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27 marzo 2017

La falsa teoria de EH como colonia en la V asamblea de ETA

La adscripción de ETA a las tesis colonialistas, adscripción que comienza prácticamente a partir de 1962, no puede resultar sorprendente en absoluto. Muy al contrario, constituye una derivación lógica, y ello por varios motivos, entre los cuales cabe destacar:
a) la existencia de un precedente anticolonialista en el nacionalismo vasco, y más concretamente en el nacionalismo radical, principal fuente ideológica de ETA;
b) el hecho de que en el momento del nacimiento de ETA, y salvo en el caso de Irlanda -fácilmente encuadrable, asimismo, en el ámbito del nacionalismo tercermundista, en lo que a sus métodos hace referencia-, no existe en la Europa occidental un movimiento nacionalista radical con la suficiente entidad como para aportar experiencias de lucha de liberación nacional;
c) el hecho de que el proceso de descolonización se halla, en el momento del nacimiento de ETA, en su fase más álgida, existiendo, asimismo, un sentimiento generalizado en todo el mundo en favor de una rápida descolonización de los países del Tercer Mundo;
d) la aparente coincidencia entre la idea de ETA (Euskadi, país ocupado) con la realidad ofrecida por el franquismo, que mantiene una política de opresión y ocupación real y efectiva del País Vasco desde el final de la contienda civil. La inclinación de ETA hacia métodos de lucha armada no resulta gratuita, sino que responde a una represión ciega y brutal aplicada de forma sistemática por el régimen franquista. El proceso de radicalización de ETA se halla en estricta conexión y correspondencia con las sucesivas provocaciones del régimen franquista.

El bagaje ideológico de ETA es inicialmente muy elemental, constituyendo la ideología del nacionalismo vasco histórico su única fuente de referencia en la práctica. Por ello, tras la celebración de la Primera Asamblea, cuando ETA se ve precisada a ampliar sus bases ideológicas, con el fin de dar respuesta a la problemática de la moderna sociedad vasca de la postguerra, se encuentra de bruces con el fenómeno de la descolonización y las luchas de liberación de los países tercermundistas.

Se origina una inmediata corriente de simpatía hacia esos países tercermundistas, que no tarda en convertirse en proceso de identificación de la situación objetiva de esos pueblos colonizados y Euskadi. Esta identificación de situaciones no hace referencia tanto a la realidad objetiva interna (social, económica, política) de cada pueblo, sino a la relación de ocupación, opresión o dependencia que los mismos sufren por parte de las potencias colonizadoras.

De esta identificación de situación se deriva inmediatamente una identificación de métodos de lucha. Argelia, Vietnam, etc., son países ocupados por potencias extranjeras. Euskadi, también. Argelia, Vietnam, etc., han iniciado una guerra de liberación nacional. Euskadi debe, asimismo, iniciar su guerra de liberación nacional.(todavia hoy Herritaren Batasuna y otros abusan de estas comparaciones no cientificas).

En consecuencia, el análisis gira en torno a este eje elemental y un tanto simple de «situación objetiva de ocupación/respuesta a esa ocupación». Para ETA, Euskadi es un país ocupado; tal afirmación no presenta duda alguna. Si otros países ocupados, para llevar a cabo su liberación nacional, utilizan la guerra revolucionaria corno método adecuado, ¿por qué ETA no?

Se produce, pues, en primer lugar, una identificación que hace referencia única y estrictamente a los métodos de lucha, y cuya expresión concreta, por parte de ETA, viene reflejada en La insurreccción en Euzkadi.

 Esta identificación de métodos de lucha deriva en una segunda fase en la que las similitudes se establecen no sólo en el aspecto de los citados métodos, sino también en una identificación de la realidad objetiva de Euskadi con la de los países tercermundistas. En función de ella, la situación de Euskadi es asimilable a la de los países tercermundistas. La expresión más clara de esta nueva identificación se halla en la «Carta a los intelectuales».

Tras la escisión de ETA Berri y la dimisión de Branka( los txillardegianos), ETA, en su V Asamblea, no va a hacer otra cosa que ratificar y confirmar el sentido tercermundista, tanto en sus métodos de lucha como en su estrategia en general.

Será Federico Krutvig quien aporte las bases teóricas para esa visión anticolonialista y tercermundista de la realidad vasca, confirmando de este modo la tendencia determinada por la IV Asamblea a través de la «Carta a los intelectuales» (1).

En estos trabajos, Krutvig va a afirmar de modo expreso que Euskadi constituye una colonia, y no un mero país dependiente:

En el caso vasco no solo se trata de un pueblo dependiente, sino que el calificativo de pueblo sometido al colonialismo le cuadra por completo. La riqueza producida por Vasconia va a engrosar las arcas de los explotadores en Madrid. Sólo una pequeña casta nacional de traidores vendidos de cuerpo y alma al extranjero se ha unido a la expoliación de las riquezas nacionales y se reparte con ellos el fruto del robo perpetrado en Vasconia (2).

Sin embargo, y a pesar de esta afirmación rotunda por su parte, Krutvig no va a elaborar una teoría estrictamente colonialista, ya que va a identificar de modo constante los conceptos de tercermundismo, colonialismo, imperialismo, etc.(3), hasta el punto de que considera como típicamente colonialistas las relaciones existentes entre las minorías étnicas de Europa con relación a los Estados-nación constituidos:

En Europa misma, los pueblos sometidos al colonialismo de las etnias dominantes de los Estados creados para la explotación capitalista, comprenden enteramente el problema de los pueblos expoliados por el imperialismo. Su situación es parecida y su combate idéntico (4).

ETA, siguiendo el esquema ideológico de Krutvig, no va a realizar una distinción entre los conceptos de colonialismo, imperialismo, tercermundismo, etcétera.

