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05 junio 2017

Los moros de Franco

De la misma manera que en Marruecos el robo y el botín eran tolerados cuando no fomentados para compensar la paga y mantener contentas a las tropas, los oficiales españoles no sólo permitían sino que hasta alentaban prácticas análogas en España. La toma de ciudades y pueblos se ajustaba al mismo patrón que las razias en el Rif: entrada a sangre y fuego, seguida de saqueo, destrucción, violaciones y matanzas de la población civil. Las atrocidades de las tropas marroquíes en suelo español no diferían de las que cometían en los poblados y aduares del Rif, con la complicidad e incluso la aprobación de muchos oficiales españoles. El «moro rebelde» al que había que exterminar pasaba ahora a ser «el rojo». Perfectamente conscientes del terror que los «moros» causaban entre los milicianos y comunistas españoles, Franco utilizó las tropas marroquíes no sólo como carne de cañón, sino también como arma psicológica contra el pueblo español. Se trataba de desmoralizar a los soldados republicanos: cuantos más fueran los crímenes y salvajadas cometidos por los marroquíes, menos arrojo tendrían los soldados de la República para afrontarlos. Como diría Julián Zugazagoitia:
Psicológicamente ha sido un gran acierto de los mandos rebeldes el colocar a los moros en vanguardia. El miliciano les tiene horror y los ve, sin verlos, en todas partes. No se sabe bien qué suerte de fiereza les atribuye. Se creería en un miedo ancestral y atávico contra el que nada pueden ni los razonamientos ni las coacciones[27].


Los actos de barbarie que chocaron de forma más profunda al pueblo español y que para muchos permanecerían hasta hoy más indisolublemente asociados a la conducta de las tropas marroquíes en la Guerra Civil fueron los destripamientos, decapitaciones y mutilaciones —amputación de orejas, nariz, testículos, etcétera—. 

