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16 julio 2017

Contra el derecho de autodeterminación: respuesta a Francisco Campos López y el blog PTA

Un blog nacional-bolchevique andalucista llamado “Pueblo Trabajador Andaluz” (relacionado con grupos derechistas como Jaleo o Nación Andaluza, muy presentes en el campo con sindicatos de campesinos y agricultores) nos ataca a través de un artículo de un tal Francisco Campos López, titulado “De la inexistencia de España y contra los ‘hispanismos’ de izquierdas”.
Debido a la pantomima de fin del terrorismo de ETA, que guía a sus masas aberchales hacia la independencia y balcanización de España por vías políticas democráticas (como Hitler), todo el neofeudalismo hispanófobo está más que crecido. Sin embargo, no debemos perder la perspectiva ideológica y política de enfrentamiento contra el neofeudalismo secesionista. Por ello, criticaremos el artículo de Campos López como se debe: colocando debajo de frases textuales del artículo nuestra correspondiente réplica, demostrando la nula seriedad argumentativa y las serias contradicciones de estos derechistas que, desde la Transición, se tiñen con banderas comunistas mientras dividen a la clase obrera española, con la complacencia de Washington, París y Berlín.
Empezaremos con la introducción del autor del blog:
El trabajo [se refiere al artículo de Campos López] es una interesante disección de las imposturas de los nacionalismos españoles y una apuesta por un marxismo-leninismo andaluz antiimperialista”.
El trabajo es interesante solo a nivel sociológico, pues muestra la gran confusión ideológica reinante en algunos ciudadanos españoles que asocian la idea de España a cosas que, estiman, son contrarias la marxismo-leninismo. En realidad la impostura respecto a las izquierdas definidas (en este caso comunista) es la realizada por el autor del artículo, como vamos a ir demostrando en nuestra réplica.
La oportunidad del trabajo de Francisco Campos López es indiscutible”.
Desde luego es una oportunidad indiscutible para Izquierda Hispánica de demostrar las contradicciones y vaguedades derechistas del articulista.
Un documento propicio en unos momentos en los que el grado de deformación chovinista en la izquierda estatal llega a los delirios de G. Bueno y su izquierda hispánica, como correlato lógico de la cobardía de la izquierda española que agota sus análisis con sentencias como: ‘lo social es la contradicción principal’”.
Empecemos por dejar claras las posiciones ideológicas desde las coordenadas izquierda-derecha respecto a un proyecto de Estado: todo grupo político que se posicione contra la izquierda española (en este caso, Izquierda Hispánica), es un grupo reaccionario, esto es, de derechas, pues se posiciona frente a una definición política respecto al Estado español como toma del poder del mismo para, desde él, actuar en dirección a planes y programas universalistas desde la plataforma estatal española. Por lo tanto, empezaremos por definir a la derecha, respecto de España, como todo movimiento secesionista que quiera destruir a la nación española, al tiempo que sería también todo grupo político y toda ideología que, aún definiéndose como españolista, no tiene en mente proyectos patriotas socialistas e iberoamericanistas. En este sentido, la derecha, desde la perspectiva de España, serían tanto los vendepatrias (PP, PSOE, U.P.yD. –su europeísmo les delata, a pesar de ser los únicos que reivindican la recuperación de competencias en educación o sanidad por parte del Estado central-), como los rompepatrias (ETA, Bildu, Amaiur, CiU, PNV, Aralar, ERC, BNG, Andecha Astur, carlistas, &c.), habiendo un terreno para las izquierdas indefinidas que rozan la socialdemocracia como Izquierda Unida (decimos que son indefinidas porque el proyecto de Estado de la coalición no es claro ni se orienta hacia postulados socialistas patrióticos universalistas fuera del ámbito de la Unión Europea).
Una vez dicho esto, hay que entrar a valorar ciertas expresiones dichas en el párrafo, como “izquierda estatal”. Ciertamente eso somos, izquierda política definida y estatalista: no buscamos la destrucción del Estado español, reivindicamos la nación política española –el Estado-nación español-, como territorio en el que trabajan y viven todos los españoles, sin distinción de sexo, raza, edad, origen regional, origen étnico, religión o profesión. La patria ante todo es el territorio en el que los trabajadores españoles –de la ciudad y del campo, del norte y del sur, de la península y las islas, de la parte europea y africana de España-, trabajan y crean riqueza. Por lo que todo lo que sea secesión será considerado expolio y reacción derechista contra el pueblo trabajador español. En este sentido, somos claramente estatalistas, aunque no renegamos de la posibilidad de que las riquezas de nuestro territorio puedan ser compartidas con los pueblos trabajadores hermanos del otro lado del Atlántico, que nos llevan una enorme ventaja en la idea de unidad en el socialismo y en la revolución a través de plataformas como el ALBA, UNASUR y otras, plataformas a las que la nación española debe unirse de igual a igual y trabajar en su consecución exitosa. Con esto queda claro que “izquierda estatal” es izquierda política definida, y no una suerte de funcionarios de la Administración Pública.
En cuanto a la mención a G. Bueno, decir que Gustavo Bueno no fundó Izquierda Hispánica, que Izquierda Hispánica se inspira en él y tiene entre sus pilares el materialismo filosófico, así como el socialismo y la Hispanidad (en sentido de Patria Grande y no de reivindicaciones derechistas de la Leyenda Rosa), pero que no solo IH se inspira en Gustavo Bueno. Respecto al chovinismo, decir que esta palabra en España tiene connotaciones despectivas, pues es sinónimo de patrioterismo (una caricatura de patriotismo que conlleva pensar que la nación en que uno nace es la mejor del Mundo y no tiene tachas de ninguna clase). Sin embargo, toda revolución obrera, si quiere triunfar en una nación, ha de ser patriótica, y ha de defender la unidad de su nación, de su Estado-nación, aunque ese Estado-nación haya estado históricamente en manos de clases políticas vendepatrias o rompepatrias, que han implantado nacionalismos políticos de corte liberal-burgués. La clave es la toma del poder del Estado y la reformulación del nacionalismo español hacia una orientación socialista, iberoamericanista, internacionalista y marxista-leninista. No hay otra alternativa. Además, el articulista peca de lo que denuncia, pero en un sentido aún más grave: chovinista étnico, como vamos a demostrar.
Para finalizar, el autor del blog apela a lo emocional y no a lo racional para denunciar a la izquierda española (hispánica) llamándonos “cobardes”. Las apelaciones emocionales de los nazbol andalucistas son irracionales a más no poder. Veamos por qué.
El autor del artículo empieza apelando a Andalucía como una “realidad nacional” sin especificar qué es eso, para negar que España lo es. Sin embargo, esta apelación andalucista no tiene origen obrero en absoluto, sino que es tan reciente que parte del Estatuto de Andalucía de 2007, impulsado por los partidos vendepatrias PP y PSOE, donde colocaban al converso musulmán Blas Infante como “padre de la patria andaluza”. Sin embargo, Blas Infante, a diferencia del autor del artículo, nunca fue nacionalista andaluz ni secesionista: lo que defendía era que Andalucía fuese la vía hacia la reislamización de España hacia el resto de Europa.
Pero lo que hay que dejar claro es que el autor neofeudalista entiende por “realidad nacional” es, en realidad, la etnia, un supuesto “pueblo originario” con “derechos ancenstrales” que brotan del principio de los tiempos, de la tierra o de la divinidad natural. Un sinsentido irracionalista que nada tiene que ver con el marxismo-leninismo. Sigamos.
El autor prosigue:
Resulta imprescindible clarificar lo que es España y analizar el sinsentido de ese nuevo ‘hispanismo’ de las izquierdas estatalistas’”.
