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02 enero 2017

Marx contra Mahoma

Hoy día, izquierdistas indefinidos de muchos países, particularmente europeos, se juntan en manifestaciones antijudías y antinorteamericanas con mahometanos de todo pelaje, siguiendo la máxima de Viacheslav Molotiv, ministro de la fenecida Unión Soviética, que rezaba «Todos los caminos conducen al comunismo». Además de demostrarse como falsa (por si no se han enterado, la URSS ya no existe), resulta curioso ver cómo el izquierdismo (no lo olvidemos, enfermedad infantil del comunismo, tal y como lo calificó Lenin en un famoso escrito que estos mentecatos jamás han leído), se alía con el Islam frente a Israel, frente a Estados Unidos y, también, frente a España. Pero la izquierda comunista, empezando por sus, al menos, padrinos filosóficos, Carlos Marx y Federico Engels, siempre que pudieron declararon su antiislamismo. Es el caso de los escritos de Marx sobre la Guerra de Crimea, conflicto bélico que se dio entre 1853 y 1856, que enfrentó por una parte al Imperio Ruso y por otra al Imperio Británico, al Segundo Imperio Francés, al Reino de Piamonte-Cerdeña (posteriormente parte de Italia) y al Imperio Otomano, gran Estado imperial islámico del momento, en cuyos dominios se encontraba buena parte de Europa (los Balcanes, Grecia) y La Meca, la ciudad santa del culto sarraceno. Tras su desmembramiento en 1919, de sus cenizas nació la actual Turquía, gracias a la labor revolucionaria burguesa de Mustafá Kemal, «Ataturk», probablemente el más importante revolucionario liberal del mundo oriental.

Como decíamos, y según las citas que de Marx y Engels se recogen en sus escritos, titulados «La Cuestión Oriental»  ya el creador del Materialismo Histórico, la última gran muestra del racionalismo occidental  no puede evitar mostrar su total repulsa por el credo del falso profeta Mahoma:

«El Corán y la legislación islámica que emana de él reducen la geografía y la etnografía de los pueblos a la distinción, convenientemente simple, de [...] Fiel e Infiel. El Infiel es harby, es decir, el enemigo. El islamismo proscribe [...] a los Infieles, y postula un estado de hostilidad permanente entre el musulmán y el no creyente.»

Estaba claro que esto era absoluta y totalmente contrario a los intereses marxistas de la lucha de clases, ya que creaba un corporativismo similar al fascista en el sentido de unir a los individuos, independientemente de su origen clasista, en una totalidad homogénea y sin fisuras fuera de la cual no había «salvación». Por ello, para Marx, la única posibilidad de expandir la conciencia de clase al mundo musulmán pasaba por la propia destrucción del Islam:

«Si se pudiese abolir su sometimiento al Corán por medio de la emancipación civil, se cancelaría, al mismo tiempo, su sometimiento al clero y se produciría una revolución en las relaciones sociales, políticas y religiosas...»

En el Islam sunnita no hay clero tal y como se conoce en el mundo cristiano (no así en el Islam chiíta), pero sí hay grupos organizados de sabios islámicos que actúan como tal clero, o al menos como guías de masas en lo que concierne a la ley de Mahoma. Por lo tanto, la observación de Marx es más que perentoria, ya que esos sabios son enemigos de la clase obrera, y por tanto, la lucha no sólo habría de darse frente a los ricos que, gracias al Zakat (limosna, uno de los cinco preceptos obligatorios que ha de cumplir todo musulmán), que posibilita la permanencia perenne de ricos y pobres por la gracia de Dios (Alá), sino contra los mismos ideólogos que justifican el Estado de cosas estacionario del mundo mahometano.

Y lo que es más, y lo que podría chocar más a las mentes poco consistentes de los izquierdistas indefinidos del presente, promahometanos hasta límites que rozan el esnobismo racista más propio del colonialismo anglosajón, es que Marx llegó a elogiar la labor que el imperialismo europeo acometió en el mundo moro, en tanto que llevador de la civilización grecolatina y, por tanto, del progreso capitalista (el cual jamás negó Marx) en las tierras de la Sharía:

«En tanto que el Corán trata a todos los foráneos como enemigos, nadie se atreverá a presentarse en un país islámico sin haber tomado precauciones. Los primeros mercaderes europeos [...] que se arriesgaron a comerciar con semejante gente se esforzaron en asegurarse un tratamiento excepcional y unos privilegios que en un primer momento fueron personales, pero que acabaron extendiéndose a todos sus connacionales. He aquí el origen de las capitulaciones.»

Sin embargo, Marx no tenía grandes esperanzas puestas en el mundo musulmán a la hora de su emancipación socialista o comunista:

«Ciertamente, tarde o temprano se planteará la necesidad absoluta de liberar a una de las mejores partes de este continente del gobierno de la turba, ante la cual el populacho de la Roma imperial parecería una reunión de sabios y héroes.»

