16 febrero 2017

EL NACIONALISMO REPUBLICANO DEL PC DE ESPAÑA por gil de san vicente


* esclarecedor documento del tio gilito que tacha de nacionalismo español  un PC  Español, trasladen esta misma critica al PC frances por ser frances, al PC chino por ser chino,etc etc, algo de locos. Calificar las guerras carlistas como de lucha vasca antimperialista es para hacerselo mirar, pero peor nos parece los comunistas que niegan y obvian un tema clarisimo, si señores nacionalistas vascos, los comunistas españoles eran... españoles. Eso si, el tio gilito NO ES nacionalista vasco, los demás si.

Como hemos dicho arriba, el 30 de abril de 1938 el Gobierno republicano dirigido por Negrín
publicó los “Trece Puntos”, de los cuales aquí únicamente vamos a hacer referencia a los que
directa e indirectamente tratan la política nacionalista española. Los puntos primero y
segundo plantean la necesidad de la independencia española y la necesidad de liberar a
España de los invasores extranjeros. El punto quinto, con el que nos volveremos a encontrar,
reconoce las libertades regionales pero sin menoscabo de la unidad nacional española. El
punto décimo habla sobre la mejora cultural, física y moral de la “raza española”. El punto
decimoprimero dice que el ejército está al servicio de la nación española, y el decimotercero
plantea una amplia amnistía para los españoles que quieran engrandecer y reconstruir España.
Los “Trece Puntos” fueron pensados en el momento en el que la II República comprende que
la guerra está a punto de perderse y que hay que ofrecer una propuesta de negociación a los
sectores menos reaccionarios españolistas, no totalmente nazifascistas, lo que explica el peso
decisivo del nacionalismo español.

Vicente Uribe, alto responsable del PCE, escribió ese mismo año de 1938 un muy esclarecedor artículo sobre los “Trece Puntos”, titulado “El problema de las nacionalidades en España a la luz de la guerra popular por la independencia de la República Española”:
“La guerra, así como toda la política de la República, la dirigen los Poderes legítimos del
país, creados democráticamente sobre la base de la Constitución. Las tareas y los fines de
guerra son: Defensa del país contra los conquistadores italogermanos; defensa de la
independencia político-estatal y la integridad territorial de España; conservación del
régimen republicano y democrático; defensa de los derechos y libertades de todos los pueblos
de España; defensa de los intereses políticos, morales y culturales de los obreros,
campesinos, de los trabajadores de toda la Nación. La República lucha por asegurar al país y
a todo el pueblo las condiciones necesarias para el progreso económico, rápido y pacífico,
para asegurar y consolidar aún más la colaboración y conjunción creadora de todos los
pueblos de España; para asegurar y conservar el régimen de libre determinación política y
cultural de todas las tendencias democráticas, de todos los partidos y organizaciones (…)”.

Luego sigue: “… la República española hace una guerra popular nacional, libertadora,
progresiva, revolucionaria, democrática en interés de toda la Nación española; en interés de
todos los pueblos hispánicos; en interés de los derechos y libertades democráticas y las
conquistas y reivindicaciones de los pueblos de todo el mundo; en interés de la paz mundial.
Asegurar el triunfo de la República contra sus enemigos; en esto consiste el problema
fundamental, la tarea central a la que deben ser sometidas todas las demás cuestiones,
tareas, problemas, consideraciones y preocupaciones. Afortunadamente las masas populares
de España han comprendido la cuestión precisamente de esta manera, y hace ya dos años que
el pueblo español lucha heroicamente contra los conquistadores italogermanos y sus agentes.
Desde hace dos años está realizada, prácticamente, con las armas en la mano, la unidad
nacional en todo el país, unidad combativa e inseparable de todas las capas del pueblo, por
la causa común y contra el enemigo común. A la suerte de la República española va unida la
suerte y la libertad de todos los pueblos de España”.