Estos actos de barbarie fueron, primero, practicados de manera sistemática por el ejército de África, desde su llegada a la Península, en muchos lugares de Andalucía, Extremadura y Castilla, mientras el avance de regulares y legionarios fue un paseo, y, luego, desde el asedio de Madrid a principios de noviembre de 1936 en adelante, de forma menos sistemática, según los lugares y las circunstancias, pero sin que dejaran de practicarse en algunos de sus aspectos o en todos ellos.
Uno de los actos de barbarie que más horrorizaron y conmovieron a la opinión pública fueron las matanzas de Badajoz, después de la entrada de las tropas de Yagüe en dicha ciudad el 14 de agosto de 1936. Algunos corresponsales extranjeros que fueron testigos de la toma de Badajoz dieron a conocer al mundo las atrocidades que allí se cometieron. Entre ellos cabe citar al estadounidense Jay Allen, corresponsal del Chicago Tribune, y el portugués Mario Neves, del Diario de Lisboa. En la plaza de toros de Badajoz fueron fusilados en masa cientos de milicianos, según Allen, 4000, aunque esta cifra parece algo exagerada y la más verosímil sería la de unos dos mil. 
En el caso del Hospital de San Juan de Toledo, todos los testimonios coinciden en que los que cometieron un acto tan salvaje e inhumano eran marroquíes,  tenian por norma la de rematar a los heridos, aquí con granadas, en otras ocasiones con la bayoneta o el cuchillo. En una de las batallas que tuvieron lugar en las cercanías de Madrid, concretamente en Las Rozas, en enero de 1937, cuenta H. Thomas que los «moros» conquistaron algunas de las trincheras del batallón Thaelmann y «mataron a bayonetazos a los heridos que encontraron en ellas». Casos de atrocidades como esta y otras, en las que el ensañamiento y la crueldad alcanzan límites insoportables, podrían citarse por docenas.
Los marroquíes no se limitaban a desvalijar las casas, comercios e iglesias sino que llegaban hasta a despojar a los cadáveres de los «rojos» de objetos de valor como anillos, relojes y dientes de oro, teniendo, en este último caso, que machacar las mandíbulas del muerto para arrancárselos.
En la obra Víctimas de la guerra civil, coordinada por Santos Juliá, se hace referencia en concreto al mercadillo que los marroquíes organizaron en la plaza de toros vieja de Córdoba, «donde vendían el producto de sus pillajes, como máquinas de coser, utensilios de todo tipo, ropas y enseres, que robaban en los pueblos que iban conquistando». En la misma obra se cuenta que, en Manzanares, cuando entraron las tropas de Franco, el último día de la guerra, «los marroquíes se dedicaron a arrebatar pendientes y sortijas de oro a los ciudadanos». Entre las imágenes de la Guerra Civil que quedaron grabadas en la mente de muchos españoles, está la del «moro» llevando a cuestas una máquina de coser, producto de un pillaje.
Sin embargo, los actos de barbarie que más profundamente chocaron, como queda dicho, fueron las mutilaciones de los cadáveres, extensamente practicadas en Marruecos y que, como prolongación de la guerra colonial, también se practicaron durante la Guerra Civil en España. Muchas mutilaciones consistían en general en decapitaciones y amputaciones de otras partes del cuerpo humano como las orejas, la nariz y los testículos. En relación con estos últimos, H. Thomas afirma que la castración de los cuerpos de las víctimas por los marroquíes obedecía a un «rito de guerra moro». No hay tal. Nunca hemos leído en ningún texto autorizado ni oído a marroquíes conocedores de las costumbres de su pueblo que semejante acto salvaje existiera como «rito», lo que no quiere decir, por supuesto, que los marroquíes no lo cometieran tanto en Marruecos como en España. En Marruecos, las salvajes matanzas de españoles en Zeluán y Monte Arruit en agosto de 1921 por los cabileños de Guelaya (Rif oriental), tras el desastre de Annual y el derrumbamiento de todos los puestos españoles de la comandancia general de Melilla, fueron seguidas de mutilaciones colectivas de cadáveres, incluidas castraciones.  
