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14 febrero 2017

El lider de la izquierda tunezina, un NINI

Toda la historia contemporánea de los pueblos árabes se resume de cierta manera, en una serie de tentativas de liberación, unas veces abortadas, otras detenidas a mitad de camino, y pocas veces victoriosas.

Cada vez, desde el tiempo de Mohamed Alí Pachá en el siglo XIX en Egipto, cuando un país o pueblo árabe despierta para modernizar su sistema político, económico, social y conquistar la libertad, las fuerzas imperialistas intervienen en confabulación con las fuerzas reaccionarias locales o regionales, para detener el movimiento o por lo menos frenarlo por las armas. El objetivo ha sido siempre mantener a los pueblos de esta región completamente atrasados, divididos y sometidos para poder explotarlos y saquear sus riquezas, sobre todo a partir del descubrimiento del petróleo y la implantación del sionismo en el territorio palestino.

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Lo que sucede en los países árabes desde 2011, está dentro de este marco histórico.
Cuando el pueblo tunecino derrocó al dictador el 14 de enero de 2011, y otros pueblos árabes, como los pueblos de Egipto, Marruecos, Libia,Siria, Yemen, Baréin y otros, quisieron seguir su ejemplo, era la expresión de una situación objetiva que llama, o mejor dicho, exige el cambio. A pesar de sus abundantes riquezas naturales, de una posición estratégica excepcional y una civilización que ha contribuido mucho al progreso de la humanidad, sobre todo en la Edad Media, es en esta región del
mundo en la que existen regímenes políticos arcaicos, represivos y corrompidos; en los que el analfabetismo y la ignorancia, el de desempleo y desigualdades sociales son de los más elevados. Es también ahí donde las mujeres son las más oprimidas del mundo, sufren prácticas medievales que van desde la poligamia a la mutilación sexual (ablación del clítoris). En fin, donde el imperialismo y su producto que es el sionismo, ejercen una presión atroz e imponen una situación de guerra permanen-
te en toda la región, e impiden a los pueblos árabes vivir en paz y consagrarse al desarrollo de su patria y lograr la unidad nacional.

Es esta situación objetiva, y no otra cosa, lo que ha llevado a los pueblos árabes a la revuelta al principio de este siglo. Todas las «teorías» que explican estas revueltas como un complot creado por los servicios de información extranjeros, estadounidenses en primer lugar, y preparada por grupos de internautas a sueldo de esos servicios para rehacerel mapa del Oriente Próximo, tratan de ocul-
tar las causas objetivas de las revueltas de los pueblos árabes. Tratan también de ridiculizar a esos pueblos, negar su lucha heroica desde hace mucho tiempo para liberarse de los opresores locales y extranjeros (basta con señalar los nombres del argelino Emir Abd El Kader, el tunecino Ali Ben Gdhahem, en el siglo XIX; del marroquí Abdelkarim Khatabi y el libio Omar Al Mokhtar en el siglo XX, y muchas otras figuras de la lucha nacional y sindical...), de presentarlos como pueblos menores inmaduros para la libertad, la democracia y el progreso y que son fácilmente manipulables pues son
incapaces de labrar su propia historia que depende de la voluntad de las potencias extranjeras. Y peor todavía, hay que recordar que los dictadores derrocados por sus pueblos, como Ben Alí o Mubarak, eran lacayos de los imperialistas occidentales, y éstos no tenían ningún interés en perderlos.

Algunos de los que difunden la teoría del «complot», se preguntan ¿por qué la revolución no ha llegado a los países reaccionarios del Golfo cuyos Estados mantienen a sus pueblos bajo una servidumbre medieval? ¿Eso no es un argumento de peso, según ellos, que apoya su tesis? Esa gente olvida que la opresión, la corrupción, el nepotismo y la ferozm explotación no engendra mecánicamente la revolución. Esta sólo se produce cuando el pueblo, sometido a la opresión, se decide a combatir a sus opresores. No es por azar que los países en los que los pueblos se han suble-
vado, desde Baréin a Túnez y de Marruecos a Egipto, tienen todos ellos tradiciones de lucha. Dicho esto, Arabia Saudí y sus acólitos ya caerán, es una cuestión de tiempo y no va a tardar pues el torbellino revolucionario los alcanzará y arrasará en un futuro próximo.