El hispanismo de izquierdas no es nuevo. Surge con los liberales doceañistas y continua con las izquierdas obreras del siglo XIX, tanto del siglo XIX como del XX. La traición de clase de los neofeudalismos secesionistas se produce ya entrado en el siglo XX, y particularmente hacia el final del franquismo, la transición y la democracia coronada actual. En realidad, estos grupos derechistas, con la complacencia de partidos como el PSOE, parte del PP y, en cierta medida, también Izquierda Unida, han brindado al pueblo trabajador español vivir bajo una losa ideológica de la que es necesario deshacerse: esa losa que desde Izquierda Hispánica calificamos como la “segunda victoria de Franco”, consistente en que Franco, el dictador, una vez muerto, sin embargo, sigue ganando una batalla a la que buena parte de las izquierdas españolas han renunciado, que es la idea de España. Franco se apropió hasta tal punto de la idea de España que es como si antes de él no hubiese existido esa idea y como si después de él tampoco. Por ello, Franco sigue ganando a la clase obrera, y ser antifranquista hoy no es otra cosa que ser patriota español de izquierdas, arrebatando a Franco y a sus continuadores en diversas fuerzas políticas herederas del régimen franquista (PP/Opus Dei, PSOE/Falange y ETA-PNV-CiU-ERC/carlistas), la hegemonía política e ideológica. Todo aquel que renuncie a esa lucha por la recuperación de la idea de España desde posiciones izquierdistas es, en realidad, un criptofranquista sociológico, y permite que esa “segunda victoria” del dictador siga siendo una realidad. Por ello, el verdadero sinsentido es, para empezar, el artículo que criticamos.
Esa defensa a ultranza de unidades hispánicas peninsulares ‘internacionalistas’, a partir de futuras repúblicas españolas, por su puesto, eso sí, federales o confederales y socialistas”.
Izquierda Hispánica defiende a ultranza la unidad nacional de España, y es internacionalista porque nuestro proyecto es la unión en igualdad de condiciones, sin contrapartidas ni recuperaciones nostálgicas de ningún tipo, con las naciones revolucionarias de América en una plataforma política socialista supracontinental de influencia universal. Izquierda Hispánica es republicana, porque consideramos a la monarquía extranjera borbónica como un lastre hacia ese proyecto de unidad intercontinental. Y llamamos la atención en un aspecto también muy llamativo del articulista: nuestro proyecto político es heredero de tres tradiciones generacionales de izquierdas definidas, como son la izquierda jacobina (Robespierre, Marat, Saint Just, Napoleón), la izquierda liberal española e hispanoamericana (desde Riego y Torrijos, hasta Bolivar, San Martín, Xavier Mina, Benito Juárez o Martí), y el marxismo-leninismo (Marx, Engels, Lenin, Stalin). Pero el autor ataca también a proyectos políticos que considera “españolistas”, pero no son unitaristas como el de IH, sino federalistas (como pudiera ser el de Izquierda Unida, Corriente Roja o Izquierda Anticapitalista), o confederalistas (como el del Partido Comunista de los Pueblos de España). No entraremos ahora a criticar esos proyectos federalistas o confederalistas, pero sí queremos remarcar que, para el autor del artículo, estos grupos serían también españolistas y, desde su miopía política, “fascistas”.
Su primer epígrafe se titula “De la inexistencia de España y del pueblo español”. Se empieza, por tanto, negado la existencia de España, cuando la nación española está reconocida internacionalmente por todas las naciones del Mundo y por diversas organizaciones supranacionales en las que está integrada. Negando a la nación, se niega la existencia de su pueblo, de su clase obrera, buscando así su fragmentación y la imposibilidad de la misma de toda victoria sobre el capital nacional españolista y también la lucha contra el capital extranjero. La división de los trabajadores españoles supone la derrota total de los mismos frente a la dialéctica de clases y de Estados que busca fragmentar nuestro territorio, en el que todos trabajamos y creamos valor.
Sigamos con la demencia del articulista:
España fue en primer lugar una mera denominación geográfica”.
Falso, la palabra España deriva del latin Hispania, que sí fue la primera denominación de la península ibérica como provincia del Imperio Romano. La denominación geográfica primaria, sin embargo, fue Iberia, denominación que los griegos dieron a la península. Aparte, ¿de dónde provienen si no muchas denominaciones de naciones diversas sino de denominaciones geográficas? Es el caso de España, Italia, Países Bajos, Japón, Australia, Guinea, Etiopía, etc. ¿O acaso piensa el articulista que las denominaciones de las naciones y regiones del Mundo provienen de las raíces de los árboles? Si uno lee el delirio del artículo va pensando que sí.
“[...] a partir de la anexión forzada de otros países como Andalucía”.
Andalucía nunca ha existido como país, a no ser que se adopte la definición de país del DRAE como “paisaje”. Sin embargo, la primera definición del DRAE es aún más confusa: “Nación, región, provincia o territorio”. En este sentido, país puede ser desde el planeta Tierra hasta un pequeño charco de agua. Pero la burguesía liberal siempre ha pretendido dar una historiografía esencialista a las naciones y territorios diversos como si hubiesen sido eternos. Sin embargo, España como nación histórica se conforma durante la Reconquista, se une en el siglo XVI y se transforma en nación política en 1812. España no existía antes de estos procesos históricos. Menos Andalucía, palabra que deriva del árabe al-Andalusiya, y que hacía referencia toda la península ibérica dominada por los musulmanes desde el 711 hasta 1492. Luego decir Andalucía es decir, en esencia, Al-Andalus, o lo que es lo mismo en sentido territorial: decir Andalucía es decir España. Andalucía nunca fue anexionada porque cuando la Reconquista finalizó Andalucía no existía. Sino que lo que existía eran diversos Reinos de Taifas (diversos micro-Estados musulmanes, surgidos de la bancarrota política del Califato de Córdoba), como eran los reinos de Jaén, Sevilla, Córdoba o el Reino de Granada, último bastión islámico de la Península Ibérica hasta su recuperación total por parte de las fuerzas cristianas.
El nombre de España, derivado de Hispania (“tierra de conejos” en latín), era el nombre que integró a todos los súbditos de la Monarquía Hispánica en un nuevo orden político semifeudal, que fue parcialmente derribado en 1812. Y decimos parcialmente, porque en próximos artículos criticaremos la labor de construcción nacional llevada a cabo por el liberalismo español, sin dejar de “agradecer los servicios prestados” y la reivindicación como continuadores de ese proceso integrador y generador, que también realizaron nuestros antepasados del Antiguo Régimen en buena parte.
Luego el articulista se refiere al término “España” como término para referirse a la “dominación imperial” siendo a veces sustituido como “las Españas”. Ciertamente, el proyecto imperialista español consideraba a todos los súbditos de la Monarquía como españoles, dándole igual si eran peninsulares o de “ultramar”. Pero el término “las Españas” tuvo en realidad su significado más pleno con la instauración del Virreinato de Nueva España, en lo que posteriormente fue México. La España vieja (ibérica) y la nueva (el Virreinato), eran realmente las Españas, aunque el término que más se utilizó durante el Imperio para definir a los territorios bajo administración española fue “Monarquía Hispánica” o “Monarquía Católica Universal”.
“[...] todavía en 1812, para la Constitución de Cádiz, tan ‘España’ era considerada Andalucía o Castilla como Colombia o Filipinas, y el adjetivo ‘españoles’ no solo señalaba a los habitantes de la Península, Baleares y Canarias, sino a todos los súbditos del Imperio. Tan españoles eran aragoneses como cubanos o argentinos”.
