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23 febrero 2017

PCE vs PSUS I

El panorama político catalán era substancialmente diferente del resto del estado español por diferentes motivos. En primer lugar, las organizaciones marxistas se caracterizaban por su fragmentación y su reducido número de militantes, a diferencia de lo que sucedía en el resto de España con el PCE y, especialmente, con el PSOE. En segundo lugar, las organizaciones marxistas
habían integrado mayoritariamente la cuestión nacional catalana. En tercer lugar, Cataluña disponía de un sistema de partidos específico, con la hegemonía de Izquierda Republicana de Cataluña (ERC), un partido liberal de izquierdas, que tenía la colaboración de la socialista Unión Socialista de
Cataluña (USC) en las tareas del Gobierno autonómico catalán. Y, en cuarto lugar, Cataluña era el único escenario europeo con hegemonía anarquista en las filas del movimiento obrero, a través de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Federación Anarquista Ibérica (FAI).

Esta especificidad explicaba que en Cataluña existiesen cinco formaciones políticas marxistas en mayo de 1936, tres en el ámbito comunista y dos en el socialista. El POUM era el primero de ellos. Se trataba de una formación surgida como resultado de la fusión del Bloque Obrero y Campesino (BOC) e Izquierda Comunista en septiembre de 1935, cuya apuesta era la creación de un partido comunista leninista de ámbito estatal, distanciado del socialismo reformista y del comunismo estalinista. El espacio comunista se completaba con otras dos formaciones. El PCC era la filial catalana del PCE, aunque sus relaciones no habían sido especialmente fluidas, se identificaba con la URSS y apostaba por el modelo estalinista. El Partido Catalán Proletario (PCP) era la última formación comunista. Había nacido con la denominación de Partido Proletario en 1932, adoptó su
denominación actual en 1934, se identificaba con la URSS como patria del socialismo y defendía posturas catalanistas. Mientras tanto, el espacio socialista contaba con dos partidos. La USC había sido fundada en 1923, se había erigido en la formación marxista con mayor número de militantes en
Cataluña, vivía una cierta radicalización ideológica y apostaba por un discurso fuertemente nacionalista. Mientras tanto, la Federación Catalana del PSOE (FC del PSOE) era la filial catalana del PSOE, tenía entre sus filas una importante presencia del sector largocaballerista y manifestaba escasas simpatías por la cuestión nacional catalana.

Sin embargo, a pesar de la fragmentación del espacio político marxista catalán y las incompatibilidades personales y políticas de una buena parte de sus dirigentes, existía una dinámica favorable a la unificación marxista en Cataluña. El nacimiento del POUM había sido una buena muestra de ello. Las cuatro organizaciones restantes percibían la creación del partido unificado
como la mejor apuesta para crear una alternativa auténtica a la hegemonía anarcosindicalista en el movimiento obrero y para combatir sólidamente el avance del fascismo, especialmente tras la fracasada revolución de octubre de 1934 y sus negativas consecuencias para la izquierda catalana. Pero también como una necesidad para no quedar aisladas en el ámbito marxista tras el nacimiento del POUM. Éste último se disputaba la esfera del movimiento comunista en el conjunto de España, se autocalificaba como legítimo heredero del movimiento comunista leninista y como una fuerza
antiestalinista1.

 La IC, y por derivación el PCE, no había detectado que su existencia dejaba la familia marxista catalana con cuatro formaciones que estaban condenadas a fusionarse si no querían acabar en el más duro y negro ostracismo político. El marco creado con el VII Congreso de la IC acababa de conferir inevitabilidad y legitimidad al proceso de fusión catalán, ya que le otorgaba la legitimidad del referente internacional.
En conclusión, el proceso de unificación marxista en Cataluña se encontraba en un estadio más avanzado que en el resto del estado español cuando Hernández se entrevistó con Dimitrov y Losovsky. No obstante, la organización internacionalista no era consciente de la especificidad que se
vivía en Cataluña respecto a esta cuestión y, por ello, no ejercía un control directo sobre esta dinámica. Los miembros del PCC no dejaban de ser percibidos como un pequeño reducto de militantes, filial regional de su único y legítimo interlocutor en el estado español, el PCE. En otras palabras, la situación catalana era considerada una cuestión totalmente regional. El organismo internacional no concebía ningún operativo en Cataluña al margen del control del PCE o que no formase parte del proceso global español de creación del Partido Único del Proletariado. Y Hernández acababa de afirmar que el proceso general español estaba relativamente estancado.
Pero si la IC y su sección española hubiesen tenido presentes todos esos factores, la evolución de los sucesos posteriores en Cataluña les hubiera resultado previsible y nada sorprendente. Los contactos entre los cuatro partidos marxistas catalanes se habían acelerado. El Comité de Enlace formado por la USC, la FC del PSOE, el PCP y el PCC se constituía en marzo de 1936. El Congreso de la USC y la Conferencia Nacional del PCC ratificaban el proceso de unificación de las cuatro formaciones. Dos meses después el secretario general de la FC del PSOE, Rafael Vidiella, apostaba públicamente por la unificación. El 23 de junio de 1936 el Comité de Enlace de los cuatro partidos llegaba a un acuerdo completo sobre las bases del nuevo partido y redactaba el documento fundacional del Partido Único del Proletariado. El 3 de julio se publicaba el primer número del órgano de prensa del citado comité, Justícia Social-Octubre.

21 febrero 2017

La victimización del movimiento feminista

Un acercamiento a las posiciones críticas con el feminismo establecido desde la documentación y el análisis de la producción científica.
Ana LEÓN MEJÍA
(IESA-CSIC, Córdoba)

En esta investigación vamos a aproximarnos a un nuevo fenómeno: el feminismo disidente. Esta corriente de pensamiento ha sacudido a la opinión pública estadounidense con las críticas lanzadas contra el pensamiento feminista.

Las feministas norteamericanas tienen un enemigo añadido a su consabida lucha contra la sociedad patriarcal y, esta vez, no se trata de ningún tipo de crimen contra la mujer, ni de una escalada de violencia de género. Este nuevo adversario no es otro que el trabajo de un grupo de feministas norteamericanas y académicas, que acusan al movimiento por la liberación de las mujeres de haberse convertido en un movimiento de victimización.

Estas feministas disidentes muestran su desacuerdo con el feminismo establecido por haber traicionado la causa de las mujeres en su manipulación de la realidad. Señalan que muchas de sus investigaciones carecen de rigor científico y están imbuidas y demasiado contaminadas por la ideología feminista. Afirman que estas deficiencias de calidad se trasladan a los estudios de mujer de las universidades, cuyos contenidos están limitados por la censura de la corrección política feminista (Patai, 2003). Culpan al feminismo de haber creado un estado de alerta y crispación con la extensión de la definición de los conceptos de acoso y agresión sexual más allá del propio sentido común (Patai, 2003; Paglia, 2001; 1994; Sommers, 1994). Le atribuyen también, estar promoviendo una nueva guerra de sexos que parecía enterrada y superada por el cine en sus géneros de ficción y comedia. Esta vez, el odio parece unilateral: del hombre a la mujer; las cargas morales están reducidas a dos papeles, el del verdugo (el hombre) y la victima (la mujer). Las consecuencias parecen ser el constante estado de temor y rencor de las mujeres y el desconcierto y la culpabilidad de los hombres.

Esta situación tan extrema comienza a ser achacada a la denominada ideología del género. Las feministas de la disidencia han roto un silencio contenido, con críticas que arremeten contra conceptos transversales del feminismo: la sociedad patriarcal, la dominación masculina, la violencia de género, etc. No tienen miedo en apuntar con su dedo hacia alguna de las teóricas más ilustradas y conocidas en el panorama no sólo nacional sino también mundial: Naomy Wolf, Susan Faludi, Gloria Steinem, Catherine McKinnon, Andrea Dworkin, Marilyn French, Shulamith Firestone, y una larga lista de mujeres que son de obligada referencia en cualquier curso feminista o de estudios de género.

Estas intelectuales intrépidas han reaccionado contra el mainstream feminista, en el nombre del espíritu libertario de los setenta y de una revolución sexual engullida por los fantasmas de fenómenos como las violaciones en las citas. Están preocupadas sobre todo por la pérdida de legitimidad de un movimiento que se encuentra sumido en una grave crisis de percepción por parte de la población femenina. Ésta no se considera feminista ni quiere ser identificada con las mismas, aunque sí tenga interiorizados los valores del feminismo y disfrute de los logros conseguidos por este movimiento.

Es una realidad que llama a todas luces la atención de cualquier mente inquieta y que hemos pretendido recoger en este trabajo.

El feminismo disidente:

 https://lasdisidentes.files.wordpress.com/2012/06/feminismo-disidente.pdf

Blog y entrevista:

 http://lasdisidentes.com/2013/11/10/el-feminismo-ha-ido-demasiado-lejos/#more-3079

Los neofeminismos y la ideología dominante. Igualdad y diferencia.

Por Mariola García Pedrajas

En la larga noche ideológica que ha vivido (¿vive?) la izquierda occidental, aparentemente la única que se tragó aquello del fin de las ideologías y en su inmensa mayoría renunció a continuar con su propia batalla de las ideas, aquellos que promovieron tal idea, la del fin de las ideologías, han seguido por el contrario muy ocupados intentando crear tanto consenso como sea posible en torno a las opiniones que favorecen los intereses que representan. Como ninguna izquierda de peso se dedicaba a seguir construyendo una senda propia y al final por algún sitio hay que transitar, digan lo que digan no hay práctica sin teoría, la izquierda lleva tiempo andando alegremente por senda ajena. Es esta la senda construida con mimo por el propio sistema desde sus think tanks, fundamentalmente los que se trabajan el ala izquierda con la intención de asegurarse que no existan espacios desde los que se cuestione lo principal, el propio sistema capitalista. Uno de los temas en los que parecen haber conseguido crear un nivel importante de consenso en torno a unas posiciones que son perfectamente compatibles con la explotación capitalista es el de la lucha por la igualdad de la mujer.

En los tiempos de la lucha contra la segregación racial en EEUU los racistas se inventaron aquello de “iguales pero separados”, decían no oponerse a la igualdad de derechos entre negros y blancos pero señalaban que eran mundos distintos y había que luchar por la igualdad pero manteniendo esos dos mundos en su estado natural que era el de la separación. El sistema se ha inventado, y promueve constantemente, un supuesto feminismo basado en una argumentación similar, sólo que dando un pasito más allá y actuando en buena lógica de publicidad empresarial, y así surgió el “mejores pero separadas”. Evidentemente si quieres que las mujeres te compren el producto, sin preguntarse qué hay debajo del envoltorio, que mejor táctica que hacerles la pelota. Y lo cierto es que el “mejores pero separadas” le funciona de maravilla al sistema en todos los sentidos, es eso de lo que tanto les gusta hablar a los anglosajones, una situación win-win. Por un lado es una argumentación que los hombres en la izquierda que quieren pasar por defensores de la igualdad sin complicarse para nada son raudos en adoptar. No tienen empacho alguno en proclamar que las mujeres somos más mejores, más listas y más todo, y como se supone que el análisis de las desigualdades y la organización de la lucha en este tema recae enteramente en las mujeres, ya que ellos no pueden entenderlo, pues tan ricamente y a otra cosa mariposa. En cuanto a las mujeres, acostumbradas a discriminaciones y desigualdades pues la idea de que somos mejores debería reconfortarnos, ¿verdad? ¡Para qué queremos más! Vamos, todo un éxito publicitario en la izquierda. Lo que me desanima es que en tiempos del muy racista “iguales pero separados” había todo un movimiento, con su batalla de las ideas, que exponía con claridad como el “separados” llevaba implícita la desigualdad pero, ¿qué movimientos hay ahora que hagan la misma tarea y expongan las trampas del “separadas” (aunque mejores por supuesto)?