El fenómeno del colonialismo es ciertamente complejo e implica, en términos generales, un vínculo de subordinación o sujeción de un determinado territorio por parte de un Estado. Este vínculo de subordinación no es sólo de tipo económico y cultural, sino también de tipo político, administrativo y militar. Sin embargo, la característica básica del colonialismo, entendido en un sentido genérico, radica precisamente en esa situación de dependencia institucional, política y administrativa, es decir, no solamente económica, que hace que el territorio dependiente no tenga soberanía propia en el concierto internacional de las naciones. A ello se suele añadir una circunstancia específica que consiste, en general, en que el dominio colonial se ejerce sobre territorios situados geográficamente fuera de los límites territoriales del Estado.

Ligado de forma directa a la idea del colonialismo aparece el concepto de imperialismo, que pudiera calificarse, en una primera aproximación, como el movimiento expansionista de una potencia, impulsado por la voluntad de poder y la convicción de superioridad (5).

Si bien los objetivos del imperialismo suelen centrarse en un propósito preponderantemente político o económico, no es menos cierto que son los motivos económicos los que con más frecuencia impulsan el imperialismo. Por ello, no es tanto el control político, cuando menos el control político directo que supone el establecimiento de una dependencia institucional, política y administrativa sobre el territorio dependiente, sino el control económico de ese territorio lo que interesa, en definitiva, al imperialismo.

Este nexo de unión entre el imperialismo y la idea de control económico es recogida fundamentalmente por autores marxistas tales como Conat, Hobson, Hilferding, Bujarin, Kautsky, Rosa Luxemburgo y, sobre todo, Lenin (6), quien, en su fundamental trabajo El Imperialismo, fase superior del capitalismo, dice:

Si fuera necesario dar una definición lo más breve posible del imperialismo, debería decirse que el imperialismo es la fase monopolista del capitalismo.
 Esa definición comprendería lo  principal, pues, por una parte, el capital financiero es el capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas. fundido con el capital de los grupos monopolistas industriales, y por otra, el reparto del mundo es el tránsito de la política colonial, que se extiende sin obstáculos a las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política de dominación monopolista de los territorios del globo enteramente repartidos (7).

En consecuencia, y siguiendo esta línea de análisis elemental y básico, cabría destacar a priori una diferencia evidente entre el colonialismo clásico y el imperialismo. Esta diferencia radica. en la idea de que una relación colonial supone una dependencia Político administrativa institucional, con respecto a la potencia dominante, mientras que la relación de subordinación imperialista incide fundamentalmente en el control económico por parte de la potencia dominante, si bien no negando la existencia de un control político, que, en la mayor parte de los casos, se ejerce de modo indirecto.  

Entre los conceptos de imperialismo y colonialismo surge mas recientemente la idea del «neocolonialismo», concepto que si bien se mantiene a caballo entre aquellos dos, sin embargo, en la realidad, aparece más vinculado a la idea de opresión económica del imperialismo que al colonialismo político como tal, ya que en el mismo la asignación de recursos económicos, los esfuerzos de inversion, las estructuras ideológicas y legales y otros rasgos de la antigua Sociedad  permanecen invariables, con la sola excepción de la transferencia del poder a las clases dominantes domesticas por los antiguos amos coloniales (8).

Avanzando en esta delimitación de conceptos hay que indicar que asimismo y en oposición al colonialismo puro o político que hace referencia al dominio sobre los pueblos extranjero de ultramar, el profesor Lafont ha aplicado el concepto de «colonialismo interior» a ciertas regiones subdesarrolladas de Europa Occidental, definiendo como tal a un cierto número de procesos económicos cuya envoltura perceptible es el subdesarrollo regional (9).

Por ultimo, cabe destacar un concepto que recientemente aparece con cierta intensidad, sobre todo en el ámbito de las minorías nacionales de Europa occidental. Se trata del concepto de «dependencia», y que denota una situación de subordinación a otro Estado o nación y, consecuentemente, la existencia de una relación de dominio . u opresión. La dependencia es al mismo tiempo nacional y colectiva cuando una nación depende de otra, o de unas estructuras políticas y jurídicas que no corresponden a la propia nación organizada sobre la base de la soberanía popular (10).

ETA no establece distinciones entre este conjunto de situaciones diferentes, y otorga al concepto de colonialismo un significado amplio en el que se acogen tanto la opresión cultural como la política, la institucional, la administrativa y la militar como asimismo la opresión o dependencia económica; pero, además, identifica esta situación con la que padecen los países tercermundistas. En consecuencia, Euskadi queda equiparada, en su situación, a los países tercermundistas:

Esta realidad concreta del doble (o triple) polo de la contradicción fundamental en que una parte (sic) se sitúa la burguesía de la nación opresora (que oprime al pueblo colonizado nacional y socialmente, como en nuestro caso), es Justamente una coyuntura histórica que da al pueblo vasco una gran fuerza revolucionaria al identificar el problema vasco con los del Tercer Mundo (11).

ETA incide, sin embargo, de forma especial en el aspecto político institucional más que en el económico, y ello es lógico habida cuenta de que la idea de ocupación late de forma permanente en sus planteamientos. A cualquier tipo de relación de dependencia se antepone la consideración previa de Euskadi como país ocupado por una potencia extranjera:  

El concepto España está hoy en nuestra tierra representando la opresión nacional y social (12).