Este proceso político realizado por las Cortes de Cádiz fue tan singular que el propio Marx no dejó de destacarlo en los textos que, durante su etapa profesional como periodista, publicó para el New York Daily Tribune en 1854, y que posteriormente fueron publicados, traducidos por Andreu Nin, como “La España Revolucionaria”. La racionalización revolucionaria del Imperio Español, mediante el proceso de holización política, transformó a los súbditos de la Corona en ciudadanos de una nación política “de ambos hemisferios”. Se abolió la esclavitud y se dio pie a una serie de procesos revolucionarios que, durante todo el siglo XIX, condujo a la primacía de la izquierda liberal que construyó diversas naciones políticas iberoamericanas, en guerras continuas, incluidas guerras civiles cruentas durante todo el siglo. Y ahí está la gran idea fuerza de la Constitución de Cádiz: en considerar iguales a todos independientemente de su origen en la antigua Monarquía imperial. Es decir, el proceso fue incluso más radical que el revolucionario francés, si bien el intento de primacía de los procuradores españoles en Cádiz llevó a que los procesos independentistas en América se volviesen mayoritarios. Esto no obsta a que en Cádiz hubiese un gran número de procuradores de “españoles de ultramar”. Por ello, la izquierda española actual no puede ser sino heredera de aquellos revolucionarios, sin dejar de realizar la crítica preceptiva que hemos de hacerles desde una perspectiva no ya liberal doceañista propiamente dicha, sino socialista.
“[...] España seguía siendo el nombre de un Imperio colonial. Esa suma de naciones y pueblos englobable dentro de ese genérico: ‘las Españas’”.
En realidad, España no tuvo forma total de Imperio colonial hasta mediados del siglo XIX, cuando se adoptó para las posesiones caribeñas, africanas y las islas Filipinas un modelo de “gobierno indirecto”, dejando a las poblaciones de aquellos lugares en una situación de ciudadanía de segunda, algo que jamás tuvieron ninguno de los españoles que vivían en la Península Ibérica o en las islas Baleares, Canarias, Ceuta o Melilla. Además, hasta mediados del siglo XIX, cuando irrumpieron los grandes Imperios coloniales depredadores europeos (Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica), podría hablarse de un modo de producción particular en el Imperio Español, que llevó a Marx a confundirlo con el “modo de producción asiático”, como dejó expresamente sentado en sus textos sobre España. Sin embargo, sobre ese “modo de producción hispánico” escribiremos más extensamente en otra ocasión.
También hemos de destacar que la suma de naciones que resultaron de los procesos revolucionarios hispanoamericanos del siglo XIX, resultaron de las partes formales de ese Imperio: los virreinatos y las reales audiencias. Nada más.
“[...] los partidarios de la futura Isabel II establecerán una alianza con la gran burguesía mercantil e industrial para asegurar su victoria”.
¿Y sobre qué fue esa victoria? La victoria fue, como en la construcción nacional de toda nación política canónica (Francia, Italia, &c.), de la burguesía liberal sobre la reacción derechista partidaria del Antiguo Régimen. En el caso español, fue la victoria sobre el carlismo, el movimiento reaccionario español por excelencia, el cual, sin embargo, se ha transformado, tras su alianza con el franquismo en la dictadura, en los movimientos secesionistas que hoy atentan contra España, con sus primeras formaciones en País Vasco y Cataluña a finales del siglo XIX. El carlismo fue continuador de la reacción servil. Durante la Guerra de Independencia de 1808-1814, frente a Napoleón lucharon liberales y serviles, los cuales, tras expulsar al francés, lucharon entre ellos secularmente por la construcción nacional y el dominio del país, como los maoístas y los nacionalistas chinos frente al invasor japonés; cuando el Imperio Japonés fue expulsado de China, maoístas y nacionalistas se enfrentaron entre sí, hasta la victoria de Mao. En el caso español, el triunfo liberal sobre el carlismo estuvo acompañado por una descomposición interna de los restos del Imperio Español, por el auge de Imperios competidores y por el surgimiento de nuevas fuerzas políticas más a la izquierda que los liberales (socialdemócratas, anarquistas, comunistas). El articulista andalucista no deja de ser continuador de carlistas y serviles, esos que frente a liberales doceañistas gritaban “¡Abajo la nación, vivan las cadenas!”.
Por lo tanto, el dominio burgués era necesario en España frente a la reacción. No puede compararse con Rusia, donde jamás hubo liberalismo ni burguesía con poder real. Esto lo vio Lenin mucho más claro que estos grupos derechista que tratan de caricaturizar constantemente el leninismo.
Cuando el autor habla de centralización de la administración pública para la gestión del territorio estatal, no hace sino darle la razón a esa izquierda que tanto critica. Pero comete este gran error, moneda común tanto entre la “izquierda” como entre la derecha en España:
Nace así, durante la segunda mitad del XIX, ese nuevo neo-imperialismo españolista embozado en Estado-nación y con las características propias de un imperialismo capitalista. Por eso no hubo ‘revolución burguesa. Además de por otras circunstancias, porque no les fue necesaria. El acuerdo de compartición del poder con la aristocracia les dio no solo el acceso al mismo, sino que conllevó su preeminencia socio-económica estatal”.
En España sí hubo revolución burguesa, la cual siguió sus propios ritmos, mucho más espaciados en el tiempo, como bien mostró Marx en el ya citado “La España Revolucionaria”. No obstante, y aunque es un error propio de un análisis pseudo-marxista de brocha gorda, pensar que la Revolución Francesa sirve de canon para todas las revoluciones burguesas, como si todas ellas tengan que ser exactamente iguales que aquella. Ni la revolución burguesa italiana, ni la británica, ni la estadounidense, ni la francesa, ni la alemana (“revolución desde arriba”, eso fue la creación del Segundo Reich alemán), son similares salvo en dos cosas: que pusieron fin al Antiguo Régimen en buena medida (cada una con su propia escala e idiosincrasia), y que, no obstante, todas tuvieron un periodo de reacción que, si bien no consiguió restaurar el Antiguo Régimen, sí provocó el nacimiento de diversos tipos de derecha:
- En Francia, la derecha reaccionaria de José De Maistre y la reacción campesina católica de la Vendée, más la restauración borbónica tras la caída de Napoleón. Todo el siglo XIX francés, y buena parte del XX hasta 1968, supone un periodo convulso de tensiones internas y lucha intensa de clases en un marco internacional de fuerte lucha de Estados, sobre todo europeos, como el resto de revoluciones.
- En Inglaterra, la república de Cromnwell duró poco y le siguió un periodo de restauración monárquica y de proceso de acumulación capitalista que convirtió al Reino Unido en el gran imperio depredador de la primera Edad Contemporánea.
- En Estados Unidos, la reacción vino de parte de los realistas británicos, sin contar con la Guerra de Secesión que llevó a los Estados del sur a conformar los Estados Confederados de América, partidarios de mantener la esclavitud de los negros.
- En Italia, la unificación nacional trajo consigo, sin embargo, el mantenimiento de la Monarquía, la resignación de las capas burguesas ante la tardía llegada de Italia a la competición colonialista y, tras la Primera Guerra Mundial, el surgimiento del fascismo. Tras la derrota de este, la inestabilidad administrativa lleva a una actual situación de corrupción política delictiva y no delictiva donde Silvio Berlusconi se ha convertido en un demagogo que, sin embargo, se mantiene en el poder sin oposición alguna de manera estable.
- En Alemania, la unificación convirtió a Alemania en la gran potencia continental europea. Al ser una unificación desde arriba, el desplome tras la derrota en la primera Gran Guerra llevó al primer partimiento territorial del país y al surgimiento del nacionalsocialismo. Tras su derrota, Alemania fue partida en dos, y en 1989 el experimento socialista marxista alemán, la RDA, fue engullido por la federal Alemania capitalista.
