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08 febrero 2017

LA MUJER SUFRE SIEMPRE UNA DISCRIMINACIÓN EN LAS RELACIONES SOCIALES, ESPECIALMENTE EN EL ÁMBITO LABORAL


 

Esa afirmación constituye otra verdad y mentira a medias. De entrada, podría sorprender que reconozca que es cierto que las mujeres trabajadoras tienen unos ingresos inferiores a los varones trabajadores, en una desproporción del 25%. Así, pues ¿dónde se encierra en este aspecto la trampa? Muy sencillo, ese dato no viene referido a comparativas individualizadas de trabajos desarrollados por hombres y mujeres, sino que se trata de un dato extrapolado globalmente, tomando como referencia el colectivo de trabajadoras, por un lado, y el de trabajadores, por otro, sin tener en consideración datos como edad, antigüedad, trabajos a tiempo parcial, distribución sectorial, oficios desarrollados, horas extras, bajas por maternidad… es decir, todos aquellos factores que el neomachismo hembrista subvencionado conoce y oculta a fin de dar un resultado acorde con sus planteamientos victimistas ideológicos.
Sobre el tema he debatido ampliamente, incluso en programas de televisión, y siempre he retado a quien sostenía que las mujeres cobran menos que los hombres, a que me dijera un solo caso. La respuesta siempre ha sido la de dar evasivas y decir que todo el mundo sabe que existen. Ciertamente los más extremistas, los que más se creen sus propias mentiras o están empeñados en que el resto de la sociedad se trague sus falsedades, han llegado incluso a proclamar que la mujer gana menos por hora en el mismo puesto, lo que ha sido desmentido por el propio ministro de Trabajo (El País, 12 de marzo de 2006) y el secretario general de CCOO (Los desayunos de TVE, 10 de octubre de 2007).[15]
Tal y como refleja Diego de los Santos en su libro Las mujeres que no amaban a los hombres, como consecuencia de procurar extender ese bulo, que ha calado en la sociedad, la ministra Aído anunciaba en septiembre de 2009 como primicia el encargo de un estudio para conocer las causas por las que las mujeres cobran menos que los hombres por el mismo trabajo con el fin de adoptar medidas para corregir esa situación. Un estudio que, como todos, fue generosamente retribuido con dinero público, y que alcanzó las conclusiones apetecidas tendentes a probar esa brecha salarial por razón de sexo. Mas si fuera así, la propia ministra y todos los responsables sindicales, en ese instante deberían haber presentado, al mismo tiempo que se encargaba el estudio, su inmediata dimisión, pues tal reconocimiento implicaría admitir que se habrían permitido de forma masiva, situaciones de discriminación salarial concretas e individualizadas, es decir, para el mismo puesto de trabajo y en las mismas condiciones, en el sector público y privado.
Mas insistiría en la pregunta, y sin perjuicio de no negar que puedan aún pervivir situaciones de discriminación laboral, que afectan más que a mujeres a otros sectores laborales (jóvenes parados de larga duración, mayores de 50 años, inmigrantes), lo cierto es que si alguien conoce una situación concreta en la que una trabajadora cobre menos que un trabajador en el mismo puesto, con la misma categoría, antigüedad y con el mismo horario, no ya en el ámbito público, lo que implicaría la comisión de una actuación delictiva por negligencia y omisión desde el ministro o consejero de turno hasta el jefe de servicio que lo permitiera, sino en el sector privado, que se apreste a denunciarlo con arrojo y entusiasmo, pues además se convertiría en el ganador de la recompensa que dos asociaciones de Extremadura y Valencia, han anunciado y ofrecido por Internet, para el que pruebe la existencia de una situación que es supuestamente conocida por todo el mundo.[16]
Los ideólogos te espetan que la mujer sufre discriminación, por ejemplo en el ejército, en la universidad, en los partidos políticos, en altas instituciones… mas tal afirmación que acogen como credo de sus reivindicaciones de mayor igualdad, promoviendo leyes innecesarias de paridad, se contesta de una manera muy sencilla, desde una simple y coherente interpretación sociológica. Lo que ocurre es que se obvia que la evolución de la sociedad no acontece de forma brusca y repentina, se trata de procesos que van desarrollándose en la medida que la conciencia, sensibilidad y planteamientos socioculturales se van transformando. Ni la sociedad de hoy, ni la familia de hoy tienen nada que ver con las de hace 100 o 50 años; vamos cambiando, y en cuestiones de igualdad, ese cambio se empezó a fraguar gradual, lentamente, pero de forma inexorable, a partir de la Constitución de 1978 que proclamaba la Igualdad como uno de sus valores y como derecho fundamental.