A mí ya de entrada en este argumento de que “somos mejores” y “lo hacemos mejor” hay algo que desde siempre me ha chirriado mucho y me resulta de los menos igualitario. ¿Solo se nos deben dar las mismas oportunidades que a los hombres porque se supone que lo vamos a hacer mejor? ¿Y si resulta que en conjunto lo hacemos igual, de bien o de mal? ¿Entonces no? A ver si me explico, yo no creo que deba tener las mismas oportunidades de contribuir con mis capacidades que un hombre porque piense que lo voy a hacer mejor que un hombre sino aunque al final lo acabe haciendo tan rematadamente mal como lo hacen la mayoría de los hombres, esa es la igualdad y esas son las muchas limitaciones del ser humano. Pero no esperen que desde los laboratorios de pensamiento del propio sistema se haga ningún tipo de análisis crítico de sus neofeminismos. Poco les importa si lo que promueven lleva o no implícita la semilla de la desigualdad, ya que el objetivo último que se persigue no es promover una sociedad más igualitaria sino restringir la lucha por la igualdad de la mujer a aquellos aspectos que sean perfectamente compatibles con el sistema capitalista.

Siento este el verdadero objetivo, se fomenta mucho el asociar la idea de lucha por la igualdad con la de que haya mujeres que alcancen lo que se considera el éxito dentro de la sociedad capitalista. Se fomenta apoyar cualquier “logro” de una mujer. Hace no mucho tiempo me di de bruces con un documental en el que estaban analizando la promoción de modelos entre las jóvenes de hoy que las lleva a estar obsesionadas con el físico. Se analizaba la cosificación de la mujer en la sociedad sexista, todo muy bien y muy interesante y una postura que compartía. A continuación las autoras del documental pasaron a exponer qué tipo de mujeres consideraban que serían los modelos adecuados a promover entre las jóvenes. Afirmaban que debían ser mujeres cuyos “éxitos” no estuvieran relacionados con el físico, ¡ como Hillary Clinton y Condoleezza Rice! Yo creo que no debemos ser muy duros con las mujeres de Libia si no muestran un entusiasmo exagerado ante el “modelo” Hillary Clinton. Esa gran mujer que tras la destrucción de Libia y el asesinato de Gadafi exclamó como un Julio Cesar cualquiera, aún embargada por la emoción ante tan resonante triunfo imperial, “Vinimos, vimos y él murió”. Tampoco debemos enfadarnoss mucho si la emoción que expresan las mujeres iraquíes ante el “modelo” Condoleezza Rice es igualmente limitada, a cientos de miles de ellas los suyos, los de la Rice, le trajeron la misma igualdad que paz traen, la de los cementerios. El sistema capitalista y el imperialismo soportan perfectamente a una mujer en puestos importantes de gestión, si no que se lo digan a Margaret Thatcher o Angela Merkel. No solo lo soportan perfectamente sino que hasta le encuentra utilidad, mientras la explotación no hace sino intensificarse se promueve la idea de que las mujeres en occidente cada vez “estamos más cerca” “fíjate hasta donde podemos llegar”. Vamos, más o menos como argumentar en su día que en una plantación de esclavos se estaba avanzando en la igualdad racial porque un negro había sido ascendido al importante puesto de supervisar los latigazos a los esclavos díscolos, mientras que en otras plantaciones ese importante cargo lo seguía ocupando un blanco.

Dirán que muchas mujeres de la izquierda adeptas al “mejores pero separadas” no llegarán al extremo de las autores de este documental estadounidense de presentar como modelos a las Hillary Clinton y Condoleezza Rice de este mundo. Probablemente no, aunque la posición de las feministas eurocéntricas que se consideran de izquierdas no desagradaría en lo más mínimo a las Hillary Clinton de este mundo. Pero ese es otro tema que me propongo analizar en otro artículo, como al ser un feminismo promovido por las clases dominantes es fácil de utilizar por éstas para disfrazar la lucha por sus intereses, interna y externamente, de progreso, y el papel de tonto útil que tan bien hace la izquierda en todo esto. Aquí lo que quería discutir es otro asunto, que aunque no se llegue a esos extremos, el enfoque más común que se le da a la lucha por la igualdad desde la izquierda no difiere sustancialmente del de dicho documental. Si se dan una vuelta por los medios de comunicación de la progresía, los exponentes de la visión de esta “nueva” izquierda de los ciudadanos y la gente, se encontrarán constantes referencias a cuestiones como que el número de mujeres en los consejos de administración de las empresas es muy inferior al de hombres. Este es el marco en el que suelen encuadrar la lucha por la igualdad.

Veamos un ejemplo concreto, la información sobre el hecho de que en el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) el porcentaje de cargos ocupados por mujeres es muy inferior al de hombres, que apareció en todos los medios de este tipo. Hay que ver en los bretes que nos mete el dichoso sistema capitalista. No es que yo me oponga a que en un organismo público de investigación se luche para que las mujeres puedan acceder a cargos de responsabilidad igual que los hombres, ¡faltaría más! Pero lo cierto es que esta guerra sigue sin ser mi guerra, porque no cuestiona para nada lo que yo considero crítico desde un punto de vista de clase trabajadora, ¿al servicio de qué intereses está la investigación científica? Es triste que luchemos por ocupar cargos y relevancia para ponernos al servicio de que, cada vez más, poderosos intereses económicos privados, por ejemplo de las multinacionales de la agroindustria o de las empresas farmacéuticas, sean los que moldeen la investigación científica, y además promover la idea de que esta venta a intereses privados es “transferir los beneficios de nuestro trabajo como investigadores a la sociedad”. Lo cierto es que la preselección que el sistema hace de las mujeres no es distinta a la que hace de los hombres, las visiones críticas que se admiten son las que no vayan a ninguna cuestión fundamental. Esto es algo que funciona bien, otra situación win-win, la persona puede verse a sí misma como crítica pero tiene perfectamente asimilados los límites de esa crítica, y el sistema sabe que está seguro. En honor a la verdad, el debate del que yo hablo ni siquiera existe, la actitud general es que la investigación científica es buena por naturaleza y está siempre al servicio de la “sociedad” (no nos aclaran si anónima o limitada) ¿qué más análisis hay que hacer? No es necesario afinar mucho con la preselección. Lo dicho, esta no es mi guerra, y como el tiempo y las capacidades de una persona (hasta de las mujeres, aunque seamos mejores…) son limitadas, no es algo a lo que vaya a dedicar mi esfuerzo ni mi tiempo libre. A decir verdad esta información también apareció en los medios de la derecha ilustrada, es perfectamente degustable para los paladares más exquisitos del sistema capitalista, y es más, el enfoque que le da El Diario no se diferencia en nada del que le da El Mundo. Por supuesto en estos temas existe aún una enorme resistencia dentro de los sectores más tradicionales de la derecha. Pero eso tampoco es malo, también es utilizable, ante esto qué tenemos que hacer sino unirnos todas contra esa panda de retrógrados y luchar juntas…. ¿para qué haya el mismo número de mujeres que de hombres en los consejos de administración de los bancos?

Me dirán que lo que digo no es cierto y que en esos medios de comunicación y ambientes que menciono también hay una preocupación por la mujer de clase trabajadora. Pues en primer lugar no les veo yo mucha tendencia a hablar de mujeres de clase trabajadora sino de “las mujeres que sufren la crisis”, y qué decir de lo que promocionan como grandes logros, básicamente la implementación de alguna política asistencial. Antes de que vengan los y las cortoplacistas a echarme la bronca de que las mujeres que sufren la crisis necesitan una solución ya, pretendiendo con eso que a mí no me importa las situaciones reales de “emergencia social” que se viven, les diré que esas políticas asistenciales pueden venir a paliar situaciones concretas, de la misma manera que las llevan paliando años organizaciones como Cáritas, no pretendan que es más que eso. Les diré más, estoy convencida que la izquierda revolucionaria tiene que “majarse la cabeza” buscando formas de actuar en su entorno social, pero nuestras posibilidades de acabar ya con el sufrimiento de nuestra clase son nulas, no caigamos en el absurdo de ante esa imposibilidad unirnos al coro de los que la engañan. En definitiva, que el lenguaje que usan es simplemente el de las políticas asistenciales y una hipotética recuperación de un hipotético estado del bienestar, presentado cada vez más como retórica que como convencimiento de que tal cosa sea posible, enfrentados a la crudísima realidad que nos muestra Grecia. No hay en esto visión alguna de la mujer de clase trabajador como una igual en lucha. Si me dicen que esto tiene algo que ver con las luchas de las mujeres de clase trabajadora contra su explotación, hemos pues de considerar a la iglesia católica una campeona de dichas luchas a través de organizaciones como Cáritas.

Como nada surge de la nada y, aviso a cortoplacistas extremos, crear opinión lleva tiempo, la batalla para crear un amplio consenso en torno a una visión feminista que pudiera aparentar progreso en las cuestiones de igualdad pero compatible en todo punto con el sistema capitalista, como todas las demás, no la empezaron ayer. Mi primera exposición a unas ideas en la que ya se observaba la orientación de lo que acabaría siendo la visión dominante fue hace ya más de 20 años, a través primero de una estadounidense y después de una inglesa, que se presentaron a sí mismas como “feministas militantes”. Es lógico que las ideas promovidas por las élites capitalistas aparezcan primero en el centro mismo del capitalismo, EEUU, y tengan su primera zona de influencia en el mundo anglosajón. Básicamente la idea central que avanzaban los planteamientos de estas mujeres, que tanto chocaron con mi concepto de la búsqueda de una sociedad igualitaria, era que existe un universo femenino y un universo masculino, prácticamente sin puntos de contacto, y sin entendimiento posible. La estadounidense insistía mucho en que había habido un feminismo “erróneo” que lo que había hecho era presionar a la mujer para que entrara en el “universo masculino”. No es que ella se opusiera a que las mujeres tuvieran las mismas oportunidades de “éxito”, muy al contrario, era una firme defensora de que las mujeres se organizaran para ocupar su espacio, pero eso no significaba en absoluto que tuvieran que integrarse en el “universo masculino”, decía. Ya me dirán si este planteamiento no es idéntico al de “iguales pero separados” de los defensores de la segregación racial. La inglesa era más dada a centrarse en afirmaciones como que el comportamiento masculino era producto de su genética y por lo tanto nunca se iban a implicar en las cosas que se implicaban las mujeres, hablaba por ejemplo del cuidado de los hijos. Cuando miro atrás me doy cuenta que la promoción de estas ideas, a las que me vi expuesta por primera vez a través de estas mujeres, fue muy importante para la aparición del esa visión ya tan extendida del “mejores pero separadas”.