- En España, como venimos diciendo, el triunfo del liberalismo español sobre la invasión francesa y sobre los serviles estuvo, sin embargo, acompañado de fuertes convulsiones en los territorios americanos que les llevaron a la independencia, a una fuerte reacción carlista heredera del servilismo que desató tres guerras civiles en un solo siglo y, tras la derrota de estos, a su conversión al secesionismo en País Vasco, Cataluña y otras regiones. La intensificación de la lucha de clases en España, conjugada con la dialéctica de Estados de principios del siglo XX, llevó a dos dictaduras militares de derechas casi consecutivas: la de Primo de Rivera y la de Franco, con un interregno republicano unitarista entre medias. El régimen español actual es heredero del franquismo y mantiene en el poder a los herederos de aquel régimen reconvertidos a la democracia burguesa: el PP como heredero del Opus Dei, el PSOE como heredero de la Falange Española, y los diversos secesionismos, incluida la ETA, como herederos del carlismo. Opus Dei, Falange y Carlistas, junto con monárquicos alfonsinos, fueron las familias políticas que dominaron España durante la dictadura franquista. Hoy día, el liberalismo español está anglosajonizado y orientado hacia la economía de la Escuela Austriaca (es neoliberalismo), y poco tiene que ver con aquella izquierda liberal decimonónica que murió de éxito, y que se vio superada por la llegada a España de las izquierdas obreras marxistas y anarquistas.
El marxismo-leninismo, como escribió Lenin en “El Estado y la Revolución”, sigue ese proyecto revolucionario burgues en dos aspectos: uno, superando a la burguesía en la concentración de poder y en el desarrollo de las fuerzas productivas, y dos, en la afirmación, siguiendo a Engels y a Marx, de que el Estado ideal marxista-leninista es la dictadura del proletariado en una República Única e Indivisible, siguiendo el proceso que llevó a la burguesía a la toma del poder del Estado absolutista y su transformación en nación política, la primera forma política creada por la izquierda jacobina, el género generador de las izquierdas definidas.
“[...] formas de un fabulado Estado-nación”.
Estado-nación realmente existente. El Estado-nación es la Nación Política, y por tanto, la Nación Política española realmente existe. No hay fábula ninguna, y en todo caso, la superestructura ideológica burguesa liberal, aún teniendo en muchos casos una idea esencialista de España (como el franquismo, aunque mucho más delirante en este caso), debe ser corregida, pero no negada con la intención de balcanizar España, proyecto derechista sin duda. Las “bases del nacionalismo español, tanto político como sociocultural”, son bases reales: la existencia de España como Nación Política. Las bases reales del neofeudalismo hispanófobo son las resistencias a la centralización del Estado por parte de nobleza, clero y campesinado, clases reaccionarias de las que son herederos los movimientos secesionistas en España. El articulista acaba por demostrar en todo el artículo que eso que dice que no existe, España, existe realmente.
La idea de España y de lo español son creaciones recientes del siglo XIX”.
Totalmente de acuerdo, como todas las ideas nacionales realmente existentes. Y de hecho, IH defiende esto. Que algo sea del siglo XIX no lo hace malo. El marxismo también es del siglo XIX.
“[...] frutos del proceso de adecuación de los restos del Imperio a esas necesidades expansionistas y hegemónicas socio-económicas del Capital. El reciclado de un imperialismo aristocrático como imperialismo burgués”.
El nacionalismo andaluz fue una creación del siglo XX. Lo único que demuestra este párrafo es algo que Marx y Engels ya anotaron en el Manifiesto Comunista: que el capitalismo es absolutamente revolucionario. Además de todo esto, ¿acaso la Unión Soviética no reemplazó el imperialismo zarista por un imperialismo obrero, generador y socialista? Porque la Unión Soviética, ante todo, a nivel universal, fue eso: un Imperio. Siempre habrá Imperios. Otra cosa es que el ortograma de los mismos sea distinto según el caso.
La ‘nación española’ es la elaboración artificial y forzada de una nacionalidad única que amparase y justificase la existencia de esa entidad estatal”.
Toda nación es una elaboración artificial, así como toda región, lengua o pueblo. Una nación no es un árbol o un mono. Aunque las ideas de árbol o mono son culturales, pues la naturaleza y la cultura están entrelazadas. La idea de “nación andaluza” es un delirio que ni siquiera ha tenido plasmación artificial. Y la “nación andaluza”, como idea, está más cerca de la alucinación que del árbol o del mono.
“[...] no solo el concepto mismo de España sino de la necesidad de la unidad estatal es una creación del Capital”.
España es una creación, como hemos mostrado, anterior al capitalismo. Una creación que es necesario conservar para hacerla nuestra, hacerla de la clase obrera española, y así tener mayor capacidad de soberanía política, de independencia económica y de impacto político mundial, junto con las revoluciones hermanas de Nuestra América. Pero los Estados españoles que se han sucedido no han sido jamás creaciones capitalistas, sino que, incluso la nación española de Cádiz se creó en un periodo revolucionario en que la economía española era todavía básicamente mercantilista y semi-feudal, y en el resto de Europa y el Mundo el capitalismo todavía estaba comenzando a desarrollarse (Inglaterra, Estados Unidos y Holanda básicamente).
“[...] la idea de España como nación o estructura estatal, es una creación burguesa cuya razón de ser es defender y legitimar un imperialismo capitalista”.
La nación china es una creación burguesa también (la Revolución anti-absolutista del doctor Sun Yat Sen), y Mao la siguió. El camino de España ha de ser similar.
La fábula elaborada por una superestructura burguesa para justificarla y legitimar el mantener bajo el control del imperialismo capitalista a los pueblos y naciones [...]”
La idea de “pueblo” en el neofeudalismo secesionista hispanófobo sustituye a la idea de etnia o de raza de origen en el Antiguo Régimen y recapitulada por el colonialismo y los fascismos y nazismos varios. Por ello, estos “pueblos” entienden que la nación política es imperialista sobre ellos, porque detestan mezclarse étnica y racialmente con españoles. La Hispanofobia es un gran problema político racista de nuestro tiempo en España, y es asumido por muchos españoles. Aparte, base y superestructura son conceptos conjugados. La base son las raíces del árbol, la superestructura son las ramas y las hojas. Si las raíces no absorben agua del suelo, el árbol se muere. Pero si las ramas y las hojas no absorben el agua y la luz del exterior, el árbol también se muere. En España, las raíces y las hojas funcionaron bien de manos de los liberales revolucionarios. Es hora de tomar su antorcha y ahondar en el socialismo. España ha de unirse al proyecto socialista del siglo XXI.
En otro punto, el articulista apunta a que España absorbió durante su proceso constitutivo un montón de plusvalía de esos “pueblos sojuzgados”. Pero: a) la plusvalía, según Marx y los economistas clásicos, como apropiación por parte del empresario del proletario, se produce en el proceso capitalista de producción, proceso inexistente en la España de aquellos tiempos, y b) la apropiación de plusvalía, según El Capital, es siempre individual del capitalista al obrero. Aunque ya Marx dejó claro, en una carta a Engels que puede leerse en el Apéndice al Tomo I de El Capital, que la plusvalía no era un robo, sino una apropiación totalmente legar por parte del empresario, el hecho de que España no fuese un Imperio capitalista niega la burrada, desde el punto de vista de la Economía Política marxista, dicha por el autor.
Todo ello conlleva, además de que España y Estado Español sean dos sinónimos de imperialismo y capitalismo, también el que España no sea una realidad preexistente que en manos de la burguesía es convertida en típico Estado-nación, sino que España sea una realidad inventada a posteriori por un Estado”.
