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10 noviembre 2016

Ganó Trump, ganó la América profunda, ganó el “agente de Putin”… perdieron “ellos”, los poderosos, los globalistas. Análisis

Un aire fresco recorre el mundo, una oportunidad para la paz y una patada en la entrepierna a los poderes financieros, a los medios de comunicación amamantados en el fondo de reptiles de esos poderes, a los “analistas” y opinadores, a los políticamente correctos, a los belicistas, a la progresía a los cipayos, a los cobardes,…
El republicano Donald Trump ha conmocionado a medio Estados Unidos y al mundo entero al derrotar a la corrupta criminal Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Trump, un populista con un discurso antisistema, será el próximo presidente de Estados Unidos. Con el apoyo masivo de los estadounidenses blancos descontentos con las élites políticas y económicas, e inquietos por cambios demográficos acelerados, Trump, acusado de ser un “agente de Vladímir Putin” que amaga con reformular las alianzas internacionales de EE UU, rompió los pronósticos de los sondeos y logró la victoria, nadie como Trump supo entender el hartazgo con el establishment, con el que se identificaba a Clinton. La ola populista global ha llegado a la Casa Blanca. “Los hombres y mujeres olvidados de nuestro país ya no será olvidados”, dijo Trump en su discurso de la victoria, en Nueva York.
De norte a sur, de este a oeste, en Estados que votaron al presidente demócrata, Barack Obama, en 2008 y 2012, y en Estados republicanos, del tsunami de Trump, una combinación de voto rural y voto obrero blanco, barrió con las estrategias sofisticadas de la campaña demócrata y anuló el efecto del voto latino y de las minorías por Clinton.
Tras la jornada electoral que se ha celebrado este 8 de noviembre, el republicano ha recibido más de 270 votos frente al 218 de su rival del Partido Demócrata, Hillary Clinton.
A medida que llegaban los resultados en los Estados clave y Trump sumaba victoria tras victoria, se disparaba el desconcierto de los especialistas en sondeos, de los estrategas demócratas, los mercados financieros y las cancillerías occidentales. La victoria en Florida, Estado que el presidente Barack Obama, demócrata como Clinton, ganó dos veces, abrió la vía para la victoria de un magnate inmobiliario y estrella de la telerrealidad que ha sacudido los cimientos de la política tradicional. Trump ganó después en Carolina del Norte, en Ohio y Pensilvania, entre otros Estados que Clinton necesitaba para ganar.
Trump ha demostrado que un hombre prácticamente solo, contra todo y contra todos, y sin depender de donantes multimillonarios, es capaz de llegar a la sala de mandos del poder mundial. A partir del 20 de enero, allí tendrá al alcance de la mano la maleta con los códigos nucleares y controlará las fuerzas armadas más letales de planeta, además de disponer de un púlpito único para dirigirse su país y marcar la agenda mundial.
El republicano ha desmentido a todos los que desde hacía medio año pronosticaban su derrota. Ha derrotado a los Clinton, la familia más poderosa de la política estadounidense en las últimas tres décadas, si se exceptúa a otra familia, los republicanos Bush, que también se oponían a él. Se enfrentó al aparato de su propio partido, a los medios de comunicación, a Wall Street, a las grandes capitales europeas y latinoamericanas y a las organizaciones internacionales como la OTAN.
Su mérito consistió en entender el malestar de los estadounidenses víctimas del vendaval de la globalización, las clases medias que no han dejado de perder poder adquisitivo en las últimas décadas, los que han visto cómo la Gran Recesión paralizaba el ascensor social, los que asisten desconcertados a los cambios demográficos y sociales en un país cuyas élites políticas y económicas les ignoran. Los blancos de clase trabajadora —una minoría antiguamente demócrata que compite con otras minorías como los latinos o los negros pero que carece de un estatus social de víctima— han encontrado en Trump al hombre providencial.
El golpe se dirige a las élites estadounidenses y globales. Y es una prueba de que tiempos de incertidumbre son el caldo de cultivo idóneo para los líderes  con los sensores para identificar los temores de la sociedad y con un mensaje simplificador que identifique al enemigo interno y externo.
Los interminables escándalos de Clinton lastraron su candidatura. Pocos políticos se identificaban tanto con las élites como ella. A fin de cuentas, es la esposa de un presidente y EE UU, una república fundada contra las dinastías, ya tuvo suficiente con los presidentes Bush padre e hijo.

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