De ello se deriva, como prioritaria, la necesidad de expulsar a la potencia colonizadora, de obtener la independencia política:

El revolucionario español lucha contra un enemigo interno dentro de su pueblo, mientras que en la lucha del pueblo vasco por alcanzar la revolución socialista, el enemigo reviste, en primer lugar, el carácter de expoliador extranjero. El enemigo del pueblo vasco en esta lucha lleva un nombre muy simple. Se llama España (y en su caso Francia). Todo cuanto estos pueblo: representan es enemigo del pueblo vasco (13).


(1) La aportación de Krutvig a la V Asamblea se produce fundamentalmente a través de sus obras o folletos: La cuestión vasca, Nacionalismo revolucionaria, editado en 1966, Branka, núm. 1, pp. 23 ss., reeditado posteriormente en 1974. Véase Nacianalismo revolucianario, Lauburu 1, Editions Hordago, Ciboure, 1974; y por último, «Estrategia guerrillera», editado por Branka, núm. 2, pp. 20 ss., y Branka núms. 3-4, pp. 53 ss.

(2) F. Sarrailh de Ihartza, Nacionalismo revolucionario, p. 34. Todas las citas de este folleto hacen referencia a su segunda edición de 1974.
(3) Jokin Apalategi y Paulo Iztueta, El marxismo y la cuestión nacional vasca, Zarauz, 1977, p. 196, libro inicialmente publicado en euskera con el título de Marxismo eta nacional arazoa Euskal Herrian, Editions Elkar, Bayona, 1974.
(4) F. Sarrailh, Nacionalismo revolucionario, p. 15.
 (5) Diccionario de ciencias sociales, cit. tomo I, p. 1054.
(6) Para un conocimiento básico de la teoría marxista sobre el imperialismo, véase Paolo Santi y otros, Teoría marxista del imperialismo, Cuadernos de Pasado y Presente, núms. 10 y 12, México, 1977, 5. edición.
(7) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Obras escogidas, tomo I, p. 764, Akal Editor, Madrid, 
(8) James O'Connor, «El significado del imperialismo  economico», en James O'Connor y otros, Imperialismo, hoy, Ediciones Periferia, Buenos Aires, p. 34. 
(9) Robert Lafont, La revolución regionalista, Ediciones Ariel , Barcelona, pp. 119 ss.
(10) Inma Tubella i Eduard Vinyamata, Diccionari del nacionalisme, Edicions de la Magrana, Barcelona, 1978, p. 6l.
(11) F. Sarrailh, Nacionalismo revolucionario, p. 31.
(12) Ibidem, p. 23.
(13) Ibidem, p. 17

ETA va a mantener inalterada, hasta finales de 1968, su posición de Euskadi como colonia. En diciembre de este año hará su aparición un pequeño libro titulado Hacia una estrategia revolucionaria vasca escrito desde la cárcel por José Luis Zalbide (despues de muchos años en la cárcel pasaría de mili a euskadiko y luego asesor de Belloch), con el seudónimo de K. de Zunbeltz (1).

Si bien no hay una afirmación expresa en tal sentido a lo largo de todo el libro, se da, sin embargo, un abandono implícito por parte de Zunbeltz de la idea colonialista, apareciendo reflejada, con evidente nitidez, en su lugar una nueva concepción del sentido de la lucha de Euskadi por su liberación claramente antiimperialista.

El «Iraultza» va a ser objeto de duras críticas, incluso por parte de algunos de los dirigentes de ETA, destacando entre las mismas la de López Adán (Beltza), que critica los aspectos ideológicos del mismo (2), y la de Federico Krutvig, quien critica sus aspectos estratégicos (3).

Como consecuencia de estas críticas, K. de Zunbeltz va a dar marcha atrás en sus posiciones antiimperialistas mediante un nuevo trabajo, escrito en 1970, con el título de «Fines y medios en la lucha de liberación nacional» (4), en el cual realiza una autocrítica de su primer libro:

No sólo se expresó de manera confusa y equívoca el carácter principal de la lucha revolucionaria vasca (contradicción nacional entre el pueblo trabajador vasco y el imperialismo español-francés), sino que ya dentro de la estrategia se vertieron graves errores (6).

A pesar de esta marcha atrás, las posiciones estrictamente anticolonialistas van a ir dejando paso a esta nueva dirección en el sentido de la lucha, de modo que puede afirmarse que tras la debacle provocada por las diversas escisiones de la VI Asamblea, en 1970, la nueva ETA que se afiance a partir de 1971 partirá de posiciones claramente antiimperialistas.

El progresivo afianzamiento de las posiciones antimperialistas en detrimento de las tesis estrictamente colonialistas queda perfectamente reflejado en el hecho de que, paulatinamente, va a configurarse en el seno de la propia ETA una tendencia claramente defensora de la tesis colonialista, cuyo principal ideólogo será Beltza, quien, continuando con las posiciones expresadas en su crítica del «Iraultza» de Zunbeltz, presentará dos ponencias a la VI Asambleacon los  títulos de «Notas para una teoría del nacionalismo revolucionario» y «A los revolucionarios vascos».

Beltza mantendrá en sus escritos que, tanto a lo largo de la historia como en la actualidad, la contradicción principal en la que se halla inmerso el pueblo vasco es la de «pueblo vasco-opresión extranjera» (7), y que esta contradicción aparece de forma permanente en la historia vasca:
 Si el fuerismo tuvo tal arraigo en Euskadi, no fue por las contradicciones entre burguesía comercial y burguesía industrial (contradicción principal en la época para Zunbeltz), sino porque las masas populares vascas intentaron resistir a la colonización (8).

Estas posiciones anticolonialistas seguirán manteniendo una cierta vigencia todavía en ciertos sectores de ETA, Y a ello va a colaborar la inesperada defensa de sus tesis por el estructuralista Jean Paul Sartre, en su «Prólogo» al libro de Giséle Halimi, Le proces de Burgos (9).