Argumentos falsos que no cesan de repetirse constantemente en el artículo. España nace con el Estado español, y este nace en 1469 como Monarquía feudal. Lo que lleva a España a convertirse en Imperio Universal es el propio desarrollo de las fuerzas productivas que las últimas fases de guerra de Reconquista les permiten desarrollar tanto a castellanos como a aragoneses (de hecho, España y Portugal eran los únicos Estados medievales con una marina capaz de desarrollar viajes larguísimos para expandir los comercios, precisamente por ese desarrollo de las fuerzas productivas). España era el Estado más poderoso y avanzado de los siglos XV, XVI y XVII, primero junto con Portugal, y más tarde respecto a Francia, el Imperio Otomano, Inglaterra, Holanda, Austria o Rusia, con los que necesariamente competía. Lo que hizo la burguesía fue aburguesar la idea de España en sentido liberal. Es hora de obrerizarla, siguiendo la senda señalada en parte por el PSOE de Pablo Iglesias o por el PCE de José Díaz.
A partir de aquí se repite constantemente que el Estado español y la nación política que es España son “creaciones del Capital”, como si ello fuese algo ya nocivo que diese argumentos para destruir a España. Sin embargo, el verdadero marxismo-leninismo, y no esta parodia nacional-bolchevique de raíz heideggeriana, siempre defendió la toma del poder del Estado burgués y, con ello, la toma de control del territorio nacional donde se crea capital para su posterior reparto y puesta en funcionamiento por parte del poder político socialista.
El autor tiene una idea esencialista de nación que no podemos sino denunciar como ajena al marxismo. Ni siquiera Stalin en su obra “El marxismo y la cuestión nacional”, con todos sus fallos, argumenta que la construcción de naciones sea algo que viene de allende los tiempos. La nacionalidad española no es preexistente al Estado español, que nace, como hemos defendido, como Monarquía de tipo feudal, en el siglo XV, cuya idea inicial de unidad se remonta a los inicios de la Reconquista, como Marx señala en la citada obra “La España Revolucionaria”. Es necesario conservar el conjunto complejo de instituciones que conforman el Estado español, si bien hay que destruir algunas instituciones que todavía impidan un cierre mayor en sentido socialista y revolucionario de la patria (privilegios clericales, fueros y conciertos económicos, comunidades autónomas, Monarquía, capital extranjero y nacional vendepatrias y rompepatrias), transformar otras y crear otras nuevas. Por ello, es necesario dejar claro que, si bien todos estos neofeudalistas tratan de diferenciarse entre sí (ejemplo: PNV frente a los aberchales), el españolismo de Izquierda Hispánica se diferencia de muchos otros, tanto de izquierdas como de derechas, si bien el de IH se englobaría sin duda en la Izquierda Política. Es necesario dejar claro que IH critica el funcionamiento del capital español, pero no por ello deja de tener claro que el capital extranjero (sobre todo europeo y yanki) pretende destruir a ese competidor capitalista español (pura dialéctica de Estados). Por tanto, el neofeudalismo, sea el de ETA, el del PNV, el de Andecha Astur o el del autor de este artículo y sus amigos, es cómplice del capital extranjero.
“[...] la ‘nación’ sea el propio Estado”.
Pues claro, la nación política es el Estado, y eso es precisamente lo que busca el secesionismo andaluz: convertir Andalucía en nación política fraccionando a la nación política española.
Todo nacionalismo español es, ante todo, mero estatalismo
Todo nacionalismo, incluido el andaluz, es estatalista, pues todo nacionalismo, sea político como el de IH, sea étnico como el del autor del artículo, quiere crear un Estado, una nación política. Pero no todo estatalismo es un nacionalismo. La existencia de Estados previamente a los Estados burgueses lo demuestra. El único tipo de nacionalismo antiestatalista es siempre étnico y derechista: nacional-anarquismo o etno-anarquismo, que son básicamente lo mismo.
La existencia del Estado, la preservación de una estructura administrativa única y de sus límite fronterizos es lo realmente importante e indiscutible”.
Eso solo para el franquismo y para la democracia coronada heredera suya. Para los sectores vendepatrias del españolismo, el sector con los que el neofeudalismo quiere identificar al resto de grupos patriotas, especialmente de izquierdas. Repetimos que para el articulista, todo lo que no sea él es españolismo.
El proyecto de IH es de toma del poder del Estado, reformulación del patriotismo español orientándolo hacia la izquierda latinoamericana y reconstrucción de la comunidad.
Tras repetir varias veces lo mismo, el autor asegura que España y el Reino Unido son estructuras muy similares. No piensa en las diferencias enormes que hay: mientras que España es una nación política plena bajo un régimen de monarquía constitucional, el Reino Unido es un Estado en el que no se han abolido las diferencias medievalizantes y propias del Antiguo Régimen entre Escocia, Gales, Irlanda del Norte e Inglaterra, y en el que además la reina es cabeza de la Iglesia Anglicana. Es decir, y no es simplemente un matiz: mientras España es una monarquía constitucional, el Reino Unido es una monarquía sin constitución, basada en leyes viejas sucedidas en el tiempo generacionalmente, y siguiendo un modelo político-religioso cesaropapista. No tiene en cuenta el autor la dialéctica de clases, de Estados y de instituciones propias de España y del Reino Unido respectivamente.
El artículo es una continua demostración de la existencia de España como Nación Política por parte de alguien que trata de demostrar que esa Nación Política española no existe. Llegado al punto dos del artículo, “De los pueblos y las naciones bajo yugo español”, llegamos a la clave de la cuestión:
“[...] carácter exclusivamente reaccionario y opresor de cualquier idea de España y de Estado Español”.
Es decir, toda idea de España, según este señor, y muchos secesionistas, al igual que de muchos vendepatrias progresistas y autodenominados de “izquierda”, es de derechas. Así que, o bien se es ciudadano del Mundo (“España me la suda”), o bien se es secesionista. De “izquierdas” se considerará a todo lo que no sea España, aunque los defensores de España sean más bolcheviques que nadie en la nación española. Esa idea no es vieja en absoluto, ni siquiera proviene de la Guerra Civil. Es un producto del Estado de las Autonomías y del tardofranquismo, promovido por el propio franquismo (“la segunda victoria de Franco” de la que hablábamos más arriba), y por sus herederos actuales en aquella época en la oposición al régimen (el PSOE principalmente, y también el PP). IH rompe con esa idea, convirtiéndose a día de hoy, en la única izquierda políticamente definida respecto a España con proyecto de Estado.
La derecha, insistimos, es tanto el españolismo esencialista como el neofeudalismo secesionista, sin matices. Tanto los vendepatrias como los rompepatrias.
No hay la más mínima posibilidad de compatibilidad ni coexistencia entre por un lado la idea de cualquier tipología de España o la de pueblo español, y la defensa de estos pueblos y sus respectivas naciones”.
Solo hay una nación, España, una nación que es a la vez material y formal, como el articulista demuestra. Y sí, no hay posibilidad de compatibilidad, por ello los neofeudalismos son enemigos de la Revolución Hispánica y Socialista. Y por eso, su pretensión de balcanización, es enemiga de la clase obrera. Como bien dice el articulista, dándonos la razón, “si hay pueblo español [como hemos demostrado que lo hay, pero dividido en clases] no puede haber pueblo andaluz [que es español]. Si hay nación española [que la hay] no puede haber nación andaluza [exacto, luego reconoce el autor que hay nación española]. No existen pueblos de pueblos ni naciones de naciones, por la misma razón que no hay individuos formados, a su vez, por otros individuos [luego hablaremos de la idea de individuo del autor del artículo, que en absoluto es marxista-leninista]”.
Luego dice otra contradicción:
Las personalidades múltiples no son hechos naturales a defender sino artificialidades a combatir”.
