navegación y comercio que tenían en el siglo XV, o pagan por ellos como los demás españoles, porque el contrato es bilateral y recíproco.»
Idea central de los antifueristas fue la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos:
«Los fueros llevan en su seno un principio el más irritante de desigualdad y de injusticia, que ha costado a España raudales de oro y ríos de sangre, y es además un insulto perenne a los sacrificios y a las desdichas de las cuarenta y cinco provincias, que sufren, pagan y callan. Hora es ya de que todos los españoles seamos iguales ante la ley, sin privilegios ni distinciones para ninguno, si es que ha de llegar el día para España en que rijan los mismos códigos, y sean unos los derechos y unas las obligaciones.»
Estos mismos principios fueron los que defendió el diputado lucense Augusto Ulloa, quien en su discurso en el Parlamento respondió con estas palabras a los diputados vascos que habían apelado a la pobreza de las Provincias Vascongadas para pedir que no se les hiciera pagar tributos:
«Yo pertenezco a una provincia de la costa cantábrica que es también muy pobre y tiene una población densa (...) La provincia de Lugo, con menos extensión que las Vascongadas, contribuye al tesoro con 20 o 25 millones de reales, al paso que las Vascongadas no pagan un céntimo y aun perciben del Tesoro 18 millones. Mi provincia, pobre, sin industria y sin comercio, ha contribuido a pagar las subvenciones que se han concedido a las compañías de ferro carriles, y no tiene el más pequeño ramal; las Provincias Vascongadas no han pagado absolutamente nada, y a pesar de eso pasan por ellas las dos líneas generales más importantes. Mi provincia, pobre en recursos, pero rica en población, envía todos los años al ejército los mejores de sus hijos: las Vascongadas guardan todos los suyos. Mi provincia no tiene más que chozas para albergar a sus laboriosos hijos; las Vascongadas están llenas de palacios en Bilbao, en Vitoria y en San Sebastián. Mi provincia paga el 21 por ciento de contribución para el sostenimiento de las cargas públicas: las Vascongadas no pagan nada.»
Además de los mencionados artículos, la prensa santanderina incluyó durante meses todo tipo de noticias, anuncios y comentarios a propósito de las iniciativas antiforales, la agitación popular y las discusiones parlamentarias. Por ejemplo, el 4 de marzo de 1876, pocos días después de disparado el último tiro tras la toma de Estella y la huida del pretendiente a territorio francés, la Comisión Provincial de Santander envió esta carta al presidente del Gobierno:
«La Comisión Provincial de Santander por sí, y en nombre de los Diputados residentes en esta capital, felicita a S. M. el Rey y a su ilustrado Gobierno por la feliz terminación de la guerra, fausto suceso debido al valeroso ejército liberal y a sus denodados Generales, e interpretando los sentimientos de los habitantes de esta provincia, significa el deseo de que los sacrificios hechos por la Nación, y la generosa sangre derramada, sirvan para conseguir la unidad política y administrativa de las provincias Vascongadas con las demás de España.»
Las peticiones de derogación de los fueros fueron elevadas al gobierno desde todas las provincias de España, en muchas ocasiones secundando expresamente las acciones realizadas por los santanderinos. La Diputación de Barcelona, por ejemplo, recogió miles de firmas avalando su instancia. También se distinguió la capital catalana por sus homenajes a generales que se habían destacado en la guerra contra los carlistas, por ejemplo nombrando hijo adoptivo de la ciudad a Martínez Campos. Otras muchas instituciones provinciales y locales de todo el país dirigieron al Gobierno y a las Cortes similares peticiones de derogación foral, como las diputaciones de Oviedo, Lugo, La Coruña, Burgos, Alicante, Cádiz, Albacete, Guadalajara o Soria, así como numerosas ciudades y pueblos de las provincias de Castellón, Burgos, Oviedo, Salamanca, Santander, Zaragoza, Logroño, &c.
Los comisionados santanderinos representaron un papel preponderante tanto en los debates como en los trabajos preparatorios, pues las demás representaciones provinciales los secundaron en sus propuestas y los tuvieron oficiosamente por directores de la campaña. El hotel de París, donde se alojaban los parlamentarios santanderinos, fue elegido punto de reunión de todas las comisiones provinciales. Así lo anunciaba el 18 de mayo el Boletín de Comercio:
«Los representantes de las treinta provincias que se hallan ya en Madrid para gestionar la supresión de los fueros vasco-navarros se han puesto de acuerdo con la de Santander para organizar los trabajos, resolviendo que esta última, que ha sido la iniciadora del pensamiento, esté constituida todos los días de nueve a una de la mañana y de seis y media a ocho de la noche en su residencia del hotel de París.»
También funcionó como centro de reunión la casa madrileña del marqués de Casa-Pombo, industrial santanderino elegido senador por la provincia de Valladolid.
La prensa de toda España ocupó cientos de páginas a la cuestión. La Crónica Mercantil de Valladolid dedicó un artículo titulado Abajo los fueros a reclamar la igualdad jurídica de todos los ciudadanos:
«La idea de supresión de los fueros encuentra eco en todo el país, que pide la igualdad administrativa y política para los españoles, que tienen la obligación de obedecer a un mismo gobierno, debiendo gozar de idénticos derechos y cumplir iguales deberes.»
La Tribuna declaró su deseo de que se procediese a la completa abolición de los fueros «sin hacer ninguna concesión ni dejar un solo privilegio». El Parlamento,por su parte, expresó su oposición a que siguieran las provincias vascas gozando«irritantes privilegios». El Diario Mercantil de Valencia exigió la derogación de los fueros vascongados por las mismas razones por las que se derogaron los valencianos en 1707.
La Madeja Política, 19 de diciembre de 1874
Ilustración de La Madeja Política (19 de diciembre de 1874). El general Serrano serrando el árbol de los fueros y un monigote de madera representando a Carlos VII
También la prensa extranjera se ocupó del debate: el parisino Journal des Débats se lamentó de la decisión finalmente tomada por el Gobierno español de derogar los fueros sólo parcialmente, pues consideraba que «los fueros son la ruina de la unidad nacional, y que si el gobierno no los suprime ahora, cometerá un irreparable error que deje tal vez dificultades mayores para los tiempos venideros».Varios periódicos más, sobre todo franceses e italianos, expresaron similares opiniones, como recogió el Boletín de Comercio santanderino:
«El Journal des Débats, el Constitutionnel, La Perseveranza y La Opinione están unánimes en los artículos de fondo que consagran a la cuestión de los fueros, que el gobierno ha cometido un error grave en no abolirlos a raíz del fin de la guerra, y que mientras no se decrete su supresión absoluta y radical, no podrá decirse que España disfruta de verdadera paz, la situación pasará por débil a los ojos de la Europa y existirá siempre en la Península un foco perenne de insurrecciones futuras.»
Si bien la mayoría de la prensa española se alineó a favor de la derogación foral, no faltaron los periódicos, sobre todo vascos (Irurac-bat, El Noticiero bilbaíno, El Porvenir Alavés, La Paz), que defendieron su pervivencia y criticaron duramente a las personas, instituciones e incluso a las provincias que se distinguieron por su antiforalismo. También el Diario de Barcelona, dirigido por el regionalista conservador Mañé y Flaquer, defendió la pervivencia de las instituciones forales por considerarlas un freno a la extensión de las ideas revolucionarias.
La discusión a favor y en contra de los fueros fue encrespándose hasta el punto de quedar el razonamiento en un segundo plano, dominado por las pasiones provinciales; como si adoptar una postura u otra sobre los fueros dependiera de adscripciones provinciales y respondiera sobre todo a motivos sentimentales. Éste fue el caso del periódico bilbaíno Irurac-bat, que dedicó muchas páginas a criticar la postura de las instituciones santanderinas y a acusar a dicha provincia de que su enemistad hacia los fueros provenía de la envidia y el interés. Durante los cuatro años de guerra muchos vizcaínos habían salido de su tierra y se habían trasladado a Santander en busca de refugio. Muchos comerciantes vizcaínos no sólo trasladaron sus personas y familias, sino que continuaron allí sus actividades mercantiles. Santander –el Liverpool español, como se le conocía en esa época–, pujante puerto comercial en cerrada competencia con el vecino de Bilbao, experimentó gran auge durante los años de guerra a causa de la cesación de actividades en la sitiada ciudad del Nervión, actividades que se desplazaron a una pacífica capital montañesa que concentró casi todo el tráfico de la cornisa cantábrica. Una vez concluida la lucha, muchos vizcaínos regresaron a sus casas, lo cual fue aprovechado por el citado periódico fuerista para arremeter amargamente contra los santanderinos:
«La feliz terminación de la guerra ha vuelto a traer a las orillas del Nervión una porción de convecinos a quienes hemos tenido el gusto de saludar; y lo que es mejor y más sabroso aún, una porción de convecinas, a las que hemos tenido el mayor gusto de saludar, porque si guapas marcharon, ¡caracoles!, han vuelto guapísimas. Todas estas personas vienen a animar con su presencia a nuestra querida villa y todas ellas vienen contentas y satisfechas como las Pascuas en que estamos. Sobre todo las que vienen de Santander. Yo no he vivido nunca en aquel pueblo anti... foral: jamás he podido estar en él arriba de veinticuatro horas: pero indudablemente debe ser una delicia vivir en él, por la grandísima satisfacción que se debe experimentar... al dejarlo.»