Más claro imposible: Marx es la total antítesis de la Alianza de Civilizaciones, del relativismo cultural y del apaciguamiento propio de la socialdemocracia occidental y de sus correlatos antisistema (no revolucionario), porque el Materialismo Histórico de Marx sólo podía haber nacido en el mundo occidental, un mundo con una tradición filosófica y política particular, que nace en Platón y Aristóteles y que continuó hasta él mismo y que hoy sobrevive, mal que bien, en el mundo de influencia grecorromana.

Sin embargo, y sobre todo tras la constitución de la Segunda Internacional (la socialdemócrata), no faltaron los socialdemócratas que vieron posible un acercamiento entre marxismo e Islam, si bien sólo a efectos prácticos y para una posterior emancipación de los mahometanos bajo el abrigo del socialismo. Es el caso del tártaro Hanafi Muzzafar, musulmán de la Segunda Internacional, que declaraba, frente al nacionalismo:

«El Islam es internacional y sólo reconoce la hermandad y unidad de todas las naciones bajo su bandera. El pueblo musulmán se unirá al comunismo porque, como el comunismo, el Islam rechaza el nacionalismo estrecho.»

Pero este internacionalismo islámico siempre fue religioso, y es más, en el Islam la nación es sustituída por la Umma, la comunidad islámica, la única para ellos viable, ante la cual todas las demás, incluída la sociedad socialista o comunista, constituye una herejía. Esto Marx jamás lo hubiese aceptado, así como su contemporáneo y amigo, Federico Engels, el cual tenía muy claro (también cita recogida en el libro de Laqueur) a qué se dedicaba el gobierno islámico:

«El gobierno en el Este siempre ha tenido solamente tres departamentos: Finanzas —es decir, robar a las gentes del país—, Guerra —es decir, robar a las gentes del país y de otros lugares— y Obras Públicas —preocupación por la reproducción—.»

O lo que es lo mismo: la explotación y la opresión bajo la sumisión a un ser que no existe llamado Alá.

Esta lucha entre marxistas y musulmanes tuvo su representación más característica durante la Revolución Rusa comunista de octubre de 1917 y su posterior Guerra Civil (1918-1922) entre Ejército Rojo y Ejército Blanco (contubernio de zaristas, liberales y socialdemócratas anticomunistas). En aquellos años, Mir Saíd Sultán Galiev, musulmán miembro del Partido Socialdemócrata de Rusia, posteriormente del Partido Comunista de la Unión Soviética, protegido de Stalin durante su mandato como Comisario del Pueblo de las Nacionalidades, que le nombró titular de asuntos islámicos del Partido, no tardó en derivar (degenerar, en lenguaje soviético de la época) de su internacionalismo proletario marxista a la defensa de un movimiento panislámico socialista internacional, sentando las bases del izquierdismo indefinido promoro actual, si bien claramente musulmán y no simplemente exótico como el presente. Sultán Galieb llegó a afirmar en 1918:

«Todos los pueblos islámicos colonizados son pueblos proletarios, y como casi todas las clases en la sociedad islámica han sido oprimidas por los colonialistas, todas tienen derecho a ser llamadas "proletarias".»

Esta simpleza argumental, que no pasaría de la mera retórica en lo que a la emancipación proletaria en las sociedades islámicas se refiere, se tornó peligrosa para la revolución bolchevique en el momento en que Galiev quiso formar un gran ejército islámico-comunista con sujetos del sur del Imperio Ruso (la zona del Turkestán, hoy día independiente y separada en cinco grandes Estados: Kazajistán, Turkmenistán, Tadyikistán, Kirguizistán y Uzbekistán). Todavía con Lenin en el gobierno, en 1923 Mir Saíd Sultán Galieb fue fusilado por órdenes de Stalin, su antiguo protector, una vez visto el peligro que esto suponía para el poder soviético ya instaurado y la degeneración demencial que sus postulados religiosos suponían en el seno de una izquierda comunista atea, racionalista y materialista. Hoy día, algunos grupos musulmanes reivindican la figura de Sultán Galiev, e incluso algún no musulmán pero sí promoro, como el nacionalbolchevique (una forma de derecha no alineada extravagante fascista) español-francés Jorge Verstrynge, reivindica su figura como precursos del, en palabras de Verstrynge, islamomarxismo. Verstrynge es de esos autodenominados «comunistas» que creen posible la conformación de una conjunción entre marxismo e Islam frente al imperialismo capitalista generador estadounidense (el Islam Revolucionario, expresión debida al terrorista venezolano «Carlos», ex-comunista convertido al Islam, reivindicado también por Verstrynge, preso en Francia y cuya liberación pide el presidente Hugo Chávez). Pero nosotros sabemos la fusión entre marxismo e Islam es tan imposible como la fusión entre agua y aceite.

El «marxismo» actual es patético porque no lee a Marx. Sólo se coloca camisetas del Ché (y pañuelos palestinos) como el que se pone una cruz (o un jiyab) para demostrar al mundo su pureza ideológica. Algo tan despreciable como ridículo, que exige como respuesta la conformación de una nueva ideología revolucionaria definida que acabe no ya sólo con el imperialismo capitalista, sino también con este izquierdismo trasnochado de herencia socialdemócrata y que, además, plante cara al Islam como enemigo no ya de la revolución, sino de la misma racionalidad.

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