Que se lo digan a las pobres personas que sufren trastorno bipolar, algo que es un hecho natural, y por el que han de tomar medicación. En todo caso, por lo que hay que combatir es por la personalidad única nacional de España. Pero no deja de ser preocupante que un autodenominado “marxista-leninista”, esto es, un materialista por extensión, hable de “hechos naturales” en referencia a los “pueblos”. ¿Desde cuándo el marxismo habla de derechos naturales? ¿Acaso la herejía austromarxista de Otto Bauer ha hecho mella en este articulista? ¿O se están colando ideas propias de ideologías que se decían socialistas y nacionalistas que en el siglo XX provocaron más de 65 millones de muertes? Heidegger rezuma por todos los poros del secesionismo hispanófobo.
Más que bipolaridad, el autor del texto padece esquizofrenia política (en el texto, el articulista confunde esquizofrenia con bipolaridad, pueden cruzarse pero no son lo mismo). Además, el carácter reaccionario del articulista se ve también cuando niega el carácter progresista del capitalismo que ya Marx y Engels supieron ver en el Manifiesto Comunista: el capitalismo creó a la clase obrera, centralizó el poder del Estado, abrió los mercados mundiales, y creó las instituciones propicias para hacerse con el poder mediante una vanguardia consciente para ello. El articulista niega, desconoce y se convierte en enemigo del impacto que podría tener una España socialista a nivel universal. Su artículo niega toda posibilidad de que la clase obrera se organice unitariamente. Sin embargo, y a pesar de las dificultades actuales, todavía puede.
Su revolución secesionista está al nivel de revolucionarios como Mussolini o Hitler, y al nivel de reaccionarios como Mussolini o Hitler. Esto demuestra que la idea de revolución está “deconstruída”, vaciada de contenido. Revolución, en realidad, es toma del poder del Estado, y no su balcanización. El demencial artículo llega a decir que es “irracional” defender la nación española. No. Lo irracional es aquí hablar de “derechos ancestrales” inventándose una nación andaluza que jamás existió. Frente a estos proyectos heideggerianos irracionalistas que, bajo una manta “marxista”, supuran ideas neofascistas desde hace más de treinta años en España, IH se postula como su némesis racionalista, universalista, socialista, iberoamericanista y, sí, españolista.
Llegamos ahora al tercer punto, donde empieza el autor, neofeudalista y nacional-bolchevique, pero que mezcla churras con merinas sin ningún rubor, la siguiente frase que solo podemos calificar como “épica”:
Al igual que al hombre le pertenece el derecho inalienable a la posesión y ejercicio de su libertad, [...]”.
¡Dios santo! El autor es liberal (cree en la libertad individual, saltándose totalmente las críticas marxistas y leninistas a la idea de individuo como una creación ideológica del utilitarismo benthamiano), y cree en el derecho natural (saltándose también a la torera todas las críticas al derecho natural realizadas por Marx, Engels y otros, entre ellos Gustavo Bueno, por supuesto).
Pero el despropósito continúa en el mismo párrafo:
“[...] los pueblos, como conjuntos humanos, los poseen igualmente. Existe, por tanto, un equivalente colectivo a las libertades individuales. Esas libertades colectivas, esos derechos de los pueblos, se denominan soberanía”.
Los derechos son positivos, los da y los quita el Estado. Esta creencia en derechos colectivos de “los pueblos” (sustituto de las razas para esta gente), recuerda a la idea de derecho natural de sangre del nacionalsocialismo. Además, la soberanía es la capacidad de un Estado de existir y mantenerse en el tiempo. El autor niega la soberanía nacional de España en nombre de “los pueblos” (las razas). El autor es un reaccionario de tomo y lomo.
La demostración del carácter reaccionario y étnico racista del autor se resume en esta frase suya:
El reconocimiento de la existencia de un pueblo conlleva por tanto implícito el del territorio que ocupa ancestralmente como su nación”.
Después de haber demostrado que Andalucía no ha existido salvo como región hasta el siglo XX, y de demostrar que España es una nación política y que la soberanía reside en los Estados, así como de ellos surge el derecho positivo, no podemos más que ver aquí el carácter que la palabra “ancestral” toma. La palabra ancestral sustituye aquí a la dialéctica de clases y de Estados. No hay análisis materialista histórico por ningún lado (no digamos materialista filosófico), y encontramos puro nacionalismo esencialista post-nazi de influencia heideggeriana continuamente. Otro ejemplo más:
“[...] una nación no es más que eso: un pueblo, sus singularidades históricas, étnico-culturales, sociológicas, etc., más el territorio que habita y sus peculiaridades geográficas, ecológicas, etc.”.
Remarcamos lo de “étnico-culturales” porque ahí está la clave de todo el asunto. Vía austromarxista y, en buena medida, debido a las confusiones que Otto Bauer trajo a diversos autores, entre ellos Stalin, lo étnico ha sustituido a lo político, y eso es lo más anticomunista que puede haber en el Mundo. Pues el comunismo trata siempre de partir de los Estados-nación para desde ellos avanzar a su proyecto político. No digamos frente a otras izquierdas como la jacobina, pero la izquierda comunista, y la historia soviética es prueba de ello, fue la gran heredera del bonapartismo. Si la crítica a la idea de ciudadanía, de igualdad ante la ley, en vez de hacerse desde el materialismo filosófico –desde la crítica a la formalidad de esa ley-, se hace desde la etnia, se entronca con el nacionalsocialismo.
Vuelve a incidir en sus errores esencialistas étnicos:

La nación, por tanto, no es el Estado ni su origen se encuentra en los estados-nación decimonónicos, no habiendo tampoco una relación causa efecto entre éstas y las revoluciones burguesas”.
Falso de todas todas. La nación nace con el Estado, y previa a su existencia (a la nación política), el Estado existe previamente. Los Estados nacen cuando diversas bandas y grupos humanos se apropian de un territorio, legislan sobre él y dividen la apropiación en clases. El Estado crea las clases, crea la propiedad y crea, posteriormente, la nación política. Por extensión, el Estado es el único capaz de asegurar el socialismo. La nación política es el Estado. Lo demás, secesionismo racista balcanizador.
Además, el Estado es anterior a la burguesía (insistimos una vez más), lo que la burguesía hace es tomar el poder del Estado. El partido de la clase obrera hace lo mismo que el partido de la burguesía.
Aparte de tener la desfachatez de afirmar que esta posición neofeudalista, etnicista, esencialista y balcanizadora hispanófoba es la posición “marxista” correcta (sic), el articulista tiene un cacao mental considerable. Afirma que existen:
“[...] por un lado los pueblos y las naciones y por otros los Estados y Estados-nación”.
Lo que el autor da a entender que no sabe de qué habla. ¿Qué diferencia hay entonces entre nación y pueblo? ¿Y entre nación y Estado-nación? ¿Pero no quedábamos que el Estado-nación no era una nación, sino una nación-Estado? Confunde continuamente nación étnica con nación política y nación fraccionaria. Cómo se nota que necesita una lectura intensiva de “España frente a Europa” de Gustavo Bueno. Pero no solo eso, sino que ahonda aún más es un error al decir que
“[...] los pensadores revolucionarios hayan llamado a defender los unos y destruir los otros”.
Más que nada los anarquistas, no tanto así los bolcheviques, como demostraremos más adelante. Pero, ¿no se autodefinía el autor como “marxista-leninista”? ¿Ahora resulta ser anarquista, con tintes liberales y nacionalbolcheviques? ¿En qué quedamos?
Esto ya no tiene nombre:
“[...], allí donde ha habido un pueblo oprimido o una nación ocupada [volvemos a confundir términos], los revolucionarios de esas tierras siempre han constituido y encabezado movimientos de liberación nacional y popular de las mismas”.
