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12 enero 2017

La invasión árabe en la peninsula

La religión y la cultura musulmanas, así como la estructura tribal árabe, son tan diferentes de nosotros que nos cuesta encajarlas en nuestra civilización y cosmovisón. Los arabistas de finales del siglo XIX comenzaron una interpretación que convertía a los andalusíes en españoles, idénticos racialmente a los cristianos astures, leoneses, catalanes o navarros; sólo les diferenciaba la religión. De esta manera, la belleza y la genialidad de al-Andalus eran obra, no de unos Omeya sirios ni del islam, sino de otros españoles. La identidad común entre españoles cristianos y musulmanes, proseguía esta teoría, era tal que conducía a las alianzas cambiantes entre unos y otros y, de la misma manera, al combate unido contra las invasiones africanas de almohades, almorávides y benimerines. Por eso, se hablaba de "España islámica" o "España musulmana".

Batalla de Guadalete | Museo del Prado

el que conoce la casta universitaria, explica tan llamativa interpretación "quizá en parte motivada por el deseo de conceder más prestigio a la propia disciplina".
La teoría de nacionalizar a los andalusíes tenía también consecuencias políticas. El embajador británico Samuel Hoare se quedó asombrado al reunirse por primera vez con el ministro español de Asuntos Exteriores Juan Luis Beigbeder, que había desempeñado altos cargos en Marruecos, y encontrar en su mesa un precioso Corán y decirle éste que los españoles y los marroquíes eran de la misma raza. El franquismo quería usar la supuesta identidad racial y la proximidad cultural para justificar el intervencionismo en el norte de África. El general Franco había anunciado (Diario Vasco, 31-XII-1938) semanas antes del fin de la guerra que quería establecer en Córdoba:
...una Universidad de Estudios Superiores Orientales, donde los estudiantes musulmanes hallen ocasión de investigar acerca de antiguos esplendores de su civilización, utilizando para ello los documentos de todo orden que España conserva.
Una vez ordenado por la ONU el aislamiento del régimen franquista, la herencia musulmana se convirtió en la tradicional amistad hispano-árabe, a fin de encontrar aliados frente al bloque comunista y las democracias liberales. El primer jefe de Estado después de la guerra que visitó a Franco fue el rey Abdalá de Jordania en 1949.
A esta veterana teoría se unió la de Américo Castro, que sostenía que lo español nació de la mezcla de lo cristiano, lo musulmán y lo judío, y sostenía la convivencia pacífica de las tres culturas. Castro, que sólo era filólogo (no historiador ni antropólogo ni jurista), fue refutado por Claudio Sánchez Albornoz en una famosa polémica. Los posteriores descubrimientos han quitado la razón a Castro: el hispanista Henri Lapeyre, recuerda Serafín Fanjul, demostró que en el reino de Valencia, donde más moriscos había, el comercio, la industria urbana y el regadío estaban controlados por cristianos viejos.
A pesar de las pruebas, el mito de las Tres Culturas sobrevive readaptado a los nuevos tiempos. De ellos es ejemplo el libro La joya del mundo: musulmanes, judíos y cristianos, y la cultura de la tolerancia en al-Andalus, en el que su autora, la profesora de literatura de Harvard María Rosa Menocal, no utiliza ni una sola vez las palabras "conquista" y "reconquista".
Pero hay una teoría todavía más delirante: la de que no hubo árabes en España.




A finales de los 60, un intelectual vasco, Ignacio Olagüe, publicó en francés un libro infumable Les arabes n´ont jamais envahi l´Espagne (1969) que se publicó en español, merced a una beca de la ...Fundación Juan March, como La revolución islámica en España (1974). Su tesis es que era imposible que los árabes llegaran cabalgando desde Arabia hasta España debido a una crisis climática que llevó el desierto hasta la costa del norte de África y mucho menos que cruzaran el estrecho de Gibraltar, pues carecían tanto de barcos como de facultades para el arte de navegar (en 655 el califa Otmán había enviado una flota contra Constantinopla); y, de todas maneras, unos pocos miles de guerreros no podían someter un inmenso territorio poblado por millones de personas en un solo lustro cuando a los romanos les había costado la conquista de la Península dos siglos.
Lo que había ocurrido es que el "genio de Oriente" (resumido por Olagüe en "la independencia de juicio") había arraigado en el pueblo por medio de la religión arriana traída por los visigodos; el catolicismo romano no era más que una superestructura impuesta por las élites episcopales y godas sobre un pueblo arriano. Una crisis política y social había conducido en el siglo VIII al derrumbe de una ideología y un poder cuasi coloniales y a la lenta conversión de los hispanos al islam, que habían conocido a través de predicadores. Los cristianos unitarios (los arrianos creían que Dios había creado a Cristo y al Espíritu Santo) habían repudiado el cristianismo trinitario (en alusión a la Trinidad): "El ambiente popular opuesto a la minoría trinitaria se iba enfureciendo".
La revolución islámica consistió en que los hispanos y godos unitarios adoptaron la religión musulmana por un fenómeno de pseudomórfosis,concepto que Olagüe toma del nazbol Oswald Spengler, y elaboraron una civilización única y maravillosa: la andaluza, ya que el autor no usa el término andalusí. Olagüe incluso habla de "la cultura andaluza de Marruecos". La primera invasión que para Olagüe merece tal nombre fue la de los almorávides, a finales del siglo XI.