El Boletín de Comercio de Santander respondió así a dicho artículo:
«Sentimos ver en las columnas del Irurac-bat escritos como el que antecede (...) ¿Es razonable, es justo, es político, es prudente ofender a un pueblo civilizado y digno de la manera que lo hace el chiflado del Irurac-bat? ¿Tan mal se ha tratado aquí a sus paisanos? ¿Quién les ha faltado en nada? ¿No han vivido ni más ni menos que los demás vecinos? ¿No han trabajado como si estuvieran en su propio domicilio? ¿No han alternado con las familias de esta ciudad tratándose como si fueran unas? Y sobre todo ¿no confiesa el redactor chiflado del Irurac-bat que aquellas de sus paisanas que vinieron guapas han tornado a su pueblo guapísimas, lo que no puede suceder viviendo en un pueblo donde se está tan mal y a disgusto?.»
El también fuerista Porvenir Alavés dedicó asimismo numerosas páginas a la defensa de los fueros y a la crítica de los medios favorables a su derogación:
«Inicua, detestable, increíble por lo infame y ruin, es la conducta de esos vociferadores de oficio, bastardeadores de fama, torcedores de la opinión y difamadores de costumbre, que no otra cosa son los que hoy atacan con tal ensañamiento los fueros vascongados.»
El Boletín de Comercio se defendía:
«No es la cuestión de que se trata envidia de esta provincia ni venganza de las otras, como se ha supuesto y se agita con estudiada habilidad, como lo hicimos notar desde el primer artículo, para distraerla de su verdadero punto de vista; no, sino es que hace mucho tiempo y por todas partes que la nación tiene hambre y sed de justicia.»
También en verso hicieron acto de presencia las animosidades provinciales, como en estos publicados de nuevo en El Porvenir Alavés:
«Un fraile en Santander comía aldabas
y las botas pensó limpiar con habas,
y, creyendo acertar, un montañés
se ponía las mangas al revés;
varios santanderinos
empedraron las calles con pepinos.
El que tiene a la envidia el alma abierta
suelen decir que aquí jamás acierta.»
Apareció en aquellos días en Madrid un periódico expresamente creado por varios vascos para la defensa de los fueros en la capital de España. Se trataba deLa Paz, desde cuyas páginas se atacó a Santander con fiereza –nombrándola en ocasiones como «la innoble ciudad de Santander»– acusándola de promover la derogación foral por envidia y de desear las guerras para su enriquecimiento:
«Pero vuelve a acaecer otra desgracia nacional, y vuelve Santander a pensar, es decir, a saber que no hay mal que por bien no venga. Y, efectivamente, comienza de nuevo la lucha fratricida en este país viril, y óyese en las calles y en los alrededores de Bilbao el toque de corneta, el estruendo de las armas, y por último el horrísono estallido de las bombas, mientras en la bahía y en el muelle de Santander empieza también a oírse sin interrupción, claro y sonoro, el silbido del vapor, el continuado rodar de los carruajes. Y mientras aquí se desocupan las casas, y los almacenes, y los bufetes, no queda por alquilarse en Santander, y a precios fabulosos, ni un mal tabuco (...) Y se proyectan y ejecutan allí obras de provecho y ornamentación que jamás soñaron ellos, y crece el Sardinero como la espuma que lo baña ante los atónitos ojos de sus dueños, y se hacen célebres las aguas de Ontaneda, a falta de otras, y aquí, en Bilbao, nos quedamos sin edificios públicos ni particulares, y sin lo preciso apenas para la vida material, ni en la playa de Castro se baña nadie a pesar de ser la primera de España, ni nadie bebe las aguas salutíferas de Urberuaga y Arechavaleta. Y, sin embargo, ya lo están ustedes oyendo, Santander y los suyos gritan contra los fueros de este país, porque los fueros, según ellos, son la causa de estas guerras... que nos empobrecen y aniquilan, y que los enriquecen y ensalzan. ¡Cuánta ingratitud! ¡Qué obcecación y qué malicia!.»
Duros párrafos a los que no dejó de responder el Boletín de Comercio:
«Santander no ha pedido nunca nada a nadie, y si la sangre que se derramaba en las calles de Bilbao y en los campos de batalla, arrastrada por las olas del Cantábrico, traían la animación, el movimiento, la vida al pueblo y montañas de Santander, no nos culpen a nosotros sino cúlpense a sí mismos.»
Pocos días después, contraatacaba La Paz con estas palabras:
«¿Aprovechará la nivelación de estas provincias con las demás de la Península a algún pueblo relegado al olvido, y que por su situación al borde del mar, por sus cómodas y anchurosas playas, y por la proximidad de sus baños sulfurosos, se cree perjudicado al notar que brillan por su ausencia los forasteros, los cuales tienen el buen gusto de preferir a sus costas las vascongadas, a sus aguas medicinales las de los pintorescos puntos de nuestras montañas, a su comercio el de las plazas mercantiles de las provincias hermanas, y sobre todo a su trato frío y reservado la franca y cordial acogida, la abierta hospitalidad y el amable y bondadoso carácter de los vizcaínos?.»
El bilbaíno Irurac-bat no se quedaba corto en sus quejas contra Santander:
«Uno y otro día leemos los diarios de Madrid y de provincias, y especialmente los de Santander, y en no pocos de ellos las continuas diatribas y el destemplado lenguaje que al ocuparse de la cuestión de los Fueros emplean. Duélenos a la verdad ver a algunos de nuestros compañeros de la prensa escribir de tal manera, haciéndose eco de las hablillas y murmuraciones de los malhumorados santanderinos, por una causa en la cual los deberes de buena cortesía y vecindad les obligaban a ser más indulgentes, cuando menos, de lo que están demostrando ser con sus actos y escritos. No comprendemos, a no descender a muy bajas y pobres miras, el encono y la rabia que en primer término la capital de la Montaña demuestra tener contra las instituciones del solar vascongado.»
El Boletín de Comercio no dejó de responder tanto a la acusación de animosidad contra los vascos como a la de desear la guerra para enriquecerse:
«No podemos menos de lamentar la actitud que ha tomado contra Santander la prensa fuerista. Si esta ciudad ha combatido con energía los fueros, es porque conoce más que otros pueblos la sinrazón de aquéllos (...) Pues qué, ¿ha de ver sin sentimiento que se turbe la paz de tiempo en tiempo porque así lo quieren unos vecinos turbulentos que, por lo visto, no se hallan bien si no están en guerra? Nuestra proximidad a las provincias vascas puede haber dado motivo a algún incremento en los negocios de esta plaza; pero esto ¿sería nunca suficiente para que no amásemos la paz, este beneficio de la Providencia que por sí solo sería bastante elemento de bienestar y riqueza? No es bueno divertirse con fuego, y alimentar la esperanza de que ardiendo otros países ganaríamos nosotros sería una esperanza bien poco mercantil, porque el fuego se extiende y cuando sucede esto es como la piedra arrojada al aire que no sabe adonde ha de caer. Santander ha crecido y crecerá con la paz; con la guerra no sabemos lo que ha sucedido, porque como vinieron a compartir en los negocios comerciantes de otras partes, no hemos hecho el cálculo ni puede hacerse para saber quién ganó más.»
Por lo que se refiere a los debates en las Cortes, las posturas de los parlamentarios fueron las siguientes: una pequeña minoría de diputados vascongados que defendió el mantenimiento de las instituciones forales; una mayoría progubernamental –ciento once votos– que apoyó la propuesta canovista de la derogación foral en lo relativo a los más importantes aspectos, como la igualdad de quintas y de contribuciones fiscales, pero manteniendo algunas instituciones provinciales y normas de derecho civil especiales (en este sentido votaron los senadores santanderinos marqués de Torrelavega y duque de Santoña); finalmente, una minoría de diputados liberales –veintitrés– que votaron por la derogación completa de los fueros, postura que fue la defendida por la prensa y las fuerzas vivas santanderinas (en este sentido votaron los senadores José Ramón López Dóriga y Pedro de la Pedraja, además del también santanderino pero senador por Valladolid marqués de Casa-Pombo).
«Si nosotros fuéramos gobierno, contando, como se cuenta, con el apoyo de todas las provincias liberales, antes de ocho días estaban los fueros en el Archivo de Simancas», declaró el Boletín de Comercio. Los principales defensores de la abolición total fueron el sevillano Manuel Sánchez Silva y el santanderino José Ramón López Dóriga, que recibieron grandes homenajes de las instituciones privadas y públicas santanderinas por su defensa de un voto que finalmente fue vencido por los moderados canovistas a la sazón en el Gobierno. El Ayuntamiento de Santander acordó dar el nombre de Sánchez Silva a una calle de la ciudad.
López Dóriga dedicó buena parte de su discurso a defender a la provincia por él representada de los ataques recibidos por los fueristas:
«Antes de hablar del artículo puesto al debate, deseo aclarar un punto que creo pertinente en mí, porque tengo el honor de representar en este sitio a la provincia de Santander. Achácase a esta provincia, y particularmente a su capital, la cualidad de ser enemiga de Bilbao. Este rumor infundado ha transcendido a todas partes, y de él se han hecho eco los periódicos, los folletos y hasta en este sitio encontró acogida esta especie en 1864. Pues bien: yo desafío a que se me pruebe este aserto, que no tiene el menor fundamento. Precisamente ha sucedido lo contrario. Cuando los bilbaínos, en esta última guerra civil, tuvieron que refugiarse en Santander, no recibieron de los santanderinos más que pruebas de cariño. Yo puedo asegurar, como Alcalde que he sido durante aquella época, que ni una sola vez tuve que intervenir en ningún altercado entre los de una y otra parte. Apelo a los mismos bilbaínos para que digan si no fueron recibidos por todas las clases de la sociedad con las consideraciones que acostumbra un pueblo generoso y culto como Santander. Si esto ha sucedido siempre, ¿a que obedece ese rumor de que Santander, por ser enemigo de Bilbao, ha promovido en virtud de esa envidia la agitación que se nota en el país pidiendo la supresión de los fueros? Obedece a que de una cuestión nacional y de altísima justicia se quiere hacer una cuestión miserable de rivalidades entre dos pueblos: es verdad que existe esa emulación entre Santander y Bilbao, como existe entre todos los que viven de un mismo trabajo, y procuran cada cual perfeccionarse todo lo que puede, pero sin engendrar envidia ni pasión. Si Santander ha clamado por la supresión de los fueros, ha sido impulsado por un sentimiento patriótico. Si los fueros, en lugar de existir en las Provincias Vascongadas, hubieran existido en Alicante, Aragón, la Mancha o en Andalucía, lo mismo hubiera clamado contra ellos Santander, porque allí somos enemigos de todo privilegio injustificado.»