¿Se referirá a los fascistas croatas o eslovenos? ¿a los islamistas bosnios o albano-kosovares? ¿a los talibanes afganos? ¿a los nacionalsocialistas chechos o ucranianos? ¿o a ETA? Como ya hemos mostrado, ni sabe este señor lo que es la opresión, ni lo que es una ocupación, ni lo que es una nación.
En estas circunstancias, la lucha por los derechos nacionales han formado parte del proceso transformador social global”.
No repetiremos definiciones de términos. Simplemente citaremos al verdadero inspirador del articulista:
La Naturaleza no conoce fronteras políticas: sitúa nuevos seres sobre el globo terrestre y contempla el libre juego de las fuerzas que obran sobre ellos. Al que entonces se sobrepone por su esfuerzo y carácter, le concede el supremo derecho a la existencia“. Adolfo Hitler. Fuente Mein Kampf, Parte primera, Capítulo 5.
Esta cita representa la única filosofía que moviliza a gente como el articulista, a la ETA, a ERC, al PNV y otros: el etnicismo racialista de inspiración nacionalsocialista (o nazbol, en según qué casos). Los nacionalsocialistas más radicales eran, además, anarquistas: lo importante no era el Reich, no era el Estado, sino la raza aria, que hacían sinónima de Europa, y que serían todos los blancos caucásicos del Mundo. ¿O cómo si no, un supuesto marxista-leninista como el articulista, pone una cita de Bakunin?
¿Y las citas de Lenin sobre la autodeterminación? Es bien sabido que estas citas de Lenin sirven de justificación “izquierdista” de los delirios nazbol del articulista y ETA y amigos. Pero Lenin siempre se refirió con esa cita a las colonias de los imperios europeos en suelo no europeo (cosa que ninguna región de España es, ni siquiera Canarias, Ceuta y Melila, donde los españoles son ciudadanos de pleno derecho en igualdad respecto de los peninsulares). Y el derecho a la secesión soviético fue abolido de facto tras la Segunda Guerra Mundial y la recuperación de Estonia, Letonia y Lituania. El caso de Finlandia es una excepción que confirma la regla, pues Finlandia antes de ser parte de la Rusia Zarista, pertenecía al Imperio Sueco. Pero no en vano, la autodeterminación, idea de origen yanki, creada y amparada por el presidente estadounidense Woodrow Wilson, se aplicó tras la victoria aliada en la Primera Guerra Mundial, para partir en varios trozos al Imperio Austrohúngaro, cosa de la que Lenin también era partidario. Por puro cálculo político de planes y programas imperiales yankis y soviéticos, se apoyó la autodeterminación, una simple ficción jurídica que encubre el reparto continuo del Mundo por la lucha de Estados. Una ficción que encubre el hecho de que si no hay reconocimiento de diversos Estados de una nueva entidad Estatal no hay autodeterminación que valga. Se trata, en realidad de una heterodeterminación. Una ficción que le costó la vida a la URSS, que hace más de veinte años que dejó de existir, aunque muchos no se hayan enterado. No digamos Yugoslavia.
Además, la autodeterminación en sentido neofeudalista, da privilegios por cuestión de censo (por estar censados en municipios determinados en una Comunidad Autónoma determinada) a unos españoles por encima del resto, pues los primeros (sean catalanes, vascos o andaluces), según la idea de autodeterminación que tienen los neofeudalistas rompepatrias, una cosa tan esencial para asegurar la igualdad ante la ley de los ciudadanos como es la unidad nacional, no puede ser votada en plebiscito por todos los ciudadanos de la nación española, sino solo unos pocos de una región. Quien defienda eso es un rompepatrias, y quien lo ampare es un vendepatrias. Ambos derechistas y reaccionarios, pues toda izquierda políticamente definida deberá luchar contra el secesionismo por defender este privilegios por cuestión de censo, encubiertos en ideologías basadas en la etnia y la cultura, en la sangre y otras diatribas de origen heideggeriano-hitleriano. El antifascismo en España debe ser, ante todo, antisecesionista, además de anti-esencialista, anti-racista, anti-europeísta y anti-neoliberal.
Fijémonos ahora en este párrafo curioso:
Hemos analizado como tanto la idea de España como la de pueblo español no son más que artificios creados y potenciados por los estados españoles para amparar y justificar su propia existencia”.
¿Pero no habíamos quedado en que España no existía?¿Por qué ahora dice que sí? ¿Acaso la nación española no existe porque ha creado estructuras para que exista? ¿Puede un cocinero decir que no ha preparado un plato que acaba de cocinar? Como decía Benito Pérez Galdos, “los tontos son legión”.
“[...] el nacionalismo español era, ante todo estatalismo”.
Como todos los nacionalismos, todos quieren un Estado, como hemos dicho más arriba.
Y atención, porque el articulista se pone profundo, frenológico, capaz de penetrar en las mentes humanas y descifrar lo indescifrable y regalarnos citas para la posteridad como estas:
“[...] cualquier estatalismo español, fuera aparte sus intenciones, solo es españolismo”.
O sea, el españolismo es estatalismo español, y el estatalismo español es españolismo. Y todo ello “fuera aparte sus intenciones”. Lo dicho: PCPE, “faxistak” y “feixista”, si me apuran. Y burgués, por supuesto.
Luego habla de la “izquierda transformadora y anticapitalista”. ¿Qué es eso? ¿Una izquierda que vende transformadores de la luz? ¿O acaso que transforma la realidad hacia la tierra prometida? ¿Y cómo lo hace? ¿En sentido anarquista, liberal, socialdemócrata, jacobino, comunista, maoísta? ¿O es simplemente un adjetivo, “transformadora”, para mostrar su nulidad a la hora de definir un proyecto político frente al Estado? Ah, no, que el Estado español hay que destruirlo, crear “Expaña” y, de esos Estaditos cutres partir hacia la armonía universal de “los pueblos” donde todos seremos hermanos, pero conservaremos nuestra pureza étnica y cultural (racial). El paraísmo de Ku Klux Klan, el horror.
El autor dice que los que no defiendan esto son “instrumentos ciegos del sistema”. ¿De cuál sistema? ¿Del sistema nervioso? ¿Del sistema óseo? ¿Del sistema de alcantarillado de Fuenlabrada? ¿O sigue la letra de Mamá Ladilla al dedillo: “A la horca todos los que no son yo”?
Luego recurre a la palabra comodín que todo lo explica para esta gente, y que sirve de mantra para criticar a lo que ellos entienden como “el mal”:
Aunque adquieran diversidad de aspectos, los estatalismos españolistas ‘de izquierda’ se semejan en defensores de una versión actualizada de esa ‘unidad de destino en lo universal’ propugnada por el fascismo”.
Fascista, claro. El fascismo, que defiende la nación étnica frente a la nación política, la irracionalidad frente al racionalismo universalista, el antimarxismo frente al marxismo-leninismo que profesa Izquierda Hispánica, los derechos de los pueblos frente a lo derechos de los ciudadanos… Esa ideología nacida en Italia en 1919, de la que está más cerca el articulista que Izquierda Hispánica (somos antifascistas, obviamente), ha perdido su significado actual y ahora es sinónimo de “hijo de puta”. Bien podría haber escrito nuestro articulista el párrafo así:
Aunque adquieran diversidad de aspectos, los estatalismos españolistas ‘de izquierda’ se semejan en defensores de una versión actualizada de esa ‘unidad de destino en lo universal’ propugnada por hijos de puta”.
Y como hemos señalado antes, tanto IH como IU, PCE, PCPE o IA, seríamos todos, según este señor, “hijos de puta”.