Las revueltas árabes no han tenido todas la misma evolución. Las fuerzas extranjeras no se han privado de intervenir en uno u otro momento de este proceso. A parte de los factores internos, toda revolución está ligada también a factores externos cuyas repercusiones, tanto positivas como negativas, dependen del estado del frente interior y en consecuencia de la relación de fuerza real en el seno de la sociedad concerniente. En fin, no siempre es victoriosa una revolución. Para que una revolución triunfe, deben darse condiciones objetivas y subjetivas. Incluso si una revolución fracasa, no por ello deja de ser una revolución, abortada, pero revolución. Se olvida a menudo que varias revoluciones, en Europa por ejemplo, fracasaron. Revoluciones como las de 1830 y 1848 en Francia, desembocaron en un resultado completamente opuesto a lo deseado y por el que pueblo vertió su sangre. Si una revolución fracasa, generalmente se instala la restauración.

Como he señalado anteriormente, las revoluciones árabes no han tenido todas la misma evolución. Podemos clasificarlas en tres o cuatro grupos. En el primer grupo tenemos a Túnez y Egipto: Los pueblos de esos dos países lograron al principio, expulsar a sus dictadores y arrancar por lo menos su libertad, incluso si el Poder permanece en el fondo en manos de las antiguas clases dominantes. Fue
una victoria que inspiró a otros pueblos de la región.

El segundo grupo es el de Baréin y Marruecos. En los dos países estallaron levantamientos populares que fueron rápidamente reprimidos. En Baréin fue Arabia Saudí quien se encargó de la tarea por miedo a que la mayoría chií se hiciese con el Poder y se incrementara la influencia de Irán en la región. En Marruecos, es el Makhzen quien aplastó el movimiento de los jóvenes del 20 de febrero de 2011 y le impidió desarrollarse, al tomar la iniciativa de revisar la constitución y decretar algunas reformas para aplacar la tensión política y social.

En el tercer grupo están Libia, Siria y Yemen. Los dos primeros gobernados por regímenes autoritarios y despóticos, conocieron al principio levantamientos populares pacíficos reivindicando libertad y justicia social. Pero rápidamente los acontecimientos tomaron la forma de guerra civil destructora. Dos elementos contribuyeron a ese cambio. La reacción represiva, a veces sanguinaria de los regímenes y la intervención militar extranjera directa en Libia a través de la OTAN, e indirec-
ta, al principio, en Siria a través de las milicias oscurantistas y fascistas, reclutadas tanto en el interior como en el exterior del país, componentes tanto del Daesh como del «Al Nosra» y otros grupos terroristas.

Lo que sigue ya es conocido. Gadafi es derrocado y asesinado. Libia cae en el caos amenazada de divisiones y de nuevas intervenciones extranjeras. Ante la falta de un estado que dirija el país y asegure la seguridad de los ciudadanos y del territorio, Libia es hasta el presente, el lugar preferido de los grupos terroristas de todo tipo y terreno de desestabilización de sus vecinos.

La guerra civil se desarrolla en Libia desde hace cinco años, causando miles de víctimas y millones de refugiados en beneficio del capitalismo alemán y de sus iguales en Europa y otros lugares. Siria se ha convertido en una apuesta para las potencias regionales e internacionales. Las grandes potencias están sobre el terreno e intervienen so pretexto de la lucha contra el terrorismo al que algunas de ellas, han creado, entrenado, armado y animado. La paz y la estabilidad de ese país no se lograrán de inmediato. Habrá mucha sangre, muchas vidas humanas serán segadas antes de que las armas se silencien, salvo que el valiente pueblo sirio despierte y tome en sus manos su destino y acabe con la catástrofe.

En Yemen se han dado dos fases. Cuando el pueblo yemení en 2011 se sublevó contra el régimen reaccionario y corrupto de Ali Abdallah Salah, las presiones locales y regionales, sobre todo las de los países del Golfo, obligaron a Abdallah Salah a abandonar y ceder el poder a Mansour Hedi. Pero la crisis volvió a estallar por problemas sociales. Y la guerra civil tomó el carácter de una guerra religiosa, entre suníes y chiíes con la intervención directa de diez países árabes suníes comandados por Arabia Saudí, para detener la marcha de los «Houchistes» apoyados por los iraníes. Ye-
men es teatro de una guerrea regional y nada deja prever que el fin de la hostilidades esté próximo.


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