Estuviese la razón de un lado o del otro, el hecho decisivo fue que la visceralidad se impuso al razonamiento y que el debate foral poco tuvo que ver con los fueros, sobre todo fuera del Parlamento. La ciudadanía lega en derecho, y mucho más lega aún en lejanas instituciones venidas de la Edad Media, percibió el interés de muchos vascos por conservar los fueros como una manifestación de egoísmo e insolidaridad con el resto de los españoles; y los vascos, la gran mayoría de los cuales, evidentemente, era incapaz de definir qué eran y de explicar en qué consistían los fueros, percibieron la campaña antiforal como un arranque de hostilidad antivasca por parte de los habitantes de las demás provincias. En el mismo verano de 1876 fueron varios los festejos, bailes, romerías y otros actos públicos en las Provincias Vascongadas que fueron testigos de espontáneos estallidos reivindicativos de los fueros recién derogados, de las inmediatas protestas de los antifueristas presentes –locales o visitantes– y de, incluso, algún conato de violencia entre ambos bandos. En varias corridas de toros celebradas en San Sebastián aparecieron pancartas con el texto «4 = 1 y 45 = 0». Por primera vez en la historia se expresaba un sentimiento unitarista vasconavarro (4=3D1) paralelo al rechazo y menosprecio hacia las demás provincias españolas (45=3D0). El terreno fértil para el separatismo estaba preparado para recibir la semilla. Sólo seis años después de la derogación foral, un joven Sabino Arana abandonaba el tradicional carlismo de su familia y recibía, en el jardín de su casa de Bilbao, la iluminación nacionalista de labios de su hermano Luis. A partir de ese momento, Semana Santa de 1882, comenzaría su andadura el fundador del nacionalismo vasco.
Regresando a Santander, el rencor contra la provincia que tan destacado papel había representado en la campaña antiforal de 1876 siguió vivo durante algunas décadas. En 1886 José María Angulo y Hormaza publicaba un libro titulado La abolición de los Fueros e Instituciones vascongadas en el que recordó la campaña antiforal de diez años entes:
«En algunos pueblos por donde pasó el rey a su regreso a la Corte –distinguiéndose la provincia limítrofe de Santander, a pesar de sus grandes relaciones con éstos, o, por mejor decir, por esas mismas relaciones– hicieron alarde de antifuerismo de la manera más ridícula que se puede imaginar: las mujeres en el pecho, en las sombrillas y en la ropa de los niños; los hombres en el sombrero, levita, chaqueta, &c.; los músicos en los instrumentos, los perros en el collar; en las colgaduras, en las paredes de los edificios, en los faroles de las calles, en las puertas de las tiendas, en los escaparates, en fin, en todos los sitios en que era posible fijarla, se ostentaba esta inscripción: Abajo los fueros. Se hicieron también aleluyas sobre el mismo tema. Aquello era una mascarada completa. En ningún tiempo de la historia, en ningún país del mundo, ni aun entre naciones rivales y enemigas, se ha visto estallar el odio con formas tan violentas y con encono tan ardiente como se vio en España en esta ocasión contra los hijos del País Vasco.»
En tiempos de la Segunda República, fray Bernardino de Estella, uno de los más autorizados autores peneuvistas de aquella época, recordaba en su Historia Vasca (1931) los acontecimientos de medio siglo atrás con estas palabras:
«A la terminación de la guerra carlista se levantó un clamoreo general en toda España contra los vascos; de todas partes pedían al gobierno que acabara de una vez con la situación privilegiada de los vascongados. Se distinguieron en la campaña las ciudades de Zaragoza y de Santander (...) En 1876 ocurrió un fenómeno entre los vascos que no había ocurrido en 1839. Los vascos se conmovieron y protestaron fuertemente contra la ley del 76. La agitación fue honda y violenta»{6}.
Incluso en la actualidad no faltan quienes siguen recordando, por sorprendente que pueda parecer, aquellos acontecimientos de hace ya casi siglo y medio. Éste es el caso del parlamentario peneuvista Iñaki Anasagasti, quien en un reciente artículo explicaba la derogación foral de 1876 según el ortodoxo esquema sabiniano del «último golpe a la independencia de Euzkadi». Explicaba Anasagasti que «el falsario Espartero» no había podido concluir completamente en 1839 la anexión de los vascos a España:
«Obligar a los vascos a ir de soldados y a pagar impuestos era cosa demasiado dura para comenzar por ahí la destrucción de la Euzkadi peninsular, como sujeto independiente de España.»
El segundo envite llegó con la agitación de la cuestión foral en 1864 por «el furioso enemigo del País Vasco, Sanchez Silva». Pero la victoria liberal de doce años después posibilitaría concluir la anexión:
«Sánchez Silva, en el primer momento, no consiguió sus propósitos; pero ya la opinión española, acostumbrada a tener sometidos a muchos pueblos libres de américa, Filipinas y Flandes... estaba formada; el rencor antivasco agitaba todos los corazones. No hay más que recordar la campaña que hicieron los santanderinos, poniendo por todas partes carteles de ¡Abajo los fueros!, como si la existencia de los mismos obedeciese a ninguna concesión del estado español»{7}.
Sabino Arana
De familia carlista, Sabino Arana tenía 11 años en 1876. En su infancia y juventud fue testigo del malestar provocado por la abolición foral y de los profundos cambios económicos y sociales causados por el vertiginoso proceso de industrialización de la Vizcaya del último cuarto del siglo XIX.
Desde sus comienzos, Arana manifestó, sin excepciones regionales, un ardiente odio por los trabajadores del resto de España que acudían a tierras vascongadas en busca del trabajo y el bienestar que se les negaba en sus menos industrializadas provincias. A los españoles los consideró «gentes incultas, brutales y afeminadas» y miembros de «la nación más abyecta de Europa» y no menor fue el odio que manifestó contra sus paisanos no nacionalistas –a los que denominabamaketófilos– por considerar que habían «degenerado hasta el punto de parecer gallegos».
«Al señalar al destructor de nuestras libertades y nuestras cosas, al dominador de nuestra raza, al opresor de nuestra Patria, no podemos fijarnos en una región determinada con exclusión de las demás, sino en el conjunto de todas ellas, en ese todo que se llama España. No es precisamente Castilla, ni Andalucía, ni Galicia, ni Cataluña, ni ninguna otra región española, la que nos ha sometido; sino el poder de la nación que, unidas todas ellas, constituyen y a la cual en lenguaje vulgar llamamos Maketania o Maketeria»{8}.
Sin embargo, por el doble motivo del recuerdo de la campaña antiforal de su infancia y el indudable patriotismo español del que hacía gala la provincia vecina, dedicó a los montañeses párrafos especialmente virulentos. Con ocasión de la explosión del buque Cabo Machichaco el 3 de noviembre de 1893, que causó 590 muertos y 525 heridos en los muelles santanderinos, una de las provincias que se destacó por su ayuda a los afectados fue la vecina Vizcaya. Algunas semanas después de la catástrofe una comisión del ayuntamiento santanderino se desplazó a la ciudad del Nervión para agradecer solemnemente a la corporación bilbaína su generosidad. Éstas fueron las palabras del alcalde de Santander, Fernando Lavín:
«El Ayuntamiento de Santander nos envía para que demos testimonio público y solemne de la gratitud que Santander debe a Bilbao por el socorro espontáneo y generoso que le prestó en el aciago día 3 de noviembre. Al acudir Bilbao en auxilio de los montañeses no hizo más que seguir la conducta que siempre le ha distinguido; no desmintió los rasgos sublimes de toda su vida (...) Santander nunca olvidará que en días de luto habéis venido a llorar con nosotros, a participar de nuestros dolores. No quisiera que os sucediera una desgracia como la que ha afligido a Santander, pero si sucediera, yo os lo fío que Santander es un pueblo noble y generoso que nunca ha desmentidio estos conceptos ni olvidado los favores que le dispensan.»
Arana reprochaba a sus paisanos que se sintieran, evidentemente, españoles y por ello no sintieran el odio que a él sí le consumía:
«El euskeriano y el maketo, ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas.»
Ésa fue la razón por la que, de paso que atacaba a su odiada Santander, subrayaba la generosidad de los vizcaínos con una ciudad que, según él, los odiaba:
«Ejemplo de enemistad de intención es la que profesa Santander a Bizkaya en general y en particular a Bilbao. Nos odia a muerte; pero tiene que contentarse con la intención, porque es impotente para satisfacer su rencor. Por eso Bilbao, cuando Santander, cubierta de luto, estaba a punto de ser consumida en su mayor y mejor parte por las llamas, acudió tan generosa y solícitamente en su socorro, que sus auxilios sobrepujaron a los que el mismo gobierno de la santanderina España prestara a la contristada ciudad»{9}.