Posteriormente, el articulista escribe un largo párrafo donde trata de explicar la Guerra Civil española como un conflicto heterogéneo en el que primaba la lucha de “España” contra “los pueblos”. Nada más alejado de la Historia de España. La Guerra Civil española de 1936-1939 fue, ante todo, una lucha de clases y de Estados (interviniendo contra España también Alemania e Italia, con la pasividad cómplice de Francia y el Reino Unido y el único apoyo de la Unión Soviética más los voluntarios de las Brigadas Internacionales). También la guerra de los balcanes de 1991-1998 fue por pura dialéctica de Estados (y de clases), pero con la diferencia de que, y esto es obviado por el articulista, el resto de neofeudalistas y muchos grupos federalistas y confederalistas que el articulista tacha de “españolistas”, el bando republicano de la Guerra Civil española era también nacional, es decir, españolista.
Y aquí vemos hasta dónde llega la metafísica del discurso del articulista:
“[...] el condicionamiento franquista también ha afectado a aquellos que, teóricamente, son enemigos del capitalismo, convirtiéndolos en apuntaladores de un Sistema al que supuestamente se enfrentan, dado que la defensa del estatalismo español mantiene el status quo territorial y administrativo sobre que sustenta. Con independencia de que dicho estatalismo se adjetive de ‘republicano’, ‘federal’, ‘confederal’ o socialista, lo cierto es que mantiene incólume el Imperio español”.
Una repetición constante de argumentos sin sentido que, sin embargo, debemos contestar ahora así: el patriotismo español se mantiene, y se ha de mantenerse incólume porque es necesario tomar el poder del conjunto complejo de instituciones que controlan el territorio bajo dominio del Estado, y siempre frente a quienes hoy día lo manejan (la clase política del régimen del 78), y frente a separatistas y separadores.
El punto final del artículo (“De un futuro que no será de la República, sino de las repúblicas”, repúblicas en minúscula, República con mayúscula, quizás sabiendo el articulista que su proyecto balcanizador es un suicido político para toda izquierda políticamente definida), empieza como un alegato pseudo-carlista de las Españas, llamadas ahora “las Repúblicas”, pero solo en sentido ibérico. Realiza apelaciones absurdas a la “descolonización de Andalucía” (que es como apelar a la libertad de la nación de Zamora, aunque nos preguntamos si el paso siguiente sería la “descolonización” de la Andalucía Oriental de la Andalucía Occidental, “fascista”, “capitalista” y “opresora”), y una defensa de la “liberación nacional de los pueblos oprimidos por el yugo imperialista español” que dejan claro de esta manera:
El futuro deseable y previsible no debería ser, ni con toda seguridad será, el de una III República Española, sea cuales fueren sus características, por ser una propuesta continuista que ya nace muerta, presa de sus propias e irresolubles contradicciones, sino el de las respectivas primeras repúblicas nacionales de cada uno de los pueblos hoy negados y oprimidos por el españolismo”.
Esto, y no otra cosa, es el proyecto de ETA, del mundo aberchale y del resto de secesionismos: impedir el triunfo de una revolución socialista en España, la balcanización de la nación española y la apropiación de nuestro territorio por parte de potencias extranjeras, todo en nombre de la “democracia” o del “socialismo”. Todo secesionismo es derecha política, todo secesionista es enemigo de la revolución socialista española. Todo separatista es un reaccionario oscurantista que ha de ser señalado con el dedo como un elemento disgregador de la clase obrera española, como un traidor a la patria y como un agente extranjero. Quizás la medida más acorde para toda esta gente sea quitarles la nacionalidad española de manera individual y obligarles a buscarse la vida fuera de España. Pero no nos emocionemos todavía, porque un párrafo más arriba se señala otra gran contradicción del articulista esquizofrénico político. Lean, pues él cree necesario:
“[...] Hacerle frente u oponerse a cualquier España y batallar por la constitución de las repúblicas de trabajadores de cada uno de ellos, apostando, con posterioridad, por una unión libre entre las repúblicas constituidas, según sus características, afinidades y circunstancias”.
¡Albricias! ¡Al final resulta que el articulista es españolista! ¡Al final no puede sino pedir una unidad de mercado ibérico, sin el cual, Andalucía no lograría más que ser un Estado tercermundista! Este tipo de obscenidades políticas jamás las defendió Lenin. Y la desfachatez de afirmar que este proyecto es el acertado no puede encubrir que ¡en ningún momento explica por qué es el proyecto acertad! IH sí explica por qué su proyecto es el acertado: porque mantiene las estructuras nacionales estatales españolas unidas y centralizadas, porque se sale del yugo imperialista europeísta y porque acerca a España a los procesos revolucionarios ya en marcha de unidad intercontinental de Nuestra América en condiciones de igualdad. Y porque la capacidad de España para influir en términos políticos a nivel global es mayor que la de pequeñitos Estados ibéricos sin ningún tipo de futuro más que macroputiclubs, paraísos fiscales o destinos turísticos, sin industria, sin tejido empresarial ninguno, sin territorio importante que trabajar para producir valor. El delirio heideggeriano teñido de “marxismo” que desde hace más de 30 años envenena a muchos españoles y supone la “segunda victoria de Franco” sobre España: apropiarse de su idea y darse la “izquierda” post-franquista misma por totalmente derrotada en este sentido.
La alusión, muy difundida por estos derechistas, de que España no puede mantenerse como si fuese un “matrimonio concertado y de por vida”, no vale, pues la nación española no es un matrimonio, no es “una unión entre marido y mujer” o “mujeres”, sin especificar quién es el marido y quién la mujer. La nación española es, simplemente, la patria.
Otra contradicción más, cuando afirma que los Estados fundados sobre la “unidad” de pueblos son “estructuras exclusivamente imperialistas y totalitarias”. ¿También Suíza? ¿También la URSS, Yugoslavia –Estados, por cierto, fracasados? Contradicción tras contradicción, habría que decir que, según el esperpéntico argumento del articulista, la URSS y Yugoslavia serían también fascistas. No en vano, muchos hispanófobos de “izquierdas” tildan a Stalin de “fascista”, solo por mantener unida férreamente a la URSS y plantar cara al nacionalsocialismo, venciéndolo sin paliativos. Una muestra más de que la palabra “fascista” ha perdido su sentido político original, que es sinónimo de “hijo de puta” y que sirve para atacar a todo lo que no sea delirante neofeudalismo teñido de “izquierda” o de “democracia”. Detectamos, además, ciertos toques de “troskismo” delirante, también sin tener en cuenta que Trotsky, en lo concerniente a la crítica al terrorismo o al secesionismo, estaba más cerca del “fascista” Stalin que el articulista y sus camaradas derechistas.
En conclusión, el artículo es un puro delirio lleno de contradicciones que muestra la melopea que tienen estos sujetos neofeudalistas, crecidos debido al éxito del entorno proetarra en los últimos meses, con la complacencia del régimen de 1978. Situación política que obliga a contestar con contundencia y vehemencia a estos delirios, sin negar que este leer semejante desideratum es un suplicio mental para todo racionalista que se precie, pues es casi como leer escritura automática escrita por un racista. La frase de fin de artículo resume la estupidez del mismo:
Ser revolucionario en Andalucía es levantarse por su libertad y contra lo que se ha arrebatado: España”.
Contestación a esto: ser revolucionario en Andalucía, hoy día, es luchar por la toma del poder del Estado español, su conversión al socialismo y su orientación a Iberoamérica (UNASUR, ALBA, &c.). Y ciertamente, a los trabajadores españoles de Andalucía, País Vasco, Cataluña, Canarias, Galicia, Ceuta, Melilla, Asturias, Castilla, Aragón, Valencia, Baleares, Extremadura, Murcia, Madrid, &c., se les quiere arrebatar España. Por eso, su misión histórica no ha de ser otra que poseerla, pues España, para la clase obrera española, solo puede ser sinónimo de trabajo, de prosperidad, de unidad y de igualdad.
Salud, Revolución, Hispanidad y Socialismo.

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