Las leyes han de ir a remolque de esos cambios de mentalidad social. Pero, no, ahora se ha pretendido lo contrarío, la sociedad ha de ir por detrás de las leyes, inspiradas por una determinada ideología, con el fin de acelerar artificiosa y artificialmente los cambios sociales, olvidando que la igualdad se ha de basar en permitir que todas las personas tengan las mismas oportunidades, en base a criterios de mérito y capacidad. Lo otro es hacer trampas en la competición que entrañan los procesos de selección social, trampas, naturalmente impulsadas por mujeres y hombres que las secundan, que no reúnen condiciones para competir desde un plano de igualdad y que no quieren esforzarse en tenerlas, personas que nada quieren saber de los valores de excelencia, mérito, sacrificio, entrenamiento y capacidad que se precisan para llegar a las metas que todos nos hemos propuesto. Dentro de unos años, no muchos, por sí mismas, esas mujeres que creen en ellas mismas y en sus propios recursos, serán generales de nuestros ejércitos y serán mayoría en el Consejo Fiscal, Tribunal Supremo y en las cátedras de las universidades, en las que algunas han empezado a situarse sin la ayuda de ninguna supuesta feminista.
Una mentira mil veces repetida y que ha terminando calando, pero que además esconde y oculta otra realidad, en un claro perjuicio para las mujeres. Porque es cierto que:
La mujer trabaja fuera del hogar a la semana 6,2 horas menos que el hombre (Ministerio de Trabajo. Encuesta de Población Activa EPA-28 y EPA-29).
Según datos del informe del INE, 380 000 trabajadoras dejan su empleo por razón personal o familiar. Solo 14 500 hombres. Según el informe Randstad (Edurne Uriarte en su libro Contra el feminismo), el 7% de mujeres deja el empleo al tener el primer hijo y el 4% al tener el segundo. Según el INE, el porcentaje se eleva al 40% cuando la mujer tiene su tercer hijo. Porcentajes similares se dan en el resto de Europa.
Sociológicamente, sin embargo, tales verdades solo pueden explicarse desde el punto y manera de que las mujeres no terminan de renunciar a su papel de madres para optar por realizarse accediendo a puestos de poder, decisión, responsabilidad y dirección, como bien indica Edurne Uriarte en el libro reseñado. Por tanto, en ese aspecto el perjuicio que comporta la ideología dictatorial de género para las mujeres y la propia sociedad, se traduce en lo siguiente:
 Reducción de los índices de natalidad. España ha pasado de ser el país europeo con mayor tasa de natalidad en 1975 (el país del baby boom) a ser el país con menor tasa de natalidad del mundo, sin que hoy en España la mayor parte de la población se plantee que el hecho de tener hijos pueda reportarle felicidad. En un estudio realizado al respecto en Madrid, solo así lo consideraban el 31% de mujeres y el 24% de hombres. También influye en esa reducción de natalidad el hecho de que en 1900 el porcentaje de población en una edad comprendida entre 0 y 24 años que se dedicaba a estudiar era del 12%; en 1950 del 20%; en 1975 del 54%; y en 2007 del 75% (datos extraídos de la ponencia «Conflictos familiares y relaciones paternofiliales» de Julio Iglesias de Ussel, Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Jornadas organizadas por ASEMIP: La Justicia de Familia en España: Una perspectiva multidisciplinar). Vivimos, por tanto, en una sociedad hedonista, en la que cada vez los jóvenes se crean más necesidades que han de ver cubiertas para alcanzar su independencia; una sociedad que vive un crisis económica y de valores, en la que cada vez se tienen menos hijos y más tarde. En ese desolador panorama irrumpen los postulados de una ideología que defiende el aborto libre, que entienden las relaciones de pareja como un ámbito de lucha y de dominación, y la maternidad como una de sus consecuencias. El resultado de esos planteamientos, es que España se está convirtiendo en un país de viejos, en el que nuestro mayor problema no es que no habrá dinero para pagar las pensiones de jubilación sino que no habrá población activa, recambio generacional, que las pague. Ha sido España, por tanto, el país en el que mejor han calado los programas de la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y Empoderamiento de la Mujer orientadas, como se expuso en el anterior capítulo, hacia una concepción meramente genital de la violencia contra la mujer; presentando como solución a la violencia la aplicación de los derechos sexuales y reproductivos: contracepción (planificación familiar); anticoncepción de emergencia (aborto químico); interrupción voluntaria del embarazo (aborto quirúrgico); educación sexual (respecto a políticas de sexo seguro); y «confidencialidad», consistente en la no intervención de los padres en la decisión de sus hijas menores de edad.