También reprochó Arana que sus paisanos no hubiesen ayudado lo suficiente a las familias de dieciséis marineros del puerto vizcaíno de Elanchove ahogados, mientras que sí habían enviado generoso socorro a los habitantes de la localidad toledana de Consuegra, quienes dos años antes, en septiembre de 1891, habían sufrido una devastadora avenida del río Amarguillo que había causado más de 400 muertos:
«Los elantxobeses son hermanos nuestros, mientras que los naturales de Consuegra y Santander son hijos de una raza que nos odia.»
En un artículo dedicado a marcar distancias con el incipiente nacionalismo catalán, Arana explicó la distinta estrategia desplegada por catalanes y vascos en lo referente a la utilización de la lengua por los llegados de fuera. También en esta ocasión mencionó a los montañeses de forma especialmente despectiva, en concreto a los pasiegos, comerciantes ambulantes que frecuentaban las ciudades y mercados de la vecina provincia de Vizcaya:
«La política catalana, por ejemplo, consiste en atraer a sí a los demás españoles; la bizkaina, en rechazar de sí a los españoles como extranjeros. En Cataluña todo elemento procedente del resto de España lo catalanizan y les place a sus naturales que hasta los municipales aragoneses y castellanos de Barcelona hablen catalán; aquí padecemos muy mucho cuando vemos la firma de un Pérez al pie de unos versos euzkéricos, oímos hablar nuestra lengua a un cochero riojano, a un liencero pasiego o a un gitano»{10}.
El especial desprecio a los pasiegos fue, al parecer, bastante común entre los nacionalistas de los años finales del siglo XIX y primeros del XX. Probablemente su vida trashumante, dedicada a viajar de un lado a otro comerciando con tejidos y alimentos, les hizo especialmente aborrecibles a los señoritos peneuvistas bilbaínos. En la revista Euskalerriaren Alde, dedicada a la cultura y legua vascas, escribieron muchas de las mejores plumas de aquellos días dedicadas a estas cuestiones. La mayoría de sus colaboradores fueron carlistas o alfonsinos, si bien también abundaron los nacionalistas. Uno de ellos, G. de Biona, escribió en 1913 un artículo dedicado a cantar la fortaleza del vizcaíno Manuel de Haedo, conocido por el sobrenombre de el Fuerte de Ocharan:
«Una tarde de invierno iban a Bilbao el Fuerte de Ocharan y dos vecinos suyos. les cogió la noche en el camino y acordaron pasarla en la venta del Borto, que estaba situada en el límite de la jurisdicción de Baracaldo y Güeñes. Estaban el Fuerte y sus amigos entretenidos en jugar al mus cuando entró en la venta una alborotadora cuadrilla de pasiegos que quiso apoderarse por completo del fuego del hogar. El Fuerte se hallaba indignado de la pretensión de los pasiegos, y éstos disgustados porque el Fuerte y sus amigos no se retiraban. Cansados de renegar, los pasiegos rompieron de un palo el candil colgado de la campana de la chimenea, y de un puntapié tiraron la mesa. Allá fue lo bueno. El de Ocharan y sus dos compañeros la emprendieron a puñetazos con los pasiegos, pero éstos, armados de palos y muchos más en número, llevaban trazas de deshacer a los vizcaínos. El Fuerte buscaba inútilmente por los rincones un palo o algún objeto con que romper cabezas, pero nada veía apropiado al caso. De pronto, puso en práctica una idea singular: cogió a un pasiego por las piernas, y pasiegazo por aquí, pasiegazo por allá, hizo a sus contrarios huir de la venta, arrojó el arma a la parte de afuera de la puerta, cerró ésta y volvió junto al fuego a reanudar la partida de mus»{11}.
Arana se desesperaba ante la evidencia de que los vascos pensasen y sintiesen igual que los demás españoles, y les reprochaba que fuesen tan patriotas como los de las ciudades más típicamente españolas, entre las que no pudo dejar de señalar a Santander:
«Que esto se va si a la invasión española la abrimos nuestra puertas de tal manera que la mayor parte de los cargos y empleos provinciales y del municipio bilbaíno están en manos de gentes extrañas... ¿Qué nos importa? Pero si las botazas alemanas han pisado las costas de las Carolinas con aviesas intenciones...; si los indios filipinos tratan de romper las cadenas con que el español les oprime...; si el yanqui hace el amor a Cuba...; si un buque chileno ha secuestrado a cuatro o cinco españoles... ¡Oh! Entonces el espíritu patriota estalla, se enardece la sangre y la pluma rasga el papel con indignación al ver en peligro la integridad de la patria o ultrajada la dignidad nacional. Ante esta actitud natural y característica de los periódicos bilbaínos (no exceptúo a ninguno) no puede menos de reconocérseles, en honor a la verdad, que si ya no bizkaínos patriotas, son entusiastas patriotas españoles, como los de Santander y Cuenca, verbigracia.»
Curiosa fue la relación que Arana tuvo con el naviero Ramón de la Sota, oriundo de la villa montañesa de Castro Urdiales. El adinerado industrial fue uno de los principales sostenedores del liberal-fuerismo representado en Vizcaya por la sociedad Euskalerria. Por ello fue objeto de las burlas y los ataques de Arana, si bien su evolución posterior hacia posturas separatistas convirtió a los antiguos enemigos en compañeros de andadura. En los tiempos de enfrentamiento Arana escribió un sainete titulado La bandera fenicia{12} para arremeter contra Sota. Partía Arana del desprecio hacia los fenicios por sus actividades mercantiles, su inmoralidad, su cobardía y su avaricia, combinado todo ello con la extraña idea de que todos los españoles eran descendientes de los fenicios, salvo los vascos, naturalmente. Y el protagonista del sainete era Sota, definido por Arana como «rico minero establecido en Bilbao, natural de la provincia hispano-fenicia de Santander».
El eminente historiador Carmelo de Echegaray, cronista oficial de las Provincias Vascongadas hasta su muerte en 1925, se enfrentó a menudo con los nacionalistas, cuyos planteamientos históricos, lingüísticos y políticos le parecieron erróneos. Tuvo mucha relación con la ciudad de Santander por motivos familiares, por haber vivido en ella buena parte de su vida y por la íntima amistad que le unió con Marcelino Menéndez Pelayo. Con motivo de la explosión del Cabo Machichacoescribió una sentida carta a su amigo santanderino Alfonso Ortiz de la Torre, carta que sería publicada en la revista guipuzcoana Euskal-Erria en noviembre de 1894, al cumplirse el primer aniversario de la catástrofe:
«Tengo motivos especiales para mirar a la Montaña como a una prologación de mi pequeña patria. Sangre hermana de la mía circula por las venas de gentes nacidas en la capital montañesa, donde he pasado los años quizá más trascendentales de la vida (...); y allí tengo también dos de mis más grandes amores literarios: D. Marcelino Menéndez y Pelayo y D. José María de Pereda.»
Continuaba Echegaray explicando que «siempre creí que andaba por casa» al hallarse en Reinosa, las hoces de Bárcena, las orillas del Besaya, Camargo o la Virgen del Mar. Y recordó las mil batallas que durante siglos habían sostenido vascos y montañeses juntos contra los enemigos de España, ya fuesen musulmanes –como en la conquista de Sevilla en 1248–, ingleses, hanseáticos o franceses.
Arana no tardó en aprovechar la ocasión para escribir un furioso artículo contra Echegaray (Bizkaitarra, 31 de diciembre de 1894) en el que le reprochó que pudiese considerar a Santander una prolongación de su patria chica; que pudiese combinar su amor por su pequeña patria vasca con el mismo amor por la común patria española, pues, según Arana, se trataba de dos sentimientos incompatibles; que tuviese a Menéndez Pelayo por uno de sus más grandes amores literarios, siendo el erudito montañés, según Arana, «tan amigo, como buen santanderino, del Pueblo Vasko»; que considerase a santanderinos y vascos como hermanos; y, finalmente, que hubiese olvidado el interés demostrado por la ciudad de Santander en la derogación foral de 1876:
«Puede que esos motivos especiales del señor Echegaray sean el contar entre sus antepasados algún santanderino; puede que esté emparentado con naturales de esa región de Maketania; o puede que se haya educado en ella, lo cual es muy verosímil, a lo que se ve (...) Está en otro gravísimo error el Sr. Echegaray si mira a la Montaña como a una prolongación de Euskeria. Tal especie sólo puede admitirse dentro de la teoría retro-evolutiva, que considera al mono como descendiente del hombre, como a hombre degenerado. Pero el sr. Echegaray sabe, por su erudición, que esta doctrina es inadmisible según los más graves autores (...) Si tanto amor tiene el Sr. Echegaray a España, ¿no es verdad, lectores, que puede naturalizarse en ella sin temor a que aquí en Euskeria le echemos de menos? Váyase enhorabuena, que más falta nos hacen brazos patriotas que plumas desnaturalizadas (...) ¿Quién invoca hoy antiguas rivalidades? Nosotros no invocamos más que una, bien moderna y bien indeleble. La capital de Santander siempre se ha distinguido en los modernos tiempos por su envidia a Bilbao: siempre ha mirado con malos ojos a la prosperidad relativa de esta villa bizkaína, que sólo se debe a la actividad y al carácter emprendedor de sus naturales. Pero esta envidia de Santander puede importar muy poco a los bilbaínos: hay otra causa de la profunda e insaciable rivalidad entre bizcaínos y santanderinos, y es la siguiente: al terminar la última guerra, Santander solicitó e instó a Alfonso XII suprimiera nuestros Fueros, y cuando fueron abolidos, ese pueblo miserable lo celebró con fruición, y con carcajada unánime y unísona se rió de nuestra terrible desgracia, y se mofó del Árbol Santo de nuestra tradición. Estos hechos jamás se olvidarán mientras exista un digno bizkaíno.»