Tras enumerar cinco argumentos que demuestran la necesidad de integrar las luchas de las
naciones oprimidas en la lucha republicana, Uribe dice: “Y sexto. En que el Gobierno de la
República es un Gobierno de Unión Nacional, que expresa y ejecuta la voluntad del pueblo,
que realiza una política correspondiente a los intereses generales, a la libertad y a los
derechos democráticos de todo el pueblo, política que satisface las demandas nacionales
democráticas de los catalanes, vascos y gallegos. La política del Gobierno de Unión
Nacional, presidido por el camarada Negrín, está claramente manifestada en el punto 5º del
programa aprobado por el Consejo de Ministros. Dice así: «Respeto a las libertades
regionales, sin menoscabo de la unidad española. Protección y fomento al desarrollo de la
personalidad y particularidades de los distintos pueblos que integran España, como lo
imponen un derecho y un hecho históricos, lo que, lejos de significar una disgregación de la
Nación, constituye la mejor soldadura entre los elementos que la integran.»”
Y concluye: “Una gran España, republicana, democrática; todos los pueblos unidos; todas
las nacionalidades movidas por el mismo impulso, se lanzarán en una cordial emulación,
sobre la base de la confianza mutua, conjugando fraternalmente todos los esfuerzos en una
dirección: ayudar al máximo desarrollo y florecimiento de cada nacionalidad; ayudar en
grado superlativo al ascenso general y al progreso de todo el país; fortalecer, por encima de
todo, la Patria española”. Tenemos aquí en acción a todos los principios del nacionalismo
español en activo pero con una palabrería que integra formalmente a las naciones oprimidas.
Si nos fijamos, no aparece ninguna sola referencia al contenido de clase, socialista, de la lucha
por la independencia nacional española, sólo a su contenido “democrático” que se cohesiona
en el Gobierno de Unión Nacional.

La frase inicial del artículo de V. Uribe es meridianamente clara: “Las tareas y los fines de
guerra son: Defensa del país contra los conquistadores italogermanos; defensa de la
independencia político-estatal y la integridad territorial de España”.
Las buenas palabras posteriores sobre el reconocimiento de los derechos nacionales de los pueblos quedan sujetas, obviamente, al mantenimiento de la integridad territorial de España. Lo primero es la “unidad nacional española” y después vienen los derechos de los pueblos. Una de las razones que
explican la primacía absoluta de la “independencia española” sobre los derechos de los
pueblos no españoles se encuentra en estas palabras: “guerra nacional popular (…) en interés
de toda la Nación española (ya que) a la suerte de la República española va unida la suerte y
la libertad de todos los pueblos de España”. Demos la razón por un instante a este
“argumento”, pero entonces el problema surge con esta pregunta: ¿y después, cuando ya está
asegurada la “independencia nacional” republicana española? Llegados a este punto aparece
la frontera insuperable del nacionalismo español, en este caso en su forma republicana.
Recordemos lo dicho en el punto 5º de los “Trece Puntos” de Negrín: “Respeto a las
libertades regionales, sin menoscabo de la unidad española”, punto 5º asumido en sus plenas
consecuencias por el PCE en boca de Uribe. Este y no otro es el límite infranqueables: “sin
menoscabo a la unidad española”, o en otras palabras, a la unidad de “una gran España (para)
fortalecer, por encima de todo, la Patria española”.

Más adelante volveremos al terrible significado de esta frase de “sin menoscabo de…”,
porque ahora queremos recalcar que la aceptación del punto 5º no es solamente de Uribe sino
que, con otras palabras, reaparecerá en boca de Joan Comorera varios años más tarde, y peor
aún, el libro oficial sobre la “Historia del Partido Comunista de España”, de 1960, actualizará
esa postura en su capítulos dedicado a “La república democrática de nuevo tipo”, en el que se
dice lo siguiente:
“El Partido Comunista, que había proclamado siempre el derecho de los pueblos catalán,
vasco y gallego a disponer libremente de sus destinos y que había luchado por que fueran
satisfechas sus reivindicaciones autonomistas, trató de fortalecer durante la guerra la
colaboración y compenetración entre el Gobierno de la Generalidad de Cataluña y el
Gobierno Autónomo de Euzkadi, de una parte, y el Gobierno de la República, de otra. El
Partido se opuso a la aplicación de viejos métodos administrativos centralistas que
conculcaban los derechos y herían los sentimientos nacionales de catalanes y vascos. En esto
incurrieron algunos miembros del Gobierno de la República, incluido Negrín en el período en
que ocupó la Presidencia del Consejo. Simultáneamente luchó el Partido contra aquellos
elementos nacionalistas de Cataluña y de Euzkadi que, olvidando que sólo el triunfo de la
República Democrática era la garantía de la existencia de sus regímenes estatutarios, y que
sólo la lucha unida de todos los pueblos de España podía lograr ese triunfo, se oponían a la
unidad y creaban no pocos problemas a lo largo de la guerra. La cuestión nacional había
adquirido a través de la contienda un aspecto nuevo. El problema de la libertad nacional no
se planteaba separadamente para una u otra región, sino para toda España. Tratar de
separar a Cataluña o al País Vasco de la República o debilitar en cualquier forma los lazos
entre ellos, significaba ayudar a los enemigos fascistas de Cataluña, Euzkadi y España”.