Andalucistas y conversos

En su momento, el libro fue desmontado por varios estudiosos, tanto en su tesis como en la manipulación y el desconocimiento de las fuentes; pero su supervivencia se debió, de nuevo, a motivos políticos. Primero, lo adoptaron los nacionalistas andaluces, que para negar lo español recurren a considerarse descendientes de una cultura andalusí de cromo (el fundador del andalucismo, el notario Blas Infante, se convirtió al islam) y de un pueblo masacrado por los bárbaros cristianos castellanos. Y después lo acogieron los conversos españoles al islam. El principal vate de al-Andalus, Antonio Gala, lo ha fusilado sin citarlo; igualmente inspira a Juan Goytisolo, autor de Reivindicación del conde Don Julián. La última reedición de La revolución islámica en España la hizo la editorial de Manuel Pimentel, ex ministro de José María Aznar.


El profesor Alejandro García Sanjuán ha dedicado un libro a desmontar de nuevo a Olagüe y a sus reivindicadores: La conquista islámica de la península ibérica y la tergiversación del pasado.
El revival de Olagüe lo atribuye García Sanjuán a que ofrece una explicación de la presencia de al-Andalus de la que ha eliminado la violencia de la conquista islámica y, también, la aplicada por el poder andalusí sobre los cristianos (que fueron la mayoría de la población de al-Andalus hasta mediados del siglo X) y el resto de la sociedad. Entre las citas que se hallan en el volumen de Olagüe, una de las más asombrosas es ésta: "En la primera parte del siglo IX existe en Córdoba una minoría cristiana importante. Practicaba su culto con total libertad".
La realidad es que los Omeya gobernaron sobre una población fragmentada por raza (hispanos, sirios, bereberes, eslavos, hebreos…) y religión (musulmanes, cristianos, conversos al islam, judíos), donde abundaban las rebeliones por discriminación racial, religiosa o familiar (dentro del clan Omeya).

Ataque a la base católica de lo español

Desde luego, la instrumentalización de Olagüe (y su copia sin citarlo) sorprende cuando se sabe que, además del pecado de la falta de seriedad, está manchado por otro casi imperdonable: su vinculación con el fascismo. Olagüe, que tuvo amistad con Ramiro Ledesma Ramos, fundador de las Juntas de Ofensiva Nacionalsindicalista (JONS), y el extravagante Ernesto Giménez Caballero. Su principal obra, La decadencia de España, se la dedicó a Ledesma Ramos. Pese a semejante currículo, es promovido y elogiado por intelectuales de izquierda, nacionalistas andaluces y conversos al islam. Curioso, ¿no?
En mi opinión, las interpretaciones sobre el éxito actual de Olagüe están incompletas si no se parte de que su obra constituye un ataque al catolicismo como elemento básico de lo español, uno de los mantras antifranquistas que ha quedado como paradigma central en la izquierda progre. El resumen de La revolución islámica en España es que el catolicismo era una religión ajena a España, repudiada por los españoles (fueran éstos quienes fuesen) y que sólo ha triunfado por la fuerza; y semejantes conclusiones las readaptan sus prosélitos o los prosélitos de sus prosélitos. El académico y director de PRISA Juan Luis Cebrián reprocha a la Reconquista y las Cruzadas haber privado a los mediterráneos (pasamos de andaluces y andalusíes a mediterráneos) de una cultura tolerante.
Sin las Cruzadas y la Inquisición, sin la insidiosa (sic) Reconquista ibérica, podríamos -¿quién sabe?- haber asistido al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista.
La ideología del presente puede conducir a sus seguidores a absurdos como negar lo evidente del pasado: los árabes conquistaron España y el hombre pisó la Luna. Pero si la universidad se niega a hablar de Reconquista (la expresión académicamente correcta ahora es "la expansión al sur de los reinos cristianos") y, además, a quienes mencionan la "invasión musulmana" o califican ésta de "catástrofe" los desautoriza como "parte del discurso historiográfico del españolismo nacionalcatólico" (García Sanjuán) está abonando el campo para que surjan más negadores de la realidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El cristianismo se impuso en la peninsula a finales del siglo IV, no sin persecucion de la herejia, y el islam llegó hacia el 700 y, asi que hablar de reconquista me parece caer en esencialismo. El termino reconquista es muy posterior.