01 noviembre 2016

Indigenismo, indianismo, el buen salvaje I

En el indigenismo se fusionan el relativismo cultural y el mito del buen salvaje. La posición de la cultura oficial blanca con respecto a los indios pasó por diversos avatares. Hubo una boga efímera de indigenismo en la primera etapa de las guerras de la independencia
americana, como un arma más en la polémica contra la colonización española, y también para lograr la adhesión de los indios a los ejércitos criollos.

   De este indigenismo revolucionario quedó alguna estrofa tipo canción de protesta, luego censurada en el himno nacional argentino–“...se conmueven del Inca las tumbas...”–, o la extravagante propuesta de coronar a un príncipe inca, lo cual nunca fue tomado en serio. Uno de los pocos actos concretos como la liberación de los tributos a los indios en el Alto Perú, sólo consiguió arrojar a las altas clases criollas a las filas contrarrevolucionarias.
Los indigenistas reivindican las sucesivas rebeliones indígenas desde el siglo XVI, y sobre todo las del siglo XVIII, como precursoras de la revolución emancipadora. Pero el fin de todos estos movimientos irredentistas era restaurar el orden precolonial y no crear uno nuevo. 

Tal las conjuraciones de 1564 en el sur del Perú y de 1739 en Oruro que se proponían el entronizamiento de sobrevivientes incas, o el levantamiento de 1740 del Cusco cuando el cacique Túpac Amaru quiso hacer valer su linaje aristocrático Inca y reivindicar el nacionalismo quechua, o el de 1742, encabezado por Atahualpa, o el de los comuneros de Nueva Granada de 1761, cuyo objetivo en ninguno de los casos fue la independencia de los españoles. El caso de la rebelión aimará de Túpac Katarí en La Paz, en 1782, fue netamente racista; no solamente atacó a los criollos sino también a los mestizos y aun a los quechuas, en un intento de aimarización, de retorno al estado preincaico. A Túpac Katarí se atribuye
la frase: “Volveré y seré millones”, que los peronistas endosan a Eva Perón.

 Estas sublevaciones podían asaltar cuarteles y guarniciones, destituir autoridades locales y hasta tomar transitoriamente el poder en algunos pueblos, pero eran incapaces de mantenerlo. Como todas las rebeliones que no podían presentar un modelo de sociedad
más avanzado, como las rebeliones de los esclavos en la Antigüedad, o las guerras de los campesinos alemanes del siglo XVI, los alzamientos indígenas del siglo XVIII estaban inevitablemente destinados al fracaso. El movimiento de independencia iba en sentido contrario al de las rebeliones indígenas. Sus dirigentes más avanzados se proponían superar la etapa colonial, no para volver al pasado precolonial sino para alcanzar el nivel de las sociedades europeas más adelantadas de la época, profundizando todavía más el abismo con las sociedades indígenas. Los indios, por el contrario, sólo podían ver con temor la instauración de este nuevo orden económico social que los arrancaba de las comunidades agrarias primitivas allí donde aún existían.

 Mientras la monarquía española protegía estas comunidades indígenas y mantenía el statu quo para lograr la sumisión del indio, la revolución emancipadora y luego la república destruían la tenencia colectiva de la tierra por los indios, medida imprescindible para desarrollar el capitalismo, modo de producción más avanzado que el comunitarismo primitivo indígena. En 1824 un decreto de Bolívar imponía la propiedad privada de la tierra disolviendo aceleradamente las comunas indígenas. Pocos fueron, por lo tanto, los indios que adhirieron voluntarianiente a los ejércitos criollos –los mexicanos son la excepción– y aun muchos formaron parte de las filas españolas en Perú, Bolivia y Guatemala. Todavía, los descendientes de los indios quichés en Guatemala se niegan a
festejar la independencia nacional, pues consideran que es una fiesta de sus opresores, los ladinos. Algo muy distinto ocurrió con los negros, quienes sin ningún régimen anterior que reivindicar estaban más integrados a la sociedad criolla y jugaron un papel importante
en las guerras.
A este primer intento frustrado de arrastrar a los indios a la causa de los criollos siguió una segunda etapa, donde los acuerdos y la utilización política de las tribus se alternaban con la persecución y el exterminio.
 Los indios, por su parte, se acostumbraron a la total falta de lealtad, colaboraban con las tropas o las traicionaban según las circunstancias. Los caciques ponían sus tribus al servicio de uno u otro caudillo indiferentes a la fracción política. El ejército de López en sus campañas de Buenos Aires y Córdoba estaba formado por contingentes de indios que eran excitados, como dice José María nPaz en sus Memorias: “Por las propensiones al robo, el asesinato y la violoncia”.
El cacique araucano Calfucurá estuvo al servicio de la dictadura de Rosas y por encargo de éste masacraba a otras tribus insumisas.
Tanto Calfucurá como Catriel formaron en las filas del ejército rosista en Caseros y se pasaron al vencedor al día siguiente. Catriel era un agente doble, avisaba a los jefes de frontera cuando se organizaba un malón pero si éste tenía éxito, le tocaba parte del botín.

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