 El punto 5º tiene una muy amarga carga histórica para la parte de Euskal
Herria dominada por el Estado español porque su segunda frase --“sin menoscabo de la
unidad española”-- es esencialmente la misma que las empleadas por el Estado en 1841 y
1876 para acabar con el Sistema Foral vasco tras las dos guerras de resistencia nacional
preburguesa al imperialismo español, llamadas “guerras carlistas” por la historiografía
española. Posteriormente, con la Constitución monárquica de 1978, con el Amejoramiento del
Fuero de Nafarroa y con el Estatuto de Autonomía de la CAV, sin hablar de los sucesivos
procesos de “negociación política” entre organizaciones armadas vascas y el Estado español, a
lo largo de este proceso reciente, la frase “sin menoscabo de la unidad española” ha sido de
forma explícita y oficial, o implícita y supuesta, el límite infranqueable puesto por el Estado
español para negar tajantemente el derecho del Pueblo Vasco a su libre autodeterminación. No
hace falta decir que, a la vez, niega el mismo derecho inalienable al resto de naciones no
españolas.

Siendo todo esto terrible por cuanto explica con crudeza el fanatismo nacionalista español, sea
republicano o monárquico, del PSOE-PCE o del PP-PyD en la actualidad, y sus efectos
represores sobre las naciones no españolas que luchan por sus derechos, siendo esto así, el
problema empeora aún más al leer la cita anterior, la extraída de la “Historia…” del PCE, ya
que en ella se ratifica el argumento que desde Mayo’37 en adelante, hasta ahora mismo, ha
justificado la represión no sólo contra los derechos obreros y populares, sino también contra
los de los pueblos oprimidos cuando estos derechos superan lo permitido por el poder.
Leamos la última frase: “Tratar de separar a Cataluña o al País Vasco de la República o
debilitar en cualquier forma los lazos entre ellos, significaba ayudar a los enemigos fascistas
de Cataluña, Euzkadi y España”. Dicho en la terminología política de los ’70: “tratar de
independizar a los Països Catalans y a Euskadi de la España democrática y constitucional, es
hacer el juego a los enemigos de la Constitución democrática, es favorecer al golpismo
fascista, etc.”. Dicho en la terminología política de comienzos del siglo XXI: “tratar de
independizar a Euskal Herria de la España democrática y europea es hacer el juego al
terrorismo, atentar contra la democracia, atentar contra los derechos sociales de los españoles,
poner en peligro la integración de España en la UE, etc.”.

La lógica subyacente es la misma: España, sea en la forma de II ó III República, o sea en la
forma de Constitución Monárquica, o de otra cualquier manera externa, está siempre por
encima de los derechos de los pueblos, de modo que cualquier pretensión de éstos por avanzar
en sus libertades y necesidades siempre serán sentida como una peligrosa e inaceptable
afrenta a la “unidad nacional española”. No es que ésta no acepte ciertos derechos de los
pueblos, como los Estatutos, por ejemplo y cuando son concedidos, sino que incluso
aceptándolos, existen unos límites objetivos, absolutos, eternos e inamovibles, los designados
por la lapidaria frase de: “sin menoscabo de la unidad española”.
Realizada esta pequeña mirada sobre la continuidad del pasado en el presente, tenemos que
volver a los decisivos meses de julio a noviembre de 1938 se libra la batalla del Ebro en la
que será decisiva la superioridad del ejército internacional nazifranquista. Una de las razones
de tal superioridad no es otra que el cerco asfixiante impuesto a la II República por las
“potencias democráticas” con su política de No Intervención. Otra es el desinfle de la moral
de lucha del pueblo catalán, constatada desde verano de 1937 al ver que el Gobierno de la II
República no respeta ni las conquistas sociales ni la identidad nacional catalana; y, por no
extendernos, también hay que reseñar el demoledor impacto negativo material y moral de la
retirada de las Brigadas Internacionales, decretada por el PCUS en el momento crítico de la
batalla del Ebro, con el fin de convencer a las burguesías europeas de que la URSS no
buscaba la revolución socialista sino un acuerdo interclasista. Es en este contexto es el que
Dolores Ibarruri realiza su discurso de despedida a las Brigadas Internacionales en 1 de
noviembre de 1938:
“(…De todos los pueblos y todas las razas, vinisteis a nosotros como hermanos nuestros,
como hijos de la España inmortal (…) para ayudar a salvar la libertad y la independencia de
un país amenazado, de nuestra España. (…)¡¡Banderas de España!... ¡Saludad a tantos
héroes, inclinaos ante tantos mártires!.... (…) llegaron a nuestra patria como cruzados de la
libertad, a luchar y a morir por la libertad y la independencia de España (…) vuestra causa,
la causa de España es nuestra misma causa, es la causa de toda la humanidad avanzada y
progresiva». Hoy se van; muchos, millares, se quedan teniendo como sudario la tierra de
España, el recuerdo saturado de honda emoción de todos los españoles”.