Curiosamente, los principales defensores de la segregación racial eran los racistas blancos, aquí me encontraba como abanderadas de la segregación por sexos a la parte discriminada, las mujeres. Esto quizás se entienda si se tiene en cuenta que en la lucha contra la segregación racial y por los derechos civiles había mucho de movimiento de base, y aún se entendía que la lucha tenía mucho de lucha económica. Muchos de los negros implicados luchaban por los derechos de su propia clase explotada. En lo que quedó la cosa al final ya es otro cantar. En el feminismo de la desigualdad “mejores pero separadas” la voz cantante la llevan casi exclusivamente mujeres de las capas altas e intermedias buscando su hueco en el sistema capitalista. A las mujeres de clase trabajadora se les reserva un papel subordinado como ya he dicho, sus intereses tienen poco peso, a no ser que se considere que hablar de políticas asistenciales es luchar por los intereses de las mujeres de clase trabajadora. A ese segmento de mujeres cuyos intereses son los que priman no fue difícil convencerlas de que la segregación por sexos va a su favor. Realmente no les estorba, es más bien algo que pueden usar a su favor constituyéndose en grupos de presión dentro del sistema, y aunque suelen generar antagonismos y resentimientos en hombres que compiten por el mismo hueco, en general el sistema capitalista lo soporta bastante bien y la sangre no suele llegar al río. Así la bola echa a rodar, y luego las demás nos vamos subiendo al carro pensando que esa lucha es nuestra lucha como mujeres, y le acabamos haciendo los coros y las palmas, y creando consenso en torno a un feminismo que en ningún momento trata a la mujer de clase trabajadora como igual, eso sería imposible ya que no cuestiona lo más mínimo la explotación capitalista.

Me dirán que solo hablo “en negativo”, pues voy a hablar ahora algo también “en positivo”, aunque en mi defensa diré que si he hablado tanto “en negativo” es porque considero que en estos tiempo de Pensamiento Único se tiene que empezar por exponer las trampas de ese pensamiento. Si una empieza directamente hablando “en positivo” corre el riesgo de que no se la entienda y/o se rechacen sin más sus propuestas. Yo creo que las mujeres de clase trabajadora con conciencia de clase tenemos que huir de estos feminismos desclasados (como todo lo desclasado al servicio de determinadas clases), de igual manera que huimos de los movimientos ciudadanistas desclasados. Tenemos que trabajar y dar la batalla dentro de un movimiento de clase trabajadora con conciencia de clase, un movimiento contra el capitalismo y por el socialismo. Pero es muy importante que este rechazo incluya también un rechazo al propio marco teórico y las formas de organizarse, no solo que rechacemos luchar por unos intereses que no son los de las mujeres de nuestra clase. Es decir, no podemos organizarnos contra el capitalismo pero aceptando el marco teórico o las formas de organizarse que ha propagado el propio capitalismo para mantener cualquier lucha dentro de los límites del mismo.

No creo en eso de que las mujeres nos metamos, ni nos metan, en nuestro propio gueto dentro del movimiento de clase, no veo que eso pueda llevar a otra cosa que a limitar nuestra influencia en el mismo. Cuando se intenta aplicar el “mejores pero separadas” al movimiento de clase, a decir verdad, ni siquiera puedo comprender qué se pretende o cual es el objetivo que tiene ese planteamiento. La consecuencia principal que se me ocurre, me parece tan extraño que sea lo que queremos que llego a la conclusión de que se me escapa algo. ¿Las mujeres del movimiento nos organizamos aparte para dedicarnos exclusivamente al tema “de la mujer”? ¿Y los hombres se dedican a todo lo demás? Entiendo perfectamente, porque probablemente se ajusta bastante a la realidad, que muchas mujeres sientan que no se le da la suficiente relevancia en el movimiento de clase trabajadora al tema de las desigualdades de la mujer. Deben pues exponer el tema, deben presionar para que se aborden estas cuestiones, pero eso es muy distinto a “llevarlo en exclusividad” o que eso sea “solo cosa nuestra”. Yo creo que la forma más igualitaria de luchar es siendo en todo como hace ya años se logró que fueran los colegios públicos, mixtos.

Mis modelos no son movimientos de inspiración anglosajona con su obsesión con “las cosas de chicas” y “las cosas de chicos”. Basta darse un somero paseo por la industria del entretenimiento estadounidense para ver lo arraigada que está esa mentalidad en la cultura anglosajona. Mis modelos son los movimientos revolucionarios en los que las mujeres se han integrado y han formado parte de todas las facetas del movimiento, de todas sus luchas, las teóricas y las prácticas, las a corto plazo y las a largo plazo. Sé que esto pasa necesariamente por una presencia importante de mujeres en el movimiento, y considero un reto, algo en lo que hay que hacer un esfuerzo, promover que haya esa masa crítica de mujeres de clase trabajadora que vean el movimiento de clase como suyo, que sientan que esta lucha es también su lucha. El intentar que las opiniones de una sean argumentadas y hacer un esfuerzo permanente de análisis y reflexión puede que sea un ejemplo más lento en “atraer” pero cada una, como cada uno, va aportando lo que tiene. Y no sé cómo explicar esto adecuadamente, pero mis empatías no se restringen a mis propias desigualdades y mis propias explotaciones, ni mis deseos de comprender se restringen a ellas tampoco. Sean cuales sean las condiciones iniciales en cuanto a presencia de mujeres considero, como he dicho antes, que el encerrarnos en un gueto solo lleva a limitar la influencia que pudiéramos tener cada una de nosotras.

La desigualdad de la mujer se da en muchos campos distintos. Por ejemplo en el reparto de tareas. Hay tareas que son absolutamente imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad, ¡y hasta para la revolución!, pero en absoluto gratificantes. Siempre recuerdo una viñeta de Quino en la que Mafalda, tras ver todas las tareas que ha hecho su madre ama de casa durante el día, le dice: mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras? Pues parafraseando a Thomas Sankara, aspiremos a una sociedad donde unas no tengan que sacrificarlo todo para que otros no sacrifiquen nada. ¿Qué mejor forma de luchar por la igualdad dentro del movimiento de clase trabajadora que tenerla presente en el reparto de tareas? ¿Qué puede aportar a esta lucha la mentalidad de que los hombres son machistas sin remedio y no pueden cambiar? Nada, entonces en vez de buscar la igualdad nos dedicaremos a gestionar la desigualdad, no cambiaremos sustancialmente el papel de la gran mayoría de las mujeres, lo despacharemos con un decir que ese papel es muy importante y que somos mejores, ¡pobre sustituto de la lucha por la igualdad! Otro aspecto muy importante de la sociedad sexista es que se respeta menos intelectualmente a la mujer que al hombre. Siento que esto está realmente arraigado. Ahí de nuevo no se me ocurre mejor forma de fomentar la igualdad que el que los hombres se acostumbren a vernos (escucharnos) en todas las luchas teóricas del movimiento, que cada una de nosotras aportemos el máximo de lo que podamos aportar sin que nos limiten ni limitarnos nosotras mismas. En definitiva, que en mi opinión, en nuestra lucha para que en el movimiento de clase no juguemos un mero papel subordinado el “separadas” va en nuestra contra no a nuestro favor.


Siento que fomentar la idea de que es imposible que los hombres entiendan estas cosas, que es imposible que cambien, ha hecho mucho daño. Percibo que muchas veces los hombres no saben ni cómo actuar y así se adhieren rápidamente al “las mujeres sois mejores” y dejan todo el tema en nuestras manos no vayan a meter la pata. No me refiero a los hombres de la izquierda institucional, ahí estos temas son un puro paripé tanto para los hombres como para las mujeres, ambos se adhieren a cualquiera que sea la moda para intentar asegurar su propio éxito, lo bien que han asimilado los valores capitalistas del éxito individual es más que evidente. Me refiero al daño que me importa, al que puede hacer esta mentalidad dentro del movimiento de clase trabajadora con conciencia de clase. No quiero que parezca que hago un análisis superficial, soy plenamente consciente de que no en todas las circunstancias es posible que distintos grupos sociales explotados luchen juntos. Pongo un ejemplo, la degradación de sus condiciones de vida y la explotación que sufre en EEUU eso que llaman “basura blanca” tiene mucho en común con la situación que sufre una mayoría de la población negra. Malcom X y un Martin Luther King cada vez más orientado hacia la crítica del sistema económico habían empezado a vislumbrar que era necesario buscar esta unión de clase cuando fueron asesinados. Pero un movimiento que empezara por ahí ahora mismo en EEUU sería imposible, los blancos que sufren las peores consecuencias del capitalismo son educados en el odio racial. Podemos decir que el racismo es tan extremo en EEUU que impide en gran medida la unión de clase por el momento. No creo que podamos decir que la brecha entre hombres y mujeres de la clase trabajadora, que buscan organizarse en un movimiento con conciencia de clase, en nuestra sociedad sea de esa magnitud. Dedicarnos a fomentar esa brecha, influenciadas por neofeminismos perfectamente compatibles con la explotación capitalista, hasta que la hagamos tan grande que impida todo entendimiento y posibilidad de luchar juntas y juntos no me parece que sea actuar a favor de nuestros intereses de clase. A mí me gustaría que nos esforzáramos por ser como esa izquierda revolucionaria que un día supo entender el mundo, y supo perfectamente con quien establecer sus alianzas en cada momento, para avanzar pasito a pasito hacia su objetivo final de acabar con la explotación del hombre por el hombre, ¡perdón! Del ser humano por el ser humano.

Fuente: https://encuentrocomunista.wordpress.com/2015/10/02/los-neofeminismos-capitalistas-de-la-desigualdad-mejores-pero-separadas/

http://fusilablealamanecer.blogspot.com.es/2015/04/la-victimizacion-del-movimiento.html

19 febrero 2017

Clouscard, intelectual comunista contra el liberalismo capitalista sexual



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Michel Clouscard
Michel Clouscard fue un sociólogo comunista francés pionero en analizar la formación del neocapitalismo y el neofascismo actuales, y en la crítica de las corrientes filosóficas que sustentaban entre la clase obrera las nuevas formas de consumo nacidas de lo que él denominó «el capitalismo de la seducción»: el freudomarxismo, el posmodernismo, el estructuralismo y también el anticomunismo surgido de las corrientes izquierdistas de mayo de 1968 que describió como soportes para el ascenso de la nueva burguesía liberal-libertaria. Gran desconocido en nuestro país, donde los “marxistas” estaban más preocupados en divulgar a los intelectuales antisoviéticos o al barroquismo teoricista y vacío de Althusser, Clouscard se dedicó a recuperar el marxismo como filosofía crítica de la realidad existente con propuestas superadoras del capitalismo y con argumentos comprensibles por los trabajadores. El texto que sigue a continuación resume en buena medida la trayectoria filosófica de Clouscard, fallecido el 21 de febrero de 2009. Ver fuente en castellano.