1) F. Sarrailh, Nacionalismo revolucionario p. 17.
2) K. de Zunbeltz, Hacia una estrategia revolucionaria vasca Iraultza, núm. 1, diciembre, 1968. Posteriormente se publicó una segunda edición, en la cual viene recogido el trabajo de K. de Zunbeltz, diversas críticas realizadas al mismo, y una segunda parte del propio autor, titulada «Fines y medios en la lucha de liberación nacional», véase Hacia una estrategia revolucionaria vasca, Cuadernos Lauburu, núm. 2, Editions Hordago, Ciboure, 1975. La primera edición causó un gran impacto entre los militantes y simpatizantes de ETA, por lo que el libro en cuestión fue más conocido en los medios clandestinos con el nombre de «lraultza» -título de la colección en que apareció, que con su título original.
3) Beltza, «Sobre la ideología de "Iraultza"», Cuadernos Lauburu, núm. 2, pp. 123 ss., año 1969.
4) Orti, «Sobre la estrategia del Iraultza», ob. cit. pp. 155 ss.
5) K. de Zunbeltz, «Fines y medios en la lucha de liberación nacional», Cuadernos Lauburu, núm. 2, pp. 171 ss.
6) K. de Zunbeltz, ob. cit., p. 312.
7) Beltza, «Sobre la ideología del "Iraultza", p. 140.
8) Ibidem, p. 141. Tras la celebración de la VI Asamblea, Beltza va a abandonar ETA y comienza a dedicar sus esfuerzos a la investigación de la historia vasca. Sus posiciones ideológicas han evolucionado notablemente, y actualmente sus posiciones anticolonialistas aparecen muy matizadas. En uno de sus siguientes libros, explica así la idea de «colonización», para determinar las relaciones entre el País Vasco y España: «Se puede afirmar que la explotación de las riquezas del País y de la fuerza de trabajo de los explotados vascos, se hace y se ha hecho fundamentalmente al servicio de las clases dominantes que dirigen una nación-Estado diferente a la vasca, clases que son nacionalmente no-vascas, extranjeras. Este es el contenido del término "colonización" y no hay que pretender hacerle decir lo que no dice.» Beltza, Nacionalismo vasco y clases sociales, p. 85.

9) Giséle Halimi, Le proces de Burgos, pp. VII ss. El historiador Carlos Seco Serrano realiza una crítica, muy certera, en nuestra opinión, a la ligereza con la que Jean Paul Sartre desvirtúa una serie de hechos históricos relacionados con el País Vasco. 

La cuestión colonial en la V Asamblea 3ª parte:


b) El espejismo colonialista

Se ha indicado ya con anterioridad que el anticolonialismo de ETA no supone una identificación estricta de situaciones entre las colonias tercermundistas y Euskadi. Esta identificación hace referencia expresa y concreta a la estrategia revolucionaria y guerrillera adoptada por aquellas colonias y, asimismo, al contenido y esencia de la relación de dependencia colonial de las mismas con respecto a sus metrópolis.

Por ello, antes de establecer análisis comparativos entre ambos tipos de situaciones, conviene recordar que los mismos no pueden ni deben hacer referencia a la realidad objetiva de los países colonizados, sino exclusivamente al contenido de su relación con la metrópoli. Es indudable que toda estrategia revolucionaria, sea política o sea militar, debe basarse previamente en un análisis de la realidad social, económica, política, cultural, histórica, etc., del país donde se pretende llevar a cabo. Toda importación de modelos revolucionarios que no tenga en cuenta la realidad tanto del país donde la misma se ha aplicado con éxito como la del país donde se pretende aplicar, se halla irremisiblemente condenada al fracaso.

En tal sentido, cabe anticipar que la situación de los países del Tercer Mundo y la del País Vasco son total y absolutamente diferentes. No resulta preciso insistir sobre tal afirmación, y ello por dos motivos: 1) por su evidencia, y 2) porque su análisis desborda el marco estricto de este trabajo. Los países del Tercer Mundo presentan una serie de problemas específicos, en todos los órdenes, que impiden el más mínimo análisis comparativo con los de los países desarrollados. En tal sentido cabe destacar, en el aspecto social, el grave problema del dualismo social de los países tercermundistas, consistente en la existencia de dos sociedades humanas: una moderna, o modernizante, y la otra tradicional; el dualismo ciudad-campo; el dualismo entre las instituciones estatales y las tradicionales, pequeñas comunidades, tribus, etc., así como el pluralismo étnico y lingüístico.

Este mismo dualismo se da en el campo económico, representado por la existencia de un sistema precapitalista de economía junto al sistema oficial implantado por el Estado. A lo que hay que añadir los graves problemas de la infrautilización del sector agrícola, la falta de tecnología, etcétera (1).

Soslayando estas cuestiones, conviene centramos de forma concreta en aquellos aspectos en los que ETA establece una identificación entre la situación de los países colonizados y la de Euskadi, identificación que, como ya se ha dicho, hace referencia a dos aspectos concretos: el sentido de la ocupación o explotación colonial y la estrategia guerrillera tercermundista.

En torno a estos dos aspectos, los movimientos de liberación nacional de los países tercermundistas se han planteado, entre otras, cinco cuestiones muy importantes: a) el carácter ocupacionista y represor de las potencias colonialistas; b) el sentido de ruptura total que el colonizado otorga a su lucha de liberación; e) el problema de la opresión lingüística y cultural; d) la actitud de los partidos de izquierda de las metrópolis ante el problema colonial, y e) la conexión entre la lucha contra el colonizador y la lucha de clases.