Punto final al vascocantabrismo
Por una curiosa e irónica coincidencia, el nacimiento del nacionalismo vasco en los primeros años del siglo XX coincidió con la definitiva extinción de un mito, nacido en los lejanos siglos XV y XVI, que tanta importancia había tenido en la elaboración ideológica sustentadora de la especial naturaleza de los fueros vascongados.
Este mito, conocido como Vascocantabrismo, consistió en atribuir a los habitantes de las Provincias Vascongadas la condición de descendientes incontaminados de los antiguos cántabros de los tiempos de la conquista romana, motivo por el que los fueros vascongados, a diferencia de los demás fueros peninsulares, no serían el fruto de una concesión regia sino expresión de una soberanía originaria nunca perdida. La privilegiada situación de los vascongados durante la Edad Moderna, es decir, los regímenes forales y la hidalguía universal, partían de dicha confusión.
Este error ya estaba desmantelado desde el siglo XVI, cuando el cronista del reino de Aragón, Jerónimo Zurita escribió su Cantabria, descripción de sus verdaderos límites. Sin embargo, todavía dos siglos después el error gozaba de buena salud, no siendo pocos los eruditos que seguían aferrados a él, destacando entre todos ellos el jesuita guipuzcoano Manuel de Larramendi. El golpe de gracia al mito vascocantabrista llegaría de la mano de Enrique Flórez, una de las figuras más eminentes de la ciencia histórica dieciochesca, quien con su La Cantabria{13} dejó aclarada la polémica aunque provocase la airada reacción de las Juntas Generales de Guernica, que protestaron ante el rey porque, en su opinión, lo escrito por Flórez«vierte expresiones indecorosas y opuestas a las prerrogativas, exempciones y antigüedad de este Ilustre Solar».
A pesar del trabajo de los historiadores, en el siglo XIX el mito aún coleaba. Por ejemplo, la ley de 29 de septiembre de 1847 de creación del régimen regional –finalmente inaplicada– creó la región de Cantabria, que comprendía las tres Provincias Vascongadas y Navarra.
Asimismo, los parlamentarios fueristas que defendieron la pervivencia de los regímenes forales en los debates habidos entre 1839 y 1876, como Barroeta o Moraza, siguieron apelando a la descendencia de los cántabros como justo título para conservar una posición que, según ellos, arrancaba de la independencia nunca perdida por aquéllos –hecho, por cierto, igualmente falso, pues los cántabros también acabaron conquistados por Augusto, como todos los pueblos de la península–. La manifestación más llamativa del renacer vascocantabrista en el siglo del romanticismo se dio en el mundo de las letras, con las novelas, versos y cantos que salieron de las plumas de un buen número de literatos vascos (Juan Venancio de Araquistáin, Nicasio Landa, Vicente de Arana, Emiliano de Arriaga, &c.){14}.
Julio Caro Baroja recordaba en 1984 lo extendida que había estado esta idea hasta el siglo XIX:
«El tubalismo –cosa más que problemática– se unió al vascocantabrismo, cosa más falsa aún al parecer. Pero hasta el siglo XIX hubo quienes creyeron que el cántabro fiero, invencible, había sido el vasco»{15}.
Pero para los cultivadores de la ciencia histórica la cosa estaba clara. Autores como Miguel de Unamuno, Marcelino Menéndez Pelayo, Carmelo de Echegaray o Estanislao de Labayru acabaron de enterrar para siempre aquel viejo mito. Este último, por ejemplo, publicó en 1895 una Historia general del Señorío de Vizcaya –libro que Sabino Arana se apresuró a condenar– en la que enterraba la polémica con estas líneas:
«Decir Cantabria era en cierto sentido denominar la nación euskalduna, y llamar pueblo vasco era señalar la progenie cantábrica. De tal suerte se universalizó este concepto, que pasó por hecho incontestable y principio incontrovertible (...) Zurita, Ohienart, Flórez, Risco, Aureliano Fernández Guerra y otros han prestado un servicio eminente a la historia deslindando y poniendo en claro la multitud de opiniones que sobre el particular existía, alumbrando el horizonte y destruyendo el caos que cada día se agrandaba por la tenacidad en sustentar lo que no tenía razón de ser»{16}.
Algunos años después, en una conferencia pronunciada en el Ateneo de San Sebastián el 8 de noviembre de 1919, el historiador y político bilbaíno Gregorio Balparda pondría el punto final a la cuestión:
«Con sólo abrir cualquier libro vascongado anterior al siglo XIX veréis que la tradición de este país es, no la de que seamos vascos, sino la de que somos cántabros, y que, como cántabros, tuvimos abierto, cuando el mundo entero estaba pacificado, el templo de Jano, haciendo venir a luchar primero y a pactar después con nosotros a César Augusto, y que, como cántabros, aducíamos la prueba de una predestinación y casi de un presentimiento cristianos en aquel lábaro o lauburo, símbolo de un pueblo indómito que moría cantando en la cruz. Desde Lope García de Salazar (...) todos nuestros historiadores coinciden en lo mismo. En cuanto a vosotros, los guipuzcoanos, no tenéis que ir más allá de la portada de las primeras ediciones en el siglo XVI de vuestro gran historiador, porque en ella veréis la jactancia con que se titula su autor, Esteban de Garibay, vecino de Mondragón, de la nación cántabra (...) Desgraciadamente esta tradición, en cuya defensa tanto empeño pusieron nuestros antepasados, es hoy tan insostenible como eso de que seamos vascos; serenamente juzgado, hay que reconocer que la escuela santanderina, representada por numerosos escritores, desde el P. Francisco de la Sota hasta Aureliano Fernández Guerra, a la que Llorente se había inclinado, ha dejado la cuestión definitivamente resuelta en nuestra contra.»
Sin embargo, sordo al conocimiento histórico y siguiendo la romántica costumbre de sus días, Sabino Arana aportó su granito al mito vascocantabrista escribiendo en 1888 un verso en el que volvía a utilizar a los indómitos cántabros prerromanos como timbre de gloria para el pueblo vasco:
«Ea, cántabros, despertad y abandonando presto el arado,
ea jóvenes y viejos empuñad el hacha y el venablo
Ved allá que vienen por la llanura a conquistar
nuestro pueblo los guerreros romanos vestidos todos de hierro.
Pretenden esclavizar nuestra libertad, trastocar nuestra
religión, ésos que veis nuestras leyes y costumbres arrasar.
Pero si Augusto se sienta en el solio de Roma, nuestro Dios
está en lo más alto de los cielos y contamos con su protección.
Si ellos vienen vestidos de hierro nosotros de acero tenemos los brazos;
si ellos son conquistadores nosotros somos amantes de la libertad.
Vamos allá, ¡guerra al extranjero! Nadie volverá sin victoria
pero morir allí, en el campo de batalla... eso sí... ¡Ea, a morir con gloria!
El que muriese en la Cruz, ése será feliz.
Ya están ahí: ¡Dios y fueros!... ¡Lancemos el grito de guerra!...»{17}
Hacia la II República y la Guerra Civil
Lejos de discusiones eruditas que a pocos interesaban, el nacionalismo vasco experimentó un rápido crecimiento que, en las tres décadas que separaron la muerte de su fundador de la proclamación de la república, le posibilitó representar un papel de gran importancia en los vertiginosos acontecimientos de aquellos años.
Durante las décadas comprendidas entre la invención del nacionalismo por Arana y la Segunda Guerra Mundial el eje sobre el que giró la argumentación nacionalista fue la raza, eje que, por razones obvias, sería sustituido posteriormente, llegando hasta nuestros días, por la lengua. En multitud de publicaciones nacionalistas, prenacionalistas, foralistas o eusquerófilas, llegaron a la categoría de obsesión las estadísticas e informaciones sobre todo tipo de hechos que pudiesen corroborar la superioridad racial y moral de los vascos. Porcentajes de matrimonios y separaciones, de alfabetizados, de reclusos; estaturas, pesos y pies planos de los quintos; volúmenes craneales, ángulos nasales, &c., fueron datos que los nacionalistas intentaron utilizar para probar sus afirmaciones sobre la europeidad de los vascos frente al mestizaje afroasiático que, según ellos, caracterizaría a los demás españoles. Algunas veces, sin embargo, los sostenedores de dichas tesis se llevaban algún susto. Éste fue el caso del anteriormente mencionado Biona, quien recogió una información de Le Courrier de Bayonne et de Pays Basque sobre un espectáculo de danza vasca celebrado en dicha ciudad francesa:
«El público experimentó la mayor satisfacción al ver ejecutar a estos jóvenes las danzas clásicas de la vieja Euskaria. Los más encantados entre toda aquella muchedumbre que contemplaba a los dantzaris eran unos soldados senegaleses que mostraban bulliciosamente su alegría cada vez que nuestros vascos ejecutaban el makil-dantza. Aguijoneado por la alegría de los senegaleses, uno de nuestros compatriotas les preguntó por qué aquella danza les causaba tan loco regocijo. Y uno de los senegaleses, señalando con el dedo a los dantzaris vascos, respondió:
—Nos gusta, nos gusta... lo mismo allá... nuestro país... Bougouni...
Este hijo del desierto exagera un poco, porque el talento coreográfico de los sudaneses no podrá compararse al de nuestros vascos, que son los más antiguos, los más ágiles, y los más elegantes dantzaris del mundo»{18}.