Comprender y luchar contra el advenimiento del neo-capitalismo gracias a Michel Clouscard

Por: Kevin “El impertinente”. Traducción del francés: Alexandre García
Ver Texto original:
Nacido en 1928 en Montpinier (departamento del Tarn), Michel Clouscard es el autor de una de las críticas más radicales del capitalismo, y la más consecuente de finales del siglo XX. Este filósofo próximo al Partido Comunista Francés intenta definir las bases de una sociedad sin clases, radicalmente democrática, partiendo del pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, Friedrich Engels y Karl Marx, al considerar que sus respectivos pensamientos se inscriben en una misma línea. El pensador del Tarn define a Rousseau como un precursor del socialismo democrático, fundador de la concepción moral y de las definiciones modernas de igualdad y libertad. Opuesto al neo-kantismo de Jean Paul-Sartre, Jacques Lacan, Michel Foucault, Claude Lévi-Strauss o incluso Roland Barthes (según Clouscard fundamentalmente contrarrevolucionario), Clouscard les reprochará el haber tergiversado el concepto de libertad y sentará, a partir de 1972, las bases de su crítica del nuevo rostro del capitalismo, que él calificará de liberal-libertario.

Mayo del 68: todo está permitido, pero nada es posible

Si Clouscard ya se distingue por su tesis, El Ser y el código, defendida en 1972 bajo la dirección del célebre sociólogo marxista Henri Lefebvre, es el año siguiente cuando su pensamiento se revela al público con Neo-fascismo e ideología del deseo. En este panfleto contra el «freudo-marxismo» (etiqueta en la cual mete a Gilles Deleuze o incluso a Herbert Marcuse), desarrolla un análisis –imperfecto pero revolucionario– de mayo del 68 y de sus consecuencias en la sociedad francesa.
Si el PCF –al igual que la CGT– apoyó el movimiento obrero, el principal movimiento social del siglo XX (recordémoslo), siempre despreció el mayo del 68 estudiantil, que calificada de «burgués» y al cual el PCF acusaba de amenazar la hegemonía del Partido en el seno de la “izquierda de la izquierda”. El error de Michel Clouscard fue recoger este marco analítico y ver el movimiento de mayo del 68 estudiantil como un bloque único. Sin embargo, el movimiento estaba atravesado por inspiraciones contradictorias –aunque todas estaba impregnadas del mismo hedonismo– y una parte no desdeñable de los estudiantes, influenciados por las ideas de Cornelius Castoriadis, Henri Lefebvre y Guy Debord[i] intentó hacer revivir el espíritu de la Comuna y combatir la naciente sociedad del espectáculo[ii]. Este «pecado original» de Clouscard no le impide sacar buenas conclusiones sobre las consecuencias de lo que él denomina «el 1789 de las clases medias».
Según él en efecto, mayo del 68 es ante todo la revolución de las nuevas clases medias educadas que persiguen ser dominantes en el seno de la sociedad. Allí ve el punto culminante de una era que se inició con el Plan Marshall. Al «ayudar» a los países europeos, los norteamericanos permiten al viejo continente el poder acceder sobre todo a su modelo consumista, que entra en conflicto con el capitalismo de Estado en boga en aquella época. Nace un nuevo mercado del deseo, así como una nueva clase media. Según el sociólogo, el movimiento estudiantil marca el advenimiento de esta última. Explica que, por lo tanto, se trata de una lucha que opone tres personalidades que simbolizan cada una de ellas una clase dominante diferente. Una especie de juego de rol entre el «padre severo (de Gaulle), el ‘enfant terrible’ (Cohn-Bendit), y el liberal bonachón (Pompidou)».
Para Clouscard, el mayo del 68 estudiantil es «la alianza del liberal y del libertario para liquidar al viejo, que tuvo que irse».
En efecto, si el presidente de la República de la época representa a la burguesía tradicional, cuyos valores sirven de dique contra el capitalismo desenfrenado –sin por ello representar una alternativa anticapitalista–, no sucede lo mismo con los otros dos protagonistas. El antiguo Primer ministro y ex-director general del banco de negocios Rotschild anticipa el neoliberalismo, es decir el capitalismo inhumano que convierte en siervos a los hombres, al someterlos al deseo compulsivo de consumir. Pero este viraje desde un capitalismo tradicional a un capitalismo liberal se ve frenado por el conservadurismo del gaullismo, que hay que liquidar a toda costa. Allí es donde interviene «Dany el rojo», el (liberal)-libertario. La liberalización total de las costumbres que él defiende permite emancipar a los franceses de los viejos valores –a veces sofocantes, es cierto– para someterlos a la ideología del consumo de masas. Este libertarismo –que no tiene mucho que ver con el liberalismo auténtico– defiende una liberalización de la consciencia de clase en beneficio de la satisfacción del deseo. La seducción del capitalismo puede al fin alcanzar su apogeo y la ilusión consumista parece infranqueable. Mayo del 68 anuncia entonces el reparto del pastel entre los tres poderes que conforman el consenso siguiente: socialdemócrata, liberal, libertario. Al primero se le asigna la gestión administrativa, al segundo la gestión económica, y finalmente al tercero la gestión de las costumbres necesarias para el advenimiento de un mercado del deseo. La consecuencia es una esclavitud sin precedentes, en una sociedad donde todo parece estar permitido, pero donde en realidad nada es posible.

Neo-capitalismo: entre la seducción, el deseo… y represión

El resto de la obra de Clouscard sigue estando principalmente dedicada al análisis de la mutación de la sociedad de consumo –pareciéndose a veces a otro estudiante de doctorado de Henri Lefebvre, Jean Baudrillard– que se pone en marcha después de mayo del 68. Se emplea a ello notablemente en su obra cumbre, El capitalismo de la seducción–Crítica de la socialdemocracia (publicado en 1981, al principio de la era Mitterrand) así como en De la modernidad: Rousseau o Sartre (publicado en 1983 y reeditado en 2005 bajo el título Crítica del liberalismo libertario, genealogía de la contrarrevolución) y en Las metamorfosis de la lucha de clases (1996). Según el filósofo marxista, «el capitalismo ha girado hacia la izquierda en el plano político-cultural y hacia la derecha en el plano económico-social».
Esta combinación ha permitido la instalación de una «socialdemocracia libertaria» que también denomina como el «liberalismo libertario». Es un sistema en constante revolución: la vieja descripción marxista de un capitalismo en movimiento perpetuo[iii], que odia la estabilidad, se hace más que nunca de actualidad. Las «nuevas clases medias» juegan un rol fundamental en este nuevo modo de organización de la producción. Aunque no posea ni el capital, ni los medios de producción, esta parte de las masas asalariadas se encarga de la animación (vertiente cultural) y de la dirección (vertiente económica) del liberalismo libertario.
Mientras que, hasta ahora, la represión había permitido que el capitalismo funcione, es gracias a la seducción y el desarrollo de un nuevo mercado del deseo que toma impulso el capitalismo. La publicidad y la moda se vuelven esenciales. El individuo es educado para consumir desde su más tierna edad y es mantenido en la infancia, incluso a la edad adulta. Una nueva cultura de masas falsamente subversiva –Clouscard habla de «subversión subvencionada»– ve el día. Toma cuerpo principalmente a través de la música rock –«la música de la subversión y la rebelión», que ocupa el lugar del jazz, con los vaqueros, los flippers, los jukebox, las melenas y la droga. Según Clouscard, esta última representa la «esencia misma de la sociedad de consumo. Mientras que su imagen ideológica pretende lo contrario». En este contexto, la liberación sexual se convierte rápidamente en «liberalización sexual» integrada al capitalismo, lo que hace pasar a la mujer de mujer-vientre a mujer-sexo.
Esta homogeneización aparente de toda la sociedad en consumidores enmascara una lucha de clases aún muy viva. La integración por el consumo está acompañada en efecto por una diferenciación de los estilos de vida. Clouscard explica así que «este igualitarismo de la diferencia autoriza otro sistema de jerarquías. Mientras que pretende superar la jerarquía de clases, las refuerza por las jerarquías mundanas. En cada momento, un signo implica barrera y nivel. Torrente de diferencias, torrente de desprecios, torrente de esnobismos». Clouscard señala también que este sistema es «permisivo con el consumidor y represivo hacia el productor», lo cual significa que el consumo se hace en beneficio de los más favorecidos y en detrimento de los trabajadores proletarios. Estos últimos son mantenidos en efecto en el deseo constante, sin por ello poder acceder a este consumo de masas con el cual la sociedad le hace fantasear. La fórmula «todo está permitido, pero nada es posible» adquiere todo su significado. Pero según Clouscard, este «capitalismo de la seducción» sólo es transitorio y por ello ya en 1981 profetiza que «La crisis va a revelar la naturaleza profunda de este sistema: la austeridad (represión económica sobre los trabajadores, esencialmente la clase obrera) tiene como corolario no solamente el mantenimiento, sino la expansión del consumo «libertario» socialdemócrata. Es en pleno periodo de crisis que nace la ideología de la informatización de la sociedad al servicio de la convivialidad. A medida que se agrava la austeridad, aumentan la cifra de negocios de la industria del ocio, del turismo, del placer. Ambos parecen estar en razón inversa. El “goce” libertario socialdemócrata tiene como condición el productivismo, la inflación, el paro, etc.»

