11 mayo 2017

La familia y el feminismo en la URSS marxista leninista

 


           
En la III Internacional, reforzada organizativamente tras la Revolución de Octubre, Clara Zetkin, Alexandra Kollontai e Inesa Armand habían creado un secretariado femenino internacional, que publicó una revista y organizó cuatro conferencias. Tras la muerte de Lenin y el inicio del proceso de burocratización, que conoció obviamente la eliminación o la domesticación progresiva de todas las estructuras dotadas de una cierta autonomía, en 1926 el sexto Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional decidió la disolución del secretariado femenino. La motivación principal adoptada para justificar esta disposición  es: 
las estructuras separadas amenazan la cohesión de las organizaciones y del movimiento obrero y corren el riesgo de crear divisiones.
            Esta decisión fue sólo el principio de una larga serie de disposiciones que en el curso de un par de décadas dio lugar a una verdadera demolición de todo lo que la Revolución había conseguido en los primeros años, aun con todos sus límites. 
En 1929 se disolvió el Zenotdel  ya no tenía razón de ser un movimiento de mujeres independiente. Hacia los años treinta el discurso oficial sobre la familia cambió completamente de registro: de lugar de perpetuación de las supersticiones, los prejuicios, la opresión de la mujer, destinado a extinguirse progresivamente en la nueva sociedad, se convirtió nuevamente en objeto de una valorización de la familia socialista.
            Entre una de sus primeras medidas, la Revolución de Octubre había abolido el crimen de homosexualidad previsto en el código penal zarista. Con el artículo 121 del código penal aprobado en 1933, la homosexualidad se convertía en un delito punible con cinco años de trabajos forzados, prorrogables hasta ocho.
            Por lo demás, los homosexuales eran acusados de ser «objetivamente» contrarrevolucionarios e incluso se empezó a describir la homosexualidad como un síntoma de «fascismo». Hubo que esperar hasta 1993 para ver la abolición de la criminalización de la homosexualidad con los progresistas Yeltsin y Cia.
            En 1936 le llegó el turno a la autodeterminación de la mujer: el aborto, que ya había sido ampliamente obstaculizado en su aplicación concreta, era prohibido en el primer embarazo. Será totalmente prohibido en 1944. En 1941 se introducía un impuesto sobre la soltería y se gravaba el divorcio. A su vez, era derogada la legislación que preveía el reconocimiento de las parejas de hecho y las mujeres perdieron el reconocimiento de los alimentos en caso de separación, concedido desde entonces en adelante solamente a la esposa. Con las leyes de 1944 se cargaba a las madres solteras el coste de la educación de sus hijos, penalizando de este modo, ya fuera económica o simbólicamente, a las «chicas madre». La nueva ley sobre la herencia de 1945 reforzó la posición del padre como cabeza de familia.
            En paralelo a esta serie de medidas se condena de la sexualidad libre y de las «perversiones sexuales»,  reintroducción de la simbología matrimonial (ceremonias, alianzas, etc.), valorización de la división sexual de los roles.
          
           
            La familia tradicional fue restaurada por el estalinismo por las mismas razones por las cuales los revolucionarios de Octubre intentaron superarla. Ya no se trataba de hacer añicos del pasado, de desembarazarse del viejo trasto de la burocracia y de la autocracia, de abolir la explotación. Se trataba en cambio de garantizar la conservación y la reproducción de una nueva sociedad socialista.
            


    la Unión Soviética influyó de un modo determinante en todos los partidos comunistas adheridos a la Tercera Internacional. Las primeras  fueron las mujeres españolas durante la guerra civil. Asumiendo una posición prácticamente opuesta a la anarquista, desde el principio de la guerra civil el Partido Comunista presionó al ministro de la guerra socialista, Largo Caballero, para que se disolvieran las milicias, en las que combatían las mujeres, en pos de un ejército regular, disciplinado y exclusivamente masculino.
Caballero no se limitó a disolver las milicias, prohibió también la participación de las mujeres en los combates: su lugar estaba en la retaguardia, donde debían dedicarse al trabajo productivo.
La política del Partido Comunista fue acompañada por una organización femenina de masas, Mujeres antifascistas, que había nacido como sector español de la organización internacional Mujeres contra la guerra y el fascismo, que representaba a la Tercera Internacional. Como ya dejaba claro el nombre, la organización estaba orientada esencialmente a la lucha antifascista y se apresuró a flanquear al Partido Comunista, recurriendo a menudo al sentimiento de culpa de las mujeres y a su responsabilidad hacia los hijos para inducirlas a renunciar a la idea de combatir junto a los hombres. Para Mujeres antifascistas, la cuestión del trabajo de las mujeres era central. 
Los comunistas no fueron ciertamente los únicos en querer relegar a las mujeres a la retaguardia. También el POUM desaconsejó la participación de las mujeres en el ejército.
 Los anarquistas, por su lado, se negaron a reconocer Mujeres libres como organización oficial del movimiento anarquista. La demanda de ser reconocido como sector del movimiento, cursada en 1938 por Mujeres libres al Pleno Regional del movimiento en Catalunya, fue rechazada con la motivación de que una organización específicamente feminista constituía un elemento de disgregación para el movimiento y corría el peligro de dañar los intereses de la clase obrera.
Unos años más tarde, al otro lado de los Pirineos, cuando en 1949 se publicó en Francia El segundo sexo de Simone de Beauvoir, al coro de indignación que gritó escandalizado por todo el país se le añadió también la voz de Jean Kanapa, intelectual del Partido Comunista Francés, quien definió el libro como «una inmundicia repulsiva». 