Durante la Guerra Civil española hubo, como en Marruecos, castraciones. En fotografías que mostrarían más tarde oficiales nazis del ejército de Franco aparecen centenares de milicianos horriblemente mutilados por los regulares marroquíes y los legionarios. Según el testimonio del escritor fascista francés Robert Brasillach, se veían montones de cadáveres con los órganos sexuales cercenados y una cruz trazada a cuchillo en el pecho. H. Thomas dice que, después de las matanzas de Badajoz, Yagüe prohibió las castraciones por orden de Franco. Aunque puede que así fuera, ello no impidió que siguiese habiéndolas, como el mismo Thomas reconoce cuando dice que algunos oficiales alemanes afirmaron a Brasillach haber visto, después de Badajoz, muchos cuerpos que habían sido castrados. Este testimonio, nada sospechoso por venir de personas de un país amigo y aliado de Franco como era Alemania, revela que la prohibición, si la hubo, de castrar al enemigo, fue vana, entre otras razones porque los jefes tenían por norma hacer la vista gorda en estos casos. Considerada, con razón, un acto de extrema barbarie, la castración se atribuye siempre a los marroquíes.
A todos estos actos hay que añadir el de las violaciones, ampliamente practicadas por marroquíes  tanto en el Rif como en España.
Un caso conocido, por haber sido varias veces citado, es el que relata el periodista estadounidense John Whitaker a propósito de la violación colectiva de dos muchachas españolas por marroquíes. Pero antes de relatar el hecho, Whitaker nos aclara cuál era la actitud de los oficiales españoles al respecto:
Nunca me negaron que hubiesen prometido mujeres blancas a los moros cuando entrasen en Madrid. Sentado con los oficiales en un vivac del campamento, les oí discutir la conveniencia de tal promesa; sólo algunos sostenían que una mujer seguía siendo española a pesar de sus ideas «rojas». Esta práctica no fue negada tampoco por El Mizzian, el único oficial marroquí del ejército español. Me encontraba con este militar moro en el cruce de carreteras cercano a Navalcarnero cuando dos muchachas españolas, que parecían no haber cumplido aún los veinte años, fueron conducidas ante él. Una de ellas había trabajado en una fábrica de tejidos de Barcelona y se le encontró un carné sindical en su chaqueta de cuero; la otra, de Valencia, afirmó no tener convicciones políticas. Después de interrogarlas para conseguir alguna información de tipo militar, El Mizzian las llevó a un pequeño edificio que había sido la escuela del pueblo, en el cual descansaban unos cuarenta moros. Cuando llegaron a la puerta, se escuchó un ululante grito salido de las gargantas de los soldados. Asistí a la escena horrorizado e inútilmente indignado. El Mizzian sonrió afectadamente cuando protesté por lo sucedido, diciendo: «Oh, no vivirán más de cuatro horas».
Ni que decir tiene que casos como este se dieron profusamente por toda la geografía peninsular. En su novela La forja de un rebelde, relata Arturo Barea el de una muchacha que fue violada por los «moros», según le cuenta un vecino del pueblo donde el escritor veraneaba:
[…] Cuando salimos [del pueblo], los fascistas estaban ya en Torrijo y en Maqueda y habían cortado la carretera a Madrid; así que nos tuvimos que meter a través de los campos. Nos cazaban como a conejos y al que cogían le volaban los sesos; a las mujeres las hacían volver a culatazos al pueblo. Después los moros vigilaban los campos y cuando cogían una mujer que no fuera muy vieja la tumbaban en los surcos y ya puede usted imaginarse el resto. Eso le hicieron a una muchacha que servía en casa de don Ramón. La tumbaron en un campo labrado y llamaron a los otros, porque la chica era guapa. ¡Once de ellos, don Arturo! Marcial, uno de los mozos del molino, y yo estábamos escondidos en unas matas viéndolo. A Marcial le entró tanto miedo que se ensució en los pantalones. Pero después se atrevió a venir conmigo y la recogimos. Ahora está en el Hospital General, pero aún no saben si saldrá bien o no. Porque, ¿sabe usted?, no podíamos llevarla a cuestas todo el camino y tuvo que andar a través de los campos con nosotros por dos días, hasta que llegamos a Illescas y desde allí la trajeron a Madrid en un carro […].