Uno de los más fervientes sostenedores de la europeidad vasca frente a la africanidad española fue Pantaleón Ramírez Olano, director del periódico Euzkadi,órgano oficial del PNV durante los años 30. Huido Ramírez al exilio recién acabada la guerra civil, escribió un libro titulado Los vascos no son españoles{19} en el que, entre otras muchas revelaciones sorprendentes, afirmó que las cántabras cuevas de Altamira, así como las francesas de Isturitz y la Mouthe, eran obra de vascos a pesar de lo que afirmasen los paleontólogos, quienes habían conspirado para arrebatar a los vascos la paternidad de dichas obras maestras del arte paleolítico:
«Sin duda se quiso evitar este peligro. Y así los franceses pudieron apropiarse la civilización de Isturitz mientras los españoles se mostraban orgullosos de «su» espléndida cultura Altamirense.»
Respecto al encuadramiento racial de vascos y españoles, el vasco Ramírez no pudo ser más claro:
«Por contraposición al vasco, europeo, el pueblo español es en su principal núcleo, africano.»
Éste era el motivo por el que, según Ramírez, la recién terminada guerra civil había sido, en realidad, «la última de las empresas lanzadas por el África contra las gentes europeas», pues la consecuencia de la entrada de las tropas franquistas en suelo vasco había sido que «la nacionalidad europea más occidental del Continente ha sido conquistada por el pueblo más septentrional del África intolerable y anárquica».
La africanidad de los españoles se evidenciaba por doquier, por ejemplo en su folclore. Y para ello no acudió a Andalucía en busca de muestras, sino que le bastó con echar un vistazo a las vecinas provincias de Cantabria y Asturias:
«(...) africanas las cadencias de las canciones populares de Castilla; africanas y sin duda alguna, las canciones montañesas y aún más las asturianas, sus casi gemelas, a pesar de Pelayo y sus pedradeos con los moros. Los guturales gorgogeos finales de estas últimas acusan el parentesco músico astur-andaluz-moro.»
Pero, elucubraciones pseudorraciológicas aparte, durante el primer tercio del siglo XX la enemistad de los menguantes foralistas y sus crecientes herederos bizkaitarras (nombre con el que se conocía más habitualmente a los nacionalistas de aquella época) hacia la vecina provincia no se disipó. En los colegios influidos por maestros de dichas ideologías se enseñaba a los niños canciones que exaltaban los fueros perdidos, el árbol de Guernica y otros elementos de la imaginería fuerista-nacionalista. Como demuestra esta canción, seguía vivo el recuerdo del antiforalismo de los santanderinos:
«El árbol de Guernica nunca se secará.
Si se secan las ramas, el tronco quedará.
Si se seca el tronco, sabremos qué hay que hacer:
¡Todos los bizkaitarras a pegar fuego a Santander!.»
Pero los acontecimientos bélicos iban a dirigir a los peneuvistas hacia la capital montañesa con un propósito bastante distinto: en junio de 1937, ante el avance del ejército franquista, miles de vascos, con el gobierno autónomo a la cabeza, se vieron obligados a refugiarse en la provincia vecina.
Uno de dichos refugiados fue Txomin Iakakortexarena, capellán del batallón peneuvista Araba, que había llegado a Santander junto con otros cincuenta sacerdotes nacionalistas. En sus memorias escritas durante los largos años de exilio describió el ambiente hostil que en dicha ciudad encontró hacia los nacionalistas vascos relacionándolo con la campaña antiforal de 1876:
«Siempre nos han tenido los santanderinos una gran inquina y ojeriza a los vascos, como cuando aparecieron todos sus perros con la inscripción en sus collares de ¡Abajo los fueros!, pero ahora, porque perdimos la guerra, nos consideraban como vendidos y traidores»{20}.
Efectivamente, el ambiente que encontraron los nacionalistas en su breve exilio santanderino –hasta la entrada de las tropas nacionales el 26 de agosto– no fue demasiado cordial. Por un lado, la población civil de una provincia notoriamente derechista –en las elecciones de febrero de 1936 las candidaturas de la derecha obtuvieron cinco diputados, frente a dos de la izquierda– no veía con buenos ojos a quienes acumulaban las categorías de separatistas y de aliados de los marxistas. Y, por otro, sus aliados izquierdistas desconfiaban de un partido que, además de ser notoriamente derechista y clerical, había representado tan mal papel en el frente vasco y sobre el que crecían las sospechas de entendimiento con el enemigo, como se confirmaría pocas semanas después al entregarse los batallones peneuvistas a los italianos en Santoña.
El gobierno vasco, con el lehendakari Aguirre al mando, fue instalado en un chalet en las cercanías de Cabo Mayor, lo que, al parecer, fue del desagrado de los peneuvistas por las razones que se verán a continuación.
Sus relaciones con las autoridades republicanas santanderinas fueron más que problemáticas. Posteriormente escribiría Aguirre un informe al Gobierno sobre lo acaecido en el frente Norte en el que señaló que «el recuerdo para los vascos de su estancia en Santander no tiene nada de agradable».
Manuel Azaña escribió en su diario el 19 de julio sobre la situación de los evacuados de Vizcaya, quienes habían sido aceptablemente acogidos en Asturias, pero no en Santander:
«Ni aun en estas circunstancias, las estúpidas rivalidades y celos provinciales ceden. Aguirre se queja de que el gobierno vasco, refugiado en Santander, padece vejaciones y desprecios. No sé bien si entre ellos se cuenta el hecho de que los hayan alojado en una casa próxima a una batería de la costa, lo que les ha valido ya algún bombardeo. Me refiere el caso, quizá para incluirlo en la lista de los desprecios, pero no lo aseguro.»
Entre dichos desprecios se encontraba el poco respeto que las autoridades republicanas santanderinas mostraban a quien reclamaba la categoría de jefe de gobierno. Aguirre se quejó a Prieto y Azaña por las «vejaciones impropias a mi jerarquía». En una ocasión tuvo que soportar en el aeródromo a unos policías que, a pesar de serles mostrados sus documentos, desconocieron su representación y mantuvieron detenido su avión. El consejero de Justicia, Leizaola, envió el 17 de julio un telegrama a su camarada Irujo, ministro de Justicia en el gabinete Prieto, quejándose de este trato:
«Cuando llegue ahí Presidente nuestro infórmate previamente falta toda consideración tenida con él y acompañantes por servicios autoridades Santander. Hecho quebranta deberes respeto y comunicación directa Euzkadi con República y honores nuestros como pueblo.»
Azaña también reflejó esta reclamación en sus memorias al relatar el informe de unos delegados socialistas sobre los acontecimientos del frente septentrional:
«Están indignados por la presunción, el despego, la insolidaridad de los nacionalistas vascos y del Gobierno (...) Refieren cosas pintorescas nacidas de la vanidad pueril y de primerizo de los gobernantes vascos, en punto a honores, guardias y otras ostentaciones (Recuerdo para mí que Aguirre, entre sus quejas contra los santanderinos, me dijo que no le habían rendido honores).»
Pero no quedaron ahí los problemas con sus aliados izquierdistas, sino que el enfrentamiento incluso llegó al asesinato. Varios peneuvistas aparecieron muertos a balazos en las cunetas y arrojados por el acantilado de Cabo Mayor, junto a otros muchos paseados derechistas locales. De ello fue testigo el general Gamir Ulibarri, comandante en jefe de las tropas republicanas de la zona Norte, quien pudo ver en persona varios de estos cadáveres, como informó el 15 de julio al Ministro de Defensa, Indalecio Prieto:
«(...) los execrables paseos que continúan y que pude apreciar viendo los cadáveres en el mar el día que estuve en Cabo Mayor dirigiendo la operación combinada de baterías, submarinos y aviones para la entrada del Habana
El 12 de julio Aguirre escribió una extensa carta a Negrín en la que resumía así su experiencia en Santander:
«Desde que nuestra población y el Gobierno se encuentran en Santander, a las desgracias sufridas ha habido que agregar la vejación experimentada por nuestro pueblo, que se ha visto ultrajado por toda clase de injurias y persecuciones, que han culminado en el asesinato de numerosos compatriotas nuestros, amparado por personas que ejercen funciones de autoridad en Santander.»
Explicó Gamir a Indalecio Prieto la insistencia de los peneuvistas en salir de esta ciudad. Los motivos eran varios: en primer lugar, el sordo enfrentamiento entre los supuestos aliados, pues, según Gamir, los peneuvistas no eran bien vistos en Santander, «donde impera el españolismo ante todo,» y donde, además, era muy activa «la quinta columna, abundantísima en esta plaza y provincia». Por otro lado, Gamir señaló la sospecha de «la masa leal y republicanísima que aquí afortunadamente existe» sobre una posible traición de los peneuvistas, lo que podría conducir a, en sus palabras, «un acto de fuerza contra los vascos».
El lehendakari y los suyos no dejaron de insistir en su deseo de partir hacia otro frente, preferentemente hacia Huesca con el fin de lanzar los batallones nacionalistas contra Navarra –«Sí. No es que tengamos el designio político de dominarla nosotros... Pero ha sido desleal a la causa vasca. El ir sobre ella entusiasmaría a nuestra gente...», explicó Aguirre a Azaña–, o hacia la Cataluña de Companys, «de posición espiritual distinta a la de Santander», según el mismo Aguirre.
Cantabria es Euskadi
Paradójicamente, a pesar de la enemistad hacia una provincia evidentemente hostil a los planteamientos del separatismo vasco, no han sido pocos los autores nacionalistas que han dado rienda suelta a su imaginación e incluido la provincia de Cantabria –o buena parte de ella– en la Euskalerria irredenta. Éste fue el caso, por ejemplo, de Bernardo Estornés Lasa, autor de un clásico de la historiografía peneuvista: Historia del País Basko, publicado en 1933. Consideraba Estornés que aproximadamente la mitad oriental de las actuales provincias de Cantabria y Burgos ya pertenecían a Euskadi en el siglo X, si bien a la sazón se encontraban «bajo dominación castellana».