Luchar contra el capitalismo y resolver la lucha de clases

Clouscard fue no obstante capaz de superar el simple análisis para proponer también soluciones. Sorprendentemente para un marxista, la defensa del Estado-nación forma parte de su combate, sin por ello caer en el nacionalismo. Sobre esta cuestión, se coloca más de lado de Rousseau y de Hegel que de Marx. Al igual que el primero, cree que el Estado es el único legítimo para mantener la libertad y la igualdad de los ciudadanos. Al igual que el segundo, cree que el Estado-nación es una construcción histórica «difícilmente superable», sin por ello suponer «el fin de la historia». Finalmente, cree que el capitalismo sólo puede ser sometido por el contrato social ciudadano, que pone en relación todos los componentes de la economía. Desde la revolución de 1789, los grandes logros sólo han sido logrados por el Estado-nación. Su superación no es por lo tanto deseable. El capitalismo liberal sólo se expresa, en su forma moderna, a través de la globalización y la Unión Europea que destruyen todos los márgenes de maniobra económica. Explicaba así en una entrevista al periódico comunista L’Humanité: «El Estado ha sido la instancia superestructural[iv] de la represión capitalista. Es por ello que Marx lo denuncia. Pero hoy, con la globalización, la inversión es total. Mientras que el Estado-nación pudo ser el medio de opresión de una clase sobre otra, se convierte en el medio de resistir a la globalización. Es un juego dialéctico.» He aquí por qué Clouscard, al ver el peligro que suponía la moneda única, militó junto con el PCF contra el tratado de Maastricht y por la defensa de la soberanía nacional, único fundamento de la soberanía popular.
El sociólogo desea no obstante una reforma radical del Estado socialista y sugiere pistas en Las metamorfosis de la lucha de clases y sobre todo en Refundación progresista. Mientras que el capitalismo organiza la desregulación de la moral, el marxista reflexiona sobre una moral socialista, que no sería represiva sino responsabilizante. Para luchar contra el liberalismo libertario y su permisividad, Clouscard defiende una ética inmanente a la producción moral de las condiciones de existencia, que el bautiza ética de la praxis. Ésta, lejos de ser un nuevo moralismo, se basa en el equilibrio entre la producción y el consumo, para hacer equitativas las relaciones entre consumidores y productores.
Finalmente, a fin de resolver las contradicciones que surgen de los conflictos de clase, propone la creación de una «cámara de representantes del mundo del trabajo» donde serían debatidas las grandes opciones de la sociedad. Este «parlamento del trabajador colectivo» tendría como objetivo el permitir una autogestión democrática del conjunto de trabajadores.
Intelectual muy por delante de su tiempo, Michel Clouscard ha sido no obstante marginado en su propio campo, que prefirió a su rival Louis Althusser. Hasta el punto de dejar el monopolio de su posteridad al nacional-socialista Alain Soral, al cual sin embargo desautorizó en las columnas de L’Humanité antes de su muerte, explicando notablemente que «nunca lo designó como heredero» y añadiendo que «asociar de una manera o de otra nuestros dos nombres se asemeja a un desvío de fondos». Si Clouscard, que ignoraba (por no decir que despreciaba) completamente las problemáticas ecológicas o los combates llamados «minoritarios» (feminismo, anti-racismo, etc.) no está exento de críticas, su aportación sigue siendo esencial. Fue en efecto el primero en comprender lo que –dos décadas después de él– Luc Boltanski y Eve Chiapello denominaron «el nuevo espíritu del capitalismo»[v]. Al percibir en el auge del liberal-libertarismo el advenimiento de una clase media educada y urbana sometidas a sus propios deseos y a su libido, el filósofo anticipó la literatura de Houellebecq[vi]. Recordaremos de él que supo comprender que la liberalización de las costumbres defendida por la pequeña burguesía, sin cuestionar el capitalismo, conduce hacia la falsa libertad de consumir defendida por la gran burguesía.
Notas:
[i] El excelente panfleto redactado en 1966 por el situacionista Mustapha Khayati junto con Guy Debord, titulado Sobre la miseria en el medio estudiantil considerada bajo sus aspectos económicos, políticos, psicológicos, sexuales y notablemente intelectuales y sobre algunos medios para remediarlo, que provocó el «escándalo de Estrasburgo», es indudablemente una de las inspiraciones de la revuelta estudiantil. La publicación en 1967 de la obra cumbre de Guy Debord, La sociedad del espectáculo, también jugó un papel destacado.
[ii] Guy Debord define el espectáculo como «el capital en tal grado de acumulación que se convierte en imagen», así como el «la realización sin freno de las voluntades de la razón mercantil». Ver Guy Debord, La Sociedad del espectáculo, Buchet-Chastel, 1967 ; Champ libre, 1971 ; Gallimard, 1992 y Guy Debord, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, editorial Gérard Lebovici, 1988 ; Gallimard, 1992.
[iii] «Esta agitación y esta inseguridad perpetuas distinguen a la época burguesa con respecto a todas las anteriores» escriben Carlos Marx y Federico Engels en El Manifiesto Comunista (1848).
[iv] En la teoría marxista, la superestructura designa las producciones no materiales de la sociedad –es decir el conjunto de ideas e instituciones– y la infraestructura representa las producciones materiales –es decir en relación a la economía. En regla general, los marxistas consideran que la superestructura deriva enteramente de la infraestructura.
[v] Ver la obra de Luc Boltanski y Ève Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Gallimard, « NRF essais », 1999
[vi] En Ampliación del campo de batalla, notablemente, el narrador explica que «el liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su ampliación a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. Igualmente, el liberalismos sexual es la ampliación al campo de batalla, su ampliación a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad». Ver Michel Houellebecq, Ampliación del campo de batalla, Editorial Maurice Nadeau, 1994. Ver también el excelente libro Houellebecq economista, Flammarion, 2014, del añorado Bernard Maris.