Tras un somero análisis a estas cinco cuestiones se podrá comprobar, no sin cierta sorpresa, que, habida cuenta las circunstancias históricas en que se desenvuelve ETA y las características peculiares del régimen franquista(no entramos en el democratico-burgués), la adscripción de ETA a las tesis colonialistas se sitúa dentro de unas coordenadas no exentas de cierta lógica.

La primera cuestión -y, asimismo, la principal de las que se plantean los movimientos de liberación nacional de los países colonizados- concierne a la ocupación por parte de la potencia colonizadora, la determinación de sus características, el ámbito o extensión de la ocupación (cultural, política, económica, etcétera).

Quizás el autor que más brillantemente ha analizado, desde una perspectiva anticolonialista, el sentido de esta ocupación y de la represión por parte de las potencias colonizadoras es Frantz Fanon (no es de extrañar que Boltxe haya publicado su libro y es que los nacionalistas hacen muy bien sus deberes), de quien Roberto Mesa afirma que constituye la mente más preclara y más aguda puesta al servicio de los nuevos países en trance de realización por la vía tercermundista (2).

Para Fanon, la situación colonial adquiere un carácter diferenciado que viene determinado, sobre todo, por el hecho de la dominación extranjera. La situación colonial es el producto de una conquista militar que posteriormente se consolida mediante una administración civil y policial. Analizando la situación de Argelia, Fanon considera que el límite de la dignidad de los argelinos viene determinado por la propia presencia del opresor extranjero, que niega la existencia de la nación argelina.

Por ello, la situación de un francés en Argelia es la situación de un conquistador, de un opresor, ya que el ciudadano francés no puede ser en Argelia ni neutro ni inocente:

La nación francesa se sitúa contra la existencia de la nación argelina, por mediación de sus ciudadanos (3).

Cuando en una colonia existen solamente soldados, policías y técnicos, el pueblo colonizador, haciendo valer su ignorancia, puede alegar que él no tiene la culpa de esa colonización. Ahora bien, cuando en esa colonia se sitúa una parte del pueblo colonizador ya no es posible establecer esta autojustificación, ya que, en este caso, toda la nación francesa se encuentra implicada en ese crimen contra el pueblo colonizado. Como dice André Gorz  (influencia primordial en Txabi), los franceses, como por sorpresa, se encuentran instalados en una guerra en regla que compromete a la nación entera: no son ya algunos miles de colonos y de gendarmes, sino la persona colectiva de Francia la que reprime, extermina, impone el terror y tortura. La indiferencia y la inocencia se hacen imposibles: ser francés significa la obligación de asumir esa guerra. Continuarla es, necesariamente, encontrarle un significado aceptable. Y como compromete a toda Francia y le cuesta duros sacrificios, no puede justificarse una guerra semejante sino afirmando que «el destino» de Francia está en juego (4).

Para Fanon, a veces la ocupación colonial adopta una forma que establece una especie de relación de afinidad: se considera a la colonia como una prolongación de la metrópoli, con lo cual se produce una mixtificación, sobre todo en los partidos de izquierda de la metrópoli, que oculta el verdadero sentido de la explotación a la que se ve sometida la colonia. Esta afinidad, esta relación de «prolongación de la metrópoli», se establece cara a los propios habitantes de esta última, pues en las regiones coloniales, por el contrario, el gendarme y el soldado, por su presencia inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto con el colonizado y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus poblados, que no se mueva. El intermediario del poder utiliza un lenguaje de pura violencia. El intermediario no aligera la opresión, no hace más velado el dominio. Los expone, los manifiesta con la buena conciencia de las fuerzas del orden. El intermediario lleva la violencia a la casa y al cerebro del colonizado (5).

La ocupación ejercida por el Estado colonialista sobre el pueblo colonizado adquiere un carácter globalizador y totalizador que se expresa en tres niveles distintos: la ocupación militar, la opresión económica y la negación cultural.
A la vista de la extensión e intensidad de esta ocupación, al colonizado no le cabe otra solución que o renunciar a su propia identidad o bien iniciar una lucha frontal contra el colonizador.
He aquí la segunda cuestión a analizar: la relación colonizador/ colonizado, relación que aparece determinada por un sentimiento de ruptura total por parte del colonizado y de lucha a muerte contra el colonizador.

Dado el carácter absoluto de la ocupación por la potencia colonizadora, el colonizado se ve obligado necesariamente a establecer una estrategia de ruptura. Al colonizado no le cabe la posibilidad de salir de su condición de tal con el asentimiento y la complicidad del colonizador. Por ello intenta liberarse y, para ello, se rebela.
La rebeldía constituye la única salida a la situación colonial que no sea un engaño. La solución adoptada por el colonizado se halla en función de la intensidad de la opresión. Su sujeción es absoluta y, en consecuencia, exige una solución absoluta, es decir, una ruptura, y no un compromiso:

La descolonización es simplemente la sustitución de una «especie» de hombres, por otra «especie» de hombres (6).

El colonizado
ha sido arrancado a su pasado y paralizado en su porvenir, sus tradiciones agonizan mientras él pierde la esperanza de adquirir una nueva cultura; carece de lengua, de bandera, de técnica, de existencia nacional o internacional, de derechos y deberes; ya no posee nada, no es nada, ni espera nada (7).

Ante esta triple opresión, no cabe una actitud consistente en la petición de una serie de reformas; lo único que cabe es una guerra de liberación, capaz de lograr la recuperación de la identidad de un pueblo que se halla momificado, capaz de recuperar su propia historia y de volver a ser dueño de sus propios destinos:

Lo que el FLN persigue no es descolonizar Argelia o suavizar la estructura opresora del ocupante. Lo que el FLN exige es la libertad de Argelia. Una libertad que permita al pueblo argelino ser completamente dueño de sus propios destinos. Nuestra táctica, nuestra actividad y nuestro propio nivel de lucha vienen determinados por ese objetivo, por esa estrategia (8).