Historia del País Basko, Ed. vasca, Zarauz 1933
Bernardo Estornés Lasa, «Mapa de Euskadi a mediados del siglo X»
(Historia del País Basko, Ed. vasca, Zarauz 1933)
Algunos años después, en 1938, con la victoria franquista ya inminente, varios representantes de Esquerra Republicana y del PNV –el hermanísimo Luis Arana y Manuel de Irujo entre ellos– propusieron a los gobiernos británico y francés, a cambio de la ayuda militar y política para obtener la independencia, la creación de unas repúblicas vasca y catalano-aragonesa como protectorados de Gran Bretaña y Francia respectivamente. Las dos repúblicas serían limítrofes, pues Navarra y Aragón desaparecerían, anexionadas por aquéllas. Así explicó Luis Arana su propuesta:
«Conseguiría también para sí misma Inglaterra la posesión de la vía terrestre más corta de acceso al Mediterráneo comenzando en el Golfo de Bizkaya en Bilbao y terminando a los 400 kms. aproximadamente, en línea recta, en un puerto que a Inglaterra conviniera en el Mar Mediterráneo próximo a las Islas baleares. Su colaboradora Francia conseguiría por este hecho para sí misma con su protección a esa república latina catalano-aragonesa la supresión de toda una extensísima frontera pirenaica peligrosa y adversa para ella con una España probablemente adicta a Italia y Alemania.»
Tres años más tarde, en 1941, la situación había cambiado notablemente. La guerra española había concluido con la victoria del bando alzado, los nacionalistas vascos y catalanes se encontraban desperdigados por Europa y América, y los ejércitos del III Reich avanzaban en todos los frentes. Los gobiernos vasco y catalán en el exilio, convencidos de que España no tardaría en alinearse con el Eje y confiados en la victoria final de los aliados, movían sus peones ante el Foreign Office en busca de apoyo para cuando Franco hubiese sido derrocado. Los peneuvistas, con Irujo al frente, redactaron una Constitución de la República Vasca cuyo artículo 5º declaraba territorio propio a Navarra, La Rioja, medio Aragón y media Cantabria:
«El territorio vasco es el integrante del histórico Reino de Navarra, dividido en las regiones de Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Rioja, Moncayo, Alto Ebro, Montaña y Alto Aragón. Sus límites son: al Norte, los Pirineos y el Golfo de Vizcaya; al este, el río Gállego; al Sur, el Ebro hasta Gallur y la divisoria de aguas entre las cuencas del Ebro y del Duero a partir del Moncayo en toda la extensión de ambas vertientes, y al Oeste, el cabo de Ajo.»
Este proyecto no tuvo oportunidad de cuajar porque España no entró en la guerra –salvo el envío de voluntarios de la División Azul– y no fue atacada por los aliados en 1945, contra la esperanza que alimentaron los vencidos de 1939, por lo que el régimen franquista se afianzó internacionalmente gracias a su amistad con los Estados Unidos durante la guerra fría.
Pasaron los años, y Federico Krutwig Sagredo, uno de los ideólogos nacionalistas más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, publicó en 1962 su obra capital: Vasconia, estudio dialéctico de una nacionalidad,{21} libro clave en el nacimiento de la izquierda nacionalista y el nacionalismo burgues etarra. En él reclamó para la Euskalerria del futuro –según criterios lingüísticos, históricos, dinásticos, toponímicos y étnicos absolutamente insostenibles– nada menos que de Burdeos a Toulouse y de Santander a Lérida. Dentro del territorio vizcaíno incluyó buena parte de las actuales provincias de Burgos y Cantabria; por lo que se refiere a esta última, toda su mitad oriental, con el Ebro, el Pas y la bahía santanderina como límites occidentales. En su enumeración de los territorios vascos explicó así la anexión de estas tierras a Vizcaya:
«Vizcaya, a la que incorporamos las regiones vizcaínas de Cuatro Villas (Montaña) y Villarcayo, hoy en día anexionadas por las provincias de Santander y Burgos.»
Además de la curiosa afirmación de que las mencionadas fuesen tierras vascas anexionadas por dichas provincias, Krutwig llegó a afirmar que los habitantes de la mitad oriental de Cantabria, desde Reinosa y Pedreña hasta Castro Urdiales, son conscientes de su condición de vascos:
«Este territorio correspondió a Navarra y, más tarde, a Vizcaya. El sentimiento de formar parte de la nación vascona ha estado y sigue estando en muchas partes de este país muy vivo, especialmente en la zona de Castro Urdiales, que está más ligada a Bilbao que a Santander. En épocas en que Santander capital era tan importante como Bilbao o quizá más, la capital montañesa sentía intensa fobia hacia la capital vizcaína, situándose entre los más furibundos antivascos. Éste era un hecho lamentable, tanto más por cuanto que ambas regiones estuvieron más hermanadas que otras muchas. Hoy, a causa del auge tomado por Bilbao con el que Santander no puede rivalizar, ha desaparecido asimismo tal antipatía, e incluso fuera de las disputas locales, cualquier habitante de esta región dirá en el extranjero que es de Bilbao, o vasco.»
La nueva Vizcaya quedaría dividida del siguiente modo:
«Vizcaya deberá ser dividida en tres federaciones, las de la Tierra Llana, la del Gran Bilbao y, por último, las Encartaciones (con la Montaña).»
En cuanto a esta última, la explicación de Krutwig incluye hasta la nueva toponimia:
«La tercera federación es la de las Encartaciones, con Valmaseda por capital. A ella se le unirán los territorios de la Montaña (Kantauria) y de la provincia de Burgos (Barduria) que correspondieron a Vizcaya y en los que rigió derecho vizcaíno. Las poblaciones mayores en esta zona serán Castro Urdiales (Urdialitz) y Reinosa (Larrainotza), ambas en Cantabria pero que correspondieron a las Cinco Villas vizcaínas.»
Todo esto fue reflejado por Krutwig en un célebre mapa representando la futura Gran Vasconia, articulada, para mejor comprensión del lector, según «las fronteras y límites de la administración colonial actual»:
Mapa de Vasconia según Federico Krutwig
Mapa de Vasconia según Federico Krutwig
Esta ensoñación no quedó limitada a Federico Krutwig, sino que sigue siendo sostenida por ilustres autores peneuvistas de la actualidad. Por ejemplo, el vasco-francés Jean-Luis Davant ha reproducido el mapa krutwigiano en la última edición de su Histoire du peuple basque.{22}
En 1979 el clásico de Krutwig –publicado en 1962 en el extranjero por razones obvias– fue reeditado en España. La edición fue comentada por algunos periódicos locales de las provincias afectadas, como Huesca y Cantabria, lo cual levantó algún revuelo.
Precisamente aquel año, durante el cual empezaban a discutirse los futuros estatutos de autonomía vasco y catalán, las propuestas anexionistas sobre varias localidades del oriente cántabro fueron numerosas. En el artículo 8º del apartado 2º del proyecto de Estatuto Vasco que en breve iba a ser negociado con el gobierno de Adolfo Suárez se preveía la agregación a la naciente Comunidad Autónoma Vasca de Treviño, enclave burgalés en la provincia de Álava, y Villaverde de Trucíos, enclave cántabro en la de Vizcaya. Tanto los representantes provinciales como los municipales rechazaron unánimemente las intenciones peneuvistas y elevaron sus protestas al gobierno de la nación.
Por aquellas mismas semanas (1 de junio de 1979) Herri Batasuna presentó una moción en el vecino ayuntamiento de Baracaldo pidiendo la retirada de la bandera española, la presencia en solitario de la ikurriña y la integración de Treviño y Castro Urdiales en el País Vasco. La moción fue rechazada por el pleno del consistorio vizcaíno pero levantó ampollas en la provincia limítrofe. La prensa cántabra se hizo eco de la polémica propuesta, especialmente la castreña. En La Ilustración de Castro se publicaron varios artículos comentando los acontecimientos de Baracaldo, explicando la historia de la localidad («Si no estuviéramos ya curados de espantos de las apetencias vascas hacia nuestra tierra, sería como para tomar a chirigota esa nueva pirueta vasca respecto a trozos entrañables de la Montaña, que siempre han constituido parte integrante de Cantabria y que siempre serán Cantabria: en este caso concreto –como en anteriores ocasiones ha sido Laredo, por ejemplo–, refiriéndonos a Castro»),{23} o comparando Castro con Navarra («Salvando las distancias, parece que hoy Castro es a Santander lo que Navarra es a España: dos apetencias del Euskadi independentista»).{24} Todos los grupos políticos representados en el ayuntamiento castreño rechazaron tajantemente la iniciativa en su pleno del 9 de junio, en el que se proclamó la pertenencia de Castro Urdiales a la provincia de Santander, su desinterés por ser anexionada por otra región, su deseo de seguir siendo parte de la provincia de Santander, su rechazo a cualquier intromisión externa y su condena al imperialismo nacionalista vasco. Unos días después, el 17 de junio, La Ilustración de Castro terciaba en la polémica:
«No sabemos en este momento si nuestro Ayuntamiento ha pensado expresar su protesta o su queja o su indudable derecho a pedir el necesario respeto a nuestra definida idiosincrasia colmada de afanes españolistas. Pero al menos, un grupo respetable de castreños cursó el mismo día de la aparición en la prensa de este singular esperpento territorial, un telegrama al Ayuntamiento de Baracaldo concebido en los siguientes términos: «Protestamos expansionismo imperialismo vasco. Iros a la mierda».