Los años treinta marcaron también en este caso un cambio de tendencia y la adhesión a principios totalmente pro-familia, hasta alcanzar niveles que hoy parecerian grotescos. Las políticas de control de la natalidad fueron declaradas desviaciones pequeño-burguesas, el partido hacía de la defensa de la familia uno de sus caballos de batalla y, como consecuencia natural, el Secretariado mujer fue disuelto en 1936. Un año antes un artículo publicado en L’Humanité declaraba sin ambages: «Los comunistas quieren heredar un país fuerte, una raza numerosa».

Los temas de la contracepción y del aborto siguieron siendo durante mucho tiempo rechazados en el seno del movimiento obrero francés. La CGT (Confederación General del Trabajo) rechazó incorporar en su programa la cuestión de la derogación de las leyes represivas, aún a pesar de defender el trabajo de las mujeres. La publicación mensual Antoinette, creada en 1955, se hacía promotora de la defensa de los derechos de la trabajadora en tanto que madre y esposa, pidiendo por ejemplo vacaciones suplementarias, la jubilación a los 55 años… en fin, medidas que tuvieran en cuenta el papel de la mujer como madre y del trabajo de cuidados que desarrollaba en la familia. Sin embargo, contracepción y aborto seguían siendo cuestiones privadas. Incluso la propia Unión de las Mujeres Francesas (UFF), organización ligada al PCF, contribuyó a la difusión de esta cultura pro-familia, organizando y movilizando a las mujeres principalmente en tanto que madres.

En Italia, sobre la posición del Partido Comunista respecto a la condición de la mujer también pesó de un modo determinante, más allá de la influencia ejercida por la Unión Soviética, la cuestión de la relación con los católicos. Una preocupación constante de los comunistas fue, de hecho, demostrar la posibilidad de la conciliación de fe religiosa y adhesión al partido en un país como Italia, en el que la Iglesia católica ejercía una gran influencia y se garantizaba una injerencia constante en la vida política. si bien es un episodio algo menos conocido. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, en la fase constituyente de la nueva República, Togliatti y los demás dirigentes se alinearon claramente contra la hipótesis de introducir el divorcio en Italia, sosteniendo que el país no estaba maduro para «legislaciones tan avanzadas». Italia fue así el único país de Europa occidental que no contemplaba el divorcio en su ordenamiento jurídico, junto a la atrasada Irlanda y a la España fascista.
La oposición al divorcio en las posiciones oficiales del partido se mantuvo hasta mediados de los años 60.


La oposición al divorcio no se debía solo a una valoración del contexto específico de la sociedad italiana, sino que se acompañaba de una visión de conjunto de las relaciones entre los sexos, de la familia y de la mujer según la cual el divorcio era visto como un mal al cual recurrir solo en casos extremos. Obviamente, ni hablar del aborto que, por lo demás, también era ilegal en la Unión Soviética, modelo indiscutible en el que inspirarse. Durante decenios el Partido Comunista promovió una cultura en la que la mujer era valorada siempre como madre, hija, hermana… es decir, siempre en relación con un hombre y siempre en el seno de una relación familiar. La familia era exaltada y defendida como espina dorsal de la sociedad, haciendo alusiones a una «familia diferente», que se fundaría sobre otras bases no capitalistas pero familia.
De esta política pro-familia  fueron víctimas las propias afiliadas del PCI. Las activistas que se separaban o que mostraban comportamientos sexuales o sentimentales  a menudo eran convocadas en los locales del partido o llamadas a dar cuenta de sus opciones privadas. En parte fue víctima de ello el propio Togliatti en los años cuarenta, después de haberse separado de su mujer, Rita Montagnana, también dirigente del PCI y directora de Noi Donne, periódico de la Unione delle Donne Italiane (una organización de mujeres dirigida de facto por el PCI), en cuyas páginas había intervenido varias veces contra el divorcio y en apoyo a la familia. La relación entre Togliatti y su compañera, Nilde Iotti, comportó, de hecho, la desaprobación de la dirección del partido en el curso de una reunión convocada expresamente sobre este tema.  Cuando la relación entre Nilde Iotti y Togliatti finalmente se hizo oficial, Rita Montagnana fue excluida de todos los puestos de dirección y desapareció de la escena política. La misma suerte corrió Teresa Noce, mujer de Luigi Longo.

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