Además, esta lucha adquiere un carácter cada vez más radical, puesto que la solución es cada día más urgente. El proceso de desnaturalización del colonizado por parte del opresor es tan efectivo que reduce al colonizado de tal forma que apenas resulta ser una persona humana; es casi un objeto. Si no se pone límite a este proceso de desnaturalización, el colonizador habrá hecho posible su máxima ambición: que el colonizado no exista sino en función
de las necesidades del colonizador; es decir, debería haberse transformado en un colonizado puro (9).

Además, a ello hay que añadir el hecho de que, en la medida en que aumenta la opresión del colonizador, más necesidad tiene de una justificación, más tiene que envilecer al colonizado, más culpable se siente, más tiene que justificarse.

La situación colonial, por su propia fatalidad interior, provoca la rebelión. Porque la condición colonial no es susceptible de arreglo; como una cadena, sólo puede ser rota (10).

El proceso de colonización de un pueblo viene determinado por la imposición, por parte del colonizador, de una lengua, una cultura y unas costumbres ajenas y extrañas al pueblo colonizado. Son múltiples las manifestaciones a través de las cuales se produce una total eliminación del más mínimo vestigio de identidad propia del pueblo colonizado (11).

En el ámbito de la educación, por ejemplo, a los niños se les forja una memoria que no es ciertamente la de su pueblo, sino la del colonizador. Conocerán a la perfección los nombres de los grandes héroes del pueblo colonizador, pero desconocen hasta el más mínimo vestigio de la historia de su propio pueblo. Su país carece de existencia real; no tiene identidad propia de la historia que se le enseña; todo parece haber sucedido fuera de su tierra. El choque entre el mundo familiar del niño colonizado y el mundo de la escuela deja en el niño una huella imborrable. El maestro y la escuela representan un universo demasiado distinto del universo familiar.

Una situación similar se da en el campo de la lengua. La lengua materna queda reducida al estricto campo familiar, estrangulando de esta forma toda posibilidad de desarrollo y adaptación de la misma a la vida cotidiana y a la sociedad en que se desenvuelve el colonizado.

El habla materna deja de tener eficacia en la vida social, ya que es incapaz de atravesar las ventanillas de la administración, de la burocracia. La administración, los técnicos, los jueces, los indicadores de carreteras, los nombres de las calles, la vida mercantil, todo, absolutamente todo, se desenvuelve en la lengua extranjera. El colonizado, aun armado de su propia lengua, es un extranjero en su propio país.


Todos los signos de identidad cultural del pueblo colonizado son sustituidos paulatinamente. Las fiestas populares y religiosas languidecen para ser sustituidas por otra serie de manifestaciones importadas de la metrópoli, manifestaciones que no dicen nada a la conciencia colectiva del pueblo colonizado. Los propios edificios construidos por el colonizador van adoptando una forma muy concreta, dando una fisonomía totalmente diferente al entorno urbano de las ciudades y pueblos. Los nombres de las nuevas calles no recuerdan ya hechos ligados al pueblo colonizado, sino a la historia del colonizador.

Las grandes fiestas civiles y militares son las del colonizador, y en ellas desfilan las autoridades y las tropas que precisamente mantienen la opresión colonial.
A la vista de todo ello, la única alternativa que le queda al colonizado es la asimilación o la petrificación. Como la asimilación no le es permitida, no le queda otra alternativa que vivir fuera del tiempo. El colonizado carece de futuro, pues el colonizador se lo niega; su pasado se reduce progresivamente, por lo que no tiene otro remedio que vivir el presente, un presente abstracto y absolutamente mutilado. Como muy bien indica Memmi:

El colonizado parece condenado a perder progresivamente la memoria (12).

Para evitar esta petrificación, para evitar esta progresiva anulación de su personalidad individual y colectiva, al colonizado no le queda otro remedio que la ruptura con el colonizador, y el establecimiento dentro de su programa, como reivindicación básica, de la recuperación lingüística y cultural de su pueblo.

La situación conflictiva provocada por el bilingüismo: una lengua, la materna, para el amor, la familia y la amistad, y la otra, la del dominador, para los usos administrativos, y, lo que es más grave aún, para hacer entender al mundo entero el grito de su protesta, puede hacer comprensible uno de los objetivos inmediatos de casi todos los movimientos independentistas: la liberación y la restauración de su propia lengua (13).

La radicalización de la lucha del colonizado encuentra otro factor de justificación en la absoluta incomprensión, por parte de los partidos de la izquierda metropolitana, al problema colonialista (14). Existe una incontestable incomunidad de la izquierda europea frente al nacionalismo. Hay un cierto embarazo en la actitud socialista frente al nacionalismo, una incertidumbre en la ideología de los partidos obreros. La reserva en este sentido de los periodistas y ensayistas de la izquierda es muy significativa. Se lo plantean lo menos posible; ni lo aprueban ni lo condenan; no saben si quieren integrarlo en su comprensión del futuro histórico ni cómo. En una palabra, la izquierda actual está desorientada frente al nacionalismo (15).

Por numerosas causas históricas, sociológicas y psicológicas, la lucha de los colonizados por su liberación toma unos acusados rasgos nacionales y nacionalistas. El hombre de izquierda no siempre se da perfecta cuenta del contenido social inmediato de la lucha de los colonizados nacionalistas, y rechaza el carácter de liberación nacional de la lucha de los colonizados.

Si se analiza la actuación de los partidos de izquierda franceses con respecto a nuestra lucha, se ve claramente que ninguno de ellos quiere admitir en realidad nuestra liberación nacional (16).