Se les niega a las mujeres que tengan libertad de decisión cuando se encuentran en la disyuntiva de o bien volcarse en la crianza y educación de sus hijos o bien de optar por su desarrollo profesional. En el libro Contra el feminismo, se subraya el fanatismo ideológico que solapa cualquier intento de investigación científica rigurosa, poniendo de ejemplo las conclusiones de un estudio de una profesora de Ciencias de la Educación de Almería, en el que tras constatar que las mujeres investigadas y profesionales de la educación, en gran mayoría, se inclinaban por la opción «familia e hijos», llegaba a la conclusión de que era por su concepción machista: «Ello no obedecía a una elección propia sino que responde a mecanismos externos e internos a las instituciones, que se relacionan y retroalimentan y que marginan a las mujeres de los ámbitos de poder y decisión de los centros». Es decir, las mujeres son personas sin capacidad de decisión, no se les reconoce libertad, son menores de edad que ni saben lo que quieren. Las que sí lo saben por ellas, son sus hermanas, las femilistas (no es ninguna errata), que están ahí para tutelarlas y sacarlas de su error. Porque lo cierto es que hoy en día, al menos, las mujeres pueden ser libres de tomar una u otra decisión. El problema, la raíz cultural machista que todavía pervive, no se encuentra en ese extremo de la ecuación, sino en el rol masculino; hoy en día, el trabajador que opte por dejar su trabajo y dedicarse al hogar, la familia y los hijos, mientras que la madre se desarrolla en el ámbito laboral, todavía recibe rechazo social y es visto como vago, aprovechado, mantenido, parásito y Juan Lanas. La libertad del hombre al respecto, se encuentra mucho más limitada y condicionada por factores culturales y de presión social.
La mujer sigue constreñida por el techo de cristal que le impide realizarse y que le ocasiona el hecho de tener hijos. Según estudios del CIS las mujeres tienen menos hijos por falta de ingresos y por la dificultad de compatibilizar trabajo y familia. Se trata de una realidad que salta a la vista, por lo que desde ese punto de vista coincido con el planteamiento feminista, el del verdadero feminismo, de que se ha de procurar la igualdad de hombres y mujeres para poder hacer compatibles obligaciones laborales y obligaciones domésticas, entre las que destaca la del cuidado y crianza de los hijos; así lo refleja la Ley Orgánica 3/2007 de 22 de marzo,[17] para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres. Para dicho fin, por un lado, se habrían de promover medidas de fomento de permisos de natalidad, paternos y maternos, aumento de ayudas para familias numerosas, guarderías y facilitación de trabajos a tiempo parcial para progenitores con hijos a su cargo; y por otra parte resultaría imprescindible y prioritario fomentar medidas que entrañen una auténtica complicidad, apoyo recíproco y corresponsabilidad parental, como es el modelo de custodia compartida.[18]
Porque, por ahora, ¿cómo se articula esa compatibilidad que se pretende instaurar incluso legalmente? En esta sociedad sin resiliencia para enfrentarse a las dificultades y que no renuncia a nada, esa solución se ha brindado a través del sencillo recurso de delegar responsabilidades:
En primer lugar se delega en abuelos, e incluso ya hasta en bisabuelos, trasladando el techo de cristal de la mujer moderna, que tiene posibilidad de optar por trabajo o la atención de una familia con niños, en otra generación de mujeres que no tuvo esa opción y siempre se dedicó a la ingrata y meritoria carrera de ama de casa. Esa solución decaerá en la próxima generación, cuando esas madres de hoy sean también abuelas.
Delegar en cuidadores y guarderías, siempre que se cuenten con recursos y la familia viva con el desahogo económico necesario, normalmente porque trabajan el padre y la madre.