17 febrero 2017

Libro PORQUE NO SOY MUSULMAN, del ateo IBN WARRAQ

«Hubo un tiempo en que yo reprochaba a mi prójimo si su religión no estaba cercana a la mía. Pero ya mi corazón acoge toda forma: es una pradera para las gacelas; un claustro para los monjes; Un templo para los ídolos; una Ka'aba para el peregrino; las tablas de la Torá y el volumen del Alcorán. Yo profeso la religión del amor y sea cualquiera la dirección que tome su cabalgadura ésa es mi religión y mi fe.» Ibn Arabi.
«El islamismo dice: matad a todos los no creyentes tal como ellos os matarían a vosotros.» Jomeini.
«La causa principal del fundamentalismo islámico es el propio islamismo.» Ibn Warraq.
§. 1
Saludamos la edición en español de «Por que no soy musulmán»,{1} un ensayo a cargo de Ibn Warraq{2} que pretende constituirse en verdadero «ajuste de cuentas» del irracionalismo islámico, tomando como referencia los valores de la ilustración, la racionalidad y la ciencia propios, ante todo, de la «civilización occidental» (o bien, del «área de difusión helénica», dicho en términos difusionistas).
Pues, en efecto, el libro de Warraq cobra una centralidad singular entre medias del «choque de civilizaciones», por emplear la conocida fórmula de Huntington, o para decirlo con mayor precisión (haciendo nuestra la rectificación que hace Fernando Rodríguez Genovés en esta misma revista{3}) en medio del choque entre civilización y barbarie, especialmente a raíz de los acontecimientos desencadenados en el mundo tras la «vesanía» del 11-S. Y ello, sin perjuicio de que en el mismo Islam no falte un concepto para designar la «barbarie» en cuanto «jahiliyya»{4} (que Warraq traduce como «era de barbarie e ignorancia»); una era que el imperio islámico habría pretendido superar, bajo el imperativo mahometano de introducir un nuevo principio unificador (la sharia, la ley islámica) entre medias de las rivalidades tribales, cuyas «identidades asesinas» (por decirlo a la manera de Maalouf{5}) de cualquier modo jamás habrían sido borradas enteramente.
Mas aún, el libro de Warraq resultará muy útil para enfocar adecuadamente, desde una óptica nada relativista o armonista, la controversia sobre los derechos humanos y la democracia liberal en el Islam, puesta de relieve mediante la concesión reciente del premio Nobel de la Paz a la abogada iraní Shirin Ebadi.
Pues bien, aunque el propio Bertrand Russell (quien publicara en 1927 Por que no soy cristiano) sufrió también una fuerte persecución por parte de las «autoridades» morales y eclesiásticas americanas, obstaculizando por un tiempo su progreso en la vida académica, sin embargo la situación y la valoración, desde la misma «cultura islámica», de textos como el de Warraq o Rushdie resultará drásticamente diferente a la situación de los textos de Russell (et alii) en la «cultura cristiana».
La arriesgada profesión de ateísmo de Warraq no resulta nada frecuente en los alrededores del islamismo, desde el momento en que tomamos en cuenta que el delito de apostasía es penado con la muerte por la misma Ley Islámica (como puso bien de manifiesto la infame fatwa contra Rushdie).
Por ello, y por muchas otras razones, el libro de Warraq presenta un interés especial.
 2
Porque el «integrismo» o «fundamentalismo» islámico (sin dejar de tener en cuenta distinciones más finas, como las propuestas por Antonio Elorza{6}) no es «inocente», ciertamente. Mas bien, parece que el sintagma «integrismo islámico» es él mismo un pleonasmo, y ello sin perjuicio de que el Islam se predica «de muchas maneras» (tradiciones chiítas, wahabis, sufis &c); puesto que, ante todo, el Islam se predicará desde el integrismo: la observancia de unos fundamentos sagrados tales que los propios musulmanes consideran dimanados íntegramente del Corán (revelado al dictado por Dios al profeta, cuya función por cierto se asemejará mas a la del amanuense que a la del intérprete profético, al menos emic), de la sunna y de la hadith (la tradición islámica).
Como muestran las persecuciones de las minorías islámicas (contra ahmadis en Arabia Saudita, contra shia y bahai en Pakistán e Irán) y en general la política de hechos consumados en las republicas islámicas realmente existentes, el Islam verdadero –sin perjuicio de que podríamos considerar a los shia verdaderos musulmanes– tiene en realidad bastante poco que ver con la poesía irénica pintada por el místico «murciano» Ibn Arabi (el propio Mahoma fue muy hostil a los poetas: «los que se apartan del buen camino siguen a los poetas», sura 26.224).
Con la práctica excepción de Turquía, ningún estado musulmán ha conseguido alcanzar, hasta el momento, una separación real entre la Iglesia y el Estado.
 3
«La gente no dejará de examinar todo críticamente, hasta que digan: Aquí está Alá, el creador de todas las cosas, pero ¿Quién lo ha creado a él?»{7} Hadith islámica.
En el Islam no existe propiamente ninguna hermenéutica coránica ni tampoco una crítica histórica de las fuentes (tampoco ninguna crítica literaria o crítica «de las formas»), tal como esta se ha desarrollado en el ambiente cultural cristiano que, sobre todo desde el siglo XIX, ha promovido una intensa investigación en las fuentes bíblicas y en la cristología histórica (Reimarus, Strauss, Bauer, Marx, Nietzsche, &c.). Paralelamente, la idea misma de unas «ciencias del espíritu» o ciencias de la historia, al modo de Dilthey, resultará absolutamente extraña a la mentalidad islámica, mucho mas propensa a «tolerar» las ciencias exactas que las humanidades.
El desprecio islámico hacia las humanidades y la historia correrá parejo al rechazo de la misma filosofía. No existe, propiamente hablando, ninguna «filosofía islámica», y es imposible que exista, desde los «hispanos» Avicena y Averroes (y ello sin perjuicio de que un cristiano podría también impugnar una filosofía en sentido adjetivo –filosofía «cristiana»–, tomando como referencia la divisa paulina «libraos de necias filosofías»). Por nuestra parte, nos parece además evidente que la conciencia filosófica (solidaria ella misma con el materialismo) es incompatible con la conciencia islámica del mundo, si es verdad (y lo es) que la esencia de la filosofía consiste en la «asebeia» (impiedad) y en el uso crítico de una «razón natural» liberada del dogmatismo y del «cierre» teológico.
El Islam, en efecto, no concede un papel central a la «razón natural», pues los qiyas –o razonamientos analógicos– son utilizados en entera subordinación al texto coránico y siempre bajo la prescripción dogmática de los ulamas. No existe, en el Islam, ninguna «teología natural» y la noción misma de unos «preambula fidei» (y ello, de nuevo, sin perjuicio de que los propios teólogos cristianos, en efecto, se situaran bajo la consigna del «philosophia ancilla theologiae») resultará igualmente extraña a la tradición musulmana.
No hay, en consecuencia, armonía entre es Islam y la implantación mundana y académica de la Filosofía, sino más bien una contradicción objetiva (frente a toda ideología de cuño relativista e irenista, que es justamente la que destila, paradójicamente, el currículum de la asignatura de filosofía para la enseñanza media en España). Pues si la filosofía no quiere confundirse con una mera fenomenología de la religión islámica (que identificaríamos con el punto de vista emic), o bien con una antropología de la religión (que podría, en este caso, evitar el término «religión» para usar preferentemente el término «cultura» –la «cultura» islámica permitiría al teólogo o al relativista cultural ponerse así a salvo de las críticas racionales, al quedar automáticamente cobijado por el prestigio del «mito de la cultura»–) no podrá entonces «poner entre paréntesis» –en epojé– su mismo valor de verdad. Por ejemplo, si la crítica histórica determina la falsedad del Corán (su falsedad en cuanto documento histórico, por ejemplo) o bien si las ciencias naturales entran en abierta contradicción con las proposiciones coránicas (en cuanto relativas a la «creación» de la humanidad, V.gr.), entonces una verdadera filosofía que opere de cara a las ciencias –etic–, no podría quedar encallada ella misma en una actitud de «respeto» y «tolerancia»; sino que tendría que tomar partido necesariamente (por ejemplo, frente al relativismo cultural o el sobrenaturalismo religioso). De hecho, así lo hace Ibn Warraq al declarar de modo explícito su punto de vista abiertamente laico y ateo.
«(...) me considero un humanista laico que cree que todas las religiones son ensoñaciones malsanas de los hombres, falsas –demostrablemente falsas– y perniciosas.»{8}
 4
Según Warraq en el Islam falta (y lo diremos al modo del materialismo filosófico) una reflexión filosófica de segundo grado a cerca de los saberes éticos y morales. Y ello quizás porque la moral musulmana se nos da en un plano enteramente material, heterónomo, según la célebre clasificación kantiana. Falta, siguiendo al maestro de Königsberg, un análisis de la forma de la ley moral (y no ya de su materia misma, que la jihad conmina a universalizar por la fuerza), en cuanto que esta pudiera ser trascendental: universal y necesaria (y no ya empírica: contingente y particular). Y falta también, en efecto, una idea de persona moral y autónoma correlativa al sujeto racional operatorio de raíz cristiano-católica (como queda reproducido en la polémica entre Tomás de Aquino y Averroes a cerca del intelecto agente).
En suma, y esto en abierta contradicción con lo sostenido por la premio Nobel Shirin Ebadi, existiría una contradicción objetiva entre la «ética universal» de los derechos humanos (que es también, no nos engañemos, una moral material que no podría atenerse a la pura forma del imperativo categórico, en cuanto que parte de ciertos materiales morales proporcionados desde el liberalismo y el individualismo) y la moral musulmana.
Así es. Pese a que la Declaración Universal de los Derechos Humanos (adoptada en París el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas) fue ratificada en muchos países musulmanes, sin embargo la comunidad musulmana ha presentado varias alternativas a esta Carta original, incompatible con las características del islamismo en cuanto que su legalidad ordo ad deum emana desde la voluntad colectiva del pueblo musulmán, pero no desde el individuo. De esta forma, en 1981 se firma La Declaración de los Derechos humanos en el Islam, en 1990 se acuerda en El Cairo una nueva declaración de los Derechos Humanos, y finalmente en 1994, la Carta Árabe de los Derechos humanos.
Otro tanto es aplicable a la situación de la mujer. Pese a que el islamismo puso freno originalmente a la costumbre bárbara de enterrar a las niñas indeseadas y reguló la herencia femenina (que de todos modos, continuó siendo inferior a la masculina), sin embargo los análisis de Warraq dejan patente la situación de inferioridad de la mujer musulmana, y ello no tanto porque la cultura árabe sea «machista», como prefiere pensar Shirin Ebadi, suponiendo que semejante «machismo» es una excrecencia ajena al Islam, sino porque la discriminación femenina se encuentra incoada en el corazón mismo de la Sharia. Las mujeres «tienen menos razón y fe que el hombre»,{9} como reza una hadith, gozan de un estatuto legal inferior al hombre (y los hermafroditas) y su sexualidad es sistemáticamente anulada o percibida como una fuente potencialmente impura y contagiosa. El mismo paraíso parece ser un asunto enteramente masculino, como lo expresó sarcásticamente Feijoo:
«El falso Profeta Mahoma, en aquel mal plantado paraíso, que destinó para sus secuaces, les negó la entrada a las mujeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la gloria, que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que sería muy buena dicha de las casadas, ver en aquella bienaventuranza, compuesta toda de torpezas, a sus maridos en los brazos de otras consortes, que para este efecto fingió fabricadas de nuevo aquel grande Artífice de Quimeras. Bastaba para comprehender cuánto puede errar el hombre, ver admitido este delirio en una gran parte de el mundo.» B. J. Feijoo, Teatro critico universal, tomo I, discurso XVI: «Defensa de las mujeres».
Porque el «verdadero islamismo» no es igualitario, feminista o compatible con los derechos humanos, dirá Warraq. Pues, pese a los intentos por promover la armonía «por cada texto que los musulmanes liberales esgriman, los mullah aducirán docenas de ejemplos contrarios mucho mas legítimos desde el punto de vista exegético, filológico e histórico»{10}
§. 5
Mas que contra los propios fundamentalistas islámicos (sin duda impermeables a toda crítica racional, en virtud de los mecanismos automáticos del cerrojo teológico y del literalismo coránico) vemos en el libro de Warraq un severo correctivo frente al relativismo irresponsable de los «intelectuales» occidentales «patológicamente amables» con el islamismo. Ello fue visible especialmente en el caso Rushdie, y sin duda se ha vuelto a reproducir entre medias del escándalo de la «progresía» tras los acontecimientos del 11-S y la deflagración en Irak.
Se trata, al contrario de la actitud irénica del progresismo (decididamente indecente en algunos casos, como cuando Michel Foucault saludó el régimen del Ayatolá Jomeini como un paradigma de «espiritualidad política»), de promover verdaderas reformas en la mentalidad musulmana, alentando el ejercicio de la razón natural, de la crítica histórica, de las humanidades y de los valores de la ciencia y la democracia liberal occidental (Warraq llega a proponer la clausura de las «madrasas» o escuelas islámicas donde se obliga a los niños a memorizar el Corán). Y ello justamente para salvar a los musulmanes del fanatismo y la barbarie, pues es un hecho que el terrorismo islámico ha hecho blanco, ante todo, en los mismos ciudadanos de las sociedades musulmanas.
Para ello, resultará indispensable escindir la esfera religiosa del ámbito del Estado civil, incentivando la secularización y laicización de las sociedades islámicas, a la vez que salvaguardando a los propios occidentales de sucumbir ante el mito de la «tolerancia» islámica, o el de una «edad de oro» (singularmente ejemplificado en la idea de una pacífica convivencia de las tres fes en la «España mora») del todo inadecuada a la verdad histórica y a las necesidades reales de nuestro tiempo; un tiempo en el que ninguna sociedad avanzada (vale decir, «civilizada») podría desarrollarse plenamente de espaldas a las ciencias y los valores de la Ilustración occidental.
Notas
{1} I. Warraq, Por qué no soy musulmán, Ediciones del Bronce, Barcelona 2003.
{2} Bajo este pseudónimo que oculta un filólogo árabe nacido en India y que desempeña su labor como investigador del Corán en los Estados Unidos del Norte de América). Es también autor de What the Koran really says, aún no publicado en español.
{3} Fernando Rodríguez Genovés, «El integrismo islámico no es inocente», El Catoblepas, nº 12, febrero 2003.
{4} Warraq, op. cit., pág. 208.
{5} A. Maalouf, Identidades asesinas, Alianza editorial, Madrid 1999.
{6} A. Elorza, La Religión Política, R&B Ediciones 1995. Es también del autor de un libro bastante reciente a cerca del Islam: Umma, el integrismo en el Islam, Alianza editorial, Madrid 2003.
{7} Warraq, op. cit., pág. 180.
{8} Warraq, op. cit., pág. 29.
{9} Warraq, op. cit., pág. 280.
{10} Warraq, op. cit., pág. 18.

Marx Karl Y Engels Friedrich - Materiales Para La Historia De America Latina

La preparación, traducción, notas y advertencia de este libro fueron hechas por Pedro Scaron. 
el análisis de estos textos contribuye a hacer patente que la evolución del pensamiento de Marx y Engels sobre la cuestión nacional es extremadamente compleja. Diríamos que accidentada, inclusive. La filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés, vale decir lo que Lenin llamó con acierto las -tres fuentes- o -tres partes integrantes del marxismo-2, se fusionaron aquí  más conflictiva y trabajosamente que en otras esferas del ideario de Marx. Introducción. 


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16 febrero 2017

EL NACIONALISMO REPUBLICANO DEL PC DE ESPAÑA por gil de san vicente


* esclarecedor documento del tio gilito que tacha de nacionalismo español  un PC  Español, trasladen esta misma critica al PC frances por ser frances, al PC chino por ser chino,etc etc, algo de locos. Calificar las guerras carlistas como de lucha vasca antimperialista es para hacerselo mirar, pero peor nos parece los comunistas que niegan y obvian un tema clarisimo, si señores nacionalistas vascos, los comunistas españoles eran... españoles. Eso si, el tio gilito NO ES nacionalista vasco, los demás si.

Como hemos dicho arriba, el 30 de abril de 1938 el Gobierno republicano dirigido por Negrín
publicó los “Trece Puntos”, de los cuales aquí únicamente vamos a hacer referencia a los que
directa e indirectamente tratan la política nacionalista española. Los puntos primero y
segundo plantean la necesidad de la independencia española y la necesidad de liberar a
España de los invasores extranjeros. El punto quinto, con el que nos volveremos a encontrar,
reconoce las libertades regionales pero sin menoscabo de la unidad nacional española. El
punto décimo habla sobre la mejora cultural, física y moral de la “raza española”. El punto
decimoprimero dice que el ejército está al servicio de la nación española, y el decimotercero
plantea una amplia amnistía para los españoles que quieran engrandecer y reconstruir España.
Los “Trece Puntos” fueron pensados en el momento en el que la II República comprende que
la guerra está a punto de perderse y que hay que ofrecer una propuesta de negociación a los
sectores menos reaccionarios españolistas, no totalmente nazifascistas, lo que explica el peso
decisivo del nacionalismo español.

Vicente Uribe, alto responsable del PCE, escribió ese mismo año de 1938 un muy esclarecedor artículo sobre los “Trece Puntos”, titulado “El problema de las nacionalidades en España a la luz de la guerra popular por la independencia de la República Española”:
“La guerra, así como toda la política de la República, la dirigen los Poderes legítimos del
país, creados democráticamente sobre la base de la Constitución. Las tareas y los fines de
guerra son: Defensa del país contra los conquistadores italogermanos; defensa de la
independencia político-estatal y la integridad territorial de España; conservación del
régimen republicano y democrático; defensa de los derechos y libertades de todos los pueblos
de España; defensa de los intereses políticos, morales y culturales de los obreros,
campesinos, de los trabajadores de toda la Nación. La República lucha por asegurar al país y
a todo el pueblo las condiciones necesarias para el progreso económico, rápido y pacífico,
para asegurar y consolidar aún más la colaboración y conjunción creadora de todos los
pueblos de España; para asegurar y conservar el régimen de libre determinación política y
cultural de todas las tendencias democráticas, de todos los partidos y organizaciones (…)”.