Esta desorientación e incomunicación del hombre de izquierda se ve particularmente agravada en el caso del colonizador de izquierda, del hombre de izquierda que vive en la colonia y está en contacto cotidiano con ese nacionalismo. Puede que ese colonizador de izquierda rechace la colonización y se rechace como colonizador, todo ello en la medida en que toda izquierda verdadera debe desear la promoción nacional de los pueblos, pero descubre que no hay relación entre la liberación de los colonizados y la aplicación de un programa de izquierdas. En otras palabras: que está ayudando a la implantación de un orden social en el que no hay lugar para un hombre de izquierda en cuanto tal, al menos en un futuro inmediato (17). De ahí que el hombre de izquierda se encuentre prácticamente excluido del movimiento de liberación colonial.

1) Para un análisis de la problemática de los países tercermundistas, puede verse: Maurice Pierre Roy, Les régimes politiques du Tiers Monde, Librairie Générale de Droit et de Jurisprudence, París, 1977, particularmente, pp. 135 ss. Igualmente, y desde el punto de vista de la aplicación a estos países de las estructuras políticas vigentes en los países desarrollados, puede verse: André Hauriou, Derecho constitucional e instituciones políticas, en especial, pp. 811 ss.
2) Roberto Mesa, Las revoluciones del Tercer Mundo, p. 28. No hay que olvidar, además, la clara influencia de Fanon en ETA, según se ha comprobado ya anteriormente. 
3) Frantz Fanon, Afrikar iraultzaren alde, pp. 86-87.
4) André Gorz, Historia y enajenación, p. 146.
5) Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, Fondo de Cultura Economica, México, 2." reimpresión, 1971, p. 33.
6) F. Fanon, Los condenados de la tierra, p. 30.
7) Albert Memmi, ob. cit., p. 194.
8) Franz Fanon, Afrikar iraultzaren alde, p. 1Ol.
9) Memmi, ob. cit., p. 146.
10) Ibidem, p. 194.
11) Seguimos aquí la interesante exposición de Memmi, al respecto. Véase Alberto Memmi, ob. cit., pp. 165 ss.
12) Memmi, ob. Cit., p.166
13) Roberto Mesa, en el prologo a Albert Memmi, ob, cit., p.19
14) Albert Memmi realiza un análisis enormemente sugestivo y clarividente de esta cuestión, en su Retrato del colonizado, pp. 82 ss. Nuestra exposición no hace sino reflejar algunos de los aspectos más destacados de ese análisis.
15) Albert Memmi, ob. cit., p. 84.
16) Frantz Fanon, Afrikar iraultzaren alde, p. 92.
17) Albert Memmi, ob. cit.) p. 89. 


La izquierda metropolitana no llega a comprender que en la colonia no se establece una relación burguesía-proletariado, sino una relación colonizado-colonizador. Establecer en un pueblo colonizado el antagonismo entre proletariado-burguesía constituye un ejercicio incomprendido. Hay una contradicción principal, representada por la metrópoli opresora, que constituye en sí un grupo absolutamente impermeable frente al colonizado, y éste. En la colonia, todas las barreras interiores deben desaparecer; la impotencia burguesa de los negociantes y los compradores, el proletariado urbano, el lumpen-proletariado de los barrios miserables, todos deben alinearse en la misma posición de las masas rurales, verdadera fuente del ejército nacional  y revolucionario(1).

¿ En qué medida estas características específicas de los países colonizados se reproducen en la relación de dependencia Euskadi-Estado español?

En una primera aproximación, parece deducirse que existen evidentes signos de identificación entre la situación de los países colonizados Y la de Euskadi. En efecto, de las cinco cuestiones que se han analizado, vemos que todas ellas se reproducen de una forma u otra en la relación Euskadi-España, en lo que hace referencia a la época histórica concreta que estamos analizando (la V asamblea de ETA).
En tal sentido, existe una aparente similitud de situaciones entre la conquista militar de Francia sobre Argelia, consolidada posteriormente mediante una administración civil y policial, y la opresión que en todos los órdenes ejerce el franquismo con respecto al pueblo vasco. Si a ello añadimos los criterios interpretativos históricos utilizados por ETA, en el sentido de considerar las guerras carlistas como guerra de conquista por parte del Estado español (algo muy confuso), la identificación se hace casi absoluta, pues no hay que olvidar que, durante el franquismo, el Estado va a ejercer su control absoluto en todos los órdenes de la vida (cultural, político, administrativo, económico, etcétera).

Esa violencia que las fuerzas de ocupación francesas ejercen sobre el colonizado también la ejercen, en numerosas ocasiones, las fuerzas de orden público al servicio del régimen franquista, con mayor o menor intensidad y con una mayor o menor extensión en la población(una violencia injusta y sin ningún mínimo refrendo ni siquiera electoral burgués).

 Ahora bien, a poco que se profundice en el verdadero carácter de la relación Euskadi-España, comienzan de modo inmediato a aparecer las primeras fisuras en el edificio ideológico asentado en torno a la teoría colonial. Para el FNL argelino, la situación de un francés cualquiera en Argelia es la de un conquistador, la de un opresor. ¿Se da esta misma situación en Euskadi con respecto a los ciudadanos «españoles»?