Nacionalismo vasco y regionalismo cántabro
En los años finales del régimen franquista, cuando el debate sobre la descentralización comenzaba a generalizarse como parte del proceso de democratización que todo el mundo sabía inevitable una vez que hubiera desaparecido el gobernante y principal sostén de un régimen que hacía ya mucho que había dejado de creer en sí mismo, surgió entre algunos dirigentes provinciales de la cornisa cantábrica la idea de crear una mancomunidad, de carácter económico mucho más que político, que englobase a varias provincias –Oviedo, Santander, Vizcaya y Guipúzcoa– con el fin de gestionar en común diversos servicios que pudieran interesar por igual a todas ellas a causa de su situación geográfica y su actividad económica. Entre los promotores de esta idea se encontraron los montañeses Modesto Piñeiro y Leandro Valle, presidente y vicepresidente de la Diputación Provincial de Santander, Augusto Unceta Barrenechea, presidente de la de Vizcaya, y Juan María Araluce Villar, presidente de la de Guipúzcoa.
Los motivos del fracaso de este proyecto fueron varios. En primer lugar, los presidentes vizcaíno y guipuzcoano fueron asesinados por ETA en los primeros meses de la transición. En segundo, los nuevos gobernantes autonómicos peneuvistas dieron inmediato carpetazo al asunto, pues no tuvieron, por razones ideológicas que no hace falta explicar, el menor interés en crear entidad regional alguna en unión con Cantabria y Asturias, y sí con Álava y Navarra. Y el tercer motivo fue el rechazo que la idea provocó entre los ciudadanos montañeses a la primera noticia que se tuvo de ella. Ello ocurrió el 13 de mayo de 1976 con motivo de un debate celebrado en el Ateneo de Santander entre varias personalidades del mundo de la política y la cultura como Fernando María Pereda, procurador en Cortes; Fernando Barreda, presidente del Centro de Estudios Montañeses; Leandro Valle, vicepresidente de la Diputación; Carlos Monje, alcalde de Torrelavega; Manuel Pereda de la Reguera, presidente del Ateneo; y Miguel Ángel Revilla, economista y dirigente del por entonces incipiente regionalismo cántabro. A este último correspondió la tarea de lanzar al auditorio allí presente la idea, algo modificada, de crear una región que englobara, junto a la provincia de Cantabria, las de Burgos, Logroño y las tres vascas, provocando un fenomenal alboroto que convenció a los promotores de tan peculiar iniciativa preautonómica de la necesidad de olvidarse de ella para siempre.
Aparte de esta efímera iniciativa, totalmente desconocida hoy entre otros motivos por no haber podido pasar en su día ni del estado de esbozo, por aquellos mismos años de la transición y la construcción del Estado de las Autonomías el nacionalismo vasco representaría un papel de no poca importancia en el desarrollo del incipiente regionalismo cántabro, hasta entonces inexistente, y en la creación de la Comunidad Autónoma de Cantabria. Porque, aunque hoy sea un dato también muy poco conocido, el Partido Regionalista de Cantabria contó con el apoyo y la colaboración del PNV por aquel entonces liderado por Carlos Garaicoechea. Su presidente Miguel Ángel Revilla compartió mítines con el PNV y otros partidos nacionalistas, como el del País Valenciá y el canario, y pidió el voto para los partidos regionalistas y nacionalistas de cualquier región.{25} Por su parte, Garaicoechea prometió el apoyo del PNV a la autonomía de Cantabria en un momento en el que no estaba aún claro el camino que habría de seguir la por entonces aún provincia de Santander, que se debatía entre la creación de una comunidad autónoma uniprovincial y su permanencia en Castilla. Además, el PNV fue el partido que gestionó en las Cortes las enmiendas estatutarias en nombre del PRC.
Pasaron los años y el expansionismo nacionalista pareció haber quedado aletargado. Sin embargo, periódicamente se reavivan las reclamaciones territoriales a Cantabria y Burgos. Por ejemplo, el artículo 2.2 del por el momento hibernado Plan Ibarretxe intenta de nuevo lo no logrado en 1979 y establece los mecanismos para que Treviño y Villaverde puedan incorporarse a la Comunidad Autónoma Vasca, lo que ha vuelto a generar la lógica polémica. Y en octubre de 2007 ANV, la por el momento última marca electoral de ETA-Batasuna, aprobó durante su congreso celebrado en Baracaldo una ponencia que contemplaba la anexión al País Vasco –para ser exactos, a un futuro Estado bautizado como República de Navarra– de Castro Urdiales, Treviño y Miranda de Ebro, definidos como «antiguos territorios navarros que han de tener el derecho, sin ningún tipo de presión de los Estados u otros poderes, de decidir si quieren volver a unir su futuro al del conjunto de la Nación Vasca». Se añadía que había que trabajar para impulsar «la revasquización de las zonas desgajadas».
Y hogaño como antaño, siglo y cuarto después de aquellos tiempos en los que muchos vascos hubieron de encontrar en tierras montañesas refugio de la violencia que ensangrentaba su hogar, hoy son también muchos miles los vascos que han debido abandonar su tierra natal para acogerse en la vecina Cantabria y así huir de la violencia y de la sociedad irrespirable que ha conseguido construir la eficaz pinza conformada por el Partido Nacionalista Vasco en el poder y sus socios del Terrorismo Nacionalista Vasco en la calle.
Notas
{1} Texto base de la intervención del autor en los IV Encuentros en el Lugar que, con el título de “Fueros y Nación política”, fueron celebrados en Carrascosa de la Sierra (Cuenca) entre los días 1 y 2 de marzo de 2008. Este texto aparecerá además como uno de los capítulos del libro «Escritos a contracorriente» de Jesús Laínz y que publicará la Ed. Encuentro en septiembre de este año.
{2} Archivo General de Simancas, Secretaría y Superintendencia de Hacienda, legs. 917 y 918; V. Palacio Atard, El comercio de Castilla y el puerto de Santander en el siglo XVIII, Madrid, CSIC, 1960.
{3} M. Estrada Sánchez, Provincias y Diputaciones. La construcción de la Cantabria contemporánea (1799-1833), Univ. de Cantabria 2006, p. 184.
{4} Sobre el mítico origen del Señorío de Vizcaya y la batalla de Arrigorriaga, vid.: J. Juaristi, «Los mitos de origen en la génesis de las identidades nacionales. La batalla de Arrigorriaga y el surgimiento del particularismo vasco (ss. XIV-XVI)»,Studia historica-Historia contemporánea, vol. XII, 1994, pp. 191-228; J. Laínz,Adiós, España. Verdad y mentira de los nacionalismos, Ed. Encuentro, Madrid 2004, pp. 99-109.
{5} Pi y Margall, Las nacionalidades, lib. I, cap. X.
{6} B. de Estella, Historia vasca, Ed. Izaro, Bilbao 1977, p. 305.
{7} I. Anasagasti, «1876 - 21 de julio - 2006»:
http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/2006/07/1876_21_de_juli.html
{8} S. Arana, «Errores catalanistas», Bizkaitarra, nº 16, 31 de octubre de 1894.
{9} S. Arana, «Hipocresía y egoísmo», Bizkaitarra, nº 5, 29 de enero de 1894.
{10} S. Arana, «Errores catalanistas», Bizkaitarra, nº 16, 31 de octubre de 1894.
{11} G. de Biona, «Las hazañas de un vizcaíno», Euskalerriaren Alde, nº 58, mayo de 1913, p. 296.
{12} S. Arana, «La bandera fenicia», Bizkaitarra, nº 31, 28 de julio de 1895.
{13} E. Flórez, La Cantabria. Disertación sobre el sitio y extensión que en tiempos de los romanos tuvo la región de los cántabros, Madrid 1768.
{14} Vid. J. Juaristi, El linaje de Aitor, Ed. Taurus, Madrid, 1998.
{15} J. Caro Baroja, Ser o no ser vasco, Ed. Espasa, Madrid 1998, p. 319.
{16} E. J. de Labayru y Goicoechea, Historia general del Señorío de Vizcaya, lib. I, cap. VI.
{17} Sobre el vascocantabrismo, vid.: J. Laínz, Adiós, España. Verdad y mentira de los nacionalismos, Ed. Encuentro, Madrid 2004, 2ª edición, pp. 134-142 y 234-237.
{18} G. de Biona, «El makil-dantza en el Senegal», Euskalerriaren Alde, nº 218-219, febrero-marzo de 1922, p. 81.
{19} P. Ramírez Olano, Los vascos no son españoles, Ed. Gudari, 1939.
{20} T. Iakakortexarena, Dos ideales en la vida, Seminario Vitoria-Gasteiz 1993, pp. 228 y ss.
{21} F. Sarrailh de Iharza (F. Krutwig), Vasconia, estudio dialéctico de una nacionalidad, Ed. Norbait, Buenos Aires 1962, pp. 103-104, 117 y 316.
{22} J.-L. Davant, Histoire du peuple basque, Ed. Elkarlanean, San Sebastián, 2000.
{23} J. L. Casado Soto, «Castro Urdiales fue y es montañés», La Ilustración de Castro, 17 de junio de 1979.
{24} J. Castro, «Castro: la Navarra cántabra», La Ilustración de Castro, 16 de septiembre de 1979.
{25} Hoja del lunes, 3 de marzo de 1980.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ojo con eso q publicáis porque es de Jesús laínz q es un fascista de tomo y lomo (y por cierto bastante anticántabro, de los de la Gran Castilla, por supuesto de derechas)