Sin duda, hay que reconocer aquí la definitiva enunciación teórica del nacionalismo español
del PCE: “…la España inmortal…nuestra España… Banderas de España…nuestra patria…la
causa de España… la tierra de España... emoción de todos los españoles”. Si cualquier
“internacionalista y cosmopolita” actual del PCE o cualquier “ciudadano del mundo” del
PSOE o, por no extendernos, cualquier “europeo, español y vasco a la vez”, como se definían
algunos del PP hace poco, pudiera encontrar ahora en los documentos de la izquierda
abertzale una sola cita sobre la “Euskal Herria inmortal” al estilo de la “España inmortal” de
Ibarruri, si esto ocurriera, la campaña de desprestigio, acusaciones e insultos de
“fundamentalismo”, “milenarismo”, “racismo”, etc., contra todo lo vasco sería abrumadora.
Sin embargo, estas misas expresiones aplicadas a España son vistas como normales y, en todo
caso, justificadas por la situación de guerra antifascista, de “movimiento nacional”, como lo
definió Ibarruri según hemos visto, en defensa de un Frente Popular que en ningún momento
habla en su Programa de otras naciones que no sean la española.
Es durante la fase final de esta batalla cuando el PCE inicia su primer asalto público contra
Joan Comorera, que era entonces Secretario General del PSUC. El PCE quería celebrar un
congreso del PSUC para cambiar a su Secretario General, poniendo a otro menos nacionalista
catalán, más acorde con el nacionalismo español en ascenso, pero el avance de las tropas
invasoras no permitió la realización del congreso. En verano de 1938 el PSUC dirigido por
Comorera había salido en defensa de las atribuciones políticas del Gobierno de la Generalitat
catalana, presidido por Companys, frente a los argumentos españolistas de una mayor
centralización del poder en manos de Negrín, es decir, de Madrid y en detrimento de la nación
catalana. El PC de España no perdonó este acto “secesionista” del PSUC pese a su palabrería
sobre el respeto a los derechos nacionales de los pueblos no españoles, y el Buró Político del
PCE empezó a hacer circular un rumor según el cual la razón fundamental de la derrota
republicana en la batalla del Ebro había sido el poco interés militar del nacionalismo catalán,
atacando así al PSUC en cuanto era la principal fuerza política y a Comorera por ser su
Secretario General.
La dirección del PCE ampliaba así una de sus tácticas históricas consistente en denigrar y
acusar a quienes no aceptaban sus órdenes, responsabilizándolas de los fracasos y derrotas.
Anarquistas, poumistas, trotskistas, socialistas seguidores de Largo Caballero y nacionalistas
vascos habían padecido ese método, y ahora les tocaba a los comunistas catalanes que no
querían renunciar a su identidad nacional para reforzar el nacionalismo español, republicano
pero español. Veremos luego cómo la dirección catalanista que se agrupaba mayoritariamente
alrededor de Comorera tuvo que reaccionar contra los ataques del PCE organizando una
reunión en el Estado francés a comienzos de 1939 para frenar en seco sus maniobras sucias y
reinstaurar la verdad sobre el comportamiento del pueblo catalán en la batalla del Ebro a la
vez que contraatacaba denunciando la pasividad del PC de España.
La involución del internacionalismo marxista al nacionalismo español de José Díaz, aún
Secretario General del PCE también fue, por un lado, pareja a las imposiciones de la URSS, y,
por otro lado, aunque más tardía que la de Ibarruri, también concluyó retrocediendo al mismo
error estratégico. La última intervención pública el 23 de noviembre de 1938 del Secretario
General del PCE, cuando ya no quedaban Brigadas Internacionales, la moral de combate del
Ejército Popular estaba bajando y la II República agonizaba en medio de los primeros
rumores de acuerdos, claudicaciones, abandonos, reflejaba el desenlace del giro nacionalista
español e interclasista estatal:
«Bajo la careta de un autonomismo que no es sino un separatismo reaccionario disfrazado,
se trabaja en la sombra para concertar una paz por separado. Esto, nunca. Sería el triunfo de
Franco y de los invasores. Será necesario repetir una vez más que Cataluña no se puede
salvar separada del resto de España, y que la libertad y la independencia de Cataluña están