Luego sigue: “… la República española hace una guerra popular nacional, libertadora,
progresiva, revolucionaria, democrática en interés de toda la Nación española; en interés de
todos los pueblos hispánicos; en interés de los derechos y libertades democráticas y las
conquistas y reivindicaciones de los pueblos de todo el mundo; en interés de la paz mundial.
Asegurar el triunfo de la República contra sus enemigos; en esto consiste el problema
fundamental, la tarea central a la que deben ser sometidas todas las demás cuestiones,
tareas, problemas, consideraciones y preocupaciones. Afortunadamente las masas populares
de España han comprendido la cuestión precisamente de esta manera, y hace ya dos años que
el pueblo español lucha heroicamente contra los conquistadores italogermanos y sus agentes.
Desde hace dos años está realizada, prácticamente, con las armas en la mano, la unidad
nacional en todo el país, unidad combativa e inseparable de todas las capas del pueblo, por
la causa común y contra el enemigo común. A la suerte de la República española va unida la
suerte y la libertad de todos los pueblos de España”.

Tras enumerar cinco argumentos que demuestran la necesidad de integrar las luchas de las
naciones oprimidas en la lucha republicana, Uribe dice: “Y sexto. En que el Gobierno de la
República es un Gobierno de Unión Nacional, que expresa y ejecuta la voluntad del pueblo,
que realiza una política correspondiente a los intereses generales, a la libertad y a los
derechos democráticos de todo el pueblo, política que satisface las demandas nacionales
democráticas de los catalanes, vascos y gallegos. La política del Gobierno de Unión
Nacional, presidido por el camarada Negrín, está claramente manifestada en el punto 5º del
programa aprobado por el Consejo de Ministros. Dice así: «Respeto a las libertades
regionales, sin menoscabo de la unidad española. Protección y fomento al desarrollo de la
personalidad y particularidades de los distintos pueblos que integran España, como lo
imponen un derecho y un hecho históricos, lo que, lejos de significar una disgregación de la
Nación, constituye la mejor soldadura entre los elementos que la integran.»”
Y concluye: “Una gran España, republicana, democrática; todos los pueblos unidos; todas
las nacionalidades movidas por el mismo impulso, se lanzarán en una cordial emulación,
sobre la base de la confianza mutua, conjugando fraternalmente todos los esfuerzos en una
dirección: ayudar al máximo desarrollo y florecimiento de cada nacionalidad; ayudar en
grado superlativo al ascenso general y al progreso de todo el país; fortalecer, por encima de
todo, la Patria española”. Tenemos aquí en acción a todos los principios del nacionalismo
español en activo pero con una palabrería que integra formalmente a las naciones oprimidas.
Si nos fijamos, no aparece ninguna sola referencia al contenido de clase, socialista, de la lucha
por la independencia nacional española, sólo a su contenido “democrático” que se cohesiona
en el Gobierno de Unión Nacional.

La frase inicial del artículo de V. Uribe es meridianamente clara: “Las tareas y los fines de
guerra son: Defensa del país contra los conquistadores italogermanos; defensa de la
independencia político-estatal y la integridad territorial de España”.
Las buenas palabras posteriores sobre el reconocimiento de los derechos nacionales de los pueblos quedan sujetas, obviamente, al mantenimiento de la integridad territorial de España. Lo primero es la “unidad nacional española” y después vienen los derechos de los pueblos. Una de las razones que
explican la primacía absoluta de la “independencia española” sobre los derechos de los
pueblos no españoles se encuentra en estas palabras: “guerra nacional popular (…) en interés
de toda la Nación española (ya que) a la suerte de la República española va unida la suerte y
la libertad de todos los pueblos de España”. Demos la razón por un instante a este
“argumento”, pero entonces el problema surge con esta pregunta: ¿y después, cuando ya está
asegurada la “independencia nacional” republicana española? Llegados a este punto aparece
la frontera insuperable del nacionalismo español, en este caso en su forma republicana.
Recordemos lo dicho en el punto 5º de los “Trece Puntos” de Negrín: “Respeto a las
libertades regionales, sin menoscabo de la unidad española”, punto 5º asumido en sus plenas
consecuencias por el PCE en boca de Uribe. Este y no otro es el límite infranqueables: “sin
menoscabo a la unidad española”, o en otras palabras, a la unidad de “una gran España (para)
fortalecer, por encima de todo, la Patria española”.

Más adelante volveremos al terrible significado de esta frase de “sin menoscabo de…”,
porque ahora queremos recalcar que la aceptación del punto 5º no es solamente de Uribe sino
que, con otras palabras, reaparecerá en boca de Joan Comorera varios años más tarde, y peor
aún, el libro oficial sobre la “Historia del Partido Comunista de España”, de 1960, actualizará
esa postura en su capítulos dedicado a “La república democrática de nuevo tipo”, en el que se
dice lo siguiente:
“El Partido Comunista, que había proclamado siempre el derecho de los pueblos catalán,
vasco y gallego a disponer libremente de sus destinos y que había luchado por que fueran
satisfechas sus reivindicaciones autonomistas, trató de fortalecer durante la guerra la
colaboración y compenetración entre el Gobierno de la Generalidad de Cataluña y el
Gobierno Autónomo de Euzkadi, de una parte, y el Gobierno de la República, de otra. El
Partido se opuso a la aplicación de viejos métodos administrativos centralistas que
conculcaban los derechos y herían los sentimientos nacionales de catalanes y vascos. En esto
incurrieron algunos miembros del Gobierno de la República, incluido Negrín en el período en
que ocupó la Presidencia del Consejo. Simultáneamente luchó el Partido contra aquellos
elementos nacionalistas de Cataluña y de Euzkadi que, olvidando que sólo el triunfo de la
República Democrática era la garantía de la existencia de sus regímenes estatutarios, y que
sólo la lucha unida de todos los pueblos de España podía lograr ese triunfo, se oponían a la
unidad y creaban no pocos problemas a lo largo de la guerra. La cuestión nacional había
adquirido a través de la contienda un aspecto nuevo. El problema de la libertad nacional no
se planteaba separadamente para una u otra región, sino para toda España. Tratar de
separar a Cataluña o al País Vasco de la República o debilitar en cualquier forma los lazos
entre ellos, significaba ayudar a los enemigos fascistas de Cataluña, Euzkadi y España”.

 El punto 5º tiene una muy amarga carga histórica para la parte de Euskal
Herria dominada por el Estado español porque su segunda frase --“sin menoscabo de la
unidad española”-- es esencialmente la misma que las empleadas por el Estado en 1841 y
1876 para acabar con el Sistema Foral vasco tras las dos guerras de resistencia nacional
preburguesa al imperialismo español, llamadas “guerras carlistas” por la historiografía
española. Posteriormente, con la Constitución monárquica de 1978, con el Amejoramiento del
Fuero de Nafarroa y con el Estatuto de Autonomía de la CAV, sin hablar de los sucesivos
procesos de “negociación política” entre organizaciones armadas vascas y el Estado español, a
lo largo de este proceso reciente, la frase “sin menoscabo de la unidad española” ha sido de
forma explícita y oficial, o implícita y supuesta, el límite infranqueable puesto por el Estado
español para negar tajantemente el derecho del Pueblo Vasco a su libre autodeterminación. No
hace falta decir que, a la vez, niega el mismo derecho inalienable al resto de naciones no
españolas.

Siendo todo esto terrible por cuanto explica con crudeza el fanatismo nacionalista español, sea
republicano o monárquico, del PSOE-PCE o del PP-PyD en la actualidad, y sus efectos
represores sobre las naciones no españolas que luchan por sus derechos, siendo esto así, el
problema empeora aún más al leer la cita anterior, la extraída de la “Historia…” del PCE, ya
que en ella se ratifica el argumento que desde Mayo’37 en adelante, hasta ahora mismo, ha
justificado la represión no sólo contra los derechos obreros y populares, sino también contra
los de los pueblos oprimidos cuando estos derechos superan lo permitido por el poder.
Leamos la última frase: “Tratar de separar a Cataluña o al País Vasco de la República o
debilitar en cualquier forma los lazos entre ellos, significaba ayudar a los enemigos fascistas
de Cataluña, Euzkadi y España”. Dicho en la terminología política de los ’70: “tratar de
independizar a los Països Catalans y a Euskadi de la España democrática y constitucional, es
hacer el juego a los enemigos de la Constitución democrática, es favorecer al golpismo
fascista, etc.”. Dicho en la terminología política de comienzos del siglo XXI: “tratar de
independizar a Euskal Herria de la España democrática y europea es hacer el juego al
terrorismo, atentar contra la democracia, atentar contra los derechos sociales de los españoles,
poner en peligro la integración de España en la UE, etc.”.

La lógica subyacente es la misma: España, sea en la forma de II ó III República, o sea en la
forma de Constitución Monárquica, o de otra cualquier manera externa, está siempre por
encima de los derechos de los pueblos, de modo que cualquier pretensión de éstos por avanzar
en sus libertades y necesidades siempre serán sentida como una peligrosa e inaceptable
afrenta a la “unidad nacional española”. No es que ésta no acepte ciertos derechos de los
pueblos, como los Estatutos, por ejemplo y cuando son concedidos, sino que incluso
aceptándolos, existen unos límites objetivos, absolutos, eternos e inamovibles, los designados
por la lapidaria frase de: “sin menoscabo de la unidad española”.
Realizada esta pequeña mirada sobre la continuidad del pasado en el presente, tenemos que
volver a los decisivos meses de julio a noviembre de 1938 se libra la batalla del Ebro en la
que será decisiva la superioridad del ejército internacional nazifranquista. Una de las razones
de tal superioridad no es otra que el cerco asfixiante impuesto a la II República por las
“potencias democráticas” con su política de No Intervención. Otra es el desinfle de la moral
de lucha del pueblo catalán, constatada desde verano de 1937 al ver que el Gobierno de la II
República no respeta ni las conquistas sociales ni la identidad nacional catalana; y, por no
extendernos, también hay que reseñar el demoledor impacto negativo material y moral de la
retirada de las Brigadas Internacionales, decretada por el PCUS en el momento crítico de la
batalla del Ebro, con el fin de convencer a las burguesías europeas de que la URSS no
buscaba la revolución socialista sino un acuerdo interclasista. Es en este contexto es el que
Dolores Ibarruri realiza su discurso de despedida a las Brigadas Internacionales en 1 de
noviembre de 1938:
“(…De todos los pueblos y todas las razas, vinisteis a nosotros como hermanos nuestros,
como hijos de la España inmortal (…) para ayudar a salvar la libertad y la independencia de
un país amenazado, de nuestra España. (…)¡¡Banderas de España!... ¡Saludad a tantos
héroes, inclinaos ante tantos mártires!.... (…) llegaron a nuestra patria como cruzados de la
libertad, a luchar y a morir por la libertad y la independencia de España (…) vuestra causa,
la causa de España es nuestra misma causa, es la causa de toda la humanidad avanzada y
progresiva». Hoy se van; muchos, millares, se quedan teniendo como sudario la tierra de
España, el recuerdo saturado de honda emoción de todos los españoles”.