No delegar sino desentenderse de manera negligente, dejando que los hijos, desde la preadolescencia se eduquen solos y a su albedrío (los conocidos «niños de la llave»). Esos menores suelen acabar desarrollando trastornos y desórdenes asociativos y relacionales, siendo serios candidatos a integrar la cartera de clientes del juez Emilio Calatayud.
La mejor solución, la más coherente y progresista, consiste en mentalizarnos en que padres y madres somos iguales en derechos y obligaciones con respecto a nuestros hijos. Si se proclama que se han de asumir en igualdad, obligaciones en el ámbito doméstico, entre otras razones porque esa es la mejor forma de que las mujeres superen su histórico techo de cristal, resulta absurdo diferenciar entre obligaciones en el contexto de una familia estructurada y bien avenida y de obligaciones en el contexto de una familia rota. En el primer caso, a los padres se les exige, con toda justicia y razón, entrega, compromiso, participación y dedicación a los hijos; mas en caso de ruptura el padre se convierte en figura decorativa, periférica, en padre procreador, protector, pagador y proveedor. Para la ideología de la dictadura de género, los padres españoles, en esas circunstancias, no están preparados para asumir esas funciones nutrientes que antes les encomendaban con tanto celo, porque aquí, esa ideología sí se apunta a la doctrina evolutiva, pretextando que todavía los padres no son aptos para asumir esas funciones que están reservadas al sexo femenino. Es decir, machismo puro y duro, los mismos argumentos machistas de la sección femenina de Pilar Primo de Rivera.
Los padres han de ir aprendiendo poco a poco, sin que existan, siempre las posiciones extremistas, padres que realmente se quieran seguir ocupando de sus hijos; lo que quieren esa panda de maltratadores es seguir haciendo daño a las mujeres a través de sus hijos, arrebatándoselos, con el fin de no pagar pensiones, no tener que ceder el uso de la vivienda familiar y delegar sus responsabilidades en los abuelos maternos.
Eso es lo que se escucha en los medios de información; constantemente el sr. Lorente, públicamente, ha estado haciendo esas afirmaciones (quizás, él hable por experiencia propia), lo que no se transmite es que esa argumentación es rebatida con la cruda realidad, la que siempre falsean los ideólogos, pues hoy en día sí existen muchos padres que, de verdad, quieren seguir estando activamente implicados en la crianza, cuidado y educación de sus hijos… y no les dejan. Porque también se podría argüir que existen madres empeñadas en negarles ese derecho y obligación, por no perder unos privilegios hasta ahora a ellas reservados: pensiones y uso exclusivo de domicilio familiar. Y en cuanto a la delegación en abuelos, cabría preguntarse si las madres divorciadas que trabajan no delegan sus responsabilidades en los abuelos maternos: ¿Estarán éstos menos preparados que los abuelos paternos?
En nuestro entorno cultural, ese modelo, que aquí todavía se rechaza, se ha impuesto de forma categórica:
Francia, Code Civile de 11 de julio de 1975 (art. 187). Y Ley de 4 de marzo de 2002, los tiempos de permanencia con los padres deben ser equilibrados, y las residencias alternas.
Italia, la Ley de 1 de diciembre de 1970 (art. 6). Nueva Ley de 8 de febrero de 2006, dice que el juez debe valorar prioritariamente la posibilidad de que los hijos menores sean confiados a los dos padres.
Alemania, la Ley de 14 de junio de 1979, BGB, art. 1671.
Inglaterra, la Guardianship of Minors. Act 1971.
Suecia, el Código de los Niños y los Padres nos dice que: «El mejor interés del menor deberá ser la consideración fundamental en los derechos sobre cualquier arbitraje relacionado con la custodia y según la cual el niño ha de compartir su tiempo de residencia y contacto con ambos padres».
Canadá va más allá en el caso Cayton Gilles (menor que estuvo en huelga de hambre para poder vivir con ambos padres tras su divorcio), cuya sentencia dice en su punto 15 que las determinaciones de coparentalidad se deben basar en el mejor interés del niño. A raíz de esta sentencia y caso, la custodia conjunta fue el modelo preferencial.
Bélgica, Ley de 18 de julio de 2006, habla de alojamiento de los niños prioritariamente igualitario.

USA, los estados que están a favor de la custodia conjunta (Joint custody) son Louisiana, Idaho, Vermont, Washington, Missouri, Nevada, Alabama, Connecticut, Minnesota, Mississippi, Alaska, California, Texas, etc.

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