íntimamente, totalmente vinculadas a la libertad y a la independencia de todos los pueblos de
España... No. Esta clase de separatismo es la traición, la derrota... España no es
Checoslovaquia. Y en Cataluña no puede haber Sudetes. España resiste y vencerá con la
unidad de los hombres y de los pueblos. Asegurar la unidad entre Cataluña y el resto de
España, buscar los remedios que consigan una mejora de relaciones, es la tarea que
corresponde a todas las organizaciones populares, fundamentalmente al Gobierno de la
República y al de la Generalitat. No puede haber ningún terreno en el cual no se pueda
colaborar abiertamente por consolidar esta unidad. Si es necesario establecer el método de
relaciones o crear el organismo conveniente porque estas relaciones se desarrollen con
normalidad, no se debe vacilar en hacerlo. Y de este modo se conseguirá localizar aquellos
que están interesados a dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos
sin contemplaciones».
Para esta época el PC de España había grabado a fuego la experiencia de la represión contra
las fuerzas revolucionarias desencadenada desde mayo de 1937, con la desaparición y
asesinato de dirigentes como A. Nin, militante del POUM; había invadido el Consejo de
Aragón; había denunciado al nacionalismo vasco y había procedido contra el PC de Euskadi
al atacar y depurar a su Secretario General, Astigarrabia, acusado una mezcla explosiva de
nacionalista vasco, trotskismo y socialdemocracia; y en esos finales de 1938 se encontraba
atacando por nacionalista al PSUC y a Comorera. Para entonces ya se habían esfumado las
esperanzas no ya de avanzar en la revolución social, sino tan sólo de al menos mantener vivas
las conquistas sociales de los primeros meses de guerra, mientras que sí se avanzaba en el
restablecimiento de los pilares del capitalismo, la propiedad privada de las fuerzas
productivas; además, la URSS había retirado a las Brigadas Internacionales y que las
potencias imperialistas “democráticas” habían abandonado a su suerte a la II República. En
este contexto, expresiones como que “el separatismo es la traición”, “la unidad de los
hombres y los pueblos (…) del resto de España”, la supeditación de la independencia de
Catalunya a la independencia de España, etc., son definitivamente esclarecedores del giro de
180 grados.
Pero lo más grave es la última frase: “se conseguirá localizar aquellos que están interesados
a dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos sin contemplaciones”.
De la misma forma en que en mayo de 1937 se había iniciado el ataque al movimiento
revolucionario calificado de provocador y agente del fascismo invasor, en aras de la unión con
la “burguesía democrática”, ahora se anuncia el ataque al “separatismo reaccionario” en aras
de la “independencia nacional de los pueblos de España”. Nos encontramos así de lleno ante
el argumento nuclear, básico, de lo que será desde entonces la ideología nacionalista española
del PCE, pero antes de estudiar en detalle debemos exponerla con más detalle.
Estas reflexiones de noviembre de 1938 estaban en consonancia con las de la mayoría, por no
decir la totalidad, de los miembros del PC de España y de la III internacional como se
comprueba leyendo la breve presentación realizada el 4 de diciembre de 1938 por Dimitrov
del extenso informe firmado por Erne Gerö que había sido escrito el 18 de noviembre de ese
mismo año, es decir, sólo cinco días antes que la despedida de Ibarruri a las Brigadas
Internacionales. Dimitrov dirige la presentación a Stalin y a otros seis altos cargos de la URSS
y afirma que: “Las conclusiones presentadas en ese informe coinciden, en general, con el
punto de vista del buró político del comité central del Partido Comunista de España”.
Centrándonos en lo que nos interesa, E. Gerö dice:
El gobierno encabezado por Negrín es relativamente estable. El gobierno y el particular su
presidente resistirán el asalto de la inminente ofensiva internacional, aunque la estabilidad
del gobierno depende de muchas otras circunstancias, como de la situación de los frentes, el
suministro de alimentos, etcétera. Es necesario hacer todos los esfuerzos para preservar y
más adelante consolidar el gobierno de Negrín, que es uno de los factores decisivos para