Sin duda, hay que reconocer aquí la definitiva enunciación teórica del nacionalismo español
del PCE: “…la España inmortal…nuestra España… Banderas de España…nuestra patria…la
causa de España… la tierra de España... emoción de todos los españoles”. Si cualquier
“internacionalista y cosmopolita” actual del PCE o cualquier “ciudadano del mundo” del
PSOE o, por no extendernos, cualquier “europeo, español y vasco a la vez”, como se definían
algunos del PP hace poco, pudiera encontrar ahora en los documentos de la izquierda
abertzale una sola cita sobre la “Euskal Herria inmortal” al estilo de la “España inmortal” de
Ibarruri, si esto ocurriera, la campaña de desprestigio, acusaciones e insultos de
“fundamentalismo”, “milenarismo”, “racismo”, etc., contra todo lo vasco sería abrumadora.
Sin embargo, estas misas expresiones aplicadas a España son vistas como normales y, en todo
caso, justificadas por la situación de guerra antifascista, de “movimiento nacional”, como lo
definió Ibarruri según hemos visto, en defensa de un Frente Popular que en ningún momento
habla en su Programa de otras naciones que no sean la española.
Es durante la fase final de esta batalla cuando el PCE inicia su primer asalto público contra
Joan Comorera, que era entonces Secretario General del PSUC. El PCE quería celebrar un
congreso del PSUC para cambiar a su Secretario General, poniendo a otro menos nacionalista
catalán, más acorde con el nacionalismo español en ascenso, pero el avance de las tropas
invasoras no permitió la realización del congreso. En verano de 1938 el PSUC dirigido por
Comorera había salido en defensa de las atribuciones políticas del Gobierno de la Generalitat
catalana, presidido por Companys, frente a los argumentos españolistas de una mayor
centralización del poder en manos de Negrín, es decir, de Madrid y en detrimento de la nación
catalana. El PC de España no perdonó este acto “secesionista” del PSUC pese a su palabrería
sobre el respeto a los derechos nacionales de los pueblos no españoles, y el Buró Político del
PCE empezó a hacer circular un rumor según el cual la razón fundamental de la derrota
republicana en la batalla del Ebro había sido el poco interés militar del nacionalismo catalán,
atacando así al PSUC en cuanto era la principal fuerza política y a Comorera por ser su
Secretario General.
La dirección del PCE ampliaba así una de sus tácticas históricas consistente en denigrar y
acusar a quienes no aceptaban sus órdenes, responsabilizándolas de los fracasos y derrotas.
Anarquistas, poumistas, trotskistas, socialistas seguidores de Largo Caballero y nacionalistas
vascos habían padecido ese método, y ahora les tocaba a los comunistas catalanes que no
querían renunciar a su identidad nacional para reforzar el nacionalismo español, republicano
pero español. Veremos luego cómo la dirección catalanista que se agrupaba mayoritariamente
alrededor de Comorera tuvo que reaccionar contra los ataques del PCE organizando una
reunión en el Estado francés a comienzos de 1939 para frenar en seco sus maniobras sucias y
reinstaurar la verdad sobre el comportamiento del pueblo catalán en la batalla del Ebro a la
vez que contraatacaba denunciando la pasividad del PC de España.
La involución del internacionalismo marxista al nacionalismo español de José Díaz, aún
Secretario General del PCE también fue, por un lado, pareja a las imposiciones de la URSS, y,
por otro lado, aunque más tardía que la de Ibarruri, también concluyó retrocediendo al mismo
error estratégico. La última intervención pública el 23 de noviembre de 1938 del Secretario
General del PCE, cuando ya no quedaban Brigadas Internacionales, la moral de combate del
Ejército Popular estaba bajando y la II República agonizaba en medio de los primeros
rumores de acuerdos, claudicaciones, abandonos, reflejaba el desenlace del giro nacionalista
español e interclasista estatal:
«Bajo la careta de un autonomismo que no es sino un separatismo reaccionario disfrazado,
se trabaja en la sombra para concertar una paz por separado. Esto, nunca. Sería el triunfo de
Franco y de los invasores. Será necesario repetir una vez más que Cataluña no se puede
salvar separada del resto de España, y que la libertad y la independencia de Cataluña están
íntimamente, totalmente vinculadas a la libertad y a la independencia de todos los pueblos de
España... No. Esta clase de separatismo es la traición, la derrota... España no es
Checoslovaquia. Y en Cataluña no puede haber Sudetes. España resiste y vencerá con la
unidad de los hombres y de los pueblos. Asegurar la unidad entre Cataluña y el resto de
España, buscar los remedios que consigan una mejora de relaciones, es la tarea que
corresponde a todas las organizaciones populares, fundamentalmente al Gobierno de la
República y al de la Generalitat. No puede haber ningún terreno en el cual no se pueda
colaborar abiertamente por consolidar esta unidad. Si es necesario establecer el método de
relaciones o crear el organismo conveniente porque estas relaciones se desarrollen con
normalidad, no se debe vacilar en hacerlo. Y de este modo se conseguirá localizar aquellos
que están interesados a dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos
sin contemplaciones».
Para esta época el PC de España había grabado a fuego la experiencia de la represión contra
las fuerzas revolucionarias desencadenada desde mayo de 1937, con la desaparición y
asesinato de dirigentes como A. Nin, militante del POUM; había invadido el Consejo de
Aragón; había denunciado al nacionalismo vasco y había procedido contra el PC de Euskadi
al atacar y depurar a su Secretario General, Astigarrabia, acusado una mezcla explosiva de
nacionalista vasco, trotskismo y socialdemocracia; y en esos finales de 1938 se encontraba
atacando por nacionalista al PSUC y a Comorera. Para entonces ya se habían esfumado las
esperanzas no ya de avanzar en la revolución social, sino tan sólo de al menos mantener vivas
las conquistas sociales de los primeros meses de guerra, mientras que sí se avanzaba en el
restablecimiento de los pilares del capitalismo, la propiedad privada de las fuerzas
productivas; además, la URSS había retirado a las Brigadas Internacionales y que las
potencias imperialistas “democráticas” habían abandonado a su suerte a la II República. En
este contexto, expresiones como que “el separatismo es la traición”, “la unidad de los
hombres y los pueblos (…) del resto de España”, la supeditación de la independencia de
Catalunya a la independencia de España, etc., son definitivamente esclarecedores del giro de
180 grados.
Pero lo más grave es la última frase: “se conseguirá localizar aquellos que están interesados
a dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos sin contemplaciones”.
De la misma forma en que en mayo de 1937 se había iniciado el ataque al movimiento
revolucionario calificado de provocador y agente del fascismo invasor, en aras de la unión con
la “burguesía democrática”, ahora se anuncia el ataque al “separatismo reaccionario” en aras
de la “independencia nacional de los pueblos de España”. Nos encontramos así de lleno ante
el argumento nuclear, básico, de lo que será desde entonces la ideología nacionalista española
del PCE, pero antes de estudiar en detalle debemos exponerla con más detalle.
Estas reflexiones de noviembre de 1938 estaban en consonancia con las de la mayoría, por no
decir la totalidad, de los miembros del PC de España y de la III internacional como se
comprueba leyendo la breve presentación realizada el 4 de diciembre de 1938 por Dimitrov
del extenso informe firmado por Erne Gerö que había sido escrito el 18 de noviembre de ese
mismo año, es decir, sólo cinco días antes que la despedida de Ibarruri a las Brigadas
Internacionales. Dimitrov dirige la presentación a Stalin y a otros seis altos cargos de la URSS
y afirma que: “Las conclusiones presentadas en ese informe coinciden, en general, con el
punto de vista del buró político del comité central del Partido Comunista de España”.
Centrándonos en lo que nos interesa, E. Gerö dice:
El gobierno encabezado por Negrín es relativamente estable. El gobierno y el particular su
presidente resistirán el asalto de la inminente ofensiva internacional, aunque la estabilidad
del gobierno depende de muchas otras circunstancias, como de la situación de los frentes, el
suministro de alimentos, etcétera. Es necesario hacer todos los esfuerzos para preservar y
más adelante consolidar el gobierno de Negrín, que es uno de los factores decisivos para
obtener la victoria en la guerra por la independencia. Sería conveniente, sin embargo, dada
la delicada situación al respecto, plantear la cuestión de incluir en el gobierno a
representantes del partido republicano de izquierdas catalán y del partido de los
nacionalistas vascos, con el objeto de conseguir una unidad nacional más completa; lograr la
eliminación definitiva de las fricciones entre el gobierno central y el gobierno autónomo
catalán; garantizar la actividad normal del gobierno republicano de forma que las cuestiones
decisivas sobre la guerra se decidan sin demora; reforzar la lucha contra los elementos
capitalistas, aislándolos de los vacilantes y tomando medidas organizativas concretas contra
ellos”.
Hay varias cosas que destacan de este informe. La primera y obvia es que el PCE y la III
Internacional asumen que el conflicto es una guerra por la independencia nacional de España.
La segunda es la enorme diferencia con respecto al informe de septiembre de 1937 arriba
visto en el que proponen la entrada de nacionalistas vascos de izquierda y de la CNT. Ahora
se habla de nacionalistas vascos a secas, y de los republicanos de izquierda catalanes: se
aprecia que es un giro al centro reformista dictado por el giro interclasista ya manifiesto en el
Gobierno de Negrín. La tercera es que una de las debilidades de dicho Gobierno radica en que
no ha logrado la suficiente unidad nacional española para ganar esa guerra por lo que, en
tercer lugar, como urgencia táctica, es necesario volver a acercarse a catalanes y vascos
nacionalistas para consolidar la unidad nacional española.
Uno de los objetivos de este alianza táctica recuperada es el de limar las tensiones que se
mantienen con la Catalunya autonómica tras dos años y medio de guerra, desde julio de 1936
a noviembre de 1938, en busca, todo ello, de garantizar la eficacia del gobierno republicano,
eficacia que debe confirmarse en la rápida lucha contra los “elementos capitalistas”, que en el
lenguaje stalinista significaba anarquistas, poumistas y trotskistas, fundamentalmente. Nos
encontramos, por tanto, ante el mismo oportunismo tacticista e inmeditatista de un año antes,
pero en las condiciones de finales de 1938. No ha cambiado nada del nacionalismos español
del PCE, al contrario, se ha reforzado de modo que se dice explícitamente que las reformas de
centro propuestas buscan “conseguir una unidad nacional más completa”, además de la
represión de los elementos capitalistas.
Como se aprecia, la argumentación del por qué de la apertura a los nacionalistas vascos y
catalanes por parte del gobierno republicano nada menos que a finales de 1938, sólo cinco
meses antes de la victoria definitiva de la contrarrevolución franquista, gira básicamente
alrededor de la mejora inmediata de la efectividad militar, además de otros objetivos
económicos, sociales, etcétera, en lo que no nos extendemos. Se trata, por tanto, de una
apertura táctica impuesta por las circunstancias y por la inminencia del ataque definitivo de
los invasores contra la independencia española; una táctica que no aporta explícitamente
ninguna concesión siquiera transitoria y formal de derechos nacionales a dichos pueblos. Una
decisión oportunista obligada por el peligro inminente, realizada para obtener los objetivos
del nacionalismo español en su forma republicana, es decir, su “unidad nacional más
completa” mediante la absorción de los nacionalismos vasco y catalán sin contrapartida
alguna. Muy pocos días más tarde, Dolores Ibarruri completaría la propuesta advirtiendo,
según hemos visto arriba, que: “se conseguirá localizar aquellos que están interesados a
dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos sin contemplaciones”.