Para ETA, aparentemente, sí, y ello en la medida en que establece una primera y nítida separación entre la comunidad nacional vasca y la comunidad española. En tal sentido, en la V Asamblea se dice que
 Euzkadi Sur es una zona de conflicto y lucha de nacionalidades en la que intervienen todas las clases de ambas naciones, opresora y oprimida (2).

para señalar a continuación cuál es el papel que cumple a cada una de las clases sociales de «la nación opresora»:

A) La oligarquía financiera-terrateniente española, base de clase del sistema fascista y artífice principal de la opresión política del conjunto del Estado español y del pillaje económico en el País Vasco y Cataluña.
B) La pequeña burguesía española, puntal del nacionalismo español en Euskadi, que opera sobre dos frentes:
1. En el seno mismo de la estructura fascista de opresión, policía, ejército, hacienda, sanidad, INP, enseñanza, órdenes religiosas, periodistas, profesores, universitarios, etcétera.
2. Como creadora y sostenedora de ideologías nacionalistas españolas que abarcan sectores a los que el carácter, necesariamente limitado, de la represión fascista no llega. Este segundo grupo engloba una enorme gama de matices, desde la bilbaína «Sociedad de Amigos de Mussolini» hasta los grupos  social colonialistas (PSOE - FLP - pc - uso, etcétera).
C) El proletariado español inmigrante, en proceso de adaptación al país  pero constituyendo una clase perfectamente delimitada en razón de su origen  nacional, por una presencia en Euzkadi debida a un desarrollo de la industria  vasca impuesto en 1936 por las armas de la burguesía nacional, por las circunstancias político-económicas vigentes en el Estado español... (3).

A tenor de lo expresado por este párrafo, parece no existir al nativa alguna que no sea la de establecer una lucha frontal entre «pueblo vasco oprimido» y «pueblo español opresor». Dejando al margen lo que ETA denomina «oligarquía financiera-terrateniente», e incluso eludiendo, asimismo, la llamada «pequeña burguesía española» (4) ,conviene centrar la cuestión en torno al «proletariado español
inmigrante» .

En una justa aplicación de las tesis anticolonialistas, el proletariado inmigrante constituye parte integrante del aparato opresor y, en consecuencia, debe ser considerado como enemigo declarado del «pueblo vasco colonizado». De hecho, la enemistad de ETA hacia este sector resulta manifiesta en la medida en que, para considerarlo como parte del pueblo vasco, se exige su «integración», es decir, la asunción por su parte de los fines nacionalistas perseguidos por ETA:
 Por España no entendemos éste o aquél español de más allá. Y si en muchos casos se trata de un español explotado innoblemente por la clase feudal y burguesa, este español merece toda nuestra simpatía y calor humano ( ... ) Evidentemente que si los proletarios españoles (como por desgracia sucede muchas veces) se ponen al servicio de la idea encarnada por el Estado opresor, serán nuestros enemigos, no por proletarios, sino por agentes de la burguesía hispana. En tal sentido forman tales proletarios parte del aparato de opresión hispana, al igual que la policía, que también suele salir del pueblo .(5)

Sin embargo, el tratamiento otorgado por ETA a este proletariado y el otorgado por los frentes de liberación anticoloniales tiene un importante matiz diferenciador, ya que estos últimos ni tan siquiera dan a ese proletariado la oportunidad de integrarse en la lucha contra el colonizador. ETA, sin embargo, sí. Y es en este aspecto donde se quiebra el armazón anticolonialista de ETA.

Si existe un antagonismo, una contradicción principal entre pueblo opresor/pueblo oprimido, no hay razón alguna para dar oportunidades de integración al proletariado no vasco. Esa no integración viene dada por la propia lógica de la contradicción opresor-oprimido. En una palabra, la mano abierta a los inmigrantes constituye un gesto ilógico en una situación colonial. Las fuerzas de liberación del pueblo colonizado deben dirigir su lucha contra el opresor, sin distinción de clases o situaciones en él. ETA, sin embargo, limita su acción a las «fuerzas de ocupación».

Esta contradicción viene gráficamente expresada por Zunbeltz:

La afirmación de que la confrontación debe expresar la contradicción nacional, es un paso en el curso del reconocimiento. Un paso crucial, si se quiere, pero solamente un paso. Sin embargo, alguien podría sentir la tentación de aislar esa afirmación de su contexto, y trastocar su verdadera significación ( ... ) La contradicción nacional se expresaría perfectamente mediante un ataque con bombas de mano al centro gallego de Baracaldo. Si alguien entre los patriotas vascos razonase así, diríamos que ha caído en plena esquizofrenia (6).

Si bien, como indica Zunbeltz, la afirmación de la contradicción nacional constituye tan sólo una parte de la contradicción general, sin embargo, en una estricta aplicación de esa contradicción nacional, es decir, en una estricta aplicación de las tesis colonialistas, el ataque al centro de Baracaldo resultaría lógico y coherente.

No obstante, no lo es, y ello fundamentalmente, entre otras razones, porque el rol del proletariado inmigrante y el del colono no son identificables. El colono, cualquiera que sea su status social, mantiene una situación de privilegio, no sólo cultural, sino incluso económico y social, con respecto a la pequeña burguesía colonizada. La situación del colono aparece directamente ligada a la explotación de los colonizados y de sus riquezas.

En el País Vasco, el proletariado inmigrante no acude a explotar las riquezas ni a explotar a los vascos; bien al contrario, en muchas ocasiones, constituirán objeto de la opresión por parte del capitalismo, que en no pocas ocasiones aparece dirigido por vascos, e incluso por nacionalistas vascos. 


1) Jean Paul Sartre en el «Prologo» a Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, p. 10. 
2) «Análisis de la llamada línea ETA», p. 4. Este folleto constituye análisis crítico de las posiciones ideológicas de ETA Berri.
3) Ibidem, p. 4.
4)Eludimos el temla de la «pequeña burguesía» en pro de una mayor simplificación del análisis
5) F. Sarrailh, Nacionalismo revolucionario, p. 22.
6) K. de Zunbeltz, «Fines y medios en la lucha de liberación nacional», 

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