obtener la victoria en la guerra por la independencia. Sería conveniente, sin embargo, dada
la delicada situación al respecto, plantear la cuestión de incluir en el gobierno a
representantes del partido republicano de izquierdas catalán y del partido de los
nacionalistas vascos, con el objeto de conseguir una unidad nacional más completa; lograr la
eliminación definitiva de las fricciones entre el gobierno central y el gobierno autónomo
catalán; garantizar la actividad normal del gobierno republicano de forma que las cuestiones
decisivas sobre la guerra se decidan sin demora; reforzar la lucha contra los elementos
capitalistas, aislándolos de los vacilantes y tomando medidas organizativas concretas contra
ellos”.
Hay varias cosas que destacan de este informe. La primera y obvia es que el PCE y la III
Internacional asumen que el conflicto es una guerra por la independencia nacional de España.
La segunda es la enorme diferencia con respecto al informe de septiembre de 1937 arriba
visto en el que proponen la entrada de nacionalistas vascos de izquierda y de la CNT. Ahora
se habla de nacionalistas vascos a secas, y de los republicanos de izquierda catalanes: se
aprecia que es un giro al centro reformista dictado por el giro interclasista ya manifiesto en el
Gobierno de Negrín. La tercera es que una de las debilidades de dicho Gobierno radica en que
no ha logrado la suficiente unidad nacional española para ganar esa guerra por lo que, en
tercer lugar, como urgencia táctica, es necesario volver a acercarse a catalanes y vascos
nacionalistas para consolidar la unidad nacional española.
Uno de los objetivos de este alianza táctica recuperada es el de limar las tensiones que se
mantienen con la Catalunya autonómica tras dos años y medio de guerra, desde julio de 1936
a noviembre de 1938, en busca, todo ello, de garantizar la eficacia del gobierno republicano,
eficacia que debe confirmarse en la rápida lucha contra los “elementos capitalistas”, que en el
lenguaje stalinista significaba anarquistas, poumistas y trotskistas, fundamentalmente. Nos
encontramos, por tanto, ante el mismo oportunismo tacticista e inmeditatista de un año antes,
pero en las condiciones de finales de 1938. No ha cambiado nada del nacionalismos español
del PCE, al contrario, se ha reforzado de modo que se dice explícitamente que las reformas de
centro propuestas buscan “conseguir una unidad nacional más completa”, además de la
represión de los elementos capitalistas.
Como se aprecia, la argumentación del por qué de la apertura a los nacionalistas vascos y
catalanes por parte del gobierno republicano nada menos que a finales de 1938, sólo cinco
meses antes de la victoria definitiva de la contrarrevolución franquista, gira básicamente
alrededor de la mejora inmediata de la efectividad militar, además de otros objetivos
económicos, sociales, etcétera, en lo que no nos extendemos. Se trata, por tanto, de una
apertura táctica impuesta por las circunstancias y por la inminencia del ataque definitivo de
los invasores contra la independencia española; una táctica que no aporta explícitamente
ninguna concesión siquiera transitoria y formal de derechos nacionales a dichos pueblos. Una
decisión oportunista obligada por el peligro inminente, realizada para obtener los objetivos
del nacionalismo español en su forma republicana, es decir, su “unidad nacional más
completa” mediante la absorción de los nacionalismos vasco y catalán sin contrapartida
alguna. Muy pocos días más tarde, Dolores Ibarruri completaría la propuesta advirtiendo,
según hemos visto arriba, que: “se conseguirá localizar aquellos que están interesados a
dificultar o impedir esta unidad, y entonces se podrá actuar en ellos sin contemplaciones”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esto articulo es una autentica basura, un autentico despropósito. ¿naciones oprimidas? ¿quienes? ¿las regiones ricas de España, que se hicieron ricas acumulando capital a costa de unos privilegios arancelarios que destrozaron la economía del resto del país? ¿los vascos que hasta hace 4 días se auto consideraban españolazos pura sangre? ¿los catalanes que eran los dueños de la economía del país?
¿derechos nacionales? JAJAJAJA ¿este es el lenguaje pseudomarxista que se aprende en la madrasa o que?