La mayoría de las mujeres víctimas de tan vil atentado físico y moral no duraban con vida por mucho tiempo, quizá menos de las cuatro horas que El Mizzian daba de plazo a aquellas dos pobres muchachas violadas colectivamente; las que sobrevivían quedaban destrozadas moralmente para toda la vida.

Alocución de Francisco Franco:
[…] España y el islam han sido siempre los pueblos que mejor se comprendieron […]. En estos momentos nuevos del mundo, cuando surge un peligro para todos, ese peligro, peligro para los hombres de buena fe, es cuando todos los hombres que la tienen se unen con esa fe para combatir a los que no la tienen […]. La obra destructora de la Rusia soviética va contra las costumbres, va contra las mezquitas, va contra todo lo que tiene valor espiritual, que es lo fundamental del islam, del pueblo musulmán.
Alteza, visir imperial: el amor fraterno de los españoles llevan los sentimientos mejores del Jefe del Estado y de los hombres españoles hacia el pueblo musulmán.
Y cuando florezcan los rosales de la victoria, nosotros os entregaremos sus mejores flores.

Discursos como este los hubo a cientos, tanto en el Protectorado como en España, en boca de autoridades militares o civiles. La intensa propaganda no se limitaba a los discursos pronunciados en actos solemnes o en otras manifestaciones de apoyo a la causa franquista, ni tampoco a la prensa o la radio, sino que también recurrió al cine. En este sentido, la producción más representativa para este medio audiovisual quizá sea la película titulada Romancero marroquí, patrocinada por la Alta Comisaría de España en Marruecos y estrenada el 17 de julio de 1939.La pomposa y estentórea voz en off exaltando la «hermandad entre musulmanes y españoles» y los «lazos de sangre que unen a marroquíes y españoles», y, hasta límites delirantes, el «movimiento nacional» y a Franco como «salvador de España», constituye una auténtica agresión panfletaria que provoca desazón en el espectador, cuando no risa, por lo grotesco del lenguaje.
En un caritativo gesto de «buen cristiano», Nicolás Franco entregó 20 000 pesetas a la Administración de los Habices para la restauración de mezquitas, y otra cantidad igual al gran visir para que la distribuyera entre los musulmanes pobres. Al día siguiente, gran recepción en la Alta Comisaría, seguida de solemne ceremonia en el Mexuar (sala en la que el sultán o el jalifa recibían en audiencia a embajadores o a dignatarios), en la que Nicolás Franco entregó al jalifa, en nombre del jefe del Estado español, la Gran Cruz del Mérito Militar, y el jalifa le confería, a su vez, la Gran Cruz de la Mehdawiya. Con este motivo pronunció Nicolás Franco una alocución, en la que no hizo sino repetir la eterna cantinela: elogio de la política inaugurada por el Generalísimo en el Protectorado español, que respondía al ideal común de grandeza para los dos pueblos y que no sólo posaba su mirada en «aquel bendito trozo de Marruecos», el cual sería el punto de partida de la «resurrección y de la aurora del mañana», sino también en el «pueblo islámico del mundo entero».
Con motivo de la inauguración del Centro de Estudios Musulmanes en Larache el 19 de julio de 1937, García Figueras pronunció una alocución, en la que, tras referirse al pasado «glorioso» de la España musulmana, decía, entre otras cosas:
[…] Hoy la guerra que perseguimos juntos contra los sin Dios, la sangre que vierten juntos nuestros dos pueblos, dan a su cofraternidad un sentido que no había tenido nunca y abren una nueva era de su historia.
España, según su gloriosa e inmortal tradición, no ha mancillado nunca su obra con una preocupación material. España no es colonizadora; es la madre cariñosa que da a sus hijos lo que tiene de mejor: su espíritu puro e inmortal […].
Más tarde, en su obra Marruecos (La acción de España en el Norte de África), García Figueras recalcaría de nuevo en diversos pasajes esa «hermandad» entre españoles y marroquíes, creada por la sangre vertida por los dos pueblos unidos:
[…] Marruecos se volcó sobre España, acudiendo a ella con todos sus elementos guerreros y con el aliento de su espíritu de cruzada. […] Marruecos se trazó, desde el primer momento de la acción, un lema: dar a España el máximo esfuerzo; que de Marruecos no se derivara una sola preocupación para los que en España tenían en definitiva que lograr la victoria sobre los rojos.
La práctica de este lema, llevada con espíritu de verdadero apostolado, fue determinando que la fraternidad entre los dos pueblos se hiciera cada vez más íntima; […] el corazón de Marruecos encontraba su calor en el corazón de España, y juntos españoles y marroquíes, daban su sangre por salvar la civilización del mundo, amenazada de ser hundida por la barbarie.
[…] La guerra de España sellaba para siempre la fraternidad de los dos pueblos, que, en lo sucesivo, habrán de seguir su historia sin separar sus miradas de ese anhelo común de crear una civilización que sea orgullo del mundo.
España, en Marruecos, velaría amorosamente por la paz, el bienestar, la prosperidad y el orden, exaltando el ideal de nuestra causa y el nombre glorioso del Caudillo, mientras que en España españoles y marroquíes devolvían a la Patria, con su esfuerzo y con su heroísmo, su perdido prestigio[15].
Creemos que a estas palabras de García Figueras huelgan comentarios. Cabe añadir, respecto de la política franquista de fraternización con el islam, que las autoridades del Protectorado organizarían otros viajes de peregrinación a La Meca en 1938 y 1939, poniendo Franco con tal fin a disposición del Majzén jerifiano el buque